miércoles, 6 de junio de 2666

Bienvenidos a 666 Cuentos de Terror

Bienvenidos a mi Muestrario de Horrores y Oscuridades.
El Blog se actualizará todos Viernes (y algunos Martes) a la Hora del Demonio (03:00 am).
El Objetivo es llegar a las 666 Historias Cortas de Terror, Misterio y Suspenso..., como todos saben el 666 es el Número del Diablo, por lo que el Último Cuento será el más Terrorífico, Sangriento, Horroroso, Repulsivo, Asqueroso y Aterrador de Todos los Tiempos (o no, jaja). 
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viernes, 18 de abril de 2014

Cuento de Terror 60: "El Perro en el Jardín"

Para Celamar Albejar, una de las más fieles y queridas lectoras de estas historias.

1

“El perro”, pensó el padre, mientras recortaba el seto del jardín. “Ese maldito perro me está dando muchos problemas”.

2

Siguiendo la moda desatada entre sus vecinos, había instalado la piscina y el quincho la semana pasada, luego de meses de ahorro y privaciones. Ahora la piscina lucía espléndida, tan espléndida como la de los Rodriguez, que vivían enfrente, o la de los Alvarenga, vecinos de la derecha, y el quincho invitaba a pasar horas comiendo y bebiendo bajo su sombra, pero el problema seguía siendo el perro.
“Con sus pezuñas me arruina todo el césped”, pensaba el padre, con el ceño fruncido.
“Y también mea en las plantas, y las arruina”.
Sus vecinos, en cambio, no tenían problemas similares. Ellos, sabiamente, tenían caniches toys o a lo sumo perros salchichas, que ni siquiera molestaban y hacían zurullos del tamaño de pequeñas nueces. Por eso sus jardines lucían espléndidos, y el césped brillaba casi fosforescente. Pero él, en cambio, con su enorme y atolondrado Gran Danés…
“Debería eliminarlo”, pensó. “O regalárselo a alguien”.
Pero, ¿quién, en nombre de Dios, querría semejante bestia del Infierno, que además de romper todo, comía toneladas de comida por día?
Escuchó que su mujer llamaba para el almuerzo y entonces dejó el trabajo a medio hacer. Se lavó las manos en el grifo de la piscina y luego miró al perro, por enésima vez. El animal, sentado bajo la sombra de un ficus, le devolvió una lánguida mirada y luego se echó a dormir.
Para cuando el hombre se sentó a la mesa, ya había decidido eliminarlo de la faz de esta Tierra.

3

El problema consistía en que Sirio era propiedad de Celamar, su hija menor. Ambos habían crecido juntos y la niña extrañaría al perro, a tal punto que enfermaría, como le había ocurrido aquella vez en que estuvieron dos semanas afuera, por vacaciones, y Celamar comenzó a levantar fiebre y a pronunciar el nombre del maldito perro entre sueños.
“Se acostumbrará”, pensó el hombre, mirando con los dientes apretados los restos de una hermosa y floreciente buganvilla, que Sirio acababa de destrozar. “Lo extrañará unos días, pero le compraremos otro perro y al mes ni siquiera sabrá quién era Sirio”.
Por supuesto: el nuevo perro debía ser minúsculo, insignificante, cosa que no estropeara su jardín y éste quedara, al fin, tan espléndido y envidiable como el de sus vecinos.
Decidió hacerlo esa misma noche. Fingió dormirse temprano, y cuando se hicieron las dos de la madrugada, muy lentamente se salió de la cama y comenzó a vestirse. Su mujer, envuelta en el profundo sueño de los barbitúricos, ni siquiera abrió un ojo. Terminó de ponerse las zapatillas y salió de la casa. La noche era cálida, aunque había mucha humedad y había comenzado a caer rocío. Sirio dormía en el porsche, hecho un desmañado y enorme ovillo, del color del ébano. Cuando escuchó que el hombre se acercaba, levantó la cabeza y comenzó a azotar su pesado rabo contra el piso.
-Sirio, muchacho- murmuró el hombre, poniéndole la correa-. Vamos a dar una vuelta, ¿qué te parece?
El animal contestó lamiéndole la mano y sacudiendo el cuerpo. El hombre lo condujo al interior de la camioneta y luego sacó el vehículo del garaje, sin encender las luces. Sirio parecía mirarlo curioso, como si se preguntara qué diablos era lo que sucedía. Sin embargo, lo miraba con confianza, y eso era bueno, porque no quería tener a un perro de sesenta kilos y un metro de alto gruñéndole dentro de la cabina de la camioneta. Condujo el vehículo rumbo a las afueras de la ciudad, y cuando llegaron a un campo despoblado y sin luces, se detuvo y obligó a Sirio a bajar.
-Vamos, muchacho- dijo, tironeando de la correa-. Vamos a dar un paseo, ¿te parece?
El perro no parecía muy dispuesto a dar un paseo a esas horas de la noche, más bien parecía querer seguir durmiendo, pero de todas formas bajó. En cuanto se alejó un poco, olfateando los pastizales, el hombre sacó el rifle bajo el asiento y le disparó en el lomo. El animal lanzó un gañido y luego cayó desplomado en el interior de una enorme acequia repleta de barro. Lo último que el hombre vio de él fueron sus rígidas patas, que se hundían rápidamente en la mugre. Y luego lo perdió de vista.
Regresó a eso de las tres de la madrugada. Su esposa seguía durmiendo en la misma posición de antes. Se acostó y trató de dormir un poco; al día siguiente tenía que ir a la oficina y por culpa del perro pasaría un día interminable.
Eso, sin contar con los quejidos de Cela, en cuanto se percatara de que le faltaba su querido perro.
Pero creía que, pese a ello, todo saldría bien.

viernes, 11 de abril de 2014

Cuento de Terror 59: "El Peligroso Oficio de un Plomero"

I

Luego de recibir el misterioso llamado, Rubén Britos, de profesión plomero, se dirigió de inmediato a la dirección facilitada por su cliente. Eran tiempos malos, y Rubén tenía poco trabajo, por lo que estaba dispuesto a realizar la tarea a cambio de poco dinero. Debían ser las seis o siete de la tarde y ya había comenzado a oscurecer. El hombre golpeó la puerta de la casa y al rato salió a atenderlo una mujer de unos setenta años, con el cabello recogido en un pulcro rodete. La señora lo hizo pasar a un living repleto de fotografías viejas, casi todas de un deprimente color sepia, y lo invitó con una taza de café, que el plomero rechazó gentilmente. Luego de las presentaciones de rigor, el hombre le preguntó cuál era el problema que la aquejaba. A lo que la mujer, sin perder la compostura, respondió lo siguiente:
-Señor Rubén, quiero que me diga que estoy loca.
El plomero pestañeó estúpidamente, mirando con creciente sorpresa a la mujer.
-¿Perdón?- dijo.  
-Pues eso: que quiero que me confirme que estoy loca, que todo esto que estoy viviendo es cosa de mi mente enferma- repitió la mujer, jugando nerviosamente con el dobladillo de su vestido-. Verá, le contaré. Esto comenzó hace ocho días atrás, mientras una noche me cepillaba los dientes frente al espejo. En ese momento yo pensaba, mejor dicho, intuía, que algo estaba por suceder. ¿Nunca le ocurrió algo así, señor Rubén?- no esperó que el azorado hombre respondiera, de hecho siguió hablando sin pausa alguna-. Escuché los primeros ruidos segundos después, al agacharme para escupir la pasta dental. Provenían desde lo profundo de las tuberías, y despertaban ecos cavernosos, como si éstas tuvieran kilómetros de longitud y se perdieran en el centro mismo de la Tierra. Yo me eché hacia atrás, sobresaltada, y sin querer me tragué la pasta dental. Un escalofrío me recorrió de punta a punta el cuerpo y abandoné el baño de inmediato. Y esa noche… -la mujer bajó los ojos, avergonzada-. Esa noche tuve que hacer mis necesidades en el patio trasero.
Rubén, que escuchaba atentamente el relato de la mujer, de repente sintió la necesidad de mirar hacia atrás. “Hay algo aquí que no está bien”, pensó. Pese a que estaba acostumbrado a toda clase de delirantes parloteos por parte de sus clientes, aquello era bien extraño. No obstante, luego de asegurarse de que no había nada peligroso en la habitación, alentó a que la mujer siguiera con el relato, porque después de todo él se dedicaba a arreglar tuberías, y muchas veces el parloteo estúpido de sus clientes venía en el combo.
-¿Y cómo eran esos ruidos, señora?- preguntó, alzando una ceja-. Tal vez se trataba de alguna rata…
-No eran ratas- dijo la mujer de inmediato, clavándole una mirada vidriosa, que hizo que el plomero se sintiera más inquieto aún-. Eran voces. Y risas. O quizás gritos. Sentí que alguien, una voz rasposa y cargada de enojo, me llamaba por mi nombre. Y luego alguien, un niño, volvió a gritar. Al principio me pareció una voz conocida, y al rato supe por qué. Era la voz de mi nieta, que desapareció en un bosque cuando tenía ocho años. Gritaba y reía al mismo tiempo. Quería que fuera con ella. Dijo…
La voz de la mujer se quebró. Rubén aguardó sin decir nada, consciente de que aquél era un momento delicado. Mientras la mujer se enjugaba las lágrimas con la falda de su vestido, el plomero, siguiendo un irrefrenable impulso, volvió a mirar hacia atrás, pero no vio nada fuera de lo común, excepto quizás esas horribles fotos antiguas, que parecían robadas de las lápidas de un cementerio.
-Mi nieta… mi nieta dijo que sufría mucho, porque estaba en el Infierno- siguió la mujer, luego de un breve e incómodo silencio-. La siguiente vez que escuché los ruidos, fue hace tres días atrás, mientras miraba televisión en la cama. Esta vez nadie dijo nada, sólo se escuchó un grito interminable, terrible, que llenó toda la casa y me dejó paralizada de miedo. Parecía que cientos, miles de personas gritaban a la vez. O tal vez reían. No lo sé. La tercera y última vez fue ayer a la noche. Yo había cerrado la puerta del baño, de hecho hace una semana que no entro ahí y hago mis necesidades en una bacinilla, pero los sonidos de las tuberías se escuchan igual. Y ahora me habló una voz nueva, una voz gruesa y potente y odiosa, que yo supe enseguida era la voz del Demonio.
-Jesús, señora- dijo Rubén, sin poder evitarlo.
-Prometió venir por mí esta noche- una lágrima de miedo, única y brillante, corrió por las arrugadas mejillas de la mujer-. Y yo tengo tanto miedo, y estoy tan sola y cansada…
-No sé qué es lo que quiere que yo haga, señora- dijo Rubén, apiadándose un poco de la mujer-. Yo sólo soy un plomero. Este tipo de cosas debe consultarlas con otra persona… quizás un cura, o algo así.
-Quiero que revise esa tubería. Por favor- suplicó la mujer-. Le pagaré el doble. No tengo mucho dinero, pero puedo hacer ese esfuerzo. Quiero que me diga que no hay nada allí abajo. Que simplemente estoy loca. Sería un alivio para mí. Prefiero estar loca antes que todo sea real. Porque si fuera así… el dueño de esa voz también lo será…
Rubén sentía mucha inquietud, era un hombre profundamente religioso, y sabía que lo que contaba la mujer podía tratarse de algo demoníaco, pero no pensaba reconocer su debilidad delante de una dama. Era un hombre chapado a la antigua y tampoco creía correcto marcharse del lugar y dejar desvalida a una mujer, por más que, efectivamente, aparentase estar más loca que una cabra. Así que recogió su caja de herramientas, abrió la puerta del baño (de inmediato un olor repugnante invadió sus fosas nasales) y se metió en el lugar.
Y apenas dio dos pasos hacia el interior, escuchó que la puerta a sus espaldas se cerraba.

domingo, 6 de abril de 2014

Ilustración para "Los Moradores del Polvo"

Les dejo aquí una ilustración que el dibujante Facundo Torrijos ha hecho para uno de mis relatos, "Los Moradores del Polvo". Facundo se especializa en el manga y el animé, pero también domina otros estilos de ilustración.
Para ver más trabajos suyos:
http://torrijoscomics.blogspot.com.ar/
Muchas gracias por compartir tu arte, Facundo!!



martes, 1 de abril de 2014

Cuento de Terror 57: "La Fiesta del Monstruo"

El siguiente relato va dedicado a mí mismo, para el día de mi cumpleaños.
      _____________________

30 de Marzo de 2009 
Querido diario: En dos días sería mi cumpleaños, así que toca mi regalo especial. Estoy muy ansioso, mucho más que otros años, y eso porque estoy convencido de que mi regalo será muy hermoso. Espero no decepcionarme. 

31 de Marzo 
Mamá y papá están organizando los últimos detalles de la fiesta. La temática será de “Los Muppets”, que es mi serie favorita de la tele. La torta, que mamá encargó a la señora de aquí a la vuelta, tendrá la cara de la Rana René. Aunque más que una rana, parece un duende, pero se ve que la señora se está haciendo vieja y ve cada vez menos. No importa. Lo importante es que la fiesta será un éxito. Mis compañeritos de sexto grado vendrán y jugaremos en el patio y nos arrojaremos los restos de comida cuando estemos cansados de comer. Claro que yo no como, es decir, no como lo que comen ellos, pero debo obligarme a meterme algunos bocados para disimular. Total, cuando nadie me ve, voy al baño y lo vomito. Lo hago siempre, incluso en las comidas con mamá y papá, y nunca nadie se ha dado cuenta. 
Ya falta poco, faltan horas. Estoy muy ansioso. 

(Más tarde) 
Acabo de darme cuenta que mentí en el diario. Fue sin querer, porque más que una mentira, se trató de un olvido. Dije que nunca nadie se dio cuenta de que vomito la comida, pero eso no es cierto. Aquellos granjeros, que me adoptaron en el año ’67 (¿o fue en el ’68?), sí se dieron cuenta. Vieron que vomitaba la comida y casi nunca dormía, y entonces trataron de matarme, porque se percataron de que no soy como los demás. El granjero, creo que se llamaba Víctor, o Vittorio, entró a mi habitación a la noche, con un trozo de cuerda en sus manos, con intenciones que su mirada asustada pero decidida evidenciaba a kilómetros. Pero lo que nunca calculó fue que la noche es mi ámbito natural, porque es cuando me hago más fuerte. Soy como un caimán, creo. Los caimanes se hacen temibles en el agua, pero lentos y torpes en la tierra, y a mí me ocurre lo mismo, sólo que mi agua es la noche, y mi tierra el día. Así que le arrebaté la cuerda de sus manos y lo maté. Y luego maté a la señora, que ni siquiera atinó a defenderse. Y luego a sus seis o siete chicos. 
Puedo pasar mucho tiempo sin comer, años quizás: pero una vez que empiezo, es difícil pararme. 
Esa noche, la noche de la granja, la sangre de los granjeros y sus hijos no me sació, por lo que tuve que entrar al establo y matar a los caballos y ovejas. 
Desde entonces perfeccioné mucho mi estilo. No quiero que vuelva a ocurrir algo similar. Antes tal vez ponía cara de asco cuando masticaba la comida, pero ahora creo que he aprendido a disfrutar ciertas cosas, como por ejemplo el tomate (¿será porque es rojo?). 
Bueno, querido diario, dejo de escribir y voy a descansar un poco, porque mañana será un día movido. 

1 de Abril 
(Por la mañana) 
Mi cumpleaños. Por fin. Ya está todo listo para la fiesta. Mis compañeros vendrán a partir de las cuatro de la tarde. Estoy seguro que esta vez he elegido muy bien la escuela, porque todos mis compañeros brillan y parecen repletos de energía. No como aquella vez, hace tres o cuatro años, cuando terminé en una escuela muy pobre y mis compañeros parecían tristes y apagados. Esta vez será diferente: será mi mejor cumpleaños en los últimos cincuenta o sesenta años. Lo sé. 

lunes, 31 de marzo de 2014

Mañana martes, habrá relato nuevo...

"La fiesta del monstruo" estará disponible mañana martes 1 de Abril a partir de las 03:00 hs. 
Por favor, no comenten en esta entrada, porque es sólo un aviso y será borrada cuando el cuento se publique. Los espero!!
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