Bienvenidos a 666 Cuentos de Terror

Bienvenidos a mi Muestrario de Horrores y Oscuridades.
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El Objetivo es llegar a las 666 Historias Cortas de Terror, Misterio y Suspenso..., como todos saben el 666 es el Número del Diablo, por lo que el Último Cuento será el más Terrorífico, Sangriento, Horroroso, Repulsivo, Asqueroso y Aterrador de Todos los Tiempos (o no, jaja). 
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"Un Largo Viaje a la Oscuridad" (Capítulo 6)

Pasaron treinta segundos, tal vez un poco más. Dan, con la vista apartada hacia un saliente de roca que tenía una ligera forma de cabeza humana, se limitaba a escuchar, al tiempo que la linterna de Quiroga trazaba sombras movedizas sobre la pared de la mina.
     Y Dan escuchaba. Escuchaba mientras Quiroga, a espaldas suyo, destripaba a la criatura en busca de restos humanos.
     Shisss…
     Algo que parecía un patín deslizándose sobre una superficie de hielo. Sólo que no había ni hielo ni tampoco patín, sólo un cuchillo y una horrible cosa postrada sobre el suelo, y Dan lo sabía.
     Bluff...
     Eso sonaba como una bolsa inflada a medias, sumergida en un líquido caliente y reventada bajo el agua. Los dientes de Dan rechinaron y sus manos se contrajeron en dos apretados puños.
     -Mierda…
     Ese era Quiroga. Dan tenía la tentación de mirar, de girar la cabeza de una buena vez y mirar, pero la imagen de su esposa saliendo desde dentro de la criatura, resbalando en posición fetal sobre el suelo, entre un montón de porquería líquida, era demasiado para él. Sencillamente, no podría soportarlo.
     -Dan…
     No miró. No pensaba mirar.
     ¿Y si se daba vuelta, y Liana estaba ahí, tendida a los pies de Quiroga? ¿Contemplándolo con unos ojos acuosos y hundidos, la piel desnuda y azulada, la boca abierta rezumando algún icor negro y repugnante?
     -Dan, dese vuelta. Venga a ver.
     “No quiero”, pensó Dan, con desesperada obstinación. “No voy a mirar”.
     Pero sin embargo miró.
     El espectáculo, tal cual lo temía, era sobrecogedor.
     Parecía surgido de una de esas inquietantes pinturas de El Bosco, o quizás Goya, una de esas obras que uno puede pasarse horas contemplándola, mientras se siente un cosquilleo nervioso en la nuca y en los vellos de los brazos.

Un Largo Viaje a la Oscuridad (Capítulo 5)

     Por abrumadora mayoría, la novela de terror “Un largo viaje a la oscuridad” continúa!!
    Gracias a todos por sus opiniones y sugerencias, que siempre me sirven para aprender y reflexionar sobre cosas nuevas. Ahora espero mantener el interés de la historia a lo largo de los capítulos, y cumplir con las expectativas. Veremos si puedo hacerlo.
    Verán también, si son observadores o les interesa, que he puesto un pequeño menú en la parte superior del blog, diferenciando los “Cuentos de terror” y la “Novela de terror”, para que sea más fácil acceder a unos y otros. Quedó bastante feo, lo sé, pero cuando tenga un poco de tiempo y ganas haré unos retoques para mejorar la apariencia.
     Ahora, los dejo con la quinta parte. Un abrazo.
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Más tarde, al revivir la desesperante y difícil situación, Dan se preguntaría cuán inequívocos eran sus recuerdos, cuántos pormenores habría agregados su imaginación a una realidad que quizás no era tan vívida y palpable como creía. Después de todo, si bien es cierto que el peligro acentúa los instintos, él nunca pensó que fuera para tanto: porque en su mente había olores, sonidos y detalles que difícilmente  hubiese percibido un hombre normal y corriente, en una situación estresante como aquella.
     Durante esos dos o tres segundos de absoluto pánico, entonces, en los cuales el lanzallamas emitió un leve soplido y luego se apagó, dejándolos en la completa oscuridad, Dan olió el sudor de Quiroga, el suyo propio, el hedor de la criatura, que rápida y silenciosamente se les acercaba, trepada por las paredes de roca. También olió los olores propios de la mina: la humedad, el moho, el polvo asentado sobre la roca, incluso el viejo olor de los aceites y las grasas de las máquinas excavadoras, que ahora debían dormir un profundo sueño de óxido y polvillo en algún lugar de las profundidades.
    Y también escuchó. Más de lo que hubiese deseado, más de lo que hubiese creído posible. La respiración entremezclada de él y de Quiroga. El taconeo de los pies que retrocedían en la oscuridad, buscando algún tipo de improbable y milagroso refugio. Y sobre todo: los ruidos de la criatura. Eran sonidos, sencillamente, espeluznantes. Eran los ruidos que hace un cazador temible al acechar a su presa. Su cuerpo, al deslizarse sobre la pared de roca, hacía un sonido acuoso y borboteante, como un animal ahogándose en un líquido jabonoso. También emitía otros ruidos, más leves, aunque infinitamente peores; parecían pequeños y numerosos pies rozando las paredes, efectuando una suerte de caminata rápida e irregular; luego de unos instantes de confusión, Dan se dio cuenta de que eran los tentáculos, sacudiéndose como serpientes sin cabeza y golpeando levemente las paredes de la mina.
     Uno de ellos, que era tan flexible y resistente como un látigo, rodeó su pierna derecha, estremeciendo su piel y los vellos. Comenzó a subirle por las pantorillas.

"Un Largo Viaje a la Oscuridad" (Capítulo 4)

Sinopsis: En mitad de la noche, un matrimonio es atacado por una extraña y aterradora criatura, llevándose a la mujer, Liana. Durante su desesperada búsqueda, el marido, Dan, se encuentra con un hombre que asegura saber dónde se encuentra la criatura, y cómo atraparla, porque es la misma que algunos años atrás se ha llevado a su hijo. Juntos, inician un largo viaje a la oscuridad del corazón humano, en donde conocerán la locura y una verdad espeluznante...
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Si bien la noche era progresivamente más fresca, Dan sintió que un calor agobiante invadía su cuerpo.
Durante un momento vio todo desenfocado, como a través de un vidrio deforme, y luego una larga exhalación de incredulidad o furia escapó de algún lugar profundo de su garganta. 
“¿Me ha dicho que voy a morir?”, pensaba estupefacto. “¿Acaba de confesarme que me ha envenenado?”. 
Miró a su alrededor, donde el terreno era algo escarpado y totalmente carente de arbustos, como si la tierra tuviese una inexplicable cualidad ponzoñosa. La luna, que se deslizaba silenciosa entre unas nubes bajas y cargadas, de repente apareció tras un claro en el cielo, iluminando gran parte del paisaje y dejando al descubierto la entrada de la mina, que se abría como una cuenca oscura en la ladera de la colina, unos cincuenta metros más allá. Quiroga se alejaba muy rampante, siguiendo un camino que sólo él parecía conocer o incluso ver, seguido de cerca por su perro sin raza. Visto así de espaldas, con los tubos del lanzallamas colgados por el arnés y una manguera negra asomando por el flanco, Dan pensó que parecía un extraño personaje de uno de esos cómics que solía leer de adolescente, algún científico o soldado loco que planeaba atacar por asalto a la ciudad que lo había puesto en ridículo. 
Pese a su extremada sencillez y superficialidad, Dan recordó que disfrutaba muchísimo de estas historias, aunque se daba cuenta de que el trasfondo no era nada alegre. Porque generalmente había guerras, terremotos, incluso hambrunas. Los guionistas de aquellos cómics se encargaban de encontrar el lado pueril al asunto, pero estaba claro que detrás de todo eso el escenario era tristísimo. Sobre todo por la locura. A su manera, tanto los héroes como los villanos estaban locos. El Guasón estaba tan loco como una rata de alcantarilla, pero Batman no le iba muy en rezago. La diferencia radicaba en que uno utilizaba la locura para hacer el mal, y el otro para contrarrestarla.
Y ahora, mientras contemplaba a Quiroga alejarse, Dan, con la mente aún nublada por la rabia y el creciente miedo, se dio cuenta de que la pregunta clave no era qué tan loco estaba su compañero, sino hacia dónde dirigiría su locura.
"¿Hasta dónde puede llegar el amor de un padre?", pensó. Y sobre todo: ¿cuándo el amor deja de ser amor, para transformarse en un sentimiento oscuro y perverso, que arrasa con todo a su paso?
En todo caso, se dijo, de momento no importaba, no era el lugar ni el tiempo indicado para llevar a cabo esa suerte de filosofía barata. Tal vez se preguntaría lo mismo más tarde, pero ahora…
Ahora…
-Quiroga.
Ahora debía poner al hombre en su lugar.
-Quiroga.
Antes de que fuese demasiado tarde.
Quiroga, como de mala gana, se detuvo y muy lentamente se dio vuelta. Su perro, su horrible y malhumorado perro, imitó los movimientos del amo y luego comenzó a gruñir en dirección a Dan. Éste pensó que si había lucha tenía todas las de perder, porque Quiroga contaba con un aliado feroz y además, como si fuese poco, tenía un lanzallamas que podría chamuscarle los pelos de la nariz a unos cuatro metros de distancia, con sólo apretar un gatillo. Pero aún así se mantuvo firme y mirándolo fijo a los ojos dijo:
-Repítame lo que acaba de decirme.

"Un Largo Viaje a la Oscuridad" (Capítulo 3)

En medio de la noche, un matrimonio es atacado por una extraña y pesadillesca criatura surgida del cielorraso, llevándose a la mujer, Liana. Durante su búsqueda, el marido, Dan, se encuentra con un hombre que dice saber dónde se encuentra la criatura, y cómo atraparla. Pero algo, aparentemente, no está bien en la psique del hombre, y sus intenciones resultan bastante ambiguas, por no decir oscuras y sospechosas…
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Llevaban unos quince minutos de marcha cuando Dan comenzó a sentir las primeras náuseas.
-Pare un minuto- gimió-. Por favor.
Quiroga, solícito, frenó la camioneta y Dan salió disparado hacia los matorrales, donde vomitó una sustancia amarillenta y nauseabunda, que no tardó en humear en el frío de la noche. Regresó al vehículo trastabillando, mientras se limpiaba con la manga de su camisa.
-Me siento terrible- dijo, echándose sobre la butaca del acompañante-. Esa cosa que me dio de beber…
-Le advertí que tiene efectos colaterales- explicó Quiroga, mientras ponía la camioneta en marcha de nuevo-. Pero no se preocupe, ya se le pasará.
-¿Usted ya la probó?
-Hace mucho- murmuró Quiroga, y dirigió la vista hacia el perro, que viajaba en la parte trasera del vehículo-. Espero que no pase mucho frío…
-Tengo náuseas, pero por fortuna, me vine abrigado.
-Me refería a Cuco, mi perro.
Dan le dirigió una larga y ácida mirada.
-Prometió que me explicaría. Todavía sigo esperando.
Quiroga retiró un paquete de cigarrillos de la guantera, y luego de ofrecer uno a Dan, pareció hundirse en su asiento. Marchaban por una carretera desierta, apenas demarcada por una línea discontinua que a veces desaparecía del todo, con una tupida arboleda a ambos flancos. De vez en cuando algunos carteles oxidados se corporizaban en la oscuridad, como si flotaran en la noche, anunciando sitios y nombres de arroyos totalmente desconocidos para Dan, pese a que vivía en una ciudad de las cercanías. De todas maneras, creía saber hacia dónde se dirigían, y una inquietud inexplicable se asentaba en su estómago y le hormigueaba en la piel sensible de sus brazos, como si algo, una intuición, lo alertara acerca de un peligro inminente.
“Las minas abandonadas”, pensaba. “Vamos hacia allí. Dios mío, Quiroga querrá adentrarse en esas polvorientas oscuridades…”
-Sucedió, como ya sabe, hace unos siete años atrás, cuando Lucas tenía ocho años recién cumplidos- comenzó a hablar Quiroga, mientras Dan se debatía silencioso en su asiento, presa de nuevas y poderosas náuseas-. Fue, cómo decirlo… algo demoledor.  Ya de por sí la muerte de un hijo es terrible, pero, ¿se imagina lo que es la muerte de un vástago, a manos de una criatura surgida de los Infiernos? ¿Se imagina lo que es escuchar un ruido en medio de la noche, y levantarse para ver, y encontrar, en el dormitorio contiguo, a tu único hijo, el chico al que más quieres en el mundo y por el que darías la vida por él, siendo devorado por una mierda demencial colgada del cielorraso? ¿Se lo imagina, Dan?
Y Dan, que acababa de vivir una experiencia similar, pero con su esposa como víctima, sólo pudo emitir un “no” ahogado, porque nunca había tenido hijos y sabía que eso lo imposibilitaba de comprender las palabras desesperadas de un padre loco de dolor y de miedo.
-Pues eso fue lo que viví, con el agravante que perdí a mi esposa tiempo después- dijo Quiroga.
-¿Está… ella murió?
Quiroga negó con la cabeza, sin apartar la mirada del camino. Pese a que había encendido el cigarrillo con la lumbrera del vehículo, no le había dado una sola pitada al mismo; se limitaba a sostenerlo entre los dedos índice y anular, mientras que con la palma maniobraba el volante.
-Me dejó- dijo, sin poder evitar un dejo parecido al encono en su voz-. No pudo soportar la pérdida de Lucas. Pero sobre todo, creo que no pudo soportar el fracaso de mi búsqueda… Porque yo fui a buscarlo, ¿entiende? Yo fui tras los pasos de esa cosa. Esto es algo que no se dice en los periódicos, sencillamente porque lo ocultamos, por temor al ridículo, o quizás porque nos sentíamos demasiado enloquecidos como para contar historias de extraterrestres y abducciones…
Dan se sobresaltó, e involuntariamente dejó escapar un gemido.

Un Largo Viaje a la Oscuridad (Capítulo 2)

En la primera parte, un hombre, llamado Dan, ve cómo su mujer, en mitad de la noche, es raptada (y aparentemente engullida) por una pesadillesca criatura surgida desde el cielorraso de la habitación. Luego de escuchar un revelador diálogo entre dos paramédicos, Dan se da cuenta de que el suyo no es un caso aislado, y que la criatura ha atacado anteriormente al menos una vez, llevándose a un chico en una ciudad vecina.
Decidido a encontrar a la criatura que ha raptado a su esposa, Dan parte rumbo al encuentro de los padres del chico desaparecido, aunque, como veremos a continuación, se llevará una pequeña sorpresa…

♣  ♣  ♣  

Cuando Dan llegó a la casa de Quiroga, alrededor de cuarenta minutos después, se dio cuenta de que necesitaba imperiosamente un trago.
En el camino, había estado a punto de dormirse varias veces, al punto que había tenido que volantear el coche para no terminar volcado en la cuneta. La noche era cerrada y apenas se distinguía el camino por delante de los faros encendidos. Al llegar, se bajó del coche con una expresión de alivio, estirando los miembros adormecidos.
La casa de Quiroga estaba ubicada en un lugar apartado de la ciudad, entre un bosquecillo de coníferas azuladas. La niebla cubría gran parte del patio, arremolinándose en torno a las escalinatas del porche. Una enorme pila de leña se recostaba contra la casa, como sosteniéndola; vio que algo se movía en la oscuridad; pestañeó; de la pila surgía un perro enorme, de color negro, que sin ningún tipo de mediaciones se abalanzó sobre él emitiendo un gruñido bajo. Dan se preparó para dar media vuelta y echar a correr; pero antes de hacer esto, se dio cuenta que el perro estaba atado a una cadena; entonces suspiró aliviado.
Se tambaleó rumbo a  la puerta, sin dejar de mirar al animal. Golpeó y esperó. El perro tiraba de la cadena y ladraba; de su hocico había comenzado a salir una baba blanca. Vio, con inquietud, que estaba atado a un leño de la pila; si el leño llegaba a moverse, o a zafarse de su lugar…
Volvió a golpear, con mayor fuerza. Al rato, el rostro hirsuto de un hombre apareció a través de una ventanilla.
-¿Quiroga? Soy yo, Dan.
Tuvo ganas de decir: “Abra, antes de que ese maldito animal me desgarre el cuello”, pero a último momento se  mantuvo con la boca cerrada.
Dios, cómo necesitaba un trago.
Quiroga abrió y lo saludó fríamente. Lo invitó a pasar. Dan aún se sentía incapaz de creer que, apenas unas horas atrás, una criatura infernal surgida del cielorraso se había llevado a su esposa. Se le ocurrió un nuevo pensamiento: ¿Y si todo era un sueño? ¿Y si en realidad seguía durmiendo junto a Liana, en el calor del dormitorio, sin ninguna irracional criatura que los acechara desde el techo?
Pero de inmediato se dio cuenta de que era un pensamiento peligroso, y se apresuró a apartarlo de su mente.
Ahora estaban en un living no muy amplio, de paredes forradas en madera, con una profusión de adornos y muebles oscuros en derredor. Había una estantería abarrotada de fotos a su izquierda: de una rápida y disimulada ojeada, se dio cuenta de que en cada una de ellas aparecía un chico de unos seis o siete años. Recordó que se había imaginado una escena así, mientras hablaba por teléfono con Quiroga; esto lo hizo sentir más irreal y extraño que nunca.
“No estoy soñando”, se obligó a decirse a sí mismo. “Esto no es un sueño”.
-Pase- lo invitó Quiroga, y luego le señaló una silla-. Si gusta, siéntese ahí.
No parecía muy acostumbrado a hablar con gente extraña. Sus palabras y su modo de moverse indicaban que Quiroga era un tipo solitario. ¿Dónde estaría su esposa? ¿Acaso se habrían divorciado luego de la desaparición del chico? Parecía una posibilidad muy real. Los matrimonios tendían a disolverse luego de la muerte de algún retoño. Las culpas compartidas y los espacios vacíos podían ser demasiado para los destrozados padres, que optaban por soportar el dolor en soledad.
Se sentó. El mundo le daba vueltas. “¿Hace cuánto que no duermo?”, pensó. Quiroga lo observó y pareció adivinarle el pensamiento:
-Parece que está pasado de sueño, amigo.
-Escuche- se apresuró a decir Dan, tratando de mantener el hilo de sus pensamientos-. Estoy aquí porque mi esposa fue atacada por una criatura similar a la que se llevó a su hijo, en el año 2007. Y quiero encontrarla. Usted me dijo que sabe dónde puede estar.
-Primero, antes de comenzar, quiero que beba un trago. Le hará muy bien.
De una alacena sacó unas copas, y las llenó con algo que parecía ser whisky. Ofreció una copa a Dan, que la miró con indisimulable interés.
-No creo… no creo que sea buena idea…
-Dan, sé que está despierto por lo menos hace dos días. Sé también que pasó por el hospital y la comisaría, donde lo tuvieron declarando durante horas- ante la mirada súbitamente alerta de Dan, se apresuró a aclarar:- Soy un hombre solitario, pero aún tengo mis contactos.
Fue entonces que Dan cayó en la cuenta. En la nota del periódico, se decía que Quiroga había atacado a la criatura con una “bayoneta” de los “tiempos de guerra de un familiar”. Eso quería decir que venía de una familia militar, y quizás él también lo fuera. Un militar o policía retirado, con acceso a ciertos datos de la fuerza del orden. No supo decidir si eso era bueno o malo. Por regla general, y debido a una mala experiencia, él desconfiaba de todos los policías.
-Si bebo el whisky, me emborracharé y me dormiré aquí mismo.
-No es whisky- dijo Quiroga, insistiendo con la copa-. Lo ayudará a permanecer activo. Tenemos una larga noche por delante.
Dan miró la copa durante un momento más, y luego la agarró. “Qué diablos”, dijo, “total, ya estoy jugado”.
La bebió de un trago.
Reprimió una arcada.
Era horrible. Un fuego le quemaba la garganta. Un vaho poderoso pareció subir y escapar por su nariz, dándole la sensación de que sus pelos se chamuscaban.
-Jesús- gimió.
Quiroga reía. Sus ojillos, por primera vez desde que lo viera, parecían levemente divertidos, con cierta aunque vacilante vida.
Sin embargo, Dan descubrió que comenzaba a sentirse mejor. De hecho, se sentía mucho mejor. El sopor que enlentecía sus pensamientos pareció disiparse con rapidez, como ahuyentado por un viento poderoso. Sus ojos, inyectados en sangre, se abrieron cómicamente y se llenaron de un humor acuoso. Los colores de las paredes parecieron intensificarse, lo mismo que ciertos olores, que hasta el momento le habían resultado casi inexistentes. Descubrió que en el ambiente flotaba un cierto aroma a caldo, a queso derretido, a insecticida en aerosol. Pensó que, si un perro hubiese tomado ese misterioso líquido, sin dudas hubiese muerto de sobredosis. Recordó al perro atado a los leños, la forma en que babeada y tironeaba de la cadena de metal. “Tal vez, después de todo, también le dio un poco de esta mierda”, pensó horrorizado.
Supo que Quiroga le había dado una droga. ¿Qué clase de droga? No lo sabía, pero sin dudas era prodigiosa. En su vida había probado varias sustancias prohibidas, heroína, cocaína, algo de LSD, pero ninguna le había proporcionado esos fabulosos efectos. Se sintió con ganas de saltar, de ponerse en pie y hacer algo, cualquier cosa antes que seguir sentado sobre esa silla, en esa vieja y solitaria cabaña.
Miró a Quiroga, que pareció comprender de inmediato.
-¿Mejor?
-¿Qué me dio? ¿Qué diablos es esto?
-Se lo dieron a beber a los soldados estadounidenses, durante la guerra de Irak- dijo tranquilamente Quiroga-. Pero luego, el ejército decidió suspender su uso. La droga tenía demasiados… efectos colaterales.
-¿Y de dónde sacó esto?
-Un amigo me lo regaló- dijo Quiroga, enigmáticamente-. ¿Se siente mejor, o no?
-Me siento con las suficientes energías como para correr un maratón de cuarenta kilómetros.
Quiroga asintió, sombrío.
-Entonces ya está preparado.
-¿Preparado?- pestañeó Dan, confundido.
-Preparado para la cacería.
Tenía un montón de preguntas que hacerle a Quiroga, pero antes de que pudiese formular una sola, el hombre desapareció detrás de una puerta.
“Esto es una locura”, pensó Dan, perplejo.
Quiroga no tardó mucho en regresar, pero como Dan se sentía al borde de un ardor exaltado, le pareció que transcurrían horas. Para tranquilizarse recorrió la habitación de punta a punta, hojeó una revista de jardinería que reposaba sobre una mesita ratona, observó las fotos de las estanterías. Vio que el chico de las fotos se parecía bastante a Quiroga, sus mismos ojos, la misma nariz aguileña y algo achatada, como la de los boxeadores. Parecía un chico muy sano y feliz. “Su muerte debió haber sido realmente devastadora”, pensó Dan, aunque el pensamiento atravesó su cerebro como una rápida estrella fugaz, y así como entró salió. Se sentía incapaz de mantener la atención en nada en particular, ni siquiera en algo tan importante como la desaparición de su esposa. “Si esta droga se masificara, el mundo se acabaría en menos de una semana”, pensó, entre divertido y asombrado.
Cuando Quiroga regresó de donde quiera que hubiese ido, lo hizo con un arma del tamaño de una metralleta en sus manos.
Dan se sobresaltó y retrocedió un par de pasos. Su pantorrilla golpeó la mesita ratona donde estaba la revista de jardinería y por poco no le hizo caer.
-¡Jesús!- exclamó-. ¿De dónde…
-Otro amigo- dijo Quiroga, y se dio vuelta para mostrarle unos tubos que colgaban de su espalda, mediante unos arneses de color pardo-. Es un lanzallamas. La única forma de hacer daño a ese hijo de puta es mediante el fuego.
Dan se sentía al borde de la irrealidad otra vez. Pese a su exaltada condición, aún tenía un resto de lucidez como para darse cuenta de que aquello era ridículo. Nadie, por más contacto que tuviera con las fuerzas paramilitares, guardaba un lanzallamas en el garaje de su casa. Eso, sin contar con aquella maldita droga estimulante, que parecía capaz de convertir a cualquier gordo sedentario en un deportista de élite…
-Creo que usted está loco- dijo, con voz ahogada.
A Quiroga, el comentario no pareció importarle en lo más mínimo.
Se ajustó el arnés y miró una de las fotos sobre la repisa.
-Los haremos por ti, Lucas- murmuró-. El momento ha llegado.
-El momento no habrá llegado hasta que me explique qué es lo que pretende hacer.
Quiroga alzó su vista hacia él. Por primera vez, Dan se dio cuenta de que la barba del hombre lucía totalmente sucia, con migas e incluso lo que parecían restos de hojas secas enredadas en la tupida pelambre.
“Sí que está loco”, pensó. “La muerte de su hijo lo ha enloquecido”.
Quiroga lo tomó de uno de los hombros y lo empujó hacia la puerta.
-Venga- dijo-. No hay tiempo que perder. Tenemos todo en la camioneta.
-Pero…
-En el camino le explicaré, no se preocupe- dijo Quiroga-. Esta vez somos dos, y con su ayuda, podremos atrapar a esa hija de puta.
-Pero…
Quiroga ya no le prestó atención. Sin cerciorarse si lo seguía o no, recogió al perro atado al leño y se dirigió a la parte trasera de la casa, donde Dan supuso tenía guardada la camioneta.
Dio un suspiro y se dispuso a seguirlo, preguntándose si su mujer aún estaría viva, y de ser así, si aún habría tiempo de salvarla…

♣  ♣  ♣  

En el próximo episodio, Dan y Quiroga se internarán en un sitio muy particular, que es el refugio de la criatura, con fines de darle caza y salvar a la mujer de Dan. Sin embargo, Dan tiene muchas dudas, porque sabe que está en manos de alguien claramente desequilibrado. Es decir, ¿cuán loco está Quiroga? ¿Cuánto hay de cierto en su historia? ¿Y si todo se trata de una trampa? Y en ese caso, ¿con qué fin?
Próximo viernes, misma hora, mismo canal, amigos.
Suerte y buen fin de semana!!
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10 Años de un Blog Increíble


Los amantes de la literatura y de las buenas historias se interesarán por esto. Hoy, miércoles 18 de Junio, el blog del escritor Ernesto Parrilla, www.netomancia.blogspot.com.ar, cumple 10 años. Muchos de mis viejos lectores lo reconocerán porque lo he mencionado en algún post, pero para todos aquellos que nunca leyeron a Ernesto, les recomiendo fervorosamente que lo hagan. Sus historias son, sencillamente, maravillosas. Están repletas de magia, humor, fantasía, terror, y todos aquellos condimentos que hacen de la lectura una experiencia inolvidable. En aquella ocasión sostuve algo que tal vez pareció exagerado, pero vuelvo a repetirlo sin temor al ridículo: Ernesto es el mejor escritor de género que actualmente tenemos los hispanohablantes. Aprovechen y visiten su blog mientras puedan, antes de que algún contrato editorial le sugiera cerrarlo, como en su momento ha ocurrido con otros tantos escritores ahora consagrados.
Ernesto pedía algún pequeño regalo para su blog, alguna historia, ilustración, video o lo que se les ocurriera a sus lectores. Yo escribí para él una pequeña historia, pero como me encuentro en una etapa en la cual el 90 % de lo que escribo es basura, el cuento resultante resultó ser basura en un previsible y certero 90 por ciento. Así que tendrá que conformarse con estas palabras y este humilde link a su página, que espero le depare algunos lectores nuevos, tan maravillados y agradecidos como yo.
Un abrazo, y les reitero el link por si ya lo olvidaron:

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