Bienvenidos a 666 Cuentos de Terror

Bienvenidos a mi Muestrario de Horrores y Oscuridades.
Todas las historias publicadas en este blog fueron escritas por mí y están bajo derecho de copyright.
Si eres nuevo aquí, te recomiendo que empieces por los cuentos más cortos y fáciles de leer. He aquí un listado orientativo:

♠ "La Cola del Diablo"
♠ "El Fantasma de Youtube"
♠ "Bitácora del Capitán Farris"
♠ "Noche de Brujas II: Casa en el Árbol"
♠ "Enfermera Nocturna"
♠ "El Hombre del Patio"
♠ "Muñeca Maldita"

El Blog se actualizará todos Viernes (y algunos Martes) a la Hora del Demonio (03:00 am).
El Objetivo es llegar a las 666 Historias Cortas de Terror, Misterio y Suspenso..., como todos saben el 666 es el Número del Diablo, por lo que el Último Cuento será el más Terrorífico, Sangriento, Horroroso, Repulsivo, Asqueroso y Aterrador de Todos los Tiempos (o no, jaja). 
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"Un Largo Viaje a la Oscuridad" (Capítulo 18)

Era muy duro estar allí abajo.
    El pozo no era tan grande como en un principio había creído, y parecía estrecharse conforme pasaban las horas. La claustrofobia se cerraba sobre Quiroga como un puño poderoso y caliente. Además, por supuesto, estaba el asunto de la oscuridad.
    Y la sed.
    Y el hambre.
    Su última comida había sido alrededor de veinticuatro horas antes: unas salchichas recalentadas, y un poco de arroz blanco, que él había ingerido con aire distraído mientras observaba el mapa en la pared de “su” sótano. En ese entonces, recordaba, se había preguntado dónde diablos se encontraba Arreaga, por qué aquel maldito biólogo no respondía sus llamados. Eso había sido horas antes de que Dan apareciera en su casa, con el cuento de que una criatura negra se había llevado a su mujer…
     El estómago, en el pozo, ahora le crujía. Caminó de un lado a otro y contó los pasos; trató de escalar las paredes; gritó hasta quedar disfónico. Nadie acudió a sus llamados. Y el hambre… Mientras más pensaba en las salchichas, más apetitosas las recordaba. Por supuesto que era un juego de su mente: aquellas cosas recalentadas debían haber tenido un sabor repelente, algo similar al cuero viejo o a la carne hervida durante demasiado tiempo… Pero la comida era la comida. Y ahora no tenía nada. Y le esperaban… ¿cuánto había dicho Lucas? ¿Dos días sin comer ni beber? ¿Y cuánto llevaba allí? ¿Doce horas? ¿Seis? 
     ¿Cinco minutos?
     Entonces fue que escuchó que alguien se acercaba. Recordó de inmediato al tipo que le había tirado las piedras, y se agachó y cubrió la cabeza a la espera de un nuevo ataque. Pero la voz que bajó flotando no era la de un hombre, sino la de una mujer:
     -¿Quiroga?- susurró la voz.
     La reconoció enseguida: era Kathia, la chica que le había dado la “bienvenida” junto a Abel.
      -¿Kathia?- dijo él en voz alta.
      -Sshhh, no hagas ruido- se alarmó la chica. Se encontraba en la más completa oscuridad y se había acercado sin portar ninguna luz, por lo que su visita era, al menos, sospechosa y furtiva-. Soy yo, sí.
     -¿Vas a sacarme de aquí?
     -Baja la voz, por favor.
     -¿Por qué?
     Sabía el por qué, o al menos creía intuirlo, pero quería escucharlo de boca de la chica.
     -Nadie sabe que estoy aquí. Supuestamente, no puedes tener visitas ni hablar con nadie.
     -¿Ah, no? Ve a decírselo al tipo que me arrojó las piedras.
     -¿De qué estás hablando?
     -No importa. ¿Vas a sacarme de aquí?- repitió, esta vez casi susurrando.
     La chica hizo una breve pausa. Quiroga podía escuchar el sonido de su profunda respiración.
     -No- dijo al fin-. No puedo.
     -¿Por qué no?
     -Lo sabes. Eugenio ordenó que te metieran aquí abajo.
     -No se llama Eugenio. Su nombre es Lucas. Y es mi hijo.

"Un Largo Viaje a la Oscuridad" (Capítulo 17)

1

Quiroga llevaba unas siete u ocho horas en el “sótano”, sumido en la oscuridad total, cuando de repente escuchó que alguien se acercaba y se detenía muy cerca del borde del pozo. De inmediato, incorporándose con rapidez, alzó el rostro en busca de alguna luz, pero arriba la oscuridad era tan impenetrable como allí abajo.
     -¿Hola?- dijo, cerrando por instinto los puños-. Lucas, ¿eres tú?
     Nadie le respondió. Aunque podía escuchar una respiración ligera y pausada, como la de alguien esperando en actitud contemplativa. Iba a repetir la pregunta, impaciente, cuando una voz descendió a través de la oscuridad:
     -Sé por qué estás aquí.
     No era una voz conocida. Quiroga era muy bueno reconociendo las voces, pero ésta no se parecía ni a la de Lucas ni a  la de Abel ni a la de Kathia. Parecía la voz de un hombre joven. “Es otro de los diez”, pensó de inmediato. “Y no suena muy amable que digamos”.
     -¿Quién eres?- preguntó.
     -Sé a qué has venido- repitió la voz, con el mismo tono amenazante de antes-. Quieres reemplazar a Eugenio. Quieres ocupar su lugar. Pero yo no lo permitiré.
     Quiroga escuchó un leve crujido, y por instinto se agachó y se hizo a un lado. Milésimas de segundos después, algo duro se estrellaba contra el suelo del pozo, despidiendo pequeñas esquirlas que fueron a dar contra el rostro y las manos de Quiroga. “Una roca”, pensó. “El muy maldito me lanzó una roca. Si me llega a acertar en la cabeza…”
     -¡Hijo de puta, cobarde de mierda!- gritó. Tanteó a ciegas en el suelo y encontró un pedazo de piedra del tamaño de un puño. Se incorporó de un salto y lo lanzó a ciegas, hacia arriba. Sabía que era un acto de estúpida ira, que tenía muy pocas posibilidades de éxito, pero increíblemente, se escuchó un grito y los lamentos de alguien que se quejaba de dolor. Quiroga, incrédulo, alzó los puños en señal de victoria y lanzó una risotada.
     -¡Te di, hijo de puta! ¡Espero que te hayan saltado los dientes!
     La réplica no se hizo esperar. Una verdadera lluvia de piedras comenzó a caer desde el borde del pozo. Quiroga atinó a cubrirse la cabeza y a recostarse contra una de las paredes, incapaz de hacer otra cosa. Una piedra le dio en el hombro, y otra en su mano. Quiroga emitió un gruñido y cambió la posición, para no ser un blanco tan fácil. El apedreo prosiguió unos pocos segundos más y luego se detuvo. La respiración del tipo allá arriba era ahora agitada y nerviosa; Quiroga podía escucharla con total claridad.
      -Si tratas de hacer algo a Eugenio, te mataremos- dijo la voz, en un susurro ahogado-. No te atrevas…
     Luego, se escuchó un ruido de pasos que rápidamente se alejaban: el agresor se había marchado.
     Quiroga volvió a quedar solo en la oscuridad, perplejo y en sumo grado de alerta, preguntándose qué diablos era lo que acababa de suceder.
    

"Un Largo Viaje a la Oscuridad" (Capítulo 16)

1

Extracto de audio de las grabaciones digitales encontradas en la PC de Alberto Quiroga, ordenadas por fecha y hora (sólo las más importantes).

VIDEO 1. Fecha de grabación: 01-07-2007.Duración: 5.23 minutos.
QUIROGA: Lucas está muerto…
(pausa de cinco segundos)
Creo que yo lo maté.
(Pausa de quince segundos).
Sí, casi llego a creerlo… Mi mujer no para de repetírmelo: “Tú lo mataste, tú lo mataste”. Le explico lo que ocurrió aquella noche, pero ella no me escucha… Sé que ha perdido la cordura desde que… desde que la cosa se llevó a Lucas… “Dejaste que se fuera”, me dice constantemente. “Dejaste que la cosa negra se lo llevara, porque tu hijo no te importaba una mierda”.
(Piensa y mira la cámara fijamente).
Y tal vez no esté muy errada, después de todo.
(Quiroga comienza a llorar. Lo hace durante un lapso de dos minutos y medio).
(Voz quebrada y apenas inteligible).
No está tan errada…
(El video se corta)

VIDEO 2. Fecha de grabación: 09-07-2007. Duración: 6.45 minutos
QUIROGA: Sé lo que tengo que hacer. Volveré a la mina. Sé que ha pasado mucho tiempo desde la desaparición de Lucas, y las posibilidades de encontrarlo con vida son mínimas… pero tengo que volver. Mi mujer al menos tiene razón en un aspecto: no puedo desentenderme del asunto y olvidarlo así sin más. Soy un policía, tengo muchos años de servicio, y durante demasiado tiempo me he jactado de ser uno de los tipos más duros de la fuerza policial. Los vagos y los criminales saben que deben evitar mi presencia si quieren conservar sus huesos sanos. Sé que  es presuntuoso, pero es así. Mis compañeros me respetan y a veces me miran con recelo, porque es cierto que muchas veces me he excedido con la brutalidad y el abuso de mi autoridad. Pero es que no concibo otra manera de ejercer mi profesión. Si me ablando o me vuelvo comprensivo, las lacras de la sociedad te pasan por encima. Es así. O soy yo o soy ellos. Durante muchos años pensé así, y no hay motivos para cambiar justo ahora.
(pausa de diez segundos).
Y sin embargo… no fui capaz de defender a mi propio hijo. He defendido a vecinos inocentes, he defendido a compañeros míos, incluso a gente que no merecía siquiera levantar un dedo en defensa de ellas… pero no pude defender a mi hijo. Mi mujer puede estar loca, pero tiene razón. De nada sirve ser un experto tirador de armas y estar preparado para la violencia y la lucha cuerpo a cuerpo, si uno no puede defender a su propia familia.
Esta vez no iré desarmado. El fuego puede hacerle mucho daño a esa cosa, así que iré preparado para hacerlo mierda. Tengo un soplete y una soldadora portátil: iré armado con ello. Prepárate, hijo de puta.
(piensa un rato).
Si me llega a ocurrir algo, y estás viendo esto, querida mía, quiero que sepas que te amo.
(Otra pausa).
Sé que no siempre lo demuestro… Me cuesta mucho demostrar los sentimientos. Lo sabes bien. No seré uno de esos hombres que llevan flores y escriben poemas a sus mujeres… pero siempre te amé. Siempre he sido leal a ti.
(Otra pausa)
Si llego a morir, te informo que tengo tres seguros de vida, que podrás cobrar una vez que realices los trámites correspondientes. Encontrarás toda la documentación necesaria en la caja verde que está en la quinta estantería del garaje.
(Otra pausa, mira a la cámara fijamente).
Adiós.
(Fin del video)

"Un Largo Viaje a la Oscuridad" (Capítulo 15)

1


    Dan estacionó la camioneta bajo la sombra de una gran secoya y luego, trastabillando, se apeó. Observó la cabaña de Quiroga. A la luz del día, la vivienda había perdido su área mística y sombría, como de cuentos de hadas, para directamente ahora parecer un cuchitril.
         Chapas amontonadas en el patio. Chatarras oxidadas recostadas en los laterales. Restos de hamacas y de fierros retorcidos sobre el techo. La pila de leña se encontraba un poco derrumbada, como los huesos de un dinosaurio que hubiese muerto apoyado contra las paredes. Las enredaderas salvajes crecían sin control y trepaban por el tejado; en el patio trasero, los pastizales se erguían tan altos como hombres, incluso un poco más.
      Dan ascendió por los escalones del porche; las piernas le temblaban. Tanteó el picaporte y se sorprendió al encontrar la puerta abierta. Pero enseguida se dio cuenta que no era tan sorprendente: después de todo, a ningún ladrón, por más necesitado que estuviese, le apetecería robar en esa pocilga.
     Entró y cerró la puerta detrás de sí. La casa olía a humedad y a pedo rancio. Cruzó el living con las fotos del hijo de Quiroga y luego ingresó a la pequeña cocina. Abrió la vieja heladera marca Zenith: de ahí dentro salió un tufo que casi lo hizo vomitar. Se cubrió la nariz con la mano y revisó entre las porquerías que Quiroga guardaba dentro del aparato. Había huevos crudos a medio comer, un tarro de leche que ya debía estar vencido, un trozo de carne que estaba comenzando a ponerse negro. Detrás de una botella de gaseosa encontró lo que buscaba: un jarro de vidrio, cubierto al cincuenta por ciento por agua. Lo tomó con ambas manos y lo bebió sin respirar, sin importarle el olor a comida que el jarro tenía en su interior. Bebió y bebió hasta que su estómago dijo basta, y entonces, conteniendo las convulsiones, se acercó al desagüe de la cocina y vomitó.
     Contempló, durante unos segundos, el vómito. Al menos ya no había sangre allí. Abrió el grifo para correr el agua, pero, tal cual sospechaba, no había red de agua corriente en la zona. Sin dudas debía haber un pozo en algún lado, que debía activarse con alguna bomba de succión.
     Se alejó del desagüe y volvió a concentrarse en la heladera. Recordaba que, instantes antes de darle el famoso trago de whisky, Quiroga se había acercado a la heladera, por lo que suponía que la droga debía estar por allí. Buscó algún frasco sospechoso, algún blíster de pastillas, pero para su desesperación, no encontró nada. Revisó en los estantes y en el cajón de las verduras. Luego, en el freezer e incluso detrás de la heladera. Nada de nada. ¿Dónde diablos la guardaría? ¿O tal vez le había dado la última dosis que le quedaba?
    Se dio vuelta y volvió a contemplar la minúscula cabaña. Los objetos se encontraban tan abarrotados y eran tan numerosos que sería casi imposible encontrar algo por ahí. Y él necesitaba la droga ahora, en forma urgente, o de lo contrario caería de cansancio en cualquier momento.
    Vio que a un costado de la mesada de fórmica, había una puerta de madera. Había sido allí donde Quiroga se había metido, instantes antes de salir con aquel quijotesco lanzallamas colgado de sus espaldas. Tal vez la droga se encontraba en ese lugar, junto con el resto de las armas de Quiroga. Si es que Quiroga, claro, tenía más armas.
     Dan no lo conocía demasiado, pero apostaba su pellejo a que sí, que aquel barbudo tenía más armas desperdigadas en la casa. Es más: sospechaba que debía tener un arsenal.
    Se acercó a la puerta y tanteó el picaporte. Éste sí estaba trabado con llave, por lo que las sospechas de que guardaba algo allí dentro no hicieron más que acrecentarse. Probó con golpear la puerta con sus hombros, pero se encontraba demasiado débil y ni siquiera fue capaz de hacerla crujir un poco. Retrocedió y salió de la casa; sabía que había visto un galponcito de chapa en el fondo del terreno. Allí Quiroga debía guardar sus herramientas.
     Ingresó al lugar, que por fortuna no estaba cerrado con candado, y comenzó a revisar las estanterías. Al rato, encontró lo que buscaba: una amoladora eléctrica. Salió del galpón sosteniendo el aparato con ambas manos, y durante un momento recordó que era así como había sostenido el lanzallamas, en las profundidades de la mina. Ahora el terrible artefacto debía estar a unos cuantos metros de la superficie, descansando en la oscuridad de una cueva infectada por babosas gigantes…
     No le llevó mucho tiempo derribar la puerta de madera. La amoladora era antigua pero el disco de corte parecía bastante bueno; un humo tóxico se desprendió de la madera herida mientras Dan hacía un corte semicircular en torno al picaporte. Cuando terminó de completar el semicírculo, le dio un golpe y el trozo de madera cayó hacia atrás, junto con el picaporte. Abrió la puerta de una patada. Avanzó dos pasos.
     Se detuvo frente al umbral, con la boca formando una muda e inconsciente “O” de asombro.

"Un Largo Viaje a la Oscuridad" (Capítulo 14-B)

Estamos llegando a los momentos claves, amigos lectores, y no exagero al decir que gran parte del camino recorrido fue hecho para llegar, precisamente, a este bendito capítulo. Así que no se lo pierdan!!
Y para los despistados, informo que el martes pasado publiqué el capítulo 14-A, por lo que les sugiero que primero lo lean, así entenderán mejor.
Un abrazo y buen fin de semana.
_____________________________

     Al menos, Abel no había mentido en un aspecto: no estaban lejos del lugar que pretendía mostrarle. Apenas hicieron unos cuarenta o cincuenta metros, internándose en una depresión sobre el suelo que se encontraba rodeada de rocas del tamaño de personas. En ese lugar, el viejo se detuvo e iluminó, con la luz azulada de la bola, algo que en un primer momento Quiroga tomó como un montón de huesos de algún animal acumulados en un rincón. Pero luego, al observar mejor, se dio cuenta de que había algo extraño en esos huesos: por empezar eran demasiado largos, casi tanto como un brazo entero, y además los cráneos que había desperdigados en derredor (eran cinco o seis), tenían una forma anómala; no eran similares a ningún cráneo que Quiroga había visto en su vida, ni de seres humanos ni animales. Eran alargados y del tamaño de una pelota de rugby; los agujeros de los ojos eran enormes, a tal punto que cubrían gran parte de la superficie del cráneo. Y los dientes… a Quiroga le recordó al de los grandes cánidos. Eran dientes preparados para desgarrar y morder. Sin embargo, había algo raro en ellos, y cuando se agachó para examinarlos mejor, pudo ver el motivo: parecían limados o cortados. Exactamente como se gastaban los dientes de los animales peligrosos de los circos, para que éstos no representaran ningún peligro para sus domadores…
     -Esto… estas no son las criaturas…
     -¿Cómo lo sabe?
     -Bien…- y Quiroga estuvo a punto de relatarle su enfrentamiento con una de ellas, en la mina, y su posterior vivisección… pero pensó que sería mejor obviar esa parte. Al menos de momento. Hasta que conociera a Abel un poco mejor-. Las he visto de cerca, y no parecen tener una forma así. Ni siquiera pude distinguirles sus cabezas…
     Abel asintió, los ojos de repente brillantes.
     -Parecen una horrible cosa amorfa, ¿cierto? Y sin embargo, son inteligentes, tanto como usted jamás podría imaginarlo…
    -Y entonces… ¿qué es esto?
    -Hay seis de estas cosas aquí. Y cuatro más del otro lado del río, cerca de una roca que tiene la forma de una pirámide.
      -Ajá- Quiroga lo miró interrogante.
     -¿Es que no se da cuenta? Son diez. ¿Y qué le dije yo anteriormente? Que somos diez. Siempre somos diez.
     Quiroga volvió a observar los cráneos, alzando una ceja.
     -No me diga que estas cosas… son seres humanos…
     Abel hizo un gesto con la mano, indicando que la teoría de Quiroga era totalmente descabellada.
     -Claro que no. Son criaturas que las babosas trajeron consigo. Pero murieron. Nosotros las reemplazamos…
     -¿Y qué eran?
     Quiroga no podía apartar la vista de esos cráneos. Los dientes limados, las grandes cuencas de los ojos… Debían haber sido criaturas muy temibles en vida. Quizás tanto como las mantarrayas…
     -No lo sabemos. Pero sí creemos adivinar, y creo yo bastante acertadamente, la finalidad de esas cosas. Eran esclavos. Las babosas las utilizaban como esclavos. Cuando estas cosas murieron, las babosas debieron buscarse un reemplazo… y nosotros, los seres humanos, fuimos los sustitutos perfectos…
     -¿Esclavos? ¿Eso es lo que somos? ¿Esclavos de las matarrayas?
     -Podría decirse que sí. Aunque no sabemos por qué siempre debemos ser diez. Tal vez se trate de algún tipo de tradición, una costumbre arraigada en la sociedad de las babosas.
    -¿Y de dónde vinieron? ¿Qué es lo que saben sobre ellas?
     Abel señaló hacia la oscuridad, hacia el lugar donde el río parecía correr con un incansable rumor líquido.
     -Viven allá, del otro lado del río. En unas cavernas naturales. Nosotros tenemos prohibido acercarnos al lugar. Nos quieren lejos de sus actividades cotidianas.
     -¿Pero qué rayos son?
    El anciano volvió a encogerse de hombros.
     -Sólo hay teorías. Enriquito Menza, que era uno de los habitantes más antiguos, decía que vinieron del espacio. Se estrellaron en una nave espacial, allá por el año ochenta y cuatro u ochenta y cinco. Sabemos esto, porque los primeros humanos que trajeron aquí datan de esa fecha, aunque nunca nadie vio la nave espacial. Ninguno de ellos está vivo ahora, así que lamentablemente no podemos contar con su relato. Pero Enriquito al menos conoció a varios de ellos. Decía que al principio, las babosas parecían muy desorganizadas y vivían en el caos total. ¿Se imagina? Nosotros hubiésemos hecho lo mismo. Imagínese que usted viaja en una nave espacial, la nave experimenta un fallo, y termina en un planeta totalmente desconocido. Primero reina la desesperación, uno trata de reparar la nave y se da cuenta de que ya no tiene arreglo, porque la tecnología de este extraño planeta es arcaica… A la desesperación, le sucede la desesperanza. Para colmo, las criaturas que uno trae consigo, que le ayudan en las tareas cotidianas, mueren… ¿Qué haría usted? ¿Qué medidas tomaría para no terminar muriendo de tristeza, o directamente suicidándose?
     Quiroga trató de imaginarse la escena, y pese a que no era un tipo muy imaginativo, logró captar lo que Abel trataba de decirle.
     -Supongo que… bueno, por empezar, trataría de replicar, en la medida de lo posible, las condiciones de vida de mi planeta originario…
     El anciano lo señaló con el dedo, como en una burda película de vaqueros.
     -Exacto, amigo. Y fue eso lo que precisamente hicieron las babosas. Supongo que primero, buscaron un ambiente similar a donde antaño vivían. Algo húmedo, oscuro, de altas temperaturas… encontraron esto, debajo de una mina abandonada. Y después, simplemente, se dedicaron a buscar un reemplazo para sus esclavos. Y es aquí donde nosotros entramos en esta historia.
     -Pero, ¿cómo? ¿Cómo lograron permanecer en las sombras durante tanto tiempo?
     -Son sigilosas, amigo, muy sigilosas… Y extremadamente inteligentes. Además, eligen muy bien a sus víctimas…
     -¿Qué quiere usted decir con eso?
     Antes de que Abel pudiera responder, una luz azulada se encendió en la cueva, y de inmediato comenzó a acercarse. Sobresaltado, el viejo se llevó una mano a la barbilla y tomó a Quiroga de la manga.
     -El tiempo pasó muy rápido. Venga, vámonos. Debemos regresar a la cueva.
    -¿Por qué? ¿Qué sucede?
     -Nuestro turno está por comenzar. Es hora de servir a las criaturas. En el camino, le explicaré como es debido…
     -Un momento, estimado. Yo no serviré a nadie. ¿Qué es eso de que nuestro turno comenzó?
     -Apresúrese, o vendrá el supervisor…
     -Yo no tengo supervisor. Yo no soy esclavo de nadie. Soy un hombre libre. Y la verdad, no tengo miedo.
     Abel se dio vuelta. Su desesperación era evidente. Los ojos se le habían agrandado por el miedo. Casi parecía un chico, un niño que había tenido la desgracia de envejecer prematuramente, como víctima de una de esas extrañas enfermedades genéticas que hacían que el organismo se desarrollara a una velocidad vertiginosa.
     -Créame: debe tenerlo. Eugenio Vernis, el supervisor que tenemos actualmente, es el peor que vi desde que estoy aquí abajo. Es… sádico. Creo que está loco. Venga conmigo, por favor. Seguiremos hablando en el camino, pero por favor…
     La luz de la bola azulada se seguía acercando, por lo que Abel calló. Quiroga vio una silueta que caminaba erguida y orgullosa, seguida por una mujer que por poco no se arrastraba: la cabeza gacha, el andar lento y resignado. El contraste entre ambos era tan marcado que resultaba casi patético. “Es el tal Vernis”, pensó Quiroga. “El jodido jefe supervisor. Pero resulta que hace mucho yo no sigo las órdenes de nadie, mucho menos aquí abajo, en el culo del mundo”.
    -¿Abel?- dijo una voz de un curioso timbre alto, como si se encontrara gritando a todo pulmón, aunque no fuera así-. ¿Este es el tipo nuevo? ¿Por qué no me avisaste que había llegado?
    -Lo siento, jefe- dijo el anciano, agachando de inmediato la cabeza-. Pensé que, debido a la hora…
     -Sabes muy bien que debes avisarme de todas las novedades que ocurren aquí abajo. ¿Cuántas veces debo recordártelo, viejo estúpido?- el supervisor se detuvo delante de Quiroga y lo miró de arriba abajo, de una forma insoportablemente insolente-. Y tú, ¿cómo te llamas?
     Pero Quiroga no respondió. Se le quedó mirando fijamente, sin parpadear, sin casi respirar siquiera. Abel se apresuró a interceder:
    -Se llama Quiroga. Alberto Quir…
    El supervisor se dio vuelta, rápido como un látigo, y le dio un cachetazo, con el revés de la mano. El viejo se cubrió a destiempo y lanzó un chillido. Casi parecía el quejido de una rata atrapada en un rincón. Si Quiroga hubiese prestado la debida atención, sin dudas hubiese sentido asco por ese ser huidizo y patético en que se había convertido Abel. Pero no: estaba concentrado en el rostro del supervisor. Había algo en él… algo que hacía que su corazón corcoveara de espanto…
    -No te hablé a ti, viejo. Ya me estás cansando, ¿sabes? Siempre con tus aires de bienhechor, tratando de ayudar a todo el mundo… No creo tu papel. No lo creo ni por un segundo…- se dirigió a Quiroga-. ¿Y bien? Te hice una pregunta. ¿Cuál es tu nombre, novato?
     Pero Quiroga no podía decir nada. Su garganta se agitaba convulsa, tratando de expulsar las palabras que de repente parecían haber desaparecido de su interior. El mundo giraba a su alrededor y de repente comenzó a ver todo borroso, como a través de un vidrio empañado. Pensó en los años de locura que había experimentado, en su esposa, en aquella aciaga noche en que las criaturas se habían llevado a su hijo y habían arruinado todo lo que crecía en su interior. Por primera vez en muchos años, sus ojos se anegaron en lágrimas, y un líquido demasiado caliente comenzó a correrle mejillas abajo, empapando su barba sucia y amarillenta.
     Cuando finalmente pudo pronunciar una palabra, lo que dijo fue un nombre, no el suyo propio, sino uno que hacía mucho tiempo había perdido la esperanza de volver a pronunciarlo en voz alta:
    -¿Lucas?

(Continuará...)

Muy pronto...

Con la dirección de Alejandro Liendo, y guión de un servidor, muy pronto llegará una miniserie de terror y suspenso que los dejará pegados a sus butacas... 


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