Bienvenidos a 666 Cuentos de Terror

Bienvenidos a mi Muestrario de Horrores y Oscuridades.
Todas las historias publicadas en este blog fueron escritas por mí y están bajo derecho de copyright.
Si eres nuevo aquí, te recomiendo que empieces por los cuentos más cortos y fáciles de leer. He aquí un listado orientativo:

La Cola del Diablo
El Fantasma de Youtube
Bitácora del Capitán Farris
Noche de Brujas II: Casa en el Árbol
Enfermera Nocturna
El Hombre del Patio
Muñeca Maldita

El Blog se actualizará todos Viernes (y algunos Martes) a la Hora del Demonio (03:00 am).
El Objetivo es llegar a las 666 Historias Cortas de Terror, Misterio y Suspenso..., como todos saben el 666 es el Número del Diablo, por lo que el Último Cuento será el más Terrorífico, Sangriento, Horroroso, Repulsivo, Asqueroso y Aterrador de Todos los Tiempos (o no, jaja). 
Todos los Comentarios son Bienvenidos. También puedes buscarme en Facebook y seguirme desde allí. Ésta es la fanpage:
https://www.facebook.com/pages/666cuentosdeterrorcom/184012511768780
¡Gracias por Visitar mi Sitio, y Vuelva Pronto!

"Un Largo Viaje a la Oscuridad" (Capítulo 16)

1

Extracto de audio de las grabaciones digitales encontradas en la PC de Alberto Quiroga, ordenadas por fecha y hora (sólo las más importantes).

VIDEO 1. Fecha de grabación: 01-07-2007.Duración: 5.23 minutos.
QUIROGA: Lucas está muerto…
(pausa de cinco segundos)
Creo que yo lo maté.
(Pausa de quince segundos).
Sí, casi llego a creerlo… Mi mujer no para de repetírmelo: “Tú lo mataste, tú lo mataste”. Le explico lo que ocurrió aquella noche, pero ella no me escucha… Sé que ha perdido la cordura desde que… desde que la cosa se llevó a Lucas… “Dejaste que se fuera”, me dice constantemente. “Dejaste que la cosa negra se lo llevara, porque tu hijo no te importaba una mierda”.
(Piensa y mira la cámara fijamente).
Y tal vez no esté muy errada, después de todo.
(Quiroga comienza a llorar. Lo hace durante un lapso de dos minutos y medio).
(Voz quebrada y apenas inteligible).
No está tan errada…
(El video se corta)

VIDEO 2. Fecha de grabación: 09-07-2007. Duración: 6.45 minutos
QUIROGA: Sé lo que tengo que hacer. Volveré a la mina. Sé que ha pasado mucho tiempo desde la desaparición de Lucas, y las posibilidades de encontrarlo con vida son mínimas… pero tengo que volver. Mi mujer al menos tiene razón en un aspecto: no puedo desentenderme del asunto y olvidarlo así sin más. Soy un policía, tengo muchos años de servicio, y durante demasiado tiempo me he jactado de ser uno de los tipos más duros de la fuerza policial. Los vagos y los criminales saben que deben evitar mi presencia si quieren conservar sus huesos sanos. Sé que  es presuntuoso, pero es así. Mis compañeros me respetan y a veces me miran con recelo, porque es cierto que muchas veces me he excedido con la brutalidad y el abuso de mi autoridad. Pero es que no concibo otra manera de ejercer mi profesión. Si me ablando o me vuelvo comprensivo, las lacras de la sociedad te pasan por encima. Es así. O soy yo o soy ellos. Durante muchos años pensé así, y no hay motivos para cambiar justo ahora.
(pausa de diez segundos).
Y sin embargo… no fui capaz de defender a mi propio hijo. He defendido a vecinos inocentes, he defendido a compañeros míos, incluso a gente que no merecía siquiera levantar un dedo en defensa de ellas… pero no pude defender a mi hijo. Mi mujer puede estar loca, pero tiene razón. De nada sirve ser un experto tirador de armas y estar preparado para la violencia y la lucha cuerpo a cuerpo, si uno no puede defender a su propia familia.
Esta vez no iré desarmado. El fuego puede hacerle mucho daño a esa cosa, así que iré preparado para hacerlo mierda. Tengo un soplete y una soldadora portátil: iré armado con ello. Prepárate, hijo de puta.
(piensa un rato).
Si me llega a ocurrir algo, y estás viendo esto, querida mía, quiero que sepas que te amo.
(Otra pausa).
Sé que no siempre lo demuestro… Me cuesta mucho demostrar los sentimientos. Lo sabes bien. No seré uno de esos hombres que llevan flores y escriben poemas a sus mujeres… pero siempre te amé. Siempre he sido leal a ti.
(Otra pausa)
Si llego a morir, te informo que tengo tres seguros de vida, que podrás cobrar una vez que realices los trámites correspondientes. Encontrarás toda la documentación necesaria en la caja verde que está en la quinta estantería del garaje.
(Otra pausa, mira a la cámara fijamente).
Adiós.
(Fin del video)

"Un Largo Viaje a la Oscuridad" (Capítulo 15)

1


    Dan estacionó la camioneta bajo la sombra de una gran secoya y luego, trastabillando, se apeó. Observó la cabaña de Quiroga. A la luz del día, la vivienda había perdido su área mística y sombría, como de cuentos de hadas, para directamente ahora parecer un cuchitril.
         Chapas amontonadas en el patio. Chatarras oxidadas recostadas en los laterales. Restos de hamacas y de fierros retorcidos sobre el techo. La pila de leña se encontraba un poco derrumbada, como los huesos de un dinosaurio que hubiese muerto apoyado contra las paredes. Las enredaderas salvajes crecían sin control y trepaban por el tejado; en el patio trasero, los pastizales se erguían tan altos como hombres, incluso un poco más.
      Dan ascendió por los escalones del porche; las piernas le temblaban. Tanteó el picaporte y se sorprendió al encontrar la puerta abierta. Pero enseguida se dio cuenta que no era tan sorprendente: después de todo, a ningún ladrón, por más necesitado que estuviese, le apetecería robar en esa pocilga.
     Entró y cerró la puerta detrás de sí. La casa olía a humedad y a pedo rancio. Cruzó el living con las fotos del hijo de Quiroga y luego ingresó a la pequeña cocina. Abrió la vieja heladera marca Zenith: de ahí dentro salió un tufo que casi lo hizo vomitar. Se cubrió la nariz con la mano y revisó entre las porquerías que Quiroga guardaba dentro del aparato. Había huevos crudos a medio comer, un tarro de leche que ya debía estar vencido, un trozo de carne que estaba comenzando a ponerse negro. Detrás de una botella de gaseosa encontró lo que buscaba: un jarro de vidrio, cubierto al cincuenta por ciento por agua. Lo tomó con ambas manos y lo bebió sin respirar, sin importarle el olor a comida que el jarro tenía en su interior. Bebió y bebió hasta que su estómago dijo basta, y entonces, conteniendo las convulsiones, se acercó al desagüe de la cocina y vomitó.
     Contempló, durante unos segundos, el vómito. Al menos ya no había sangre allí. Abrió el grifo para correr el agua, pero, tal cual sospechaba, no había red de agua corriente en la zona. Sin dudas debía haber un pozo en algún lado, que debía activarse con alguna bomba de succión.
     Se alejó del desagüe y volvió a concentrarse en la heladera. Recordaba que, instantes antes de darle el famoso trago de whisky, Quiroga se había acercado a la heladera, por lo que suponía que la droga debía estar por allí. Buscó algún frasco sospechoso, algún blíster de pastillas, pero para su desesperación, no encontró nada. Revisó en los estantes y en el cajón de las verduras. Luego, en el freezer e incluso detrás de la heladera. Nada de nada. ¿Dónde diablos la guardaría? ¿O tal vez le había dado la última dosis que le quedaba?
    Se dio vuelta y volvió a contemplar la minúscula cabaña. Los objetos se encontraban tan abarrotados y eran tan numerosos que sería casi imposible encontrar algo por ahí. Y él necesitaba la droga ahora, en forma urgente, o de lo contrario caería de cansancio en cualquier momento.
    Vio que a un costado de la mesada de fórmica, había una puerta de madera. Había sido allí donde Quiroga se había metido, instantes antes de salir con aquel quijotesco lanzallamas colgado de sus espaldas. Tal vez la droga se encontraba en ese lugar, junto con el resto de las armas de Quiroga. Si es que Quiroga, claro, tenía más armas.
     Dan no lo conocía demasiado, pero apostaba su pellejo a que sí, que aquel barbudo tenía más armas desperdigadas en la casa. Es más: sospechaba que debía tener un arsenal.
    Se acercó a la puerta y tanteó el picaporte. Éste sí estaba trabado con llave, por lo que las sospechas de que guardaba algo allí dentro no hicieron más que acrecentarse. Probó con golpear la puerta con sus hombros, pero se encontraba demasiado débil y ni siquiera fue capaz de hacerla crujir un poco. Retrocedió y salió de la casa; sabía que había visto un galponcito de chapa en el fondo del terreno. Allí Quiroga debía guardar sus herramientas.
     Ingresó al lugar, que por fortuna no estaba cerrado con candado, y comenzó a revisar las estanterías. Al rato, encontró lo que buscaba: una amoladora eléctrica. Salió del galpón sosteniendo el aparato con ambas manos, y durante un momento recordó que era así como había sostenido el lanzallamas, en las profundidades de la mina. Ahora el terrible artefacto debía estar a unos cuantos metros de la superficie, descansando en la oscuridad de una cueva infectada por babosas gigantes…
     No le llevó mucho tiempo derribar la puerta de madera. La amoladora era antigua pero el disco de corte parecía bastante bueno; un humo tóxico se desprendió de la madera herida mientras Dan hacía un corte semicircular en torno al picaporte. Cuando terminó de completar el semicírculo, le dio un golpe y el trozo de madera cayó hacia atrás, junto con el picaporte. Abrió la puerta de una patada. Avanzó dos pasos.
     Se detuvo frente al umbral, con la boca formando una muda e inconsciente “O” de asombro.

"Un Largo Viaje a la Oscuridad" (Capítulo 14-B)

Estamos llegando a los momentos claves, amigos lectores, y no exagero al decir que gran parte del camino recorrido fue hecho para llegar, precisamente, a este bendito capítulo. Así que no se lo pierdan!!
Y para los despistados, informo que el martes pasado publiqué el capítulo 14-A, por lo que les sugiero que primero lo lean, así entenderán mejor.
Un abrazo y buen fin de semana.
_____________________________

     Al menos, Abel no había mentido en un aspecto: no estaban lejos del lugar que pretendía mostrarle. Apenas hicieron unos cuarenta o cincuenta metros, internándose en una depresión sobre el suelo que se encontraba rodeada de rocas del tamaño de personas. En ese lugar, el viejo se detuvo e iluminó, con la luz azulada de la bola, algo que en un primer momento Quiroga tomó como un montón de huesos de algún animal acumulados en un rincón. Pero luego, al observar mejor, se dio cuenta de que había algo extraño en esos huesos: por empezar eran demasiado largos, casi tanto como un brazo entero, y además los cráneos que había desperdigados en derredor (eran cinco o seis), tenían una forma anómala; no eran similares a ningún cráneo que Quiroga había visto en su vida, ni de seres humanos ni animales. Eran alargados y del tamaño de una pelota de rugby; los agujeros de los ojos eran enormes, a tal punto que cubrían gran parte de la superficie del cráneo. Y los dientes… a Quiroga le recordó al de los grandes cánidos. Eran dientes preparados para desgarrar y morder. Sin embargo, había algo raro en ellos, y cuando se agachó para examinarlos mejor, pudo ver el motivo: parecían limados o cortados. Exactamente como se gastaban los dientes de los animales peligrosos de los circos, para que éstos no representaran ningún peligro para sus domadores…
     -Esto… estas no son las criaturas…
     -¿Cómo lo sabe?
     -Bien…- y Quiroga estuvo a punto de relatarle su enfrentamiento con una de ellas, en la mina, y su posterior vivisección… pero pensó que sería mejor obviar esa parte. Al menos de momento. Hasta que conociera a Abel un poco mejor-. Las he visto de cerca, y no parecen tener una forma así. Ni siquiera pude distinguirles sus cabezas…
     Abel asintió, los ojos de repente brillantes.
     -Parecen una horrible cosa amorfa, ¿cierto? Y sin embargo, son inteligentes, tanto como usted jamás podría imaginarlo…
    -Y entonces… ¿qué es esto?
    -Hay seis de estas cosas aquí. Y cuatro más del otro lado del río, cerca de una roca que tiene la forma de una pirámide.
      -Ajá- Quiroga lo miró interrogante.
     -¿Es que no se da cuenta? Son diez. ¿Y qué le dije yo anteriormente? Que somos diez. Siempre somos diez.
     Quiroga volvió a observar los cráneos, alzando una ceja.
     -No me diga que estas cosas… son seres humanos…
     Abel hizo un gesto con la mano, indicando que la teoría de Quiroga era totalmente descabellada.
     -Claro que no. Son criaturas que las babosas trajeron consigo. Pero murieron. Nosotros las reemplazamos…
     -¿Y qué eran?
     Quiroga no podía apartar la vista de esos cráneos. Los dientes limados, las grandes cuencas de los ojos… Debían haber sido criaturas muy temibles en vida. Quizás tanto como las mantarrayas…
     -No lo sabemos. Pero sí creemos adivinar, y creo yo bastante acertadamente, la finalidad de esas cosas. Eran esclavos. Las babosas las utilizaban como esclavos. Cuando estas cosas murieron, las babosas debieron buscarse un reemplazo… y nosotros, los seres humanos, fuimos los sustitutos perfectos…
     -¿Esclavos? ¿Eso es lo que somos? ¿Esclavos de las matarrayas?
     -Podría decirse que sí. Aunque no sabemos por qué siempre debemos ser diez. Tal vez se trate de algún tipo de tradición, una costumbre arraigada en la sociedad de las babosas.
    -¿Y de dónde vinieron? ¿Qué es lo que saben sobre ellas?
     Abel señaló hacia la oscuridad, hacia el lugar donde el río parecía correr con un incansable rumor líquido.
     -Viven allá, del otro lado del río. En unas cavernas naturales. Nosotros tenemos prohibido acercarnos al lugar. Nos quieren lejos de sus actividades cotidianas.
     -¿Pero qué rayos son?
    El anciano volvió a encogerse de hombros.
     -Sólo hay teorías. Enriquito Menza, que era uno de los habitantes más antiguos, decía que vinieron del espacio. Se estrellaron en una nave espacial, allá por el año ochenta y cuatro u ochenta y cinco. Sabemos esto, porque los primeros humanos que trajeron aquí datan de esa fecha, aunque nunca nadie vio la nave espacial. Ninguno de ellos está vivo ahora, así que lamentablemente no podemos contar con su relato. Pero Enriquito al menos conoció a varios de ellos. Decía que al principio, las babosas parecían muy desorganizadas y vivían en el caos total. ¿Se imagina? Nosotros hubiésemos hecho lo mismo. Imagínese que usted viaja en una nave espacial, la nave experimenta un fallo, y termina en un planeta totalmente desconocido. Primero reina la desesperación, uno trata de reparar la nave y se da cuenta de que ya no tiene arreglo, porque la tecnología de este extraño planeta es arcaica… A la desesperación, le sucede la desesperanza. Para colmo, las criaturas que uno trae consigo, que le ayudan en las tareas cotidianas, mueren… ¿Qué haría usted? ¿Qué medidas tomaría para no terminar muriendo de tristeza, o directamente suicidándose?
     Quiroga trató de imaginarse la escena, y pese a que no era un tipo muy imaginativo, logró captar lo que Abel trataba de decirle.
     -Supongo que… bueno, por empezar, trataría de replicar, en la medida de lo posible, las condiciones de vida de mi planeta originario…
     El anciano lo señaló con el dedo, como en una burda película de vaqueros.
     -Exacto, amigo. Y fue eso lo que precisamente hicieron las babosas. Supongo que primero, buscaron un ambiente similar a donde antaño vivían. Algo húmedo, oscuro, de altas temperaturas… encontraron esto, debajo de una mina abandonada. Y después, simplemente, se dedicaron a buscar un reemplazo para sus esclavos. Y es aquí donde nosotros entramos en esta historia.
     -Pero, ¿cómo? ¿Cómo lograron permanecer en las sombras durante tanto tiempo?
     -Son sigilosas, amigo, muy sigilosas… Y extremadamente inteligentes. Además, eligen muy bien a sus víctimas…
     -¿Qué quiere usted decir con eso?
     Antes de que Abel pudiera responder, una luz azulada se encendió en la cueva, y de inmediato comenzó a acercarse. Sobresaltado, el viejo se llevó una mano a la barbilla y tomó a Quiroga de la manga.
     -El tiempo pasó muy rápido. Venga, vámonos. Debemos regresar a la cueva.
    -¿Por qué? ¿Qué sucede?
     -Nuestro turno está por comenzar. Es hora de servir a las criaturas. En el camino, le explicaré como es debido…
     -Un momento, estimado. Yo no serviré a nadie. ¿Qué es eso de que nuestro turno comenzó?
     -Apresúrese, o vendrá el supervisor…
     -Yo no tengo supervisor. Yo no soy esclavo de nadie. Soy un hombre libre. Y la verdad, no tengo miedo.
     Abel se dio vuelta. Su desesperación era evidente. Los ojos se le habían agrandado por el miedo. Casi parecía un chico, un niño que había tenido la desgracia de envejecer prematuramente, como víctima de una de esas extrañas enfermedades genéticas que hacían que el organismo se desarrollara a una velocidad vertiginosa.
     -Créame: debe tenerlo. Eugenio Vernis, el supervisor que tenemos actualmente, es el peor que vi desde que estoy aquí abajo. Es… sádico. Creo que está loco. Venga conmigo, por favor. Seguiremos hablando en el camino, pero por favor…
     La luz de la bola azulada se seguía acercando, por lo que Abel calló. Quiroga vio una silueta que caminaba erguida y orgullosa, seguida por una mujer que por poco no se arrastraba: la cabeza gacha, el andar lento y resignado. El contraste entre ambos era tan marcado que resultaba casi patético. “Es el tal Vernis”, pensó Quiroga. “El jodido jefe supervisor. Pero resulta que hace mucho yo no sigo las órdenes de nadie, mucho menos aquí abajo, en el culo del mundo”.
    -¿Abel?- dijo una voz de un curioso timbre alto, como si se encontrara gritando a todo pulmón, aunque no fuera así-. ¿Este es el tipo nuevo? ¿Por qué no me avisaste que había llegado?
    -Lo siento, jefe- dijo el anciano, agachando de inmediato la cabeza-. Pensé que, debido a la hora…
     -Sabes muy bien que debes avisarme de todas las novedades que ocurren aquí abajo. ¿Cuántas veces debo recordártelo, viejo estúpido?- el supervisor se detuvo delante de Quiroga y lo miró de arriba abajo, de una forma insoportablemente insolente-. Y tú, ¿cómo te llamas?
     Pero Quiroga no respondió. Se le quedó mirando fijamente, sin parpadear, sin casi respirar siquiera. Abel se apresuró a interceder:
    -Se llama Quiroga. Alberto Quir…
    El supervisor se dio vuelta, rápido como un látigo, y le dio un cachetazo, con el revés de la mano. El viejo se cubrió a destiempo y lanzó un chillido. Casi parecía el quejido de una rata atrapada en un rincón. Si Quiroga hubiese prestado la debida atención, sin dudas hubiese sentido asco por ese ser huidizo y patético en que se había convertido Abel. Pero no: estaba concentrado en el rostro del supervisor. Había algo en él… algo que hacía que su corazón corcoveara de espanto…
    -No te hablé a ti, viejo. Ya me estás cansando, ¿sabes? Siempre con tus aires de bienhechor, tratando de ayudar a todo el mundo… No creo tu papel. No lo creo ni por un segundo…- se dirigió a Quiroga-. ¿Y bien? Te hice una pregunta. ¿Cuál es tu nombre, novato?
     Pero Quiroga no podía decir nada. Su garganta se agitaba convulsa, tratando de expulsar las palabras que de repente parecían haber desaparecido de su interior. El mundo giraba a su alrededor y de repente comenzó a ver todo borroso, como a través de un vidrio empañado. Pensó en los años de locura que había experimentado, en su esposa, en aquella aciaga noche en que las criaturas se habían llevado a su hijo y habían arruinado todo lo que crecía en su interior. Por primera vez en muchos años, sus ojos se anegaron en lágrimas, y un líquido demasiado caliente comenzó a correrle mejillas abajo, empapando su barba sucia y amarillenta.
     Cuando finalmente pudo pronunciar una palabra, lo que dijo fue un nombre, no el suyo propio, sino uno que hacía mucho tiempo había perdido la esperanza de volver a pronunciarlo en voz alta:
    -¿Lucas?

(Continuará...)

Muy pronto...

Con la dirección de Alejandro Liendo, y guión de un servidor, muy pronto llegará una miniserie de terror y suspenso que los dejará pegados a sus butacas... 


"Un Largo Viaje a la Oscuridad" (Capítulo 14-A)

Tiempo de respuestas...


_________


-Bien- dijo el anciano sentado sobre la piedra, mirando a Quiroga mientras ensayaba una enigmática sonrisa-. ¿Por dónde empiezo?
     -¿Qué le parece si empieza por contarme dónde diablos estamos?- contestó Quiroga-. Eso por empezar, por supuesto.
     Abel se restregó la barba con ambas manos y asintió. Echó una mirada hacia la cueva y luego, en un gesto algo teatral, señaló hacia arriba, donde pendían aquellas enormes estalactitas.
      -¿Ve eso que está allá arriba?- dijo. No esperó que Quiroga respondiera:- Son estalactitas. Todo el mundo sabe que se llaman así, pero nosotros les pusimos otro nombre. Les decimos: “espadas”. Por la espada de Damocles, ¿entiende? Están allá arriba, constantemente pendiendo sobre nuestras cabezas, y nunca se sabe cuándo terminarán por caer. Más o menos así son las cosas que sabemos aquí abajo. No tenemos certezas, el peligro acecha constantemente, y sólo podemos hacer conjeturas sobre el mundo que nos rodea. Le digo esto porque yo sólo transmitiré nuestras conjeturas, y nada más que eso.
       -¿Tantas palabras, para decirme que no sabe dónde nos encontramos?
       -Oh, yo nunca dije eso- se apresuró a decir Abel. Volvió a restregarse la barba amarillenta, en un gesto que evidentemente le era muy característico-. Suponemos… sólo suponemos… que nos encontramos debajo de la mina de plata, tal vez a unos cien, o quizás más, metros de profundidad. Aunque por supuesto, hay personas que no creen que estemos tan abajo. Razonan, yo creo que coherentemente, que si fuera así, el oxígeno se nos hubiese terminado hace rato, y ahora ninguno de nosotros quedaría vivo. Pero eso no es así, ¿verdad? Tanto usted como yo parecemos lo suficientemente vivos como para no estar muertos… salvo, por supuesto, que nos hayamos convertidos en fantasmas, cosa que tampoco debería descartarse del todo...
        -Demasiadas palabras- murmuró Quiroga, lanzando un suspiro de irritación-. Disculpe si le parezco grosero, pero creo que usted está usando demasiadas palabras…
        -Usted no entiende, pero ya entenderá- dijo Abel, quien no parecía molesto en lo más mínimo por el comentario de Quiroga-. Aquí abajo, las palabras lo son todo. Es necesario hablar, comunicarse, establecer vínculos. Hace mucho tiempo estoy aquí abajo, mucho más de lo que podría imaginarse, y créame que he visto tantas cosas que ya nada podría sorprenderme. He visto morir a mucha gente, he cuidado enfermos, incluso, válgame Dios, me he enamorado de quien nunca debí haberlo hecho. Las cosas pasan, el tiempo pasa, las personas pasan, pero las palabras quedan. Sé que parece el slogan de una estúpida campaña publicitaria, pero es así. A veces, sobre todo cuando mis compañeros duermen, y todo el sitio queda en silencio, yo puedo escucharlas… Escuchar las voces. Las conversaciones. Las palabras. Es por eso que yo las atesoro tanto. Las palabras pueden salvar vidas, y pueden, también, trazar un límite entre la demencia y la cordura… Quizás no entienda ahora, pero ya tendrá tiempo de entenderlo.
      -Demasiadas palabras, sí- dijo Quiroga, observando al viejo con atención-. Pero, aunque usted no lo crea, yo puedo entenderlo. No mucho, pero algo sí. Yo también soy un tipo solitario, y como tal, mido cada palabra que sale de mis labios. Pero la verdad, no me interesa filosofar sobre ese asunto. No crea que sea lugar ni tiempo adecuado para ello. De modo que pasemos a la siguiente pregunta.
      -Cuando usted lo disponga.
      -¿Hay posibilidades de salir de aquí?
      Abel inhaló una honda bocanada, al tiempo que volvía a mirar hacia arriba, como si la respuesta se encontrara colgada de una de esas enormes estalactitas.
      -Bueno, posibilidades, tal vez las haya…, pero que yo sepa, nadie hasta ahora ha conseguido escapar.
      -¿Lo han intentado?
      Le pareció que el viejo, por primera vez desde que comenzara la charla, se ponía algo nervioso.
       -Bueno, pues sí… Eso creo. Supongo.
       -¿Sí o no?
       -Es que tengo dudas. Aún al día de hoy, me pregunto si esos jóvenes realmente quisieron escapar, o sólo fue un intento de suicidio…
       -¿Cómo? ¿Por dónde trataron de escapar?
      El viejo señaló hacia la oscuridad, hacia el lugar donde el terreno entraba en declive.
      -Por el río, por supuesto. Es la única vía de comunicación con el mundo exterior. El problema es que se trata de un río subterráneo, que corre por debajo de la tierra por kilómetros y kilómetros, y salvo que uno pueda aguantar la respiración durante una hora, como las ballenas, no creo que pueda atravesarlo…
      -Tal vez lo lograron. Tal vez había bolsas de aire en el camino.
      -¿Usted se cree que, si las hubiera, nosotros no lo sabríamos?- dijo Abel, y Quiroga pudo observar que el viejo se había puesto a la defensiva-. Hace unos cinco años, una chica bajó a explorarlo. Ella era nadadora, ¿entiende? Y tenía una capacidad pulmonar extraordinaria, podía permanecer sin respirar durante tres minutos o más. Nosotros al principio nos opusimos, pero ella insistió tanto que terminamos aceptando. A regañadientes, por supuesto, pero tuvimos que aceptar. La atamos a la cintura con una cuerda y luego la chica, luego de tomar tres hondas bocanadas, se sumergió. El río aquí abajo asoma a la superficie en una especie de cuenco, como los cenotes mayas, y es bastante profundo aunque de aguas transparentes; muy pronto el cuerpo de la chica desapareció en sus profundidades. La cuerda comenzó a desenrrollarse y el tiempo pasó, un minuto, dos minutos, tres minutos. Al cuarto minuto, la cuerda quedó completamente quieta y nosotros nos afanamos en tirar de ella, con tanta rapidez que nuestras manos quedaron en carne viva. Cuando finalmente la trajimos a la superficie, la pobre chica estaba azul y parecía tan muerta como podría estarlo un cadáver en la morgue del pueblo. Algunos de nosotros, que sabíamos la técnica del RCP, por suerte logramos reanimarla… Desde entonces, nadie volvió a intentarlo. Excepto esos dos jóvenes que hace tres o cuatro años se arrojaron al río sin avisar a nadie. Ellos sí que nunca regresaron.
      -¿Y qué sucedió con la chica?
      -Oh, ella murió tiempo después- dijo Abel, despreocupadamente-. Una neumonía, ¿puede creerlo? Su cuerpo pudo sobrevivir a cinco o seis minutos sin oxígeno, pero un simple virus, que es tan viejo como Jesucristo, acabó con ella…
      -¿Y eso es todo?
      -¿A qué se refiere con eso?
      -Digo: de todas las personas que pasaron por aquí, ¿sólo tres trataron de escapar?
      El rostro del viejo volvió a ensombrecerse, y Quiroga no supo discernir si se trataba de miedo o de simple recelo. Como si su pregunta, que él había formulado con aire de inocencia, se acercara demasiado a una verdad que el otro a toda costa pretendía ocultarle…
       -Como le dije anteriormente, el río es la única vía de acceso que conocemos al mundo exterior. ¿Qué otra cosa podemos hacer? ¿Excavar la roca con un cuchillo?
       -Si yo estuviera todo el tiempo aquí encerrado, sin dudas algo trataría de hacer.
       -¿Qué?
       -No lo sé- dijo Quiroga, comenzando a perder la paciencia de nuevo-. Ahora no se me ocurre nada, pero porque hace menos de una hora que estoy aquí. Pero si el tiempo pasara, algo tendría que ocurrírseme.
        -Bueno, cuando se le ocurra algo, entonces avise. Tal vez su mente sea más avispada que la nuestra, y pueda encontrar, en muy poco tiempo, lo que a nosotros se nos ha venido escapando durante veinte años o más.
        -¿Veinte años? ¿Hace cuánto usted está aquí?
        -¿Qué día es hoy?
        -Jueves 15.
        -De Agosto, ¿verdad?- Quiroga no respondió, se limitó a mirarlo, porque no sabía si estaba jugando con él o qué-. Bueno, entonces llevo aquí exactamente trece años, seis meses y cinco días.
       Quiroga no pudo evitar lanzar un silbido de desaliento. Trece años en aquella oscuridad, aislado de la luz del Sol y de las caricias del viento… Incluso él, que había pasado gran parte del último lustro encerrado en una mina, explorando cada uno de sus recovecos, sintió un estremecimiento al imaginárselo.
       -Y cuando usted llegó, ¿ya había gente aquí abajo?
       -Oh, sí. En ese entonces aún se encontraba Enriquito Menza, que terminó siendo un gran amigo mío, tal vez el único verdadero que tuve aquí. Y también, por supuesto, estaba Caro...
       Por la forma en que dijo el nombre de la mujer, desviando los ojos y dibujando una especie de amarga sonrisa en los labios, Quiroga supo que se trataba del amor imposible de Abel.
       -¿Y qué pasó con ellos?
       -Murieron.
     -¿Cómo?
     Abel se encogió de hombros.
     -Simplemente murieron. Las condiciones aquí abajo son muy extremas: cualquier herida, por más superficial que sea, puede representar una amenaza de muerte. Por eso, uno de los consejos más útiles que puedo darle, es precisamente éste: cuídese.
     -¿Eso es todo?
     -Hay más. Pero se lo diré a su debido tiempo…
     Volvió a rascarse la barba, con expresión pensativa. Quiroga se le quedó mirando durante un tiempo más, tratando de decidir si podía confiar en él o no. Era curioso: por lo general, cuando él conocía a una persona, se daba cuenta enseguida si era de fiar o había que cuidarse de ella. Pero con Abel no sentía nada. Como si hubiera alguna barrera entre ellos, que sirviera para ocultar cosas. ¿Pero qué?
     -¿Qué le parece si comenzamos a hablar de las criaturas?- dijo al fin, decidido a seguir adelante con el asunto-. Es decir: ¿qué son? ¿Qué es lo que pretenden de nosotros?- Abel lanzó una pequeña risotada, y Quiroga extendió sus manos en señal de perplejidad-. ¿Qué le resulta gracioso?
     -Disculpe, es que esa frase… me hizo acordar a una película. ¿Recuerda usted a Isabel Sarli, la actriz porno? Ella se hizo famosa diciendo algo parecido. Supuestamente, en una de sus viejas películas, un campesino la arrinconada en un galpón de heno, con intenciones que eran más que evidentes. Pero ella, no dándose por enterada, o al menos fingiendo que no, le decía: “¿Qué pretende usted de mí?”. Lo curioso es que ella nunca dijo algo así, ese diálogo en la película es inexistente, pero de alguna manera quedó en el imaginario popular y…
     Vio que Quiroga no lo acompañaba en su humor risueño y calló, tosiendo sobre su mano.
     -Perdón- dijo.
     -¿Qué es lo que saben sobre las mantarrayas?- repitió Quiroga, tratando de armarse de paciencia.
     -Bueno, creo que será mejor que lo vea con sus propios ojos- dijo Abel, incorporándose de su improvisado asiento-. Acompáñeme, tengo algo interesante para mostrarle.
     -¿A dónde vamos?
     -No se preocupe, no iremos muy lejos- y volvió a lanzar una de sus irritantes risadas-. Está sólo a unos pasos de distancia…
      Tomó la bola azul, que había dejado sobre su regazo, y comenzó a caminar en dirección contraria a la cueva donde dormían los otros habitantes. Cuando vio que Quiroga no lo seguía, se dio vuelta.
     -¿Va a venir, o no?
     -¿Qué son esas bolas de luz? ¿De dónde las sacaron?
     -Un regalo de las babosas- respondió el viejo, alzando el objeto en cuestión hasta la altura de los ojos-. ¿No son maravillosas? Se encienden con el calor del cuerpo. Antes teníamos cuatro, pero una de ellas dejó de funcionar hace algunos años atrás. Así que debemos conformarnos con estas tres…
     -¿Las babosas no les regalaron otra?- preguntó Quiroga, tratando de parecer sarcástico. Pero el otro no se dio por aludido:
     -No. Y ya verá por qué no. ¿Viene?
     -Claro- dijo Quiroga a regañadientes, preguntándose si, de todos los anfitriones posibles, no le habría tocado el menos indicado...

(Continuará...)

"Un Largo Viaje a la Oscuridad" (Capítulo 13)

     -Hey- decía una voz lejana, que parecía escucharse a través de un viento sibilante y continuo. Sintió que una mano lo tomaba por el hombro y lo zamarreaba con fuerza, de un lado a otro-. Hey, despierta.
-¿Está muerto?- preguntó otra voz, ésta mucho más jovial y entusiasta.
-No, creo que sólo está borracho.
El de la voz jovial emitió un siseo.
-Sabía que era un borracho. Deberíamos arrestarlo por imbécil.
-¿Arrestarlo? Tengo una idea mejor.
-¿Qué?
-Ya verás…
Las voces se hacían cada vez más nítidas dentro de su cabeza. Dan trató de abrir los ojos, ver lo que sucedía a su alrededor, pero enseguida unos estiletazos de dolor parecieron atravesarle los párpados, por lo que los volvió a cerrar. Se sentía pésimo, como si padeciera la peor de las resacas de la peor de las borracheras posibles. Y ese constante silbido en sus oídos…
-Hey- repitió la voz joven. Sintió un golpecito en el flanco derecho, proporcionado sin dudas por las punteras de unos zapatos o botines policiales-. Levántate. Vamos.
      Dan trató de obedecer. Sabía que no convenía contradecir aquellas órdenes. Sin embargo, el cuerpo apenas le respondió, y lo único que consiguió fue encorvar la espalda un poco, como un animal con la columna quebrada. Se encontraba acostado sobre unas piedras, boca arriba, y el Sol de la mañana lo castigaba sin piedad desde un costado del cerro. “Si tan siquiera pudiera ver algo…”, pensó. Entonces la puntera de aquellos zapatos, dura y dolorosa, volvió a clavársele entre las costillas, esta vez con la suficiente violencia como para sacarle el aire. Dan se retorció y de su boca salió un “buuuff” que hizo que los policías estallaran en sonoras risotadas.
     -¿Viste el ruido que hizo?- dijo el de la voz más adulta, que parecía haber recuperado su entusiasmo-. Fue como si se pinchara una bicicleta…
     -Más bien me recordó a un fuelle- dijo el otro, sin dejar de reír-. Uno de esos fuelles para encender el fuego.
     -Hazlo otra vez- rogó el policía adulto.
     El zapato volvió a hundírsele en los riñones. Dan se estremeció por el dolor, aunque esta vez trató de contener el aliento, para no darle el gusto a aquellos hijos de puta. El policía jovial pareció profundamente desolado al decir:
     -Mierda. Esta vez no dijo nada…
     -Bueno, basta de jugar y levantemos a esta bosta. Ayúdame, ¿quieres?
     Unos brazos pasaron por debajo de sus axilas; Dan se vio bruscamente levantado por los aires. Lo dejaron apoyado a un costado de la camioneta, donde lo sujetaron y lo palparon de arriba abajo. El policía joven, una vez cumplida esta tarea, asomó la cabeza a la cabina del vehículo. De inmediato, haciendo marcados gestos de asco, se retiró y escupió sobre el suelo polvoriento, muy cerca de los pies de Dan.
     -Alguien vomitó ahí dentro- dijo-. Es un asco. ¿Fuiste tú, borracho asqueroso?
     No esperó la respuesta; de hecho, parecía importarle muy poco. Negó con la cabeza y luego se dirigió a la parte trasera de la camioneta. “El arsenal”, pensó entonces Dan, súbitamente alarmado.
     “El arsenal de Quiroga”.
     Si el policía llegaba a encontrar algo incriminador (alguna pistola, alguna escopeta, o lo que era peor, aunque no completamente descartable: una docena de granadas o algo así), el asunto realmente podía complicarse, hasta límites inimaginables.
     Sin embargo, al cabo de una rápida aunque diestra inspección, el policía joven se retiró con expresión de contrariedad, y Dan exhaló un imperceptible aunque auténtico suspiro de alivio.
     “Estoy vivo”, pensó entonces, consciente de que, por primera vez, se percataba de la dimensión de este simple hecho. “Sobreviví a la jodida droga de Quiroga. Pertenezco al dichoso quince por ciento de sobrevivientes…”
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...