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Atte: Mauro Croche

El Whatsapp de la Muerte



Me enteré de la existencia del misterioso whatsapp durante una reunión con amigos. Al parecer, hay un mensaje que anda dando vueltas por los celulares de la gente, de alguien que simplemente te dice: “Hola”. Se trata de un número desconocido, y no hay que abrir el mensaje porque, siempre según esta leyenda urbana, pertenece al de una persona que ha fallecido en forma estremecedora.
Reconozco que me reí de la leyenda porque me parecía ridícula. ¿Qué clase de espíritu, por el amor de Dios, querría comunicarse con alguien a través del whatsapp? Y, sobre todo, ¿por qué?
La idea era tan absurda que me reí durante el resto de camino a casa, sin poder parar. Estaba tan entretenido riendo que no me percaté de la sombra furtiva que comenzó a seguirme y, ya cerca de un baldío, se abalanzó sobre mi cuerpo y le hundió una docena de puñaladas.
Ahora me encuentro en un lugar frío, oscuro, mustio. Alzo la voz y nadie me escucha, el eco se pierde en una eternidad y yo… yo sólo quiero abrazarme a mí mismo y llorar hasta perder la memoria.
Una figura se acerca trastabillando. Es un chico: tiene los ojos tristes y un tajo que le recorre el vientre de lado a lado como un veloz zigzaguear.
-Toma- me dice alcanzándome un celular-. Lo estoy intentando desde hace años, pero nunca nadie me responde.
Así que agarro el celular y con dedos temblorosos, desesperados, aterrados, una y otra vez tecleo:
Hola
Hola
Necesito ayuda
¿Hay alguien ahí?
Hola
Hola
Hola
  

© 2016, Mauro Croche

Cuentos de Terror 73 a 75: "El Ente", "Confesiones del señor Muerte" y "Casa encantada"

EL ENTE

Ayer estaba acostado en la cama, leyendo un libro, cuando un grupo de personas desconocidas entró a mi habitación. Eran tres: un hombre alto que empuñaba una linterna, una anciana de bastón y anticuado sombrero negro, y un joven con el rostro cubierto por horribles cicatrices.
Sobresaltado, me incorporé y en el movimiento derribé el libro, que quedó sobre el suelo como una polilla muerta.
-¿Quiénes son ustedes?- grité-. ¿Por qué entraron sin permiso a mi casa?
Las personas se detuvieron de inmediato ante mi airada reacción.
-¿Escucharon? ¿Escucharon esa horrible voz?- dijo la anciana.
-Sí, y además la entidad derribó esa Biblia que estaba sobre la mesita de luz- dijo el hombre alto.
Rodearon mi cama y se tomaron de las manos, y comenzaron a recitar una vieja oración para expulsar a los demonios.


© 2016, Mauro Croche



CONFESIONES DEL SEÑOR MUERTE

Allí donde un anciano lucha por inhalar su última bocanada de aire, allí estoy yo para negárselo y regresarlo a la oscuridad de origen.
Allí donde un coche se incendia y sus ocupantes quedan atrapados en el interior de metal, ahí estoy yo, esperando que el fuego acalle los últimos gritos.
Allí donde un desesperado se arroja a través de la ventana de un décimo piso, allí estoy yo, esperándolo con los brazos abiertos para guiarlo hacia su Última Verdad.
Como seguramente habrán adivinado, yo soy la Muerte.
Tal vez el mío no sea el mejor trabajo del mundo, pero al menos lo cumplo con suma eficacia. Y me siento orgulloso por eso.
Durante uno de mis escasísimos tiempos libres –son microsegundos- una figura encapuchada que empuña una guadaña me viene a ver.
-¿Qué hacés?- me grita-. ¿Qué carajo creés que estás haciendo?
-¿Yo? Nada. Mi trabajo. Yo soy la Muerte.
-Pedazo de nabo, qué decís, YO soy la Muerte. Vos no sos más que un espíritu errante que…
Le quito la guadaña y lo acallo de un guadañazo que le vuela la cabeza.
El mercado laboral está jodido, y no voy a permitir que cualquier esqueleto con capucha venga a quitarme el puesto.


© 2016, Mauro Croche

  “CASA ENCANTADA”

El psíquico ingresó a la oscura y húmeda casa, donde aquella mujer de peinado estrafalario vivía con sus tres hijos.
“Vemos cosas a la noche, señor. Luces que bailotean en el cielorraso. Sombras malignas en el espejo del baño. Y también hay ruidos. Voces que susurran desde los rincones, risitas, ruidos de pasos que corretean por el pasillo. Creemos que en esta casa hubo crímenes, y ahora está habitada por las almas torturadas de las víctimas”.
El psíquico asintió. Podía percibir que aquella mujer estaba en lo cierto, se lo decía cada átomo de su ser. Abrió su viejo libro de salmos y comenzó a recitar las oraciones adecuadas para otorgarles a aquellos espíritus errantes la paz que tanto anhelaban.
Los tres hijos de la mujer desaparecieron.


© 2016, Mauro Croche
 

Cuentos de Terror 72 a 77 (Microcuentos)

Cuentos de Terror 72 a 77 (Microcuentos)

Todas mis novias fueron locas. Pero la última superó cualquier expectativa. Me estaba esperando al final de las escaleras, con un cuchillo en la mano. “Nunca me dejarás”, me dijo. “Nunca volverás a ver a otra mujer que no sea yo”. Me sacó los ojos y los puso en un frasco sobre la repisa, donde también se encuentra una de sus fotografías.
"Novias"

En aquel pueblo perdido en la vastedad de la llanura, la gente ya no sonríe ni mira a los ojos. No se escucha música, ni conversaciones, ni siquiera el canto de algún pájaro. A pesar de que son las doce del mediodía, parece a punto de oscurecer. Me encuentro con una niña saltando la comba. Me acerco y le pregunto: -Niña, ¿qué ha pasado aquí? -Nuestros padres. Hicieron un trato con el Gusano. Prosperidad y bienestar económico, a cambio de nuestras almas. Tenemos todos los lujos y caprichos, pero vivimos con miedo. Siempre vivimos con miedo. -¿Dónde puedo encontrar al Gusano? -Allá- me dice la niña señalando una casa decrépita al final de una colina-. Habita en la humedad del sótano. Me dirijo al lugar señalado. Las tripas me crujen de hambre. Las tripas de mis cinco hijos, que hace una semana atrás dejé atrás junto con una madre desesperada, deben estar crujiendo de la misma forma. Entro a la casa y bajo al sótano del Gusano, y luego me arrodillo ante él.
"El gusano"
"EL ESPEJO"  Se miraba todos los días al espejo, esperando encontrarse más hermosa. Pero el reflejo le devolvía, burlón, el atroz paso del Tiempo, que suele recrudecerse con el correr de los inviernos. Convocó entonces al Señor de las Tinieblas, e hizo un pacto con él. "Tu eterna belleza y juventud, a cambio de las almas de tus hijos". "Pero, señor mío, yo no tengo hijos..." "Los tendrás a partir de ahora. Uno cada año, hasta que tu conciencia diga basta". Y la mujer tuvo 666 hijos, durante 666 años, y a cada uno de ellos los amó y perdió, y los amó y los volvió a perder, hasta que, asqueada de sí misma, en un arranque de furia rompió la superficie oscura del espejo, y con uno de sus fragmentos se arrancó la piel aún radiante del rostro.
"El espejo"




Dice la leyenda que siempre hay alguien detrás de ti. Un alma errante, alguien que ha perdido el camino y sólo quiere aferrarse al último haz de calor que es capaz de encontrar. A veces, quien te acompaña es alguien luminoso y puro, alguien quien te desea el bien y puede intervenir por ti en los momentos de peligro. Pero a veces uno no tiene esa suerte.  Dice la leyenda que la única forma de ver a esa “compañía” es a través de un reflejo oscuro: un espejo en la penumbra, un estanque en mitad de la noche.  O la pantalla de un celular apagado.
"Almas errantes"



Desayunemos, mamá. Desayunemos la sangre tibia de papá, que ya no volverá a molestarte por las noches.
"Desayuno"



“Haré guardia toda la noche, si es necesario. Pero no dejaré que esa Cosa del bosque se lleve a mi bebé”. Lo pensó una y otra vez, como un mantra desesperado, hasta que cerca de las tres y media de la madrugada se quedó dormida.
Imagen:Mario Sanchez Nevado

Cuento de Terror LXXI: "¡MUERTE A LOS TESTIGOS DE JEHOVÁ!"

Autor: Mauro Croche
® Todos los derechos reservados. Prohibida su copia o reproducción sin el consentimiento del autor

* * * * 

-Perdóneme padre, porque he pecado. Mi última confesión fue hace dos años. Desde entonces he cometido varios pecados, pero ninguno como el que me tiene a maltraer desde hace cuatro días.
El padre, con leve curiosidad, dirigió una mirada a través de la celosía. Alcanzó a ver a un hombre corpulento, arrodillado frente al confesionario con la cabeza gacha. Sus manos colgaban a ambos lados de su cuerpo. Parecía alguien dispuesto a recibir la plegaria de absolución… o un hachazo en la cabeza. El padre volvió a dirigir la mirada hacia sus propias manos, donde un osario descansaba entre sus dedos.
-Continúa, hijo, continúa.
-¿Por dónde empezar? Creo que sería mejor contarle lo de la muerte de mi esposa.
-Te escucho.
-Ella falleció hace unos quince meses. Cáncer de mama. Ella… ella luchó contra su enfermedad hasta el último momento. Al final, de mi querida Mary sólo quedaba un saco de huesos y piel… pero ella seguía luchando. Creo que fue la lucha más conmovedora que vi en mi vida. Pero Dios no se apiadó de ella. Falleció el nueve de Julio del año 2014, a los treinta y cuatro años de edad. Y una parte de mí, qué le voy a contar, murió con ella. Sobre todo la parte de mí que creía. Que pensaba que las cosas que uno vive en esta vida sirven para algo. O que, al menos, tienen un significado. Durante un tiempo lo seguí pensando… hasta que ocurrió lo de hace cuatro días atrás.
-¿Qué ocurrió?
-Primero, debería contarle lo de la muerte de Mary. O mejor dicho, lo que ocurrió después.
-¿Y qué ocurrió después?
-Hubo un funeral. Y mucha gente que iba a visitarme. Familiares. Amigos. Personas que hacía años no veía. Trataron de darme consuelo, pero uno no puede encontrar consuelo en las palabras vacías que se les dicen a los deudos. ¿Cómo se supone que puede ayudar una frase como: “Ya dejó de sufrir”? ¿Qué se supone que quiere decir eso? ¿Que es preferible la muerte al sufrimiento? Si es por eso, entonces ya todos podemos dejarnos morir, porque el sufrimiento forma parte de la vida, nadie está exento de él. Y no me venga con que son pruebas que Dios nos pone en el camino. Yo sé que no es así. Son, simplemente… cosas que suceden. Como cuando una piedra se desprende de un acantilado. No significa nada. Es sólo eso: una piedra que se desprende del acantilado. No tiene sentido buscar significados allí donde no hay nada más que una casualidad.
-¿Y entonces?
-De todas esas personas que vinieron a visitarme durante del velorio, hubo una en especial… Una chica. Luciana, vivía a la vuelta de mi casa. Se notaba que era muy tímida y que le costaba acercarse para ofrecerme su pésame. No era la primera vez que la veía, pero sí la primera que me fijaba en ella. Vestía muy sencillo y su andar era cauto, como si temiera tropezarse con alguien en el camino. Parecía una gacela olfateando el peligro… Se acercó por fin y me dijo algo así como que Dios acogería a Mary en su seno. Textuales palabras. Fue ahí que caí en la cuenta. Debí haberme dado cuenta antes, por su forma de vestir pacata y su mirada huidiza. Luciana era Testigo de Jehová. Yo no tengo mucha simpatía por las religiones, pero la de los Testigos es una de las que más rechazo me da. No sé si habrá leído usted, Padre, alguno de esos folletos que dejan en las puertas de las casas, realmente son patéticos. La forma en que consideran a la mujer, poco más que figurita de porcelana que debe quedarse en la casa para cuidar a los hijos. Los hombres no deben estudiar en las Universidades, porque corren el peligro de caer en soberbia ante los ojos de Dios. Y qué se yo cuántas tonterías más. Eso en cuanto a la ideología. Porque con respecto al fanatismo… son únicos. No hay nadie más cerrado, ciego, fanático y obtuso que un Testigo de Jehová. Discutir de religión con uno de ellos es una completa pérdida de tiempo, es embarcarse en una discusión que nunca tendrá final, pero tampoco principio. En fin. La vi a esa chica y me di cuenta de que era Testigo de Jehová y una lucecita de malicia se despertó en mí. Porque ésa fue otra consecuencia de la muerte de Mary: que yo me volví un ser indigno. Había mucho rencor acumulado en mi alma. Quería que a todos les fuera tan mal como a mí. Que todo el mundo se sintiera tan solo como yo. Y al ver a esa chica angelical, de mirada tan ingenua y pura, que aún no había sido tocada por el mal del mundo… No pude resistirlo. No hay peor cosa para un miserable que ver a un ser lleno de luz caminando a su encuentro con los brazos abiertos. Créame, Padre: ésa es la peor ofensa que en ese momento de mi vida podían hacerme.
Así que lo hice. Comencé mi plan para corromper a la chica. La invité a hablar a mi casa. Le dije que yo había perdido la fe y que ella era la única que podía devolvérmela, a través de sus mensajes y sus revistas de colores. Qué excusa barata, ¿no? Y sin embargo, ella lo creyó de pies a cabeza. Gustosa, quizá pensando que cumplía una misión evangelizadora, comenzó a leerme la Biblia y me hablaba de la palabra de Jesús, de los Apóstoles, del mensaje que dejaba Dios en cada milagro del mundo. Y yo fingía interesarme en sus falaces argumentos, pero en el medio dejaba caer ideas que la incomodaban. Por ejemplo, citaba el famoso acertijo de Epicuro, aquel que sostiene la imposibilidad de un Dios a través de la simple existencia del Mal. O comenzaba a torcerle las preguntas hasta llevarla hasta un punto en que sólo obtenía un azorado silencio de su parte. Ella al final se recomponía y regresaba a su zona segura, pero yo sé que meditaba en mis palabras durante la noche, dando vueltas sobre la cama y preguntándose cómo era que yo la había confundido con tanta facilidad.
Podía ver cómo su fe tambaleaba día tras día, como un árbol de raíces demasiado superficiales hostigado por un viento poderoso. Yo, por mi parte, me sentía dichoso. Por primera vez desde la muerte de Mary, sentía una especie de oscuro regocijo que se me clavaba en el corazón y me hacía desear más. Hasta que un día… bueno, sucedió algo que nunca preví.
Porque yo sólo deseaba quitarle la fe, ¿entiende? Mi plan no iba más allá de ver cómo su alma se marchitaba y quedaba tan negra y devastada como la mía. Pero entonces comencé a percibirlo. Dije anteriormente que nunca lo preví, y es cierto, pero también debí haberlo imaginado, porque son cosas que suceden a diario. Y es que el mal… el mal ejerce una influencia poderosa sobre la gente bondadosa, pero débil. Y eso fue lo que le ocurrió a la pobre Luciana. Ella comenzó, lenta pero inevitablemente, a enamorarse de mí.
Creo que fue ahí donde debí interrumpir el proceso de corrupción. Hacerme a un lado antes de que fuera demasiado tarde. Pero es que Luciana era tan débil, tan dulce, tan tentadora… No pude resistirme. Fingí que su amor se correspondía, y durante los primeros días de diciembre del año anterior decidimos casarnos.
Demás está decir que la verdadera pesadilla de Luciana comenzó allí. Yo, incapaz ya de contenerme, investido en mi papel de marido contenedor y omnipotente, me dediqué a humillarla, de todas las maneras posibles. Ella resistió con verdadero estoicismo y me ofreció la mejilla siempre que pudo, pero era evidente que yo estaba acabando con ella. Enflaqueció de manera notoria y su piel se volvió traslúcida, como la de una medusa. Dejó de rezar por las noches y lentamente, casi en forma imperceptible, fue entregándose a mi paciente oscuridad.
¿Le dije que los Testigos de Jehová son cerrados y fanáticos? Son tan cerrados que discutir con ellos es como discutir con un muro de piedra… Pero a veces también reaccionan. Supongo que lo hacen cuando ya no tienen remedio… una especie de último y desesperado recurso.
Aún me pregunto de qué parte de su ser Luciana sacó las fuerzas necesarias para alzarse ante mí y darme aquel veneno en la comida.
Eso fue hace cuatro días atrás… ¿o cinco? No importa. Lo que importa es que yo me comí ese veneno disfrazado. Desde la primera hasta la última miga. Y los retorcijones empezaron a la noche. Mi cuerpo se dobló en dos y expulsó una sorprendente cantidad de sangre. Pedí ayuda a Luciana, pero ella se había hincado para rezar, quizá por última vez. Sentí que me faltaba la respiración y entonces… bueno, ahora estoy aquí, ¿no?
-¿Qué pasó con Luciana?
-No lo sé.
-¿Cómo no lo sabe? ¿Cómo puede no saberlo?
-¿Usted cree en la efectividad del Sacramento de la Reconciliación, Padre? Es decir, si yo realmente me arrepiento de mis pecados, ¿mi alma estará a salvo del Infierno?
-Veo que ahora sí cree en Dios.
-No respondió a mi pregunta. ¿Lo cree, o no?
-Claro que lo creo. De lo contrario, no estaría aquí, escuchándolo.
-Se supone que usted debe otorgarme una penitencia, y luego la absolución, ¿verdad?
-Exacto. Pero de nada sirve si usted no realiza la contrición, el arrepentimiento real del alma.
-Créame que estoy totalmente arrepentido de lo que hecho, Padre.
-Yo le diría que rece el padrenuestro. Durante todo el día, cada vez que tenga un rato libre. Que lo haga durante una semana, un mes, un año si es necesario. Y pida perdón a Luciana por todo lo que ha hecho. Si logra hacer esto desde su corazón, entonces logrará acercarse a la misericordia de Dios.
-Lo haré, Padre, juro que lo haré.
-Yo te absuelvo de tus pecados, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
-Amén. Gracias, Padre.
-Ve con Dios, hijo. Y no olvides lo que te dije.
-No, Padre.
El Padre volvió a mirar a través de la celosía. El tipo seguía allí, arrodillado. Su cabeza seguía gacha y las manos en la misma posición que antes.
 ¿Y no había algo que salía de su cabeza? ¿Algo parecido al humo?
-¿Hijo? ¿Sucede algo malo? Ya puedes retirarte si quieres.
-No funciona.
-¿Qué cosa no funciona?
-La absolución. Vienen a buscarme.
-¿Quiénes?
-Aquellos que moran en el sitio de donde escapé.
-¿El sit… ¿De qué sitio estás habland…
El tipo de repente alzó la cabeza. Su boca se encontraba abierta, y de ella salía humo y fuego. Sus ojos eran dos círculos oscuros enmarcados por lágrimas de sangre. Alzó un brazo en dirección al Padre y comenzó a temblar y a sacudirse. Su cuerpo se dobló hacia atrás y se sintió el crujido de las vértebras al superar el ángulo de torsión permitido por la naturaleza. El hombre comenzó a gritar.
-El veneno funcionó… Estoy muerto, Padre. Escapé del Infierno para tratar de salvar mi alma con la confesión, pero no funciona… ¡No funciona! ¿Por qué no funciona? ¿Por qué no funciona?
Las luces del recinto sagrado se apagaron. Comenzó a escucharse una risa… la risa más enloquecida que el Padre había escuchado jamás. Y gruñidos. Y voces que susurraban obscenidades en la completa oscuridad. El Padre salió del confesionario y entonces sintió que unas manos le rozaban la mejilla, jugaban con su sotana, fingían apretarle el cuello. Se hizo atrás de un salto y las velas del altar se encendieron con un chispazo. En la penumbra del atrio, vio que unas sombras deformadas se movían entre los bancos del púlpito. Y alguien que gritaba y trataba de escapar. Con manos temblorosas el Padre apretó el rosario y preguntó quién se encontraba allí: unas voces le respondieron con aullidos y risas burlonas.
-¡No se atrevan a irrumpir en la Casa de Dios!- vociferó el Padre apretando aún más el rosario-. ¡No se atrevan…
Las luces volvieron a encenderse.
En la iglesia no había nadie.
Nadie a excepción del sacerdote, que temblando se acercó al lugar donde el pecador había intentado su desesperada Reconciliación.

Tampoco allí halló a nadie, a excepción de una marca de fuego, perfectamente cilíndrica, que parecía haber carcomido la madera del piso y se adentraba hacia una profunda, imposible oscuridad.

Cuento de Terror 70: "UNA OSCURIDAD SIN IGUAL"



TENÍA DIEZ AÑOS RECIÉN CUMPLIDOS, y estaba cansado de la tiranía de su madre.


Que no hagas esto, que no hagas lo otro, que ordenes tu cuarto, que no te acuestes tarde jugando con la Play porque mañana tenés que ir a la escuela. Todo un sistema de reglas, leyes y contratos unilaterales con el sólo fin de ensuciarle la existencia. Porque él quería ser libre, jugar con sus amigos hasta la hora que le diera la gana, almorzar a las cinco de la tarde y cenar (por ejemplo) a las tres de la madrugada. Su madre quería que él fuese un paradigma ejemplar para la sociedad, cosa que le resultaba injusto, porque ella no era ejemplo para nadie.


Lo que más le molestaba de ella, de todas las cosas que tenía para elegir, eran los “candidatos”: los tipos con los cuales salía. Cada dos o tres semanas se aparecía con uno nuevo, con un nuevo “candidato”. Llegaban a su casa como si fueran reyes y se sentaban sobre el sofá y usaban las camisas con olor a naftalina de su padre, mientras miraban el fútbol o alguna película de acción en el cable. Le revolvían el pelo y se la daban de compinches, pero él sabía que ellos no se interesaban por él, en realidad sólo querían aparentar ser buenos tipos para acostarse con su madre. Él sólo tenía diez años, pero ya sabía muchas cosas. Y esos “candidatos” parecían empeorar con el paso del tiempo. Uno de los últimos le había ofrecido, durante cierta tarde, un porro para fumar. Él había negado con la cabeza, horrorizado. “Sólo tengo diez años”, había argumentado. A lo que el “candidato” había respondido, encogiéndose de hombros: “¿Y qué? Yo comencé a fumar a los nueve”.


Pensó que no podría seguir mucho tiempo así. Tarde o temprano uno de esos “candidatos” entraría a la casa y les robaría y quién sabe qué cosas más. Su madre ya no quería entrar en razones. A veces volvía borracha y le pegaba. Y se ponía más y más estricta con el paso de los meses. Como si quisiera redimirse a través del espejo que representaba su hijo.


Pensó entonces en matarla. 


No sería tan difícil.


Después de todo, la vida de su madre estaba sujeta a todo tipo de excesos y peligros. Fumaba dos atados por día. Bebía. Volvía a altas horas de la noche. Se acostaba con el primero que se le cruzara por su andar. Podía ocurrirle cualquier cosa: desde encontrarse con un asesino que la llevaría a la cama primero y le hundiría un cuchillo mientras dormía después, hasta caerse borracha de las escaleras, o pasarse con la bebida y terminar en un coma alcohólico. ¿Y a quién le extrañaría si un día salía a tender la ropa en la ventana y caía sin remedio hacia una muerte segura de siete pisos?


 Nadie investigaría el hecho. La borracha del “7A” se cayó borracha y se fracturó el cráneo, dirían. Murió en su maldita ley, dirían. Y dejó un chico a merced del destino. Libre. Envidiablemente libre.


Decidió hacerlo.


Se le acercó por detrás un lunes a la mañana. Silencioso. Su madre tenía medio cuerpo por fuera de la ventana, luchando para colgar una sábana en el tendedero. Ladeaba un poco el rostro para que el cigarrillo en su boca no se le apagara en el viento persistente. Y tenía resaca. Él lo sabía, porque sobre la mesada había un sobrecito de “Uvasal” que ella tomaba luego de sus noches de vino barato y lujuria exprés. Se le acercó por detrás y observó su camisón repleto de manchas oscuras y le dijo:


-¿Mamá?


Y ella se dio vuelta, mostrándole un perfil avejentado y ceniciento, para nada parecido al que sin dudas habría mostrado en lo mejor de la noche, bajo el eficaz camuflaje de las luces ultravioleta. Lo miró y quizá supo lo que él pensaba hacer, porque su voz tembló un poco al decir:


-¿Sí, hijo?


-Te odio, mamá. Papá se murió culpa tuya.


Y dicho esto la empujó con los hombros y con todo el peso de su cuerpo, como le habían enseñado a hacer en las prácticas de rugby.


Y ella, siguiendo las inquebrantables leyes de la gravedad, cayó. Cayó con su camisón manchado, con el cigarrillo en los labios pintarrajeados de rimmel, cayó con sus desgracias y miserias no confesadas. Cayó sobre el techo de un auto estacionado en el bordillo y su cabeza hizo: “¡Plum!”. La sangre salpicó a la vecina del segundo “B”, que justo salía para hacer las compras y al ver su vestido nuevo manchado de escarlata comenzó a gritar a todo pulmón.


“Muerte accidental”, dijeron los policías, y nadie alzó la voz para expresar su desacuerdo. La enterraron en el cementerio municipal, en un cajón de madera reciclada. A él lo metieron en un orfanato. Pensó que al fin alcanzaba la felicidad. En el orfanato había que cumplir ciertas reglas, pero en ningún modo eran tan asfixiantes e injustas como las de su madre. Era libre. Casi tanto como lo había soñado.


Pero no duró mucho.


Fue durante uno de los días de visita. Lo llamaron por el altavoz y él se extrañó de escuchar su nombre, porque nunca recibía visitas. Caminó hasta el comedor y ahí fue que la encontró, sentada al lado de un tipo de apariencia andrajosa. Tenía la mirada un poco extraviada, pero aparte de eso era la misma de siempre.


Un sombrero estilo capelina adornaba su cabeza. 


-Hola, hijo- le dijo su madre-. Te presento a Carlos, mi novio. ¿Me estuviste extrañando estos días?


El tipo, Carlos, le sonrió con una sonrisa desdentada. Aún desde los buenos cinco metros que los separaban, él pudo percibir el olor del nuevo “candidato”. Era un olor a podrido, a tumba recién abierta.


-¿Vas a quedarte ahí parado, o vas a venir a abrazar a tu madre?- dijo ella ante el mutismo de él. Y se sacó el sombrero y dejó al descubierto una cabeza partida a la mitad, con los sesos amarillentos escurriéndose a través de una grieta en la coronilla.


Él se dio vuelta y echó a correr. Pero antes manchó sus pantalones. Desde entonces fue conocido en el orfanato como “El Amarronado”. Pero él estaba lejos de preocuparse por estas cuestiones, porque ahora veía a su madre casi todos los días. Siempre acompañada por nuevos tipejos, hombres sin brazos, con cuchillos en la espalda, con el rostro chamuscado o sin ojos. Todos tan muertos como su madre. Todos tan oscuros y tristes como ella.


Su madre se había convertido en la Puta del Infierno.


Supo que no tardaría en volverse loco y que sólo quedaba una escapatoria. Lo hizo durante una noche, mientras los demás dormían. Dos vueltas de la soga en el cuello y a saltar. A esperar a la oscuridad, a esperar el olvido. Pero lo aguardaba una última e inesperada sorpresa.


Porque no hubo oscuridad, no hubo tampoco olvido. Es decir, sí los hubo al principio, o al menos una especie de sombra sin nombre que se deslizaba por detrás de sus ojos y le desgarraba la razón. Pero luego surgió un punto de luz roja que se fue ampliando hasta cubrir casi por entero el horizonte. Abrió los ojos y entonces percibió el dolor de los condenados, el rictus eterno que comenzaba a dibujarse en la comisura de sus labios. El lugar era Infinito. En la cima de una montaña había una silla tapizada en pieles humanas, ocupada por un ser gigantesco, y bajo él una docena de mujeres ensangrentadas le lamían los pies con expresión de asco. Una de esas mujeres era su madre. Alzó la cabeza y lo vio, y entonces le dijo:


-Bienvenido, hijo, bienvenido a la Oscuridad Sin Igual. Seguirás las órdenes del Amo, y también las mías, porque después de todo yo sigo siendo tu madre- deslizó una lengua bífida por los dedos de los pies del ser gigantesco, y luego, como recordando algo amargo, agregó:- Y ya no podrás matarme para librarte de mí. Estoy muerta. Ambos estamos muertos. Bienvenido al Infierno, hijo. Que tengas una larga e ingrata estadía en él.


Pero él no escuchó estas últimas palabras, porque ya había comenzado a gritar y a arrancarse la piel de la cara.
 

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