Bienvenidos a 666 Cuentos de Terror

Bienvenidos a mi Muestrario de Horrores y Oscuridades.
Todas las historias publicadas en este blog fueron escritas por mí y están bajo derecho de copyright.
Si eres nuevo aquí, te recomiendo que empieces por los cuentos más cortos y fáciles de leer. He aquí un listado orientativo:

♠ "La Cola del Diablo"
♠ "El Fantasma de Youtube"
♠ "Bitácora del Capitán Farris"
♠ "Noche de Brujas II: Casa en el Árbol"
♠ "Enfermera Nocturna"
♠ "El Hombre del Patio"
♠ "Muñeca Maldita"

El Blog se actualizará todos Viernes (y algunos Martes) a la Hora del Demonio (03:00 am).
El Objetivo es llegar a las 666 Historias Cortas de Terror, Misterio y Suspenso..., como todos saben el 666 es el Número del Diablo, por lo que el Último Cuento será el más Terrorífico, Sangriento, Horroroso, Repulsivo, Asqueroso y Aterrador de Todos los Tiempos (o no, jaja). 
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La siguiente es la primera de las muchas entrevistas que la colaboradora y periodista freelance Milena Crow ha hecho para www.666cuentosdeterror.com. Las notas de Milena están orientadas a temas sobrenaturales, y buscan el testimonio directo de los involucrados. Ésta en particular trata sobre la famosa tabla ouija, que unos adolescentes de la localidad de Palo Alto hicieron en Octubre de 2012, con consecuencias que hasta el día de hoy siguen afectando sus vidas. Milena realiza la entrevista y yo la paso a texto. Espero que la disfruten… si es que puede decirse algo así.

LAS CRÓNICAS SOBRENATURALES DE MILENA CROW: “TABLA OUIJA”
Entrevista: Milena Crow
Texto: Mauro Croche

La entrevista tiene lugar en la casa de Patricia Nores, que vive en un barrio latino de Main Street, Junction City, junto con su abuela de 82 jóvenes años. Mientras la señora realiza los quehaceres domésticos con sorprendente jovialidad, Patricia me hace sentar en uno de los sillones del living y, café de por medio, comienza a relatar su experiencia.

Patricia: No debimos llevar a cabo ese juego. No al menos con la presencia de Bea. Ella era muy sensible, ¿sabe? La conozco desde la primaria, y ella siempre fue muy tímida y callada, le tenía miedo a todo. Cuando hablaba, se ponía toda roja y tropezaba con las palabras. Tenía un principio de tartamudez… Tuvo un solo novio, pero él la dejó a los dos meses. Por otra chica, se entiende. Ella estaba muy enamorada de él, y cuando el tipo se fue con la otra, quedó realmente muy mal. Pensamos… teníamos miedo de que se hiciera daño, ¿entiende?

Milena Crow: Una persona muy sensible e introvertida.

P: Era como una crisálida. ¿Sabe lo que es eso? Es el estado de una oruga antes de convertirse en mariposa. Pero todos sabíamos que ella nunca saldría del capullo, que siempre estaría metida dentro de sí, y jamás desplegaría las alas para ver la luz del Sol. Intentamos ayudarla, ¿sabe? Pero ella no quería que la ayudaran. O al menos, nos rechazaba y se negaba a concurrir al psicólogo como nosotros le sugeríamos. Ella navegaba mucho por Internet… pasaba horas delante de su computadora. Primero fue en el chat, en la época en que todavía existía el LatinChat, ¿lo recuerda?

MC: Creo que todavía sigue existiendo.

P: Y después fue MySpace, y después Facebook, y después no sé qué otra cosa para hacer amigos… Ella decía que tenía muchos amigos. Hablaba mucho con ellos a través de la Webcam. Pero usted sabe cómo son los amigos que uno conoce por Internet. Pueden desaparecer de la noche a la mañana sin dejar rastro, como si nunca hubiesen existido. ¿Nunca se puso a pensar en eso? Tal vez los “amigos” de ella eran uno solo. O quizás se trataba de una máquina. Da miedo pensar esas cosas, ¿no?

MC: Pero ella estaba sola.

P: Claro que sí. Era la persona más solitaria de la Tierra. Su única amiga verdadera era yo… (se queda pensando un rato, al tiempo que su mirada se torna algo difusa). Debí haberla cuidado mejor. Debí haber insistido en que no fuera a esa estúpida sesión de ouija.

MC: ¿Qué pasó aquella noche? ¿De quién fue la idea de hacerla?

P: Oh, fue uno de los amigos de mi novio, Darío. Esa noche era Halloween, o Noche de Brujas o de Muertos, o como quiera llamarla. Darío decía que esa noche era perfecta para comunicarse con los espíritus, porque los límites que nos separan de los muertos desaparecen, o al menos se tornan más delgados… algo así. Empezó como una broma, pero después sacaron unas cervezas y bebieron y el asunto empezó a ponerse serio. A mí nunca me gustaron esas cosas… Pensaba que era como jugar con fuego. Uno cree tener el fuego dominado, pero nunca sabe cuándo una chispa puede saltar hacia tu vestido y transformarte en una antorcha humana. Y además estaba Bea… sabía que las tablas ouijas pueden afectar a las personas sensibles.

MC: ¿No trataste de advertirle?

P: Claro que traté. Pero ella no pareció escucharme. Su mirada se había vuelto brillante… casi podía pensar que estaba entusiasmada con la idea del juego. Y eso es algo que no se ve muy seguido, ¿sabe? Porque Bea… ella siempre fue una chica muy apagada…

MC: Y entonces llevaron a cabo el juego.

P: Fue exactamente a la medianoche. Creo que todos estábamos bastante borrachos, y hasta yo había perdido mis resistencias internas. Alguien había sacado no sé de dónde un tablero con letras y números, que lo pusieron en el centro de la mesa. Darío encendió una vela, y otro muchacho apagó la luz y quedamos casi en penumbras. Nosotros nos sentamos alrededor y nos tomamos de la mano. Mi novio estaba sentado a mi derecha, y Bea a mi izquierda. Recuerdo que su mano aferraba la mía y sudaba mucho, aunque no parecía asustada. Darío nos dijo que cerráramos los ojos y comenzó el juego. Su voz de repente se tornó más profunda, como la de uno de esos fantasmas de las antiguas películas, y preguntó con toda la teatralidad del mundo si había un muerto con nosotros en la sala. Alguien lanzó una risita, creo que fue Vanesa, otra de las chicas que se encontraban presentes, y hubo chistidos y pedidos de que nos callásemos. Yo estaba ebria, terriblemente ebria, y pensaba que me divertía mucho, aunque en el fondo estaba comenzando a asustarme. ¿Por qué estábamos haciendo eso, por Dios? Éramos como esos adolescentes estúpidos de las pelis de terror, que siempre terminan metiendo la pata… Darío volvió a realizar la pregunta… y algo cambió en el ambiente.

MC: ¿En qué sentido?

P: Fue apenas perceptible, como cuando hay un cambio de luz en el cielo, pero creo que todos nos dimos cuenta de inmediato. Tuve que abrir los ojos. Darío estaba frente a la tabla de ouija, con un dedo sobre el puntero de madera, y cuando vio que lo miraba trató de sonreírme como si todo estuviera bien. Pero yo supe que él también había comenzado a asustarse. No éramos más que unos adolescentes borrachos, creyendo que podíamos meternos con las cosas más peligrosas. Ahora sé que hay que andarse con cuidado por la vida. La mente humana puede resultar muy frágil…

MC: ¿Qué pasó?

P: Primero fue la vela. La llama comenzó a sacudirse como si hubiera alguna brisa, aunque la casa tenía todas las ventanas cerradas, porque era una noche bastante fresca. Y después… la mano de Darío comenzó a moverse. Mi novio, que captó algo raro en sus movimientos, dado que estaba sentado a su lado, abrió los ojos y le dijo que dejara de hacer estupideces. Pero bastaba mirar la cara aterrada de Darío, con los ojos saltones y la boca entreabierta, para darse uno cuenta de que no se trataba de una broma. “No puedo parar de mover la mano”, dijo. “No puedo…” Entonces la mesa se sacudió, como si hubiese alguien debajo. Todos gritamos y nos paramos, y cuando traté de desprender mis manos de las de mi novio y de Bea… no pude hacerlo. Sencillamente no pude. Mis dedos estaban tan rígidos que parecían soldados a los dedos de los otros. Y creo que a los demás les sucedía lo mismo. Vanesa comenzó a gritar que el juego ya no le resultaba divertido, que parásemos, y creo que los demás pensábamos exactamente lo mismo… sólo que no podíamos. He pensando mucho desde entonces. He leído sobre el poder de la sugestión… ¿Sabía usted que si pone a un grupo de personas en un lugar cerrado, y le indica a un cómplice que diga que hay olor a gas, los otros al rato empiezan a oler lo mismo? Aunque el olor a gas sea totalmente inventado…

MC: ¿Fue ahí que Bea… tuvo ese incidente?

P: Fue un rato después que descubriésemos que la mano de Darío señalaba siempre las mismas letras: “N” y “A”. En ese entonces no lo relacioné con Bea. En mi terror, yo la había olvidado por completo, ¿entiende? Y eso que estaba a mi lado…  Fue Vanesa quien me hizo verla. Ella comenzó a gritar, al tiempo que la señalaba… Miré hacia mi izquierda. Creo que casi me desmayé del susto ahí mismo. La cara de Bea… se había puesto negra. Tenía la lengua afuera, colgando como un trozo de gusano… Miraba hacia arriba, estirando el cuello al máximo, como si hubiese algo horrible en el cielorraso. Abrió la boca y de sus labios salió un rugido tremendo, algo que no era humano ni tampoco animal, sino algo, no sé, demoníaco. Giró la cabeza y me miró. Sus ojos reflejaban una terrible maldad, y supe que en ese momento no era ella, sino otra cosa, algo que se había apoderado de ella. Me sonrió… todavía sigo viendo esa sonrisa en mis sueños. Lo peor era que no podía apartarme de ella, porque tenía su mano soldada a la mía. Los otros gritaban y trataban de apartarse, pero lo único que lograban hacer era correr la mesa de un lado a otro…

P: ¿Dijo algo?

MC: Sólo me sonrió. Como si supiese los peores secretos de mi alma… Sentí un olor a amoníaco y cuando bajé la vista vi que me había orinado encima. Bea comenzó a acercar su cara a la mía… Aún se me pone la piel de gallina al recordarlo. Creo que quería morderme, o quizás pasarme esa lengua viscosa por la mejilla. Creo que me hubiese vuelto loca si hubiese hecho alguna de las dos cosas… pero entonces todo terminó. La vela se apagó, y nuestras manos quedaron liberadas de repente. Estábamos tironeando hacia atrás, de modo que cuando pasó esto perdimos el equilibrio y caímos al suelo. Alguien encendió la luz… Bea estaba sentada sobre su silla, con apariencia de dormida. Yo me acerqué a ella y la llamé… Alguien me dijo que no lo hiciera, que no la despertara, pero yo era su amiga, y debía actuar como tal. Aunque debo admitir que estaba muerta de miedo al tocar su hombro y sacudirla. Ella soltó un gemido y despertó… y luego comenzó a llorar. Se agarró a mí con todas sus fuerzas y comenzó a llorar. No quiso hablar sobre lo que había ocurrido.

MC: ¿Trataron de… buscar alguna explicación racional a lo ocurrido?

P: Eso fue después. En ese entonces teníamos tanto miedo que ni siquiera hablábamos entre nosotros. Yo me había orinado encima, y Vanesa me prestó unas bragas que tenía por ahí y me apresuré a cambiarme en el baño. Nos marchamos sin casi mirarnos. Era como si sintiéramos miedo de reconocer lo que había ocurrido en esa habitación. Yo llevé a Bea y la dejé en su casa. Ella se veía muy pálida y llegó a vomitar en el camino. Cuando nos detuvimos frente al jardín donde vivía, ella se volvió hacia mí y me dijo… me suplicó… que me quedara a dormir con ella. Sus padres estaban de vacaciones en algún lugar de México, y ella no quería quedarse sola en la casa. No después de lo que le había ocurrido.

MC: ¿Y te quedaste?

(Patricia desvía la mirada. En ese momento, su abuela pasa con una escoba rumbo al patio y ella aprovecha para beber un poco de café. Aunque sospecho que más que beber, lo que hace es humedecerse los labios resecos. Luego sigue hablando frente a mi grabadora).

P: Le dije que podíamos llamar a un médico. O mejor: podría acompañarla hasta un hospital si ella se sentía mal. Pero Bea negó con la cabeza. Estaba sentada en el asiento del acompañante de mi coche y yo no podía dejar de recordar su horrible rostro negro, su lengua que como un gusano recorría sus labios carnosos… y aquella sonrisa. Le dije que todo saldría bien, que ya nos olvidaríamos de todo. Era mi amiga, pero si usted hubiese visto lo que yo vi…

MC: Así que la dejaste sola.
(De repente, Patricia parece perder la compostura y se vuelve hacia mí con los ojos llorosos).

P: Es que tenía mucho miedo, ¿entiende? Ella quería que yo me quedara a dormir con ella… ¿pero y si en mitad de la noche, ella volvía a transformarse en esa horrible cosa demoníaca? ¿Y si comenzaba a saltar de la cama, o peor, me agarraba en la oscuridad mientras yo dormía a su lado? No podía… sencillamente no podía… Insistí en que todo saldría bien y luego ella bajó del auto. Mejor dicho, yo la empujé un poco… Y salí de allí pitando. Recuerdo que miré por el retrovisor y vi su cara pálida y bañada en lágrimas… Muchas veces sueño con eso, ¿sabe? Es decir, Bea era la única amiga que tenía desde los tiempos de la primaria… Aún no puedo creer que ella…

MC: ¿Qué hizo después?

P. Fui a mi casa. Me di una ducha. Y luego me acosté. Con todas las luces encendidas.

MC: ¿Recuerda la hora?

P: Debían ser las dos de la mañana.

MC: Hay un registro de llamadas tiempo después.

P: Sí, exacto. Ella, Bea, llamó a eso de las dos y media. Yo estaba con los ojos abiertos de par en par y los dientes aún me castañeaban, y el timbre del celular sobre la mesita de luz casi me infartó. Incluso antes de mirar la pantalla del celular, sabía que era ella. Y durante un momento… durante un miserable momento… pensé en no atender. En no atender su llamada. Pero lo hice. Creo que fue lo único valeroso que hice esa noche. Le atendí y le pregunté qué pasaba. Al principio no recibí contestación. Iba a repetir la pregunta, un poco más preocupada… cuando entonces escuché esa voz. Otra vez esa voz, que era como un rugido cargado de maldad. Me decía: “Patricia… Patricia…” una y otra vez. Y reía. O quizás lloraba. Corté. Creo que había comenzado a llorar de miedo. Ni siquiera pasaron dos segundos cuando el teléfono comenzó a sonar otra vez. Esta vez no atendí. El teléfono siguió llamando, y yo tuve que quitarle el sonido para no despertar a mi abuela.

MC: ¿No pensó en llamar a la policía?

P: ¡Claro que sí! ¿Quién cree que dio aviso a la policía? Llamé desde el teléfono de línea del living, porque al final había apagado el celular. Expliqué que una amiga podía encontrarse en problemas, y luego di la dirección de su casa. “Por favor, apúrense porque estoy preocupada por ella. Los llamaré dentro de un rato para ver si está todo bien”, le dije a la operadora. Menuda amiga soy, ¿eh? Me senté sobre la mesa del comedor, cerca del teléfono, y me dispuse a esperar. Recuerdo que miré el reloj de pared y pensé que era la noche más larga de mi vida, porque apenas eran las tres de la madrugada. La casa estaba en silencio y en la calle no andaba un alma, ni siquiera ladraban los perros. Pasaron tal vez unos cinco minutos, y yo estaba pensando en llamar a la policía otra vez, para ver si tenían novedades… cuando empecé a escucharlo.

MC: ¿El qué?

P: El zumbido. En mi habitación. Sabía lo que era, porque estaba muy familiarizado con él: el zumbido del electroventilador de la CPU. Pero yo sabía que había apagado el ordenador, de hecho, no lo encendía desde la tarde anterior. Me levanté y fui a ver. Tenía las piernas de goma y me sentía a punto de vomitar por la adrenalina. Durante unos segundos pensé en no meterme a la habitación… pero entonces pensé en mi abuela. Ella dormía en el cuarto de al lado, y si había algo malo en la casa, entonces debía despertarla y sacarla de allí. Así que entré. La pantalla del ordenador estaba a mi izquierda, sobre un mueble cajonera, y el resplandor típico del Led me dijo que estaba encendido. El rostro de Bea estaba en la pantalla. Nosotros usábamos mucho la WebCam, ¿sabe? Hablábamos durante horas interminables de pavadas, cosas de chicas, pero en ese entonces, al verla, supe que era lo último que quería ver en mi vida. El rostro de Bea… no estaba negro, ni tampoco se veía deforme, sino que era ella, la de siempre…

MC: ¿Y sin embargo?

P: Ella me miraba. Simplemente me miraba, sin decir nada. Me miraba con una infinita tristeza. Como si supiera que su fin estaba muy cerca, como si supiera que estaba irremediablemente sola. Me aproximé para hablarle… y entonces lo vi. A sus espaldas. Estaba en un rincón, agazapado, una forma levemente humana y de ojos que refulgían en la oscuridad. Retrocedí un paso y comencé a gritar, a advertirle a Bea que se diera vuelta, que huyera del lugar, pero ella no pareció escucharme. Sé que me escuchó, porque mi WebCam también estaba activada, pero no sé por qué ella no… Solamente me miraba. Entonces la cosa se incorporó y avanzó hacia ella. Fue tan rápido que ni siquiera creo que haya durado un segundo. La oscuridad pareció envolverla, y aún así ella me seguía mirando con esos profundos ojos tristes… y luego la pantalla se puso en negro. Y eso fue todo.

MC: ¿Contó todo esto a los policías?

P: Claro que no. Cuando se aparecieron en mi casa, diciendo que Bea estaba muerta… creo que tuve una crisis y algo en mi mente dejó de funcionar bien. Me sedaron y me internaron en un hospital. Ni siquiera mi novio fue a verme… Él sabía. Como todos los demás, sabía que todo eso estaba relacionado con lo que había sucedido en el departamento de Darío. Recién volvimos a vernos una semana después. Hablamos de lo sucedido, y creo que entre todos nos convencimos bastante bien de que había sido una simple ilusión. Y en cuanto a Bea… la autopsia reveló que murió de un paro cardíaco, frente al monitor de su computadora. Algo muy lamentable para una chica de su edad, pero perfectamente plausible…

MC: Usted mencionó que la tabla ouija se movía constantemente hacia dos letras, “N” y “A”, y que eso podía tener relación con Bea.
P: “N” y “A”, “N” y “A”… ¿Qué se forma al escribir eso?

MC: Ana. O Ananá.

P: “Ana” era el nombre de la madre de Bea. Murió cuando ella tenía diez años. Era una verdadera arpía… todos le teníamos miedo. Golpeaba a Bea y la maltrataba. Creo que mucho tuvo que ver en el desarrollo de la personalidad reprimida de Bea…

MC: ¿Usted dice que, durante la sesión de la ouija, el espíritu de la madre se presentó y poseyó a su propia hija?

P: No sé qué diablos fue lo que ocurrió. Pero sí sé una cosa: aquello no era humano. Era peor que el más malvado de los seres humanos. Y peor que Ana, por supuesto.

MC: ¿Un demonio? ¿Acaso el mismo que se llevó el espíritu de Ana… a donde quiera que vayan los espíritus malos?

(Patricia se encoge de hombros. Parece emocionalmente exhausta. Es hora de concluir la entrevista. Sin embargo, antes de irme, algo me llama la atención).

P: ¿Dónde está el teléfono del living?

(Patricia me mira durante un momento muy largo. Parece a punto de no contestar, pero a último momento cambia de idea)

P: No tengo. Tampoco celular. Ni computadora. Verá, después de la muerte de Bea… recibía muchos llamados al celular. De números desconocidos. Nunca me hablaban, pero a veces escuchaba una respiración del otro lado. Y la computadora… siempre se encendía de noche. A las tres y diez de la mañana. La hora en que murió Bea. La primera vez que ocurrió, yo estaba durmiendo y me desperté con el resplandor azulado del LED. La cámara web estaba encendida… pero sólo había oscuridad. Y creo que se escuchaban gritos. Nunca estuve segura. Apagué la computadora y después la desenchufé, pero a la noche siguiente ocurrió lo mismo. Entonces me deshice de todo eso. Creo que es una especie de castigo… ahora vivimos relativamente seguras, y hace rato no tengo contacto con ese tipo de cosas.

MC: Patricia, agradezco mucho la información. ¿Le gustaría agregar algo más?

P (Piensa un rato. Su mirada se oscurece y parece al borde de las lágrimas): No jueguen con esas cosas. Recen por el alma de Bea (agrega a último momento, antes de cerrar la puerta). Y por la mía también.

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Entrevista en "Kolaz Dice"

En "Kolaz dice", programa de entretenimientos e interés general, me realizan una entrevista en la cual hablo de los cuentos y novelas del blog, anécdotas, futuros proyectos y el género de terror en particular. También se relatan un par de cuentos de mi autoría. Si quieren escuchar mi horrible voz, están invitados a través del siguiente link:
http://kolazdice.podomatic.com/entry/2014-10-26T20_00_46-07_00



Capítulo 24

Nota: El presente capítulo, si todo sale según lo planeado, es el antepenúltimo, o sea que quedan dos más aparte de éste. Sin embargo, como el próximo viernes es Noche de Brujas, momentáneamente dejaré la novela de lado para publicar una historia nueva, que conmemorará dicha celebración. Y después sí, el martes que viene seguiremos con "Un Largo Viaje a la Oscuridad". Saludos.

Capítulo 24

1

El grupo permaneció silencioso durante unos instantes, observando a los hombres que se alejaban cuesta arriba (y que se llevaban a un Eugenio inconsciente), hasta que uno de ellos se movió. Se trataba de Biglieri, a quien Quiroga mentalmente llamaba: “El Tira-Piedras”. Soltó un grito de rabia y fue en pos de los hombres que escapaban. Alrededor de veinte segundos después, las primeras criaturas emergieron del río y comenzaron a reptar sobre las piedras humedecidas de la orilla, moviéndose en dirección a Quiroga y Dan. Algunos de los miembros del grupo, como por ejemplo Kathia, que era relativamente nueva allí abajo, retrocedió un par de pasos e hizo ademán de huir. Pero antes de que pudiera lograr su cometido, Abel la retuvo de un brazo.
-No te muevas- dijo-. Ellas están de nuestro lado. No nos harán daño.
La chica asintió, sin mucha convicción, tragando saliva. ¡Cuántas criaturas había! ¡Y qué hedor emitían! Salían de las aguas y se arrastraban por las piedras de la orilla, dejando un rastro de baba amarillenta detrás de sí. La superficie del río, habitualmente calma y con apariencia estancada, ahora bullía de tentáculos que se acercaban rápidamente a la costa. Algunas de las criaturas, grandes y altas como coches, pasaron a su lado y uno de sus tentáculos la golpeó en la pierna, haciéndola caer. Kathia gritó y de inmediato Lucía, que era otra de las mujeres del grupo, la ayudó a levantarse.
-Será mejor que salgamos de su camino- susurró Lucía.
Se subieron a una roca y se limitaron a mirar. Los otros integrantes del grupo hicieron lo mismo, retrocediendo hasta ubicarse en terreno seguro. Ninguno de ellos, excepto quizás el supervisor, había visto tantas criaturas juntas; el espectáculo los conmovía y los llenaba de repulsión al mismo tiempo. Las babosas parecían furiosas y se movían a una velocidad aterradora. Algunas pasaban por encima de las demás y sus tentáculos se entrecruzaban, pero nunca detenían la marcha. Los ruidos viscosos llenaban la cueva y hacían que los dientes de Kathia rechinaran. Iban en pos de Quiroga y del otro hombre vestido con traje de buzo. Kathia pensaba que les darían caza en menos de un minuto. Y luego… sólo Dios sabía lo que podía pasar luego.
-Los matarán- dijo Lucía, como adivinando sus pensamientos-. Tratarán de recuperar a Eugenio…
Kathia la miró pero no dijo nada. No creía que las babosas sintieran tanto aprecio por Eugenio como para moverse en masa así. De hecho, tenía la secreta convicción de que las criaturas los despreciaban. A todos y a cada uno de los humanos que habitaban en esa cueva. Pero es que habían parecido tan convincentes allá arriba… prometiéndole el fin de sus sufrimientos y augurándole una vida llena de felicidad y plenitud… y Kathia, ciega como se encontraba por sus padecimientos con la droga y una profunda depresión, les había creído. Se había dejado conducir allá abajo… pero sólo para encontrarse con una condición de vida muy precaria, de la cual para colmo era imposible ya escapar. ¿Y por qué había puesto tan poco empeño en regresar a la libertad, a la vida de la superficie? La respuesta más fácil era el miedo, ¿no? Miedo por el supervisor Eugenio, que podía ser muy cruel cuando se lo proponía, o cuando las circunstancias así lo requerían. Miedo por las criaturas mismas, y por sus mismos compañeros, o al menos algunos de ellos, que parecían dispuestos a denunciar el mínimo intento de rebelión. Era como un círculo de miedo, en el cual cada uno se miraba con desconfianza y trataba de congraciarse con las criaturas y con el supervisor para lograr salvar el pellejo propio. Era por eso que había habido tan pocos intentos de escape. Lo de aquella chica que casi se había ahogado había sido posible porque: a) en ese momento Eugenio no era el supervisor, y b) porque casi nadie creía que en realidad pudiese lograrlo.
¿Y la otra explicación, además del miedo? Esa quizás era la más dolorosa, la más difícil de aceptar. Y tenía que ver con la resignación y el conformismo. Con la adaptación forzosa a una situación que, si bien no era la mejor, al menos no era lo suficientemente grave como para pensar que uno estaba en el fondo. Kathia pensaba que ese sentimiento era más común de lo que la mayoría de las personas se atrevía a reconocer. Después de todo, ¿cuántas personas había allá arriba, en la superficie, que mantenían trabajos que no les gustaban, parejas que no amaban, situaciones que nunca jamás hubiesen llegado a imaginar, y todo ello por el simple conformismo que derivaba del peso entumecedor de la rutina? 
Miedo. Conformismo. Resignación. Eran grandes debilidades la humanidad, la fórmula del cobarde, y las criaturas habían sabido aprovecharla en beneficio propio, vaya que sí.
Vio que Lucía trastabillaba y trató de agarrarla, pero de repente la mujer fue arrastrada hacia la masa de criaturas reptantes.
-¡Lucía!- gritó la chica.
Lucía gritaba. Tenía las piernas enredadas en infinidad de tentáculos. Una de las criaturas abrió su boca y comenzó a tragarla, sin detener su marcha. Los brazos de Lucía se movían en todas direcciones, buscando un inexistente punto de resistencia. Su boca era una gran “O” de sorpresa y horror.
-¡Lucía, no!- volvió a gritar Kathia-. ¡Déjenla, malditas!
Pero la mujer había desaparecido entre la negra y húmeda manada de babosas. Vio que a otros integrantes del grupo les sucedía lo mismo; también vio a Abel, rodeado de tentáculos y lanzando risotadas. “¿Por qué está riendo?”, pensó. “¿Por qué el maldito está…”
Sintió que unos tentáculos se le enredaban entre las piernas y la arrastraban. Kathia trató de resistirse y agarrarse a la roca, pero era como luchar contra una avalancha de lodo corriendo colina abajo a toda velocidad. Los estaban llevando consigo. Las criaturas no iban a permitir que ellos se quedaran de brazos cruzados: querían que intervinieran en el asunto. ¿Pero cómo? ¿Acaso quería que mataran a los dos hombres? ¿Acaso…
Ya no pudo seguir pensando: los tentáculos le rodearon el cuerpo con brutalidad, sin ningún tipo de miramientos, y una boca oscura y húmeda comenzó a sumergirla en las tinieblas de su interior.

CAPÍTULO 23



1

En la oscuridad de la caverna de las babosas, el cuerpo fláccido de Quiroga se estremeció y giró sobre sí mismo.
Como un péndulo, colgaba de los tentáculos de una enorme criatura, mezcla de madre y líder guerrero, que sujeta a las rocas del techo introducía un apéndice dentro del cuerpo del hombre y hablaba dentro de su mente. Otras cien o más babosas los rodeaban. Estaban pegadas a las paredes, a los techos, apoyadas en cada saliente e introducidas en cada grieta, formando entre sí una masa abigarrada y gelatinosa que parecía extenderse hasta los confines mismos de la oscuridad. Sus tentáculos, sus miles de tentáculos oscuros y resbaladizos, se agitaban en el aire y se entrelazaban entre ellos como serpientes en busca de calor, enroscándose en las piedras y en las estalactitas, y también en las piernas y brazos de Quiroga.
Y Quiroga escuchaba.
Escuchaba a las criaturas, escuchaba sus palabras hipnóticas y susurrantes, atrayentes e irresistibles, como una melodía demasiado terrible y hermosa para dejar de escucharla siquiera durante unos breves instantes.
Las criaturas le contaron de sus planes.
De sus deseos.
De lo que esperaban de él.
De lo que planeaban hacer con la gente ahí abajo.
Y lo que era peor, lo que en cierta manera no podía evitar pese a que luchaba conscientemente contra ello: Quiroga comenzó a creerles.
Las palabras de las criaturas tenían sentido y lógica. Era difícil rechazar sus argumentos. “Queremos lo mejor para ti”, le decían las criaturas. “Queremos que los humanos aquí abajo tengan la mejor vida posible…”.
“QUEREMOS QUE VIVAS CON TU HIJO EN PAZ Y ARMONÍA. QUEREMOS QUE ENMIENDES LOS ERRORES DE TU PASADO Y TE CONVIERTAS AL FIN EN EL PADRE HONRADO Y BENEFACTOR QUE SIEMPRE HAS DESEADO. PODEMOS CONCEDERTE ESA OPORTUNIDAD”.
“¿Pero cómo? ¿Nos dejarán salir? ¿A Lucas y a mí?”.
“NO PODEMOS HACER ESO. NO PODEMOS DEJAR MARCHAR A NADIE. PERO TE HEMOS ESTADO OBSERVANDO. DURANTE LOS ÚLTIMOS AÑOS. VIMOS TU ESPÍRITU DE LUCHA Y TU VOLUNTAD INQUEBRANTABLE. ADMIRAMOS ESAS CUALIDADES EN LOS HUMANOS”.
Quiroga meditó sobre estas palabras. Había algo que estaba mal en el discurso, que desencajaba, pero él no podía darse cuenta de qué. Su cabeza… su cabeza pesaba tanto…
“¿Estuvieron observándome? ¿Todos estos años? ¿O sea que sabían que yo quería encontrarlos?”.
“CLARO QUE SABÍAMOS. ESTUVISTE CERCA, MUY CERCA DE ENCONTRARNOS… Y FUE POR ESO QUE DECIDIMOS IR A TU ENCUENTRO. YA ESTABAS PREPARADO”.
En su mente, Quiroga emitió un bufido de perplejidad.
“¿Es decir que, cuando encontré a uno de ustedes, fue porque ustedes lo planearon así?”.
“ENVIAMOS A UNO DE LOS NUESTROS A TU ENCUENTRO, SÍ”.
“¡Pero lo maté! ¿Es que acaso no lo saben?”.
“ENVIAMOS A UNO DE LOS NUESTROS QUE ESTABA MUY ENFERMO, Y QUE DE TODAS MANERAS IBA A MORIR MUY PRONTO”.
“¿Pero por qué?”.
“PORQUE TE NECESITAMOS”, dijo otra voz, esta diferente a la que hasta entonces había hablado con él. Y, como si se tratara de una señal, decenas de voces comenzaron a hablar dentro de su cabeza, superponiéndose entre sí, mezclándose como se mezclaban sus tentáculos, aunque las palabras resultaban a sus oídos inexplicablemente claras e inequívocas:
“NECESITAMOS QUE LIDERES A LOS HUMANOS…”
“NECESITAMOS ALGUIEN CON TU ARROJO Y VALENTÍA…”
“TU LEALTAD…”
“PRONTO SEREMOS MÁS…”.
 “NO TIENES NADA ALLÁ ARRIBA…”.
“AQUÍ ABAJO PODRÁS TENERLO TODO…”.
 “NOS EXPANDIREMOS Y FORMAREMOS MÁS COLONIAS…”.
“NECESITAREMOS MÁS HUMANOS…”.
“LUCAS ES BUEN LÍDER PERO SU JUVENTUD LO TRAICIONA…”.
“TÚ SERÁS MEJOR Y LO GUIARÁS HACIA ESTA NUEVA ETAPA…”.
“ERES, SIEMPRE HAS SIDO EL INTEGRANTE NÚMERO DIEZ”.
Las criaturas callaron al unísono. Se hizo un largo silencio que sólo fue roto por el zumbido de aquella misteriosa maquinaria en las profundidades de la cueva. La mente de Quiroga era un torbellino. ¿Cuánto de cierto había en las palabras de las criaturas? ¿Y si resultaba que todo era una gran verdad, la ÚNICA verdad? Se sentía incapaz de pensar con claridad. Había algo… algo que se le estaba escapando…
“TAMBIÉN CONOCEMOS TU NECESIDAD”.
“TU DESEO”.
“TU CUERPO TE LO PIDE”.
“Y TU MENTE TAMBIÉN”.
Quiroga frunció el ceño. ¿Sería posible que supieran eso también? ¿O era una trampa?
“¿De qué están hablando?”, trató de ganar tiempo. “¿Qué es lo que yo quiero?”.
“SABES MUY BIEN DE LO QUE HABLAMOS”.
“PODEMOS OTORGÁRTELO”.
“SABEMOS LO MUCHO QUE LO QUIERES”.
Por supuesto que lo sabían. En el momento en que le habían introducido ese tentáculo dentro del cuerpo, habían indagado dentro de él, descubriendo todas sus virtudes pero también sus debilidades. No tenía sentido negarlo: ellas sabían lo de la droga, la que había dejado en el refrigerador del sótano, la que Quiroga consumía regularmente desde el último año y medio, desde que había salido de la cárcel. Con sólo pensar en ella, su mente se estremeció de avidez y sus puños se cerraron con fuerza, hasta palidecer sus nudillos. Sabía que aún no sentía todo el peso de la abstinencia porque había probado la droga alrededor de veinticuatro horas antes, antes de salir hacia la mina con Dan, pero si seguía sin consumirla durante unas pocas horas más…
La angustia lo invadió y le hizo cerrar fuertemente los ojos. Estaba atrapado. En todos los sentidos posibles. Y lo peor de todo era que las criaturas lo sabían, y trataban de manipularlo utilizando este conocimiento. Si aquello fuese una partida de ajedrez, estaría a sólo un movimiento del jaque mate.
Sus puños se contraían y se aflojaban, se contraían y se aflojaban.
“¿QUÉ DICES?”.
“NECESITAMOS TUS RESPUESTAS”.
“PODEMOS CONSEGUIRTE LA SUSTANCIA QUE TANTO ANHELAS”.
“AHORA MISMO”.
“PODRÁS VIVIR CON TU RETOÑO AQUÍ ABAJO DURANTE MUCHOS AÑOS”.
“Y TODOS TUS SUFRIMIENTOS DESAPARECERÁN….”

Mil Disculpas

Mil disculpas, chicos, pero no llego a terminar el capítulo para mañana martes. Nos vemos el próximo viernes. Un abrazo.

"Un Largo Viaje a la Oscuridad" (Últimos Capítulos)

Nota: Por si alguien se lo perdió, el martes pasado publiqué el capítulo 21. He aquí el link:
http://www.666cuentosdeterror.com/2014/10/un-largo-viaje-la-oscuridad-capitulos_14.html
Es muy importante que lean ese capítulo antes de seguir con el actual, porque: a) Revela información muy importante; b) Es uno de mis capítulos favoritos. 
¿Listos? Bueno, ahora sí pasemos al:

Capítulo 22

     No le costó mucho adaptarse al medio acuático. Era tal cual había dicho Amanda: sólo había que respirar por la boca, como si estuviera resfriado y con la nariz tapada, y utilizar los brazos lo mínimo e indispensable para ahorrar energía. Del resto, se encargaban el suministro de oxígeno y las patas de rana. Dan comenzó a darse cuenta de que debió haber buceado mucho antes; pese a la tensa situación, y a la temperatura del agua (de una frialdad tal que lograba colársele un poco a través del traje de neoprene), se trataba de una experiencia totalmente gratificante. Si lo hubiese intentado en otro medio, en otras circunstancias… sin dudas lo hubiese disfrutado muchísimo.
     Ahora iba concentrado en seguir los pasos (mejor dicho, los pataleos) de Arreaga. El muchacho había sido bastante metódico en su trabajo y prácticamente no quedaba ningún accidente del río sin identificar. Lo único que debían hacer era seguir una larga soga de nylon, perfectamente tensada y asegurada en las rocas, que se perdía en la oscuridad de más adelante. Las zonas donde el río se bifurcaba estaban señaladas con un banderín de plástico rojo, atado con una soga a las piedras de las paredes. Lo mismo con las trampas, que eran como telarañas extendidas entre dos paredes, aunque éstas estaban señaladas con un banderín verde. Las linternas sumergibles apenas si lograban horadar la oscuridad de las galerías inundadas; cada tanto, para sorpresa de Dan, iluminaban algunos pececillos blancos o algún que otro crustáceo de color transparente, que rápidamente se ocultaba entre las grietas de la pared.
     El silencio era otra cosa que lo conmovía. Ni siquiera el burbujear del regulador de aire parecía alterar aquel silencio extático, hermético, que debía tener millones de años de antigüedad.
     A medida que se iban internando, en forma horizontal, en las heladas profundidades del río, la sorpresa y la serenidad de Dan dio paso a un leve pero progresivo desasosiego. No supo en qué momento ocurrió, pero una vez que se dio cuenta de ello, fue imposible quitárselo de la cabeza. Las galerías parecían estrecharse cada vez más. El imaginario peso del agua y de la roca comenzó a hacer mella en sus sentidos. Doblaron por un recodo y Arreaga, mirando hacia atrás, le preguntó mediante señas si se encontraba bien. Dan respondió con la clásica señal de la “O” dibujada con los dedos índice y mayor, aunque tenía sus dudas. Arreaga, sin darse cuenta de nada, siguió nadando. Dan se aferró a la soga y se impulsó detrás de él. Al llegar a una especie de arco de piedra, unos metros más adelante, creyó ver un reflejo plateado que desaparecía con rapidez en la oscuridad, pero no prestó demasiada atención porque estaba concentrado en repeler el sentimiento de claustrofobia que, ahora sí, había comenzado a instalarse en sus nervios. Las galerías se estrechaban y eso, estaba seguro, no era parte de su imaginación: cada tanto, cada diez metros o así, los tanques de oxígeno sujetos a su espalda rozaban contra el techo de la cueva, arrancando un sordo y vibrante sonido metálico. “Esto no pasaba antes”, pensaba una y otra vez. “Antes había más espacio para nadar. El río se está estrechando”.
     Luchó contra la necesidad de detener a Arreaga. El muchacho se movía con total desenvolvimiento en la cueva, como si la hubiese explorado miles de veces, y eso debía transmitirle una sensación de seguridad, pero lo cierto era que no ocurría nada de eso. ¿Y si el muchacho estaba demasiado confiado? ¿Y si el río, por efecto del peso de la tierra, se había aplastado un poco desde la última exploración, y ellos quedaban atascados en algún oscuro pasaje de aquel interminable laberinto, luchando por salir y ahogándose poco a poco?
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