Bienvenidos a 666 Cuentos de Terror

Bienvenidos a mi Muestrario de Horrores y Oscuridades.
Todas las historias publicadas en este blog fueron escritas por mí y están bajo derecho de copyright.
Si eres nuevo aquí, te recomiendo que empieces por los cuentos más cortos y fáciles de leer. He aquí un listado orientativo:

♠ "La Cola del Diablo"
♠ "El Fantasma de Youtube"
♠ "Bitácora del Capitán Farris"
♠ "Noche de Brujas II: Casa en el Árbol"
♠ "Enfermera Nocturna"
♠ "El Hombre del Patio"
♠ "Muñeca Maldita"

El Blog se actualizará todos los Viernes (y algunos Martes) a la Hora del Demonio (03:00 am).
El Objetivo es llegar a las 666 Historias Cortas de Terror, Misterio y Suspenso..., como todos saben el 666 es el Número del Diablo, por lo que el Último Cuento será el más Terrorífico, Sangriento, Horroroso, Repulsivo, Asqueroso y Aterrador de Todos los Tiempos (o no, jaja). 
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"Un Largo Viaje a la Oscuridad" (Capítulo Final)

Nota: Si bien éste es el último capítulo de la novela de terror "Un Largo Viaje a la Oscuridad", aún falta el Epílogo, que será publicado (con algo de suerte) el próximo viernes, donde ahí sí, verán la esperada palabra "FIN". Un abrazo.

CAPÍTULO FINAL

1


Las piedras se desmoronaban sobre el cuerpo de Dan. El suelo entero temblaba. La caverna crujía y emitía escalofriantes quejidos de piedra y polvo. Intentó agarrar al muchacho antes de que éste se escabullera, pero sólo logró quedarse con un pedazo de su camisa. El chico parecía enceguecido y corría en dirección al río que habían atravesado minutos antes. Dan lo llamó a toda voz, pero Lucas ni siquiera pareció escucharlo.
      Corrió tras él. En sus oídos resonaban las palabras de Quiroga: “Prométame que lo llevara arriba sano y salvo”. Eran palabras que parecían tornarse más acuciantes con el correr de los minutos. Una piedra del tamaño de un puño cayó sobre su hombro y le arrancó un aullido de dolor. El techo se derrumbaba y toneladas de piedras los sepultarían para siempre. ¿Qué diablos habría hecho Quiroga? Pensaba en la inmolación. Así era como terminaban sus días los soldados japoneses de Iwo Jima. ¿Quiroga tenía el suficiente arrojo como para accionar los explosivos del bolso y volarse a sí mismo en pedazos? Dan estaba segurísimo que sí.
      “Su hijo”, pensó. “Se sacrificó por él. Ahora yo debo hacer lo posible para que no haya sido en vano. Aunque el chico sea un cretino, un mocoso insoportable, es el hijo del barbudo, y prometí que me encargaría de él”.
      Siguió corriendo tras el muchacho. Ambos rengueaban por diferentes palizas y peleas que habían enfrentado en las últimas horas, y parecía que llevaban a cabo una especie de maratón para minusválidos. Dan acortaba distancias, pero muy lentamente. Un nuevo estruendo los detuvo: parecía provenir desde más adelante. Enseguida se escucharon alaridos inhumanos y algo que gruñía como un lobo atrapado en una trampa. Lucas se llevó una mano a la sien y cayó de rodillas.
       Los alaridos eran muchos, demasiados. Las criaturas estaban muertas de miedo y de dolor. Sus lamentos penetraban la caverna y recorrían las galerías oscuras como fantasmas en busca de perdón o de venganza. Una a una, aquellas voces enloquecedoras fueron callando, hasta que sólo se escuchó el bramido de las piedras inmemoriales que cedían bajo el peso devastador de la montaña. Dan se acercó a Lucas, que se había acurrucado en el suelo. Tocó su hombro y luego, cauteloso, esperó. Más allá, en las galerías ahora clausuradas, algo pareció arrastrarse, pero Dan no prestó atención porque estaba atento a los movimientos del muchacho.
       Pero éste no reaccionaba. Se acercó un poco más y se agachó delante de él.
       -¿Lucas? ¿Estás bien?
      El muchacho no respondió. Las piedras seguían cayendo y daba la impresión de que el corredor cedería en cualquier momento. Y Dan estaba seguro de que la entrada de la guarida había quedado obstruida por el derrumbe. Ahora estaban atrapados. ¿Y así terminaba todo? Después de todo lo que había soportado y recorrido, ¿así terminaba? ¿Con ellos sepultados a cientos de metros bajo la tierra, como dos bulbos condenados?
      Descubrió que no le importaba tanto. Supuso que se engañaba, que ése era el consuelo de los moribundos, pero qué más daba ya. Estiró la mano y obligó a Lucas a mirarlo a los ojos.
      Se dio cuenta de que el chico estaba perdido. Sus ojos enfocaban un punto neblinoso. La baba caía de su mentón. Murmuraba palabras que Dan sólo pudo escuchar al acercar el oído a su boca:
      -Todos muertos… todos muertos…
      Lo decía en un horrible tono monocorde, que hizo que Dan pensara en un autista, o en un muñeco a cuerda. ¿Qué le habría ocurrido? ¿Acaso estaba en shock? Pero si un segundo antes había estado corriendo como un poseso…
      -Tiene una conexión muy fuerte con las babosas- dijo una voz a sus espaldas, que pareció adivinar sus pensamientos-. Tardará mucho tiempo en salir de ese estado.
      Dan ni siquiera se molestó en darse vuelta. Deslizó los brazos por debajo de las axilas del muchacho, preparándose para cargarlo otra vez. Entonces escuchó el clic del arma que lo obligó a detenerse.
       -Ya todo terminó, Abel- dijo-. ¿Por qué no olvida esa ridícula pistola?
       -No tengo nada contra ti, Dan. Es así como te llamas, ¿verdad? ¿Dan?- no esperó que respondiera-. Pero quiero al muchacho. Quiero matarlo de una jodida vez. Me hizo la vida imposible durante años. Si te interpones, te mataré a ti también.
       -Pues hazlo, no me importa- respondió Dan, dándose vuelta con lentitud. Señaló el techo y las piedras que caían en interminables cascadas-. ¿No ves que vamos a morir de todas formas? Vamos, dispara, viejo estúpido.
       Abel levantó el brazo y apuntó. Un crujido aterrador, similar al ruido de un trueno, surgió por encima de su cabeza. Alzó la vista a tiempo para ver cómo el techo caía sobre él. En un incoherente y desesperado intento de defensa gatilló el arma hacia el techo, como si pudiera detener el derrumbe con unas simples balas de plomo. Por supuesto que fue inútil: quedó sepultado bajo una montaña de rocas y polvo. Dan levantó al muchacho y se lo colocó en las espaldas. Comenzó a correr. La muerte lo seguía a escasos metros, en forma de estruendosos derrumbes. Se acercaba a un sitio que parecía iluminado por un resplandor verdeazulado. Se estaba preguntando qué diablos sería eso cuando lo recordó: la cápsula de las babosas. La sola idea de acercarse otra vez a esa cosa le produjo repugnancia, pero por otro lado, ¿qué alternativas tenía? Una roca del techo, del tamaño de una lápida (nunca mejor comparación que esa), se desprendió y cayó a escasos centímetros de sus narices. Dan la esquivó de un salto y marchó hacia el recinto de la maquinaria.
      Cuando llegó, su corazón parecía a punto de explotar del cansancio. Sus ojos se abrieron y dejó escapar un gemido al contemplar lo que le aguardaba allí.
      -Oh, Jesús- murmuró.
      Una criatura maltrecha, que parecía perder líquido por diez heridas diferentes, había abierto la cápsula y estaba ingresando lentamente en ella. Al verlo, la cosa se detuvo y unos ojos del tamaño de platos asomaron entre un pliegue de la parte superior del cuerpo. Agitó sus tentáculos, amenazante, y comenzó a marchar hacia él.
       -Estoy cansado de todas ustedes- dijo Dan, de repente furioso. Depositó al chico sobre el suelo y recogió, en el mismo movimiento, una piedra afilada del suelo-. ¡Estoy cansado de todas ustedes, babosas del Infierno!
       Dio dos grandes zancadas y se arrojó sobre el cuerpo de la criatura, que lo aguardaba con sus fauces abiertas.

"Un Largo Viaje a la Oscuridad" (Penúltimo Capítulo)

CAPITULO 26

1

El contacto con el agua fría parecía haber reanimado al muchacho. Su cuerpo se estremecía y los brazos se movían débilmente, como si luchara por permanecer a flote en medio de aquel gélido río.
     -… stá pasando?- farfulló.
     Dan no respondió, estaba demasiado preocupado por no hundirse junto con el muchacho. También debía vigilar que éste no hundiera la cabeza y tragara agua… Recién cuando la altura del río le llegó a la cintura, pudo distenderse un poco y entonces miró hacia atrás, hacia la orilla que acababa de abandonar.
      Vio un espectáculo tenebroso, que recordaría durante el resto de su vida. Quiroga permanecía de pie, sosteniendo la baliza en alto y dándole la espalda a una especie de escalofriante, negra y movediza montaña de babosas. La bengala resplandecía en una luz cada vez más tenue; no tardaría en agotarse y sumirlo en las oscuridades. Miles de tentáculos se agitaban alrededor de su cabeza y parecían dar un frenético y horroroso saludo de despedida. Dan alzó una mano y gritó:
      -¡Su hijo está bien, Quiroga! ¡Ya llegamos a la orilla!
      Pero el barbudo no le respondió. Seguía mirándolo fijamente, como si no hubiese entendido el mensaje. Dan volvió a cargarse al muchacho al hombro y se dirigió hacia Abel, que esperaba en la entrada de la madriguera de las babosas.
      -¿Listo?- dijo el anciano, quien de súbito parecía muy nervioso.
      -No lo sé- respondió Dan.
      Volvió su mirada hacia Quiroga, indeciso. La luz de la bengala se hacía más débil, las babosas cada vez estaban más cerca de él, como esperando que la última chispa se apagara para abalanzarse sobre su cuerpo. Formaban una especie de gigantesca y oscura ola de unos diez o más metros de alto, que caería sobre su cuerpo de un momento a otro. Pero Quiroga no parecía preocupado o tenso; ni siquiera echaba un vistazo hacia atrás. Seguía con la mirada fija hacia delante, como un capitán observando el transcurrir de una tormenta desde la proa de su barco. Dan estaba seguro que observaba a su hijo. ¿A quién iba a mirar sino? La cabeza de Quiroga asintió imperceptiblemente y luego hizo un gesto con las manos: “Sigue tu camino”. Pero Dan, incapaz de moverse de su sitio, petrificado ante aquella imagen que parecía sacada de la peor de las pesadillas, se quedó observándolo hasta que la baliza se extinguió con un último fogonazo rojo.
     Para ese entonces, las babosas se encontraban a centímetros del cuerpo de Quiroga, ahuecándose sobre él y formando una capa de muerte. Algunos tentáculos habían comenzado a rodear su cuello.
     -Vamos- dijo Abel, señalando el interior de la madriguera con su bola azulada-. No tenemos todo el tiempo, muchacho.
     Dan no tardó en ponerse en marcha. Echó un vistazo por última vez hacia Quiroga, pero ya no pudo verlo: el mar negro de babosas se lo había tragado.
      -Adiós, Quiroga- murmuró-. Trataré de cumplir con mi promesa para con su hijo. Lo juro.
      Entraron a la caverna y comenzaron a marchar hacia la libertad, o hacia lo que fuese que les aguardaba en la profundidad de aquellos túneles.

"Un Largo Viaje a la Oscuridad" (Antepenúltimo Capítulo)

CAPÍTULO 25

1

Del diario Clarín, 27 de Noviembre de 2014

LA CATÁSTROFE DE SAN IGNACIO: EL MISTERIO CONTINÚA

A una semana de ocurrido el extraño hundimiento del pueblo de San Ignacio, que ocasionó 125 muertes, más de 600 heridos y daños materiales calculados en 2 millones de dólares, las autoridades aún continúan investigando el origen de la falla geológica. ¿Se trató de un movimiento natural de la tierra, o de algo provocado por el hombre? Los estudiosos aún no se ponen de acuerdo al respecto.
     Sergio Victonte, Secretario de Minería y Recursos Naturales de la Provincia, descarta que el enorme hundimiento del suelo, que dejó un cráter de más de dos kilómetros de diámetro, se explique por un colapso de la mina de plata excavada en la base del Monte Herodes. “Si bien las galerías de la mina quedaron sepultadas bajo esta inesperada falla, los trazos de los antiguos mapas no coinciden con el epicentro del cráter. De hecho, estamos seguros que las excavaciones de la mina no se encontraban debajo del pueblo, sino que éstas se orientan hacia la base del Herodes”.
     Otra explicación posible viene del lado del río subterráneo que cruza el pueblo en dirección norte- sudeste, y que desemboca en el acuífero principal del Puelches. ¿Hubo algún movimiento sísmico que desvió la corriente del río, y que provocó que los conductos bajo tierra colapsaran? Los investigadores se encuentran discutiendo sobre este tema, y prometieron reflejar sus conclusiones en las próximas horas.
     Lo cierto es que el testimonio de los sobrevivientes se multiplica. Muchos de ellos juran haber escuchado, instantes antes de que el piso cediera, una detonación seca bajo sus pies, por lo que la teoría de que el desastre ha sido obra del hombre aún no se encuentra del todo descartada…

2

Quiroga sacó una bengala del bolso impermeable y la encendió. Retrocedió un par de pasos. Se agachó para recoger algo. Dan se dio cuenta, horrorizado, que se trataba de una babosa bebé. Su cuerpo gelatinoso y uniforme no debía ser más grande que una pelota de fútbol. Los tentáculos eran transparentes y muy finos. Se enroscaron alrededor del brazo de Quiroga y luego algo, un quejido, escapó de algún lugar de su pequeño cuerpo.
     El aluvión de babosas se había detenido en la entrada. Como para acentuar la amenaza, Quiroga acercó la bengala al cuerpo del bebé, que de inmediato trató de trepar por sus hombros.
     -Si no se detienen ahí mismo, hijas de puta, juro que les quemo al mocoso. Lo entienden, ¿verdad?
    Las babosas, en efecto, parecieron entender. Sus tentáculos se agitaban furiosos, pero no se atrevían a avanzar más allá de unos pocos metros de la caverna. El hedor que emanaban era insoportable. Dan comenzó a sentir arcadas. Echó un vistazo a Liana, que se encontraba acurrucada al lado del hijo de Quiroga. Sus ojos estaban hundidos y tenía un horrible color en el rostro. Los labios se movían como si dijera algo, por lo que Dan se acercó para escucharla.
     Mientras tanto, las criaturas parecían deliberar. O simplemente esperaban. Cuando la bengala comenzó a extinguirse, Quiroga de inmediato encendió otra, y cuando ésta también se apagó, el hombre hizo la siguiente advertencia:
     -No voy a encender más de estas; sólo tengo unas pocas. Pero puedo verlas, malditas- señaló la bola azulada que, débilmente, apoyada en una roca, iluminaba el interior de la caverna-. En cuanto vea que uno de sus asquerosos tentáculos avanza un centímetro más, juro que achicharro al bebé.
     Las babosas no respondieron, tampoco dijeron nada. Simplemente permanecían en la boca de la caverna, sellando con sus cuerpos gelatinosos la entrada de piedra, como si quisieran asegurarse de que nadie vivo saldría de allí. Dan acercó el oído a los labios partidos de su mujer, para poder escuchar lo que ésta decía. Pero Liana se había sumergido en una especie de intranquilo sopor y ya no murmuraba más nada. A su lado, el chico de Quiroga parecía un tétrico muñeco; los ojos le brillaban como obsidianas, y una espuma reseca cubría los alrededores de la boca.
     Pasaron unos minutos. Unos largos y pesados minutos. Nada en la caverna había cambiado. Quiroga se había plantado frente a las criaturas y no se movía de su sitio, casi ni parecía respirar. La babosa bebé le trepaba por el brazo, por el hombro, y cada tanto lanzaba un quejido que inquietaba aún más a las criaturas. Dan se arrodilló frente a Liana y la sujetó por la cabeza. Comenzó a acariciarle el pelo, al tiempo que se preguntaba si Quiroga tendría algún plan, alguna treta que los sacara de allí. Miró hacia atrás, hacia el sitio donde, según el barbudo, se encontraban las babosas viejas y a punto de morir. Unos tentáculos débiles y estremecidos asomaban de una especie de fosa cubierta de agua turbia. Era imposible saber cuántos de esos bichos había allí, pero al parecer Quiroga había tenido razón: no representaban ningún peligro para ellos.
      Liana se removió en sueños y murmuró algo. Dan le acarició el cuello y la cara y la mujer pareció tranquilizarse.
     Las babosas comenzaron a emitir un zumbido.
     -¿Qué hacen?- se inquietó Quiroga. Encendió otra bengala y la acercó al cuerpo del bebé, que de inmediato trató de escurrirse por entre sus manos-. ¿Qué piensan hacer? ¡Mataré a esta cosa! ¡Lo juro!
     -Cálmese- dijo una voz en la oscuridad.
     Ambos hombres miraron hacia el origen de la voz. Una figura emergía de entre el tumulto de las babosas. Era un humano, un anciano que Dan había visto en la orilla del río, instantes antes de que emprendieran la huida.
     -Abel- dijo Quiroga-. No avance un paso más, viejo traidor.
     -Las criaturas quieren negociar, mi estimado- dijo el anciano, deteniéndose a una distancia prudente. Tenía una curiosa voz nasal, y enseguida, cuando Quiroga alzó la bengala, se dieron cuenta por qué: un par de tentáculos se introducía por los orificios de su nariz, como dos repugnantes cánulas de oxígeno. Otro tentáculo, éste mucho más grueso, se enroscaba alrededor de su cuello, y otros tantos en el cuerpo y los brazos. Casi parecía un títere de carne y hueso… y Dan, que mucho no entendía la situación, se dio cuenta de que la comparación no distaba mucho de la realidad.
     -La vida del bebé, por la liberación de Lucas- dijo Quiroga, quien no parecía muy impresionado por el tétrico (y, en cierta manera, estrafalario) aspecto de Abel. Miró hacia atrás y señaló a Dan-. Y por la de mi amigo, y su mujer.
     Abel no dijo nada, sólo quedó mirando al vacío, mientras las criaturas se debatían y zumbaban y emitían sonidos viscosos. Al fin, como si alguien le hubiese susurrado alguna indicación al oído, el anciano asintió y dijo:
     -Nadie puede salir de aquí. Mucho menos Lucas. Lo necesitamos.
     -Pues entonces tendré que achicharrar al bebé.
     Más zumbidos y ruidos de tentáculos que se entrelazaban y golpeaban las paredes.
     -Si lo haces, tú, tu amigo y su mujer morirán.
     -El bebé también. No lo olviden.
     Otra pausa. Parecía una confrontación que se llevaba a cabo en otros niveles, como cuando dos ajedrecistas se enfrentan en silencio frente al tablero. Dan pensó que podrían estar mucho tiempo así, negociando una situación que podía tener ganadores y perdedores por partes iguales. Pensó que era hora de jugar nuevas cartas.
     -Diles que yo tampoco voy a subir. Sólo Lucas y mi mujer. Eso hará las cosas un poco más parejas.
     -Las babosas no te quieren aquí- dijo de inmediato Abel-. No formas parte de sus planes.
     -¿Escuchaste eso, Dan?- dijo Quiroga alzando las cejas-. No das el perfil, lo siento.
     Muy a su pesar, Dan se encontró riendo con Quiroga. Sabía que no era una risa de felicidad, sino algo más bien similar a una risa de loco, que podía trastocarse en un nervioso llanto en cualquier momento. “Jesús”, pensó mientras ahogaba la risotada. “Si salimos de aquí, iremos derecho al psiquiátrico”.
     -Creo que no pasé el test de personalidad- dijo, y de inmediato tuvo que ahogar un hipido de risa que le surgió desde lo profundo del pecho-. La babosa de relaciones laborales dijo que no servía para el puesto…
     Quiroga trató de contenerse, pero luego su cuerpo se convulsionó y lanzó la risotada. Dan no tardó en secundarlo y muy pronto las lágrimas corrían por sus mejillas cubiertas de polvo. Pensó que se encontraban al borde de la histeria, si no lo estaban ya, y que debían detenerse antes de que la situación se desbordara por completo. Pero luego recordó lo que había dicho el viejo, eso de que él no formaba parte de los planes de las babosas, y un nuevo acceso de risa hizo que su cuerpo se doblara en dos.
     Abel los observaba con el ceño fruncido. A sus espaldas, las criaturas brillaban bajo la luz de las bengalas.
     -Cállense- dijo Abel.
     Esto, por algún motivo, desató la hilaridad de los hombres, que aullaron y se aferraron sus estómagos. “Esto no está bien”, pensaba Dan. “Estamos perdiendo el control. Estamos…”
     Sin embargo, no podía parar. Quiroga, aparentemente, tampoco.
     -¡He dicho que se callen!
     -¿Dan?
     De inmediato interrumpió la risa. Liana había abierto los ojos y lo observaba con atención. La lucidez era patente en su mirada. Era como observar una gran ventana con todos los cristales lustrados hasta la perfección. Hacía años que Dan no le descubría una mirada así, y creyó saber lo que esto significaba. Acarició suavemente su rostro y lo atrajo hacia sí, como si fuera a besarlo.
     -Soy yo, amor, sí. ¿Cómo te sientes?
     -Estoy muriendo.
     Dan negó con la cabeza. De reojo vio que Quiroga también se calmaba y miraba en dirección suyo, pero de repente nada de esto le importaba ya. Lo que importaba era Liana. Su rostro… parecía resplandeciente. Como si Liana de repente hubiese rejuvenecido unos diez años. Volvió a negar con la cabeza y dijo:
     -No digas estupideces.
     Pero sabía que era cierto. Había visto esa misma mirada lúcida en los ojos de su madre, minutos antes de que ésta falleciera de un cáncer de pulmón en la sala blanca de un hospital oncológico.
     -No importa- dijo Liana-. He estado muy mal… He soñado.
     -¿De verdad?
     Liana tragó saliva. Sus ojos se desviaron durante unos segundos hacia Quiroga, y luego regresaron para contemplar el rostro pálido y desencajado de su marido.
     -Soñé con ese hombre.
     -¿Con Quiroga? Pero si no lo conoces. ¿Estás segura?
     -También soñé contigo- dijo su mujer, sin prestarle atención. Y algo en su interior cambió al agregar:- Y también con Amanda.

Las Crónicas Sobrenaturales de Milena Crow: "Tabla Ouija"

La siguiente es la primera de las muchas entrevistas que la colaboradora y periodista freelance Milena Crow ha hecho para www.666cuentosdeterror.com. Las notas de Milena están orientadas a temas sobrenaturales, y buscan el testimonio directo de los involucrados. Ésta en particular trata sobre la famosa tabla ouija, que unos adolescentes de la localidad de Junction City, hicieron en Octubre de 2012, con consecuencias que hasta el día de hoy siguen afectando sus vidas. Milena realiza la entrevista y yo la paso a texto. Espero que la disfruten… si es que puede decirse algo así.

LAS CRÓNICAS SOBRENATURALES DE MILENA CROW: “TABLA OUIJA”
Entrevista: Milena Crow
Texto: Mauro Croche

La entrevista tiene lugar en la casa de Patricia Nores, que vive en un barrio latino de Main Street, Junction City, junto con su abuela de 82 jóvenes años. Mientras la señora realiza los quehaceres domésticos con sorprendente jovialidad, Patricia me hace sentar en uno de los sillones del living y, café de por medio, comienza a relatar su experiencia.

Patricia: No debimos llevar a cabo ese juego. No al menos con la presencia de Bea. La conozco desde la primaria, y ella siempre fue muy tímida y callada, le tenía miedo a todo. Cuando hablaba, se ponía toda roja y tropezaba con las palabras. Tenía un principio de tartamudez… Tuvo un solo novio, pero él la dejó a los dos meses. Por otra chica, se entiende. Ella estaba muy enamorada de él, y cuando el tipo se fue con la otra, quedó realmente muy mal. Pensamos… teníamos miedo de que se hiciera daño, ¿entiende?

Milena Crow: Una persona muy sensible e introvertida.

P: Era como una crisálida. ¿Sabe lo que es eso? Pero todos sabíamos que ella nunca saldría del capullo, que siempre estaría metida dentro de sí, y jamás desplegaría las alas para ver la luz del Sol. Intentamos ayudarla, ¿sabe? Pero ella no quería que la ayudaran. O al menos, nos rechazaba y se negaba a concurrir al psicólogo como nosotros le sugeríamos. Ella navegaba mucho por Internet… pasaba horas delante de su computadora. Primero fue en el chat, en la época en que todavía existía el LatinChat, ¿lo recuerda?

MC: Creo que todavía sigue existiendo.

P: Y después fue MySpace, y después Facebook, y después no sé qué otra cosa para hacer amigos… Ella decía que tenía muchos amigos. Hablaba mucho con ellos a través de la Webcam. Pero usted sabe cómo son los amigos que uno conoce por Internet. Pueden desaparecer de la noche a la mañana sin dejar rastro, como si nunca hubiesen existido. ¿Nunca se puso a pensar en eso? Tal vez los “amigos” de ella no eran tales, sino uno solo. O quizás se trataba de una máquina, que le respondía frases programadas. Da miedo pensar esas cosas, ¿no?

MC: Pero ella estaba sola.

P: Claro que sí. Era la persona más solitaria de la Tierra. Su única amiga verdadera era yo… (se queda pensando un rato, al tiempo que su mirada se torna algo difusa). Debí haberla cuidado mejor. Debí haber insistido en que no fuera a esa estúpida sesión de ouija.

MC: ¿Qué pasó aquella noche? ¿De quién fue la idea de hacerla?

Entrevista en "Kolaz Dice"

En "Kolaz dice", programa de entretenimientos e interés general, me realizan una entrevista en la cual hablo de los cuentos y novelas del blog, anécdotas, futuros proyectos y el género de terror en particular. También se relatan un par de cuentos de mi autoría. Si quieren escuchar mi horrible voz, están invitados a través del siguiente link:
http://kolazdice.podomatic.com/entry/2014-10-26T20_00_46-07_00



Capítulo 24

Nota: El presente capítulo, si todo sale según lo planeado, es el antepenúltimo, o sea que quedan dos más aparte de éste. Sin embargo, como el próximo viernes es Noche de Brujas, momentáneamente dejaré la novela de lado para publicar una historia nueva, que conmemorará dicha celebración. Y después sí, el martes que viene seguiremos con "Un Largo Viaje a la Oscuridad". Saludos.

Capítulo 24

1

El grupo permaneció silencioso durante unos instantes, observando a los hombres que se alejaban cuesta arriba (y que se llevaban a un Eugenio inconsciente), hasta que uno de ellos se movió. Se trataba de Biglieri, a quien Quiroga mentalmente llamaba: “El Tira-Piedras”. Soltó un grito de rabia y fue en pos de los hombres que escapaban. Alrededor de veinte segundos después, las primeras criaturas emergieron del río y comenzaron a reptar sobre las piedras humedecidas de la orilla, moviéndose en dirección a Quiroga y Dan. Algunos de los miembros del grupo, como por ejemplo Kathia, que era relativamente nueva allí abajo, retrocedió un par de pasos e hizo ademán de huir. Pero antes de que pudiera lograr su cometido, Abel la retuvo de un brazo.
-No te muevas- dijo-. Ellas están de nuestro lado. No nos harán daño.
La chica asintió, sin mucha convicción, tragando saliva. ¡Cuántas criaturas había! ¡Y qué hedor emitían! Salían de las aguas y se arrastraban por las piedras de la orilla, dejando un rastro de baba amarillenta detrás de sí. La superficie del río, habitualmente calma y con apariencia estancada, ahora bullía de tentáculos que se acercaban rápidamente a la costa. Algunas de las criaturas, grandes y altas como coches, pasaron a su lado y uno de sus tentáculos la golpeó en la pierna, haciéndola caer. Kathia gritó y de inmediato Lucía, que era otra de las mujeres del grupo, la ayudó a levantarse.
-Será mejor que salgamos de su camino- susurró Lucía.
Se subieron a una roca y se limitaron a mirar. Los otros integrantes del grupo hicieron lo mismo, retrocediendo hasta ubicarse en terreno seguro. Ninguno de ellos, excepto quizás el supervisor, había visto tantas criaturas juntas; el espectáculo los conmovía y los llenaba de repulsión al mismo tiempo. Las babosas parecían furiosas y se movían a una velocidad aterradora. Algunas pasaban por encima de las demás y sus tentáculos se entrecruzaban, pero nunca detenían la marcha. Los ruidos viscosos llenaban la cueva y hacían que los dientes de Kathia rechinaran. Iban en pos de Quiroga y del otro hombre vestido con traje de buzo. Kathia pensaba que les darían caza en menos de un minuto. Y luego… sólo Dios sabía lo que podía pasar luego.
-Los matarán- dijo Lucía, como adivinando sus pensamientos-. Tratarán de recuperar a Eugenio…
Kathia la miró pero no dijo nada. No creía que las babosas sintieran tanto aprecio por Eugenio como para moverse en masa así. De hecho, tenía la secreta convicción de que las criaturas los despreciaban. A todos y a cada uno de los humanos que habitaban en esa cueva. Pero es que habían parecido tan convincentes allá arriba… prometiéndole el fin de sus sufrimientos y augurándole una vida llena de felicidad y plenitud… y Kathia, ciega como se encontraba por sus padecimientos con la droga y una profunda depresión, les había creído. Se había dejado conducir allá abajo… pero sólo para encontrarse con una condición de vida muy precaria, de la cual para colmo era imposible ya escapar. ¿Y por qué había puesto tan poco empeño en regresar a la libertad, a la vida de la superficie? La respuesta más fácil era el miedo, ¿no? Miedo por el supervisor Eugenio, que podía ser muy cruel cuando se lo proponía, o cuando las circunstancias así lo requerían. Miedo por las criaturas mismas, y por sus mismos compañeros, o al menos algunos de ellos, que parecían dispuestos a denunciar el mínimo intento de rebelión. Era como un círculo de miedo, en el cual cada uno se miraba con desconfianza y trataba de congraciarse con las criaturas y con el supervisor para lograr salvar el pellejo propio. Era por eso que había habido tan pocos intentos de escape. Lo de aquella chica que casi se había ahogado había sido posible porque: a) en ese momento Eugenio no era el supervisor, y b) porque casi nadie creía que en realidad pudiese lograrlo.
¿Y la otra explicación, además del miedo? Esa quizás era la más dolorosa, la más difícil de aceptar. Y tenía que ver con la resignación y el conformismo. Con la adaptación forzosa a una situación que, si bien no era la mejor, al menos no era lo suficientemente grave como para pensar que uno estaba en el fondo. Kathia pensaba que ese sentimiento era más común de lo que la mayoría de las personas se atrevía a reconocer. Después de todo, ¿cuántas personas había allá arriba, en la superficie, que mantenían trabajos que no les gustaban, parejas que no amaban, situaciones que nunca jamás hubiesen llegado a imaginar, y todo ello por el simple conformismo que derivaba del peso entumecedor de la rutina? 
Miedo. Conformismo. Resignación. Eran grandes debilidades la humanidad, la fórmula del cobarde, y las criaturas habían sabido aprovecharla en beneficio propio, vaya que sí.
Vio que Lucía trastabillaba y trató de agarrarla, pero de repente la mujer fue arrastrada hacia la masa de criaturas reptantes.
-¡Lucía!- gritó la chica.
Lucía gritaba. Tenía las piernas enredadas en infinidad de tentáculos. Una de las criaturas abrió su boca y comenzó a tragarla, sin detener su marcha. Los brazos de Lucía se movían en todas direcciones, buscando un inexistente punto de resistencia. Su boca era una gran “O” de sorpresa y horror.
-¡Lucía, no!- volvió a gritar Kathia-. ¡Déjenla, malditas!
Pero la mujer había desaparecido entre la negra y húmeda manada de babosas. Vio que a otros integrantes del grupo les sucedía lo mismo; también vio a Abel, rodeado de tentáculos y lanzando risotadas. “¿Por qué está riendo?”, pensó. “¿Por qué el maldito está…”
Sintió que unos tentáculos se le enredaban entre las piernas y la arrastraban. Kathia trató de resistirse y agarrarse a la roca, pero era como luchar contra una avalancha de lodo corriendo colina abajo a toda velocidad. Los estaban llevando consigo. Las criaturas no iban a permitir que ellos se quedaran de brazos cruzados: querían que intervinieran en el asunto. ¿Pero cómo? ¿Acaso quería que mataran a los dos hombres? ¿Acaso…
Ya no pudo seguir pensando: los tentáculos le rodearon el cuerpo con brutalidad, sin ningún tipo de miramientos, y una boca oscura y húmeda comenzó a sumergirla en las tinieblas de su interior.
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