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♠ "Muñeca Maldita"

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Atte: Mauro Croche

CDT 67: "El Perro del Infierno"

1

Tocaba a Enrique y Álvaro alimentar al perro.
     Era de noche y los hombres circulaban, a baja velocidad, por la carretera secundaria que rodeaba la parte norte del pueblo. Enrique conducía el enorme y envejecido Ford Falcon, y Álvaro iluminaba el costado del camino con una linterna a pilas, propiedad de la vieja Carretore. Álvaro tenía dieciséis años, había repetido el tercer año dos veces y no era especialmente listo. Era la primera vez que le tocaba alimentar al perro. Iba muerto de miedo y la linterna oscilaba incontrolablemente en su mano. Enrique, con algo más de experiencia, trataba de consolarlo y decirle que todo saldría bien, que terminaría antes de que se dieran cuenta, pero lo cierto era que su semblante se veía mortalmente  pálido (y preocupado) a la luz de la Luna.
     -¿Estás seguro que era por acá?
     -La vieja Carretore dijo que lo había soñado cerca del sauce viejo, entre la torre de agua y la laguna. No debe estar lejos de aquí.
     -¿Y nunca se equivoca?- no era la primera vez que Álvaro se preguntaba esto. Sin embargo, quería escuchar la respuesta de boca de Enrique, a quien, en la desesperación del momento, había llegado a considerarlo una especie de siniestro y parco mentor.
     -Que yo sepa…
     -Creo que estoy viendo algo- murmuró de repente Álvaro, dirigiendo el haz de la linterna hacia unos pastizales apelmazados-. Jesús, creo que es una zapatilla…
     -Sí- dijo Enrique con voz ahogada-. Yo también la veo.
     Enrique detuvo el auto y apagó las luces. El silencio del paraje, que ahora les llegaba a través de las ventanillas abiertas, sin la interrupción del ruidoso motor, era casi absoluto. Hubiese impresionado a algún citadino habituado al incesante ruido de la ciudad, pero a ellos no. Sin embargo, sentían miedo, pero no era por el silencio del campo precisamente. Enrique extendió una mano hacia la medalla de la virgen colgada del espejo retrovisor. La acarició durante unos momentos, y luego sacó una botella de algún lugar de su mugroso pantalón. Bebió un trago y ofreció la botella a Álvaro, quien la rechazó repugnado.
      -Vamos- insistió Enrique, empujando el brazo del muchacho con su botella de licor barato-. Bebe un trago, te calmará un poco.
      Álvaro terminó por aceptar. Tomó del fuerte licor y luego tosió un poco. Su compañero le palmeó la espalda y luego, con gestos que denotaban una inconsciente avidez, le quitó la botella de las manos. Bebió otro trago, sus ojos se pusieron acuosos y pensativos, y luego salió del coche, hacia la oscuridad de la noche.
       Álvaro no tardó en seguirlo. Las linternas tejieron una suerte de intrincadas telas con sus haces. Sin decir palabra, sin mirarse siquiera, se acercaron a la zanja y miraron.
       El hombre, tal cual lo había anunciado la vieja Carretore, se encontraba tendido boca arriba, con medio cuerpo hundido en el barro del zanjón. La bicicleta estaba a su lado, con una de las ruedas apoyadas sobre la piedra que probablemente lo había desnucado. El hombre tenía los ojos cerrados y no parecía muerto, de hecho daba la impresión de que disfrutando de uno de esos baños de limo que suelen tomar los ricos en los lujosos spas que Álvaro de vez en cuando veía en algunas revistas. El chico se dio vuelta, como si hubiese olvidado algo en el coche, y vomitó una sustancia blancuzca, pastosa, que no tardó en humear en el frío de la noche.
     -Oh, mierda…
     -Un borracho- dijo Enrique, casi reflexivo. Él también se dedicaba a la bebida. Creía que nadie en el pueblo lo sabía, pero lo cierto era que lo señalaban a sus espaldas cuando pasaba por la calle haciendo eses. Tomó la zapatilla que se había desprendido del muerto y la examinó. El número bajo la suela indicaba el “42”. “Buen número para jugarlo a la lotería”, pensó, casi sin darse cuenta. Tiró la zapatilla al zanjón y se dirigió a su compañero, con expresión compungida:
     -Mientras más rápido lo hagamos, mejor.
     -Enrique, creo que no…
     -Debemos hacerlo. Lo sabes muy bien. Vamos, ayúdame a sacarlo del zanjón.
     Álvaro asintió, aunque dudaba. Antes de marchar del pueblo, su abuelo le había dicho: “No te detengas a pensarlo. Simplemente hazlo. Es la única forma de hacerlo, y será por el bien de todos”. Y él confiaba mucho en su abuelo; no creía que el viejo fuera a mentirle o a tenderle una trampa.
      Así que tomó al muerto de los pies, mientras Enrique pasaba sus brazos bajo las axilas, ambos con las piernas metidas en las aguas pantanosas del zanjón. Lo izaron y comenzaron a trasladarlo hacia el baúl del auto. La Luna, el único y frío ojo de la noche, los contemplaba impasible. Las ranas sumergidas en la cuneta croaban, y pequeños animales movían los pastizales en derredor. El muerto chorreaba barro y dejaba un rastro oscuro detrás de sí; su cabello se encontraba apelmazado y tenía los labios entreabiertos, como esperando recibir el beso de una doncella que nunca en su vida llegaría. “Estoy pensando cosas extrañas”, pensó Álvaro, apurando el paso. Miró a Enrique. El hombre iba concentrado en su trabajo y tenía la mirada perdida. “Probablemente esté pensando en la botella”, pensó Álvaro, aunque no lo pensó con ánimos de reproche, como hacía la gente grande del pueblo, sino con tristeza y resignación.
     Habían llegado a mitad de camino, jadeando y sudando profusamente, cuando el borracho abrió los ojos y comenzó a gritar.

CDT 66: "Te Dije Que No los Invitaras"

“TE DIJE QUE NO LOS INVITARAS”

1

La mujer le había advertido, se había cansado de advertirle: por favor no invites a los Levin. Pero Medina se negó, aduciendo que Facundo Levin era un viejo compañero de trabajo, al que no podía dejar de invitar para la fiesta de su cumpleaños. “Se llevan muy mal, se la pasan discutiendo; la otra vez, Cintia Cardozo dijo que estaban a punto de divorciarse”, insistió la mujer. A lo que el hombre replicó, ya malhumorado: “¿Y quién carajo es Cintia Cardozo?”. La mujer, replegándose ofendida, se encogió de hombros y dijo: “Haz lo que quieras. Total, es tu fiesta. Pero después no digas que no te avisé: nos harán pasar un mal rato”.
     Y el vaticinio de la mujer, al menos durante las primeras horas de la reunión, no pareció cumplirse. Los Levin se comportaron como un matrimonio normal y corriente, cierto que sin excesivas muestras de cariño, pero en fin, pensaba Medina mirando de soslayo a su mujer, ¿qué matrimonio de más de diez años se demuestra el cariño en público, ya no digamos en el ambiente íntimo?
    De hecho, el matrimonio Levin fue el que estuvo más achispado durante la cena, contando chistes e intercambiando anécdotas con los demás invitados, que parecían encantados con su presencia. Y a eso de las once de la noche, luego del brindis de honor por el cumpleañero, los Levin entrechocaron sus copas y se dieron un beso cargado de ternura y complicidad. Medina, que observaba disimuladamente la escena, escudado detrás de unas botellas de vino espumoso, tocó por debajo de la mesa la pierna de su mujer y le arqueó las cejas, sonriente: “¿Viste que te dije?”.
      Ambos estuvieron de acuerdo, tiempo después, en que la fiesta debió haber concluido allí. Hasta ese momento había sido perfecta. Ni siquiera Pablo Vivas, otro compañero de trabajo del cumpleañero, y que solía propasarse con la bebida durante los agasajos, llevó a cabo su acostumbrado y patético show, al cual la mujer de Medina, no sin cierta amargura, denominaba: “El baile triste del mono borracho”. Pero entonces los invitados decidieron realizar un nuevo brindis, esta vez en el living, y los sillones y los puff fueron ocupados por siete adultos ligeramente bebidos, que parecieron sentirse muy a gusto allí. Se sirvieron los postres; el más festejado fue el de la señora Levin, que había traído un mouse de chocolate del cual sólo quedaron migajas. Pablo Vivas se tendió cuan largo era en el sillón de tres cuerpos y pareció cerrar los ojos, mientras que los demás charlaban animadamente entre sí. Y entonces fue que sucedió. Ni Medina ni su mujer se pusieron de acuerdo, tiempo más tarde, en cuál fue el factor desencadenante, aunque la mujer creyó ver que la copa del señor Levin se volcaba, en forma accidental, sobre el deslumbrante vestido de su señora. Para sorpresa de todos, la reacción de la mujer fue instantánea, furiosa, explosiva. Comenzó a insultar a su marido, a decirle que era un torpe, un inútil, un cobarde. Los demás se quedaron de piedra. Incluso Pablo Vivas abrió un poco sus ojos enrojecidos y quedó a la expectativa de lo que sucedería a continuación. El señor Levin estaba pálido y miraba al cumpleañero con una incómoda sonrisa de disculpa, mientras aguantaba el interminable e incomprensible vendaval de insultos de su mujer. Medina trató de intervenir, de apaciguar los ánimos de la señora Levin, pero su compañero de trabajo se lo impidió, poniéndole un brazo sobre el pecho. “Borracho, maricón, te engañé muchas veces con el carnicero y nunca te diste cuenta”, seguía gritando la mujer, totalmente fuera de sí. La cosa parecía haber tocado fondo y daba la impresión de que no tendría suficiente espacio para empeorar. Pero entonces sucedió lo increíble, lo que hizo que todos en el living soltaran un suspiro de espanto: la mujer de Levin se subió la falda de su vestido y se agachó sobre la alfombra, luego su cara se puso roja y deformada, comenzó a emitir horribles gemidos de dolor o de angustia, y al cabo de un rato, un chorizo de mierda aterrizó sobre el tapiz de poliéster del living. La mujer volvió a bajarse el vestido y luego, para repulsión de los presentes, recogió parte de su mierda y la arrojó sobre la cara de su marido. Y luego, simplemente, pareció desvanecerse sobre la alfombra, a escasos centímetros de los desechos naturales que acababa de expulsar.

CDT 65: "El Ataque"

Hola, estimado lector, que alegría volver a encontrarnos. Comenzaremos la Segunda Temporada del blog con un cuento de suspenso titulado "El ataque". Trata de unos clientes en un bar que se ven envueltos en una ola de confusas y misteriosas muertes, cada una más sangrienta que la otra. ¿Me acompañas? 
Como siempre, espero tus impresiones y comentarios. Un abrazo y buen fin de semana.


_______________________________

"EL ATAQUE"


1

-Mayra, me da mucho gusto escucharte- dijo el hombre de camisa amarilla sentado frente a uno de los ventanales del bar, instantes antes de que su cabeza estallara en mil pedazos.

2
     En ese momento, Bryan se encontraba a unos pocos metros de distancia, tomando una copa junto a una rubia idiota del área de contaduría. Cuando la cabeza del tipo explotó sin motivo aparente, hizo un ruido apagado y hueco, algo que sonó como un húmedo “bluff”, y Bryan, junto con otros comensales del bar, no pudo evitar lanzar un gemido de horror.
     -¿Qué pasa?- dijo la rubia idiota, agrandando sus ya de por sí enormes ojos color violeta-. ¿Qué pas…
      Siguió la dirección de la mirada de Bryan, girando un poco el cuello, y luego lanzó un gritito agudo, al tiempo que se llevaba una mano sobre la boca.
      -Dios mío, ¿qué fue lo que sucedió?- dijo una voz desde la barra.
     -Un disparo- respondió alguien-. ¡Le volaron la cabeza!
     -¡Son terroristas!- terció otro, y esta palabra bastó para que todos los comensales, incluidos Bryan y la rubia de contaduría, chillaran y se arrojaran al suelo, buscando el frágil refugio de las mesas art deco que poblaban la parte baja del bar.
     -Vamos a morir- decía la rubia-. Oh, Dios mío, vamos a morir…
     Bryan quiso calmarla, decirle que todo saldría bien, pero no encontró la voz o el ánimo necesarios para hacerlo. Había invitado a la rubia por insistencia de sus compañeros, que aseguraban que era una delicia en la cama. Bryan había aceptado, más que nada para sacarse a sus compañeros de encima, aunque estaba seguro que nada ni nadie reemplazaría a Pamela, su antigua novia Pamela. Había roto con él hacía más de un año, pero él nunca había dejado de pensar en ella. La rubia, con todas sus curvas artificiales y sus labios inflados a base de silicona barata, no le llegaba ni a los talones. ¿Y qué hacía allí con ella?, se preguntó en más de una ocasión. ¿Qué era lo que pretendía lograr?
      Ahora eso, quizás, ya no importaba. Ahora importaba el tipo de la camisa amarilla, y aquel grito anónimo que auguraba lo peor, lo inconmensurable: un maldito ataque terrorista. El cuerpo de Bryan temblaba. Un extraño sudor sofocante parecía subir desde su mismo abdomen, como una especie de acelerada y febril metástasis. Miraba hacia los ventanales, tratando de adivinar el próximo ataque, mientras la imagen de la cabeza del hombre de camisa amarilla venía a su mente una y otra vez. Había reventado como un melón maduro arrojado desde un décimo piso. Exactamente como eso. Ahora el tipo (descubrió Bryan de un rápido vistazo) estaba resbalando lentamente hacia abajo, su torso un poco inclinado hacia la izquierda. Su camisa había dejado de ser amarilla desde los hombros hasta la parte media del abdomen; lo substituía un color escarlata brillante. ¿Y cuáles habían sido sus últimas palabras? Algo así como que se alegraba de ver a alguien. Una mujer, quizás. El pobre diablo ni siquiera había tenido tiempo de sorprenderse frente a la cercanía de su muerte. Aunque, pensándolo bien, ¿no era esa la mejor manera de morir?
      La rubia refugiada a su lado lloraba. Su mano derecha comenzó a hurgar algo entre los pliegues abultados de su pullover hasta ese momento impecablemente blanco. Por un momento, por un aterrador y delirante momento, Bryan pensó que se estaba sobando el pecho izquierdo, en un último acto de provocación que casi podía resultar comiquísimo, como las peores escenas de una mala película pornográfica. Pero luego se dio cuenta del error: la chica sólo estaba buscando su celular. Tenía la costumbre de ponérselo entre las tetas, para recalentar el ambiente masculino de la oficina. Tanto las mujeres como los hombres la odiaban por cosas como éstas, sólo que los hombres solían descargar su odio de otra manera. Acostándose con ella, para ser más exactos. Y ahora…
     -Moriremos- decía la chica-. Oh, Dios, moriremos…
     Parecía haberse olvidado por completo de él, de Bryan. Sus palabras sonaban huecas e irreflexivas, como las palabras de un robot metido por alguna razón en un hueco bajo la tierra. Había conseguido por fin retirar el celular de sus partes íntimas, y estaba llevándoselo a la oreja cuando una explosión sorda, muy similar a la que se había escuchado momentos antes de que la cabeza del tipo de la camisa amarilla estallara, los hizo respingar bajo la mesa.
     De inmediato, Bryan sintió que algo viscoso y tibio aterrizaba sobre su cuello. Se llevó una mano a la zona y la retiró empapada en sangre. Quedó mirándose los dedos teñidos de rojo, mientras la rubia a su lado gritaba a todo pulmón. “Es sangre”, pensaba Bryan. “Es mi sangre…”
      -¡Están disparando de nuevo!- chilló una voz-. ¡Alguien que llame a la policía!
     -¡O al ejército! ¡Mejor al ejército!

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 De Mauro Croche

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Tengo el agrado de anunciar que mi relato "Bólido de cristal" ha sido elegido como uno de los ganadores del I Concurso Literario de Ciencia Ficción y Fantasía, organizado por la Editorial Niebla. Los cuentos seleccionados integrarán una antología a publicarse en los próximos meses. ¡Muchas gracias a la editorial por haber elegido mi relato!



Plagio Maldito

Tristes noticias 

Miguel Lupián, director de la excelente revista del género fantástico “Penumbria”, tuvo que dar de baja el número de diciembre. ¿El motivo? Un idiota copió una de mis historias, atribuyéndosela como propia, y se la envióa Lupián, quien sin saber nada la publicó en su revista. Afortunadamente alguien se percató de la pillada y dio aviso al equipo de “Penumbria”, con la consiguiente pérdida de tiempo, esfuerzo, etc.

Pueden leer el caso completo en el siguiente link:

http://www.penumbria.net/contra-el-plagio/

No es la primera vez que me pasa. Semanas atrás, alguien me hizo llegar un libro digital titulado: “Trece historias de terror”, firmado por un “autor” cuyo nombre omitiré por piedad. Al echar una ojeada al libro, me encuentro con que las trece historias en cuestión eran “mis” historias, copiadas íntegras desde la primera línea a la última. El libro tenía una linda portada, un índice, algunas ilustraciones, y una conmovedora nota final firmada por el “autor”, en la cual recalcaba lo mucho que le había costado “escribir” las historias, el “empeño” y la ilusión que tenía al publicar ese libro, etc., etc.

Más atrás en el tiempo, una joven hizo algo parecido en Goodreads, un sitio en donde miles de autores de todo el mundo suben sus escritos. “Esta es una recopilación de los mejores cuentos de terror que escribí”, ponía en la introducción. Cuando le escribo a la mujer exigiéndole que baje la recopilación, porque no era suya sino mía, ella me contesta algo así como: “Ah, sí, perdón, no sabía”.

Aún me pregunto qué quiso decir con eso. Es decir, ¿qué era lo que no sabía? ¿Que no se pueden copiar las historias? ¿O acaso “no sabía” que alguien la podía descubrir? 

Bien, para no extenderme demasiado, diré lo siguiente: plagiar es muy mala idea. Internet puede parecer muy grande, y lo es, pero también hay mucha gente recorriendo sus laberintos, y tarde o temprano alguien se da cuenta. Pueden pasar meses, o incluso años, pero tarde o temprano ALGUIEN SE DA CUENTA.

Así que, para concluir, este mensaje va para todos aquellos que están pensando en hacer un “copy/paste” en beneficio propio:

ESCRIBAN SUS PROPIAS HISTORIAS. Se ahorrarán muchos dolores de cabeza y sentirán el orgullo propio del creador. Quizás los textos no sean muy buenos al principio, de hecho es muy común y forma parte del aprendizaje, pero con esfuerzo y perseverancia verán que se puede mejorar mucho.

En otras palabras: no me hagan perder el tiempo, niñatos, que ya de por sí lo tengo bastante escaso!!

A todos los demás, los lectores cariñosos y fieles de siempre (que por suerte, son la abrumadora mayoría): perdón por la digresión. Y gracias a los que siempre me están ayudando a cuidar y difundir mi pequeña obra    Muy pronto habrá novedades sobre la próxima historia, que pienso enviárselas como humilde y sencillo regalo de Navidad.

Abrazos.

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