Bienvenidos a 666 Cuentos de Terror

Bienvenidos a mi Muestrario de Horrores y Oscuridades.
Todas las historias publicadas en este blog fueron escritas por mí y están bajo derecho de copyright.
Si eres nuevo aquí, te recomiendo que empieces por los cuentos más cortos y fáciles de leer. He aquí un listado orientativo:

♠ "La Cola del Diablo"
♠ "El Fantasma de Youtube"
♠ "Bitácora del Capitán Farris"
♠ "Noche de Brujas II: Casa en el Árbol"
♠ "Enfermera Nocturna"
♠ "El Hombre del Patio"
♠ "Muñeca Maldita"

El Blog se actualizará todos Viernes (y algunos Martes) a la Hora del Demonio (03:00 am).
El Objetivo es llegar a las 666 Historias Cortas de Terror, Misterio y Suspenso..., como todos saben el 666 es el Número del Diablo, por lo que el Último Cuento será el más Terrorífico, Sangriento, Horroroso, Repulsivo, Asqueroso y Aterrador de Todos los Tiempos (o no, jaja). 
Todos los Comentarios son Bienvenidos. También puedes buscarme en Facebook y seguirme desde allí. Ésta es la fanpage:
https://www.facebook.com/pages/666cuentosdeterrorcom/184012511768780
¡Gracias por Visitar mi Sitio, y Vuelva Pronto!

CAPÍTULO 23



1

En la oscuridad de la caverna de las babosas, el cuerpo fláccido de Quiroga se estremeció y giró sobre sí mismo.
Como un péndulo, colgaba de los tentáculos de una enorme criatura, mezcla de madre y líder guerrero, que sujeta a las rocas del techo introducía un apéndice dentro del cuerpo del hombre y hablaba dentro de su mente. Otras cien o más babosas los rodeaban. Estaban pegadas a las paredes, a los techos, apoyadas en cada saliente e introducidas en cada grieta, formando entre sí una masa abigarrada y gelatinosa que parecía extenderse hasta los confines mismos de la oscuridad. Sus tentáculos, sus miles de tentáculos oscuros y resbaladizos, se agitaban en el aire y se entrelazaban entre ellos como serpientes en busca de calor, enroscándose en las piedras y en las estalactitas, y también en las piernas y brazos de Quiroga.
Y Quiroga escuchaba.
Escuchaba a las criaturas, escuchaba sus palabras hipnóticas y susurrantes, atrayentes e irresistibles, como una melodía demasiado terrible y hermosa para dejar de escucharla siquiera durante unos breves instantes.
Las criaturas le contaron de sus planes.
De sus deseos.
De lo que esperaban de él.
De lo que planeaban hacer con la gente ahí abajo.
Y lo que era peor, lo que en cierta manera no podía evitar pese a que luchaba conscientemente contra ello: Quiroga comenzó a creerles.
Las palabras de las criaturas tenían sentido y lógica. Era difícil rechazar sus argumentos. “Queremos lo mejor para ti”, le decían las criaturas. “Queremos que los humanos aquí abajo tengan la mejor vida posible…”.
“QUEREMOS QUE VIVAS CON TU HIJO EN PAZ Y ARMONÍA. QUEREMOS QUE ENMIENDES LOS ERRORES DE TU PASADO Y TE CONVIERTAS AL FIN EN EL PADRE HONRADO Y BENEFACTOR QUE SIEMPRE HAS DESEADO. PODEMOS CONCEDERTE ESA OPORTUNIDAD”.
“¿Pero cómo? ¿Nos dejarán salir? ¿A Lucas y a mí?”.
“NO PODEMOS HACER ESO. NO PODEMOS DEJAR MARCHAR A NADIE. PERO TE HEMOS ESTADO OBSERVANDO. DURANTE LOS ÚLTIMOS AÑOS. VIMOS TU ESPÍRITU DE LUCHA Y TU VOLUNTAD INQUEBRANTABLE. ADMIRAMOS ESAS CUALIDADES EN LOS HUMANOS”.
Quiroga meditó sobre estas palabras. Había algo que estaba mal en el discurso, que desencajaba, pero él no podía darse cuenta de qué. Su cabeza… su cabeza pesaba tanto…
“¿Estuvieron observándome? ¿Todos estos años? ¿O sea que sabían que yo quería encontrarlos?”.
“CLARO QUE SABÍAMOS. ESTUVISTE CERCA, MUY CERCA DE ENCONTRARNOS… Y FUE POR ESO QUE DECIDIMOS IR A TU ENCUENTRO. YA ESTABAS PREPARADO”.
En su mente, Quiroga emitió un bufido de perplejidad.
“¿Es decir que, cuando encontré a uno de ustedes, fue porque ustedes lo planearon así?”.
“ENVIAMOS A UNO DE LOS NUESTROS A TU ENCUENTRO, SÍ”.
“¡Pero lo maté! ¿Es que acaso no lo saben?”.
“ENVIAMOS A UNO DE LOS NUESTROS QUE ESTABA MUY ENFERMO, Y QUE DE TODAS MANERAS IBA A MORIR MUY PRONTO”.
“¿Pero por qué?”.
“PORQUE TE NECESITAMOS”, dijo otra voz, esta diferente a la que hasta entonces había hablado con él. Y, como si se tratara de una señal, decenas de voces comenzaron a hablar dentro de su cabeza, superponiéndose entre sí, mezclándose como se mezclaban sus tentáculos, aunque las palabras resultaban a sus oídos inexplicablemente claras e inequívocas:
“NECESITAMOS QUE LIDERES A LOS HUMANOS…”
“NECESITAMOS ALGUIEN CON TU ARROJO Y VALENTÍA…”
“TU LEALTAD…”
“PRONTO SEREMOS MÁS…”.
 “NO TIENES NADA ALLÁ ARRIBA…”.
“AQUÍ ABAJO PODRÁS TENERLO TODO…”.
 “NOS EXPANDIREMOS Y FORMAREMOS MÁS COLONIAS…”.
“NECESITAREMOS MÁS HUMANOS…”.
“LUCAS ES BUEN LÍDER PERO SU JUVENTUD LO TRAICIONA…”.
“TÚ SERÁS MEJOR Y LO GUIARÁS HACIA ESTA NUEVA ETAPA…”.
“ERES, SIEMPRE HAS SIDO EL INTEGRANTE NÚMERO DIEZ”.
Las criaturas callaron al unísono. Se hizo un largo silencio que sólo fue roto por el zumbido de aquella misteriosa maquinaria en las profundidades de la cueva. La mente de Quiroga era un torbellino. ¿Cuánto de cierto había en las palabras de las criaturas? ¿Y si resultaba que todo era una gran verdad, la ÚNICA verdad? Se sentía incapaz de pensar con claridad. Había algo… algo que se le estaba escapando…
“TAMBIÉN CONOCEMOS TU NECESIDAD”.
“TU DESEO”.
“TU CUERPO TE LO PIDE”.
“Y TU MENTE TAMBIÉN”.
Quiroga frunció el ceño. ¿Sería posible que supieran eso también? ¿O era una trampa?
“¿De qué están hablando?”, trató de ganar tiempo. “¿Qué es lo que yo quiero?”.
“SABES MUY BIEN DE LO QUE HABLAMOS”.
“PODEMOS OTORGÁRTELO”.
“SABEMOS LO MUCHO QUE LO QUIERES”.
Por supuesto que lo sabían. En el momento en que le habían introducido ese tentáculo dentro del cuerpo, habían indagado dentro de él, descubriendo todas sus virtudes pero también sus debilidades. No tenía sentido negarlo: ellas sabían lo de la droga, la que había dejado en el refrigerador del sótano, la que Quiroga consumía regularmente desde el último año y medio, desde que había salido de la cárcel. Con sólo pensar en ella, su mente se estremeció de avidez y sus puños se cerraron con fuerza, hasta palidecer sus nudillos. Sabía que aún no sentía todo el peso de la abstinencia porque había probado la droga alrededor de veinticuatro horas antes, antes de salir hacia la mina con Dan, pero si seguía sin consumirla durante unas pocas horas más…
La angustia lo invadió y le hizo cerrar fuertemente los ojos. Estaba atrapado. En todos los sentidos posibles. Y lo peor de todo era que las criaturas lo sabían, y trataban de manipularlo utilizando este conocimiento. Si aquello fuese una partida de ajedrez, estaría a sólo un movimiento del jaque mate.
Sus puños se contraían y se aflojaban, se contraían y se aflojaban.
“¿QUÉ DICES?”.
“NECESITAMOS TUS RESPUESTAS”.
“PODEMOS CONSEGUIRTE LA SUSTANCIA QUE TANTO ANHELAS”.
“AHORA MISMO”.
“PODRÁS VIVIR CON TU RETOÑO AQUÍ ABAJO DURANTE MUCHOS AÑOS”.
“Y TODOS TUS SUFRIMIENTOS DESAPARECERÁN….”

Mil Disculpas

Mil disculpas, chicos, pero no llego a terminar el capítulo para mañana martes. Nos vemos el próximo viernes. Un abrazo.

"Un Largo Viaje a la Oscuridad" (Últimos Capítulos)

Nota: Por si alguien se lo perdió, el martes pasado publiqué el capítulo 21. He aquí el link:
http://www.666cuentosdeterror.com/2014/10/un-largo-viaje-la-oscuridad-capitulos_14.html
Es muy importante que lean ese capítulo antes de seguir con el actual, porque: a) Revela información muy importante; b) Es uno de mis capítulos favoritos. 
¿Listos? Bueno, ahora sí pasemos al:

Capítulo 22

     No le costó mucho adaptarse al medio acuático. Era tal cual había dicho Amanda: sólo había que respirar por la boca, como si estuviera resfriado y con la nariz tapada, y utilizar los brazos lo mínimo e indispensable para ahorrar energía. Del resto, se encargaban el suministro de oxígeno y las patas de rana. Dan comenzó a darse cuenta de que debió haber buceado mucho antes; pese a la tensa situación, y a la temperatura del agua (de una frialdad tal que lograba colársele un poco a través del traje de neoprene), se trataba de una experiencia totalmente gratificante. Si lo hubiese intentado en otro medio, en otras circunstancias… sin dudas lo hubiese disfrutado muchísimo.
     Ahora iba concentrado en seguir los pasos (mejor dicho, los pataleos) de Arreaga. El muchacho había sido bastante metódico en su trabajo y prácticamente no quedaba ningún accidente del río sin identificar. Lo único que debían hacer era seguir una larga soga de nylon, perfectamente tensada y asegurada en las rocas, que se perdía en la oscuridad de más adelante. Las zonas donde el río se bifurcaba estaban señaladas con un banderín de plástico rojo, atado con una soga a las piedras de las paredes. Lo mismo con las trampas, que eran como telarañas extendidas entre dos paredes, aunque éstas estaban señaladas con un banderín verde. Las linternas sumergibles apenas si lograban horadar la oscuridad de las galerías inundadas; cada tanto, para sorpresa de Dan, iluminaban algunos pececillos blancos o algún que otro crustáceo de color transparente, que rápidamente se ocultaba entre las grietas de la pared.
     El silencio era otra cosa que lo conmovía. Ni siquiera el burbujear del regulador de aire parecía alterar aquel silencio extático, hermético, que debía tener millones de años de antigüedad.
     A medida que se iban internando, en forma horizontal, en las heladas profundidades del río, la sorpresa y la serenidad de Dan dio paso a un leve pero progresivo desasosiego. No supo en qué momento ocurrió, pero una vez que se dio cuenta de ello, fue imposible quitárselo de la cabeza. Las galerías parecían estrecharse cada vez más. El imaginario peso del agua y de la roca comenzó a hacer mella en sus sentidos. Doblaron por un recodo y Arreaga, mirando hacia atrás, le preguntó mediante señas si se encontraba bien. Dan respondió con la clásica señal de la “O” dibujada con los dedos índice y mayor, aunque tenía sus dudas. Arreaga, sin darse cuenta de nada, siguió nadando. Dan se aferró a la soga y se impulsó detrás de él. Al llegar a una especie de arco de piedra, unos metros más adelante, creyó ver un reflejo plateado que desaparecía con rapidez en la oscuridad, pero no prestó demasiada atención porque estaba concentrado en repeler el sentimiento de claustrofobia que, ahora sí, había comenzado a instalarse en sus nervios. Las galerías se estrechaban y eso, estaba seguro, no era parte de su imaginación: cada tanto, cada diez metros o así, los tanques de oxígeno sujetos a su espalda rozaban contra el techo de la cueva, arrancando un sordo y vibrante sonido metálico. “Esto no pasaba antes”, pensaba una y otra vez. “Antes había más espacio para nadar. El río se está estrechando”.
     Luchó contra la necesidad de detener a Arreaga. El muchacho se movía con total desenvolvimiento en la cueva, como si la hubiese explorado miles de veces, y eso debía transmitirle una sensación de seguridad, pero lo cierto era que no ocurría nada de eso. ¿Y si el muchacho estaba demasiado confiado? ¿Y si el río, por efecto del peso de la tierra, se había aplastado un poco desde la última exploración, y ellos quedaban atascados en algún oscuro pasaje de aquel interminable laberinto, luchando por salir y ahogándose poco a poco?

"Un Largo Viaje a la Oscuridad" (Capítulos Finales)

Capítulo 21

1

En silencio, regresaron al pozo. Ayudaron a Dan a ponerse el equipo mientras Amanda le explicaba los conceptos básicos del buceo. Le explicó lo de la presión, que podía ocasionarle molestias en el oído y ligeros vértigos al principio; le enseñó a leer el manómetro; le advirtió sobre el regulador, que en caso de falla se abría y dejaba escapar todo el aire; lo situó en materia de respiración, pataleos profundos, brazadas mínimas, todo ello orientado a la máxima preservación del oxígeno en los tanques. Mientras tanto, Arreaga controlaba los tres equipos e introducía algunos consejos cuando lo consideraba necesario. Dan había llegado a la conclusión de que Arreaga era de esos tipos que al principio parecían callados y tímidos, pero que luego de alcanzado cierto nivel de confianza, les resultaba imposible mantener cerrada la boca durante demasiado tiempo. Pensó que era un tipo solitario y muy inteligente. El muchacho no dejaba de observar a Amanda con esa mirada arrobada y al mismo tiempo triste, como si admirara profundamente su belleza, pero al mismo tiempo se diera cuenta de que era incapaz de alcanzarla.
-Usted está loco, Dan- dijo en cierto momento-. Tiene cero experiencia en buceo… y piensa iniciarse en un río subterráneo. Rematadamente loco…
Cuando estuvieron listos, decidieron bajar en el siguiente orden: primero Arreaga, que los guiaría a través del río, ayudado por las cuerdas, y de paso los alertaría sobre las redes que había dejado en distintos tramos del laberinto acuático, luego Dan, que como era el inexperto del grupo necesitaba ser custodiado por delante y por detrás, y cerrando la marcha, y contradiciendo el viejo dicho que proclamaba primero las damas, iría Amanda.
-No perdamos más tiempo, bajemos ahora- se impacientó Dan.
-¿Qué es eso que lleva en el bolso?- preguntó Arreaga, señalando el bolso impermeable de Dan, que éste traía bajo el brazo.
-¿Esto? Por si necesitamos defendernos de las criaturas.
-¿Qué es?
Dan se encogió de hombros, como si el asunto no interesara demasiado. Pero Arreaga no estaba dispuesto a dejarlo pasar tan rápido.
-Si es lo que yo creo que es, está totalmente loco. No puede detonar ningún explosivo allá abajo. Nos mataría a todos, ¿entiende?
-Lo entiendo, Arreaga, no soy estúpido. Pero me siento mucho más tranquilo si llevamos algo de dinamita con nosotros. Las armas de fuego no sirven de mucho, así que…
-¿De dónde las sacó?
-Quiroga- dijo Dan, como si eso explicara todo.
Arreaga negó con la cabeza, evidentemente exasperado.
-Pensé que, siendo usted profesor, iba a ser más coherente que el otro viejo. ¿De verdad cree que, en el caso de que logremos encontrarnos con una de las criaturas, la dinamita pueda sernos útil para algo?
Dan tuvo la visión de la mantarraya pegada a la pared de la mina, introduciendo inadvertidamente el tentáculo dentro de su boca, al tiempo que le susurraba: “Ven… ven conmigo”.
-No. Pero al menos, quiero asegurarme de que no me capturarán vivo. Si hubieses estado en mis zapatos, entenderías por qué.
-¿Están bromeando, verdad?- dijo Amanda a sus espaldas.
Los dos hombres se dieron vuelta para mirarla. La chica había palidecido y Dan comprendió que, quizás por primera vez, había tomado consciencia de los peligros en los cuales irían a meterse. Tal vez había pensado que aquello sería una excursión romántica a un lago subterráneo, donde podrían charlar amigablemente y luego quizás darse unos besos bajo la luz de la linterna. Amanda podía tener el cuerpo de una mujer madura y terriblemente sensual, pero en el fondo seguía siendo una chiquilla. Después de todo, pensó Dan, a los veinte o veintidós años, ¿quién no lo era?
Y ahora que hablaban de dinamitas y de ataques y de locuras similares, la idea ya no debía parecerle tan atractiva. A la edad de Amanda uno generalmente nunca pensaba en la muerte, pero la cosa con seguridad cambiaba cuando veías dinamita dentro de un bolso, y te encontrabas a punto de sumergirte en un pozo tan negro como la brea.
Dan, que comprendió todo esto en un segundo, avanzó unos pasos y tomó a Amanda por los hombros. Por un instante pensó que la besaría, y de hecho Amanda pareció creer lo mismo, porque sus ojos se entrecerraron un poco y le rodeó la cintura con ambas manos. Pero lo que él finalmente terminó haciendo fue apartarle, con ternura, un mechón de cabello que caía sobre su rostro.
-Espérame aquí, Amanda. No arriesgues tu vida por algo así.
-Pero es que… yo no quería fallarle. No quiero dejarlo solo.
-No estoy solo- dijo Dan, señalando al joven Arreaga-. Me las arreglaré. De verdad.
-¿Promete que volverá?
Dan le acarició el pelo durante un momento más, con una sonrisa abstraída, y luego se apartó.
-Trataré de que todo salga bien. Quizás ni siquiera encontremos una sola de esas cosas.
Pero la chica lo volvió a atraer hacia sí, poniéndole una mano en el antebrazo, y lo obligó a mirarla.
-Si regresa… yo estaré aquí, esperándolo. Lo sabe, ¿verdad?
-Claro, Amanda. Muchas… muchas gracias…
Antes de que pudiera hacer algo para evitarlo, la chica tomó su rostro con ambas manos y lo acercó al de ella. Pero en vez de besarlo en los labios, lo hizo en su frente, y luego lo abrazó fuertemente durante un momento que resultó lo suficientemente largo como para que Dan se sintiera reconfortado, pero no tanto como para que ambos terminaran incómodos.
Dan se apartó, sin decir palabra, y se encaminó al pozo. Arreaga, que había contemplado la escena con expresión pensativa, se acercó a la chica.
-Sé que apenas nos conocemos- dijo el joven, tartamudeando-. Pero yo también quisiera… despedirme…
-No seas ridículo- dijo Amanda, cortante, y dio media vuelta en dirección a la casa abandonada, donde se sentó en el porche.
-Al menos lo intenté- dijo Arreaga, suspirando.
-La próxima vez lo harás mejor- aseguró Dan, distraído, mientras observaba la escalera que descendía hacia las profundidades. Otra escalera. Otra maldita escalera.
-Esta loca por usted, amigo. Lo sabía, ¿no?
-Creo que sí- murmuró Dan, comprobando por enésima vez el nivel de oxígeno de sus tanques, tal como le había enseñado Amanda.
-Si yo fuera usted, ni siquiera me arriesgaría a bajar. Me olvidaría de todo y empezaría una nueva vida con esa diosa infernal. Jesús, si yo sólo tuviera una oportunidad…
-Bajemos, ¿sí? No puedo esperar todo el día.
El joven asintió, de repente serio. Se encaramó en la escalera y comenzó a bajar, con mucho cuidado, pues, tal como muy pronto lo comprobó Dan, los escalones estaban podridos y resbaladizos por el musgo.
Mientras descendía, Dan volvió a recordar las palabras de Quiroga, que tanto lo habían molestado la noche anterior:
“¿Ama usted a su mujer, lo suficiente como para arriesgar su vida por ella?”.
Sacudió su cabeza, como si con este simple gesto también pudiera apartar los pensamientos, y siguió bajando.
Muy pronto llegaron al nivel del agua, que olía a barro y parecía sorprendentemente límpida. Antes de sumergirse, y siguiendo un súbito instinto, miró hacia arriba. Vio el rostro pálido de Amanda, recortado contra un cielo cargado de nubes y progresivamente oscuro, como si se aviniera una tormenta. La chica no dijo nada, sólo lo miraba, y Dan le devolvió la mirada durante unos segundos y luego se puso el regulador en la boca y desapareció en las frías aguas del pozo.

2

“ES NECESARIO QUE VEAS. ES NECESARIO INSTRUIRTE SOBRE LA VERDAD”.
Quiroga se debatía furioso. Pero sólo en su mente, porque su cuerpo se encontraba totalmente paralizado, colgado de los tentáculos de la criatura pegada al techo de la caverna. Sus pies se balanceaban a unos treinta centímetros del suelo, como los de un ahorcado. Sus brazos colgaban fláccidos a ambos costados del cuerpo, mientras que uno de los tentáculos, que era transparente y un poco más grueso que los demás, lentamente se introducía por su boca, hasta llegar a la parte baja de los intestinos.
Sin embargo, Quiroga no dejaba de luchar y de soltar imprecaciones. Una parte de él sabía que aquello era inútil, que sólo lograba agotarlo emocionalmente, pero por otro lado, era incapaz de concebir otra respuesta que no fuera la lucha. Durante muchos años se había entrenado para ello. Y ahora era incapaz de bajar la guardia, pese a que la voz hacía lo imposible para hacerse escuchar.
“DEBES TRANQUILIZARTE. DEBES SABER QUE NO QUEREMOS HACERTE DAÑO”.
“Sáquenme de aquí”, fue la respuesta mental de Quiroga. “¡Sáquenme de inmediato de aquí, y retira ese asqueroso tentáculo de mi boca”.
“ES NECESARIO QUE MIRES”, insistió la criatura. “QUE MIRES TU VIDA PASADA… Y LA DE TU PROPIO HIJO”.
Esto hizo que Quiroga dejara de inmediato de luchar. Sus ojos se abrieron desmesuradamente, y un gemido gutural, mezcla de miedo y tristeza, escapó de su garganta.
“¿Mi hijo? ¿Has dicho mi hijo?”.
“TU HIJO LUCAS”.
Quiroga pensó. Pensó durante una eternidad, aunque quizás sólo pasaron unos segundos en la vida terrestre.
“Él… él no me reconoce”, dijo al fin. “O no quiere hacerlo. Porque es él, ¿verdad? Ese muchacho llamado Eugenio… es mi hijo, ¿no? ¿O acaso ya me volví loco? Contesta, maldita babosa”.
“ES ÉL. SABES QUE ES ÉL”.
“¿Y entonces por qué lo niega? ¿Por qué…”
“ESO ES LO QUE VERÁS A CONTINUACIÓN”, dijo la criatura, y de inmediato, en el cerebro de Quiroga, hubo una especie de blanca y cegadora explosión y de repente se encontró viajando hacia el pasado, hacia una vida completamente diferente a la que había llevado durante los últimos siete años. Se vio en la antigua casa, que todavía lucía un jardín esplendoroso y no tenía una sola resquebrajadura en su fachada impecablemente pintada de blanco, y vio a Lucas, todavía un chiquillo de cinco o seis años, jugando con su triciclo en el patio. Pudo también sentir los olores: el césped recién cortado, el olor a comida que salía por la ventana, el olor de la lluvia y de los naranjos en flor de la calle… y también vio a Dora, recostada contra la mesada de la cocina y amasando fideos caseros, que eran la comida preferida de Quiroga y de Lucas.
Los ojos de Quiroga, en la oscuridad de la caverna, se inundaron de lágrimas. Sus labios, que rodeaban fuertemente la superficie circular del tentáculo, dibujaron una especie de difusa sonrisa. ¡Los buenos tiempos!, pensó alborozado. ¡Los buenos y felices años! ¿Por qué parecían tan lejanos? ¿Por qué recordaba tan poco de ellos? Era como si siempre hubiese vivido en la negrura… como si su vida no fuese más que un largo viaje a la oscuridad. ¡Y era tan injusto! ¡No siempre había sido así!
“Lo he perdido todo”, sollozó. “Lo he perdido todo… y ha sido culpa de ustedes…”
“ESO ES LO QUE CREES, LO QUE SIEMPRE HAS CREÍDO”, contestó la voz de inmediato. “PERO SIGUE MIRANDO. SIGUE MIRANDO, Y COMPRENDERÁS POR FIN TU VERDAD”.
Y Quiroga miró. Y a medida que iba mirando, su ánimo se ensombrecía y algo dentro de sí gritaba de dolor y de espanto. “No es cierto”, pensaba. “No puede ser cierto…”
Se vio a sí mismo, muchísimo más joven de lo que aparentaba ahora, con su traje policial impecable y una mochila en la mano, cruzando el parque en dirección a la casa. Lucas lo veía y se arrojaba sobre sus piernas, pero Quiroga, el joven y aún orgulloso Quiroga, apenas le prestaba atención. Es más: lo apartaba de un leve y distraído empujón. Desde la cueva, Quiroga lanzó una exclamación de sorpresa e indignación. “¡Hey!”, trató de gritarle a su joven versión, pero por supuesto que en vano. “¿Qué diablos te pasa? ¡Es tu hijo! ¡Abrázalo, bésalo, levántalo en el aire como a él le gusta! ¡Disfrútalo mientras puedas, imbécil!”.
Pero el joven Quiroga no escuchó, sencillamente porque no podía hacerlo. Ingresó a la casa hecho una tromba y se sacó la gorra y dejó el bolso sobre la mesa. Luego dio media vuelta, hacia la cocina, y se plantó delante de su mujer, que pareció encogerse ante su presencia. “Me dijeron que estuviste hablando con otro hombre”, murmura amenazante el joven Quiroga. “Me dijiste que no volverías a salir mientras yo estoy trabajando”.
La mujer, que aún tiene las manos manchadas de harina, se recuesta contra el mueble y trata de explicar, de negar la acusación, de decirle que sólo fue un recado que tuvo que hacer de urgencia, ella se había quedado sin azúcar y en el camino se encontró con un viejo compañero de la secundaria y lo saludó, pero sólo había sido un segundo, Alberto, sólo ha sido un seg…
La mano del joven Quiroga sale disparada, como un látigo, y da de lleno en el rostro de la mujer. Dora grita, y parte del paquete de harina que está sobre la mesada cae al suelo en una lluvia fina y blanca. Trata de refugiarse detrás de la mesa, pero Quiroga se lo impide sujetándola por los cabellos. Vuelve a golpear, una y otra vez. “Para, Alberto!”, grita la mujer, que tiene el rostro ensangrentado y ha comenzado a llorar. “¡Me matarás! ¡Para de una vez”.
Pero el joven Quiroga no para. Está enfurecido y quiere seguir golpeando, golpeando, hasta que sus demonios internos se acallen de una buena vez. Al quinto o sexto golpe, Lucas ingresa a la casa y se abalanza sobre él. “¡Deja a mamá!”, grita el chico, que por algún motivo tiene la cara llena de barro. “¡Déjala, papá! ¡No la envíes al hospital! ¡Otra vez no, papá, otra vez no!”.
Recién ahí Quiroga se detiene. Su mujer está hecha un harapo ensangrentado sobre el suelo. Llora en silencio. Lucas se abraza a ella y llora también, aunque emite largos y sonoros rebuznos. La escena le resulta demasiado intensa al joven Quiroga, que se pone a buscar una botella de vino y comienza a tomar de ella, directamente del pico.
“No”, suplica en la caverna Quiroga. “No es cierto. Yo no recuerdo nada de eso”.
“EN TUS PESADILLAS SÍ”, replica la criatura, y luego le sigue mostrando.
Ahora la escena cambia, están en el sótano de la casa. Han pasado unos meses y todo ha estado en relativa paz, por lo menos hasta ese día. Hasta que Lucas rompe sin querer una botella de la bodega. El joven Quiroga, que ahora viste un piyama descolorido, le muestra los fragmentos de botella y los acerca a su cara. “¿Ves esto, mocoso de mierda?”, le dice. “Esta botella tenía diez años. ¿Sabes cuánto vale? ¿Tienes idea de cuánto vale esta jodida botella? No, ¿verdad? ¡Pues yo te diré lo que vale!”. La mano, aquella mano otra vez convertida en puño, y en látigo, y en lo peor de un padre acostumbrado a propasarse con el alcohol, cae sobre el rostro ovalado del niño, y Quiroga en la cueva trata de desviar la vista, de olvidarse de todo como antes, pero la criatura no lo deja. El chico en el sótano cae sobre la lavadora, y el padre lo persigue. Sujeta su rostro con una mano y comienza a acercar el vidrio de la botella a la mejilla de Lucas.
“¿Por qué?”, suplica y aúlla Quiroga. “¿Por qué me muestras esto? ¡No quiero seguir viendo! ¡No quiero seguir viendo!”.
“ES NECESARIO”, dice pacientemente la criatura.
Ahora han pasado unos años, unos dos o tres años. Lucas ha pegado un estirón y ha cambiado mucho, ya no luce la mirada aniñada y dulce de antes, sino que observa el mundo con ojos desconfiados, adultos pese a sus escasos ocho años, como si algo dentro de él se hubiese secado sin remedio. Está en su habitación y habla en voz alta, aparentemente solo. Pero al cabo de un tiempo, Quiroga descubre que no es así, que en realidad está hablando con una criatura pegada a los vidrios de la ventana. La babosa ha extendido sus tentáculos y Lucas los toma y los acaricia, como si se tratara de una mascota. “Es hora”, le dice la criatura. “Es hora de venir con nosotros”. Lucas asiente. Sabe que es la única forma de escapar del Infierno, o al menos, la única que alcanza a concebir con sus limitaciones de niño. “¿Puedo llevarme a Cuco?”, pregunta el chico, señalando al cachorro que duerme a los pies de la cama. “NO PUEDO LLEVAR A DOS SERES VIVOS AL MISMO TIEMPO. LO SIENTO. TAL VEZ DESPUÉS REGRESEMOS POR ÉL”. El chico vuelve a asentir, aunque se lo nota un poco más angustiado. De repente, su mirada se ilumina y toma unos libros de la biblioteca. “¿Y estos?”, pregunta. “¿Puedo llevarme mis libros de Julio Verne?”. “SÍ”, contesta la criatura. “ESOS SÍ PUEDES LLEVARLOS. PERO APRESÚRATE. TUS PADRES DESPERTARÁN EN CUALQUIER MOMENTO”. Lucas los toma y los abraza con auténtico amor. “¿Y a Eugenio?”, pregunta, señalando un peluche bastante maltrecho que guarda sobre la mesita de luz. “¿También puedo llevarme a él?”. La criatura dice que sí, aunque vuelve a recalcarle que se apresure, porque no tienen mucho tiempo. Con los libros y el peluche en los brazos, Lucas se aproxima a la criatura. Ésta lo envuelve con sus tentáculos y comienza a elevarlo hacia su boca. “NO TE PREOCUPES, NO TE DOLERÁ. SENTIRÁS UNA MOLESTIA AL PRINCIPIO, PERO PROMETO QUE SE TE PASARÁ ENSEGUIDA”.
-Adiós, mamá- dice el chico en voz alta, aferrando sus objetos con fuerza-. Siento dejarte, pero es lo mejor para ambos. Iré a un lugar mejor, y ya no tendrás que preocuparte por mí.
La criatura lo engulle. En ese momento, la puerta se abre y el joven Quiroga aparece en el umbral, con un fusil en la mano, y es allí donde la vida de todos cambia para siempre.
“Eugenio…” dice Quiroga, en la quietud y oscuridad de la caverna. “Eugenio Verne, o Vernis. Debí haberme dado cuenta antes. Lucas amaba con locura a ese peluche, al igual que los libros de Verne. Ahora me doy cuenta de ello. Pero es que yo estaba tan ciego, y prestaba tan poca atención a las cosas más importantes…”
“PERO AHORA PODRÁS EMPEZAR OTRA VEZ”, le susurra la criatura. “COMO LO HA HECHO TU HIJO”.
“¿Cómo? ¿Cómo arreglar todo este desastre? Salvo la muerte, no veo solución a este infinito pozo de negrura en que me he metido”.
“HAY OTRA ALTERNATIVA”.
“¿Cuál?”.
Y la criatura comenzó a explicarle.

(Continuará...)

"Un Largo Viaje a la Oscuridad" (Capítulos Finales)

Atención: Como ya estamos llegando al final de la historia, a partir de ahora publicaré los Martes y los Viernes, así que prepárense para leer más seguido. Creo que faltan cuatro capítulos más, así que, si todo sale bien, estaremos leyendo el final el viernes 24 o martes 28 a más tardar... y luego el viernes 31 habrá una historia especial por Noche de Brujas!!
A prepararse...

Capítulo 20

1

-Es… es lo que parece?- murmuró Amanda.
     -Un hombre- asintió Dan, tratando de que su voz sonase como la de alguien cuerdo y en absoluto asustado. Lo cierto es que su corazón aún corcoveaba con rapidez: al echar la primera mirada hacia la cabeza, había pensando que era uno de los tentáculos del calamar, que finalmente, después de tantas dilaciones, venía a buscarlo-. Y creo saber quién es.
     -¿Quién?
     -Ven conmigo, y te explicaré.
     Echó a caminar hacia el pozo, seguido de cerca por Amanda. El hombre que había emergido de entre las hierbas estaba de espalda y por lo tanto aún no los había visto; Dan observó que era bastante gordo, y jadeaba penosamente en su intento por salir del pozo. El hombre se sacó la máscara de buceo y luego la capucha del traje de neopreno, revelando una calva pálida y perfectamente redondeada, como una piedra de cuarzo erosionada bajo millones de años de viento y agua. Depositó la máscara de buceo sobre las hierbas aplastadas, donde también descansaba, reluciente bajo el Sol, un tubo de oxígeno de color amarillo. El hombre de repente escuchó los pasos de Dan y de Amanda y se dio vuelta, sobresaltado: sus ojos, detrás de unos lentes de culo de botella, reflejaban un miedo sobrecogedor. Y Dan, de inmediato, creyó saber por qué.
     -¿Arreaga?- dijo-. ¿Facundo Arreaga?
     Estaba casi seguro que era él. “Estoy trabajando con un biólogo, Facundo Arreaga…”, había dicho Quiroga en uno de sus últimos videos.
     El hombre pareció sobresaltado al escuchar su propio nombre. Observó a Dan, y luego a Amanda. Los ojos del hombre recorrieron la figura de Amanda con avidez, de arriba abajo, y luego se apartaron con rapidez, como temiendo algún tipo de reproche o mirada de burla por parte de la chica.
     Pese a su calvicie, su barriga y sus anteojos de aviador, que en conjunto le daban la apariencia de un septuagenario, no debía tener más de veinte o veintidós años. Se acomodó los anteojos sobre el puente de su nariz y entrecerró los ojos, tratando de reconocer el rostro de Dan.
     -Soy yo, sí. ¿Quién habla?
     Dan le tendió una mano y lo ayudó a salir del pozo. El joven todavía jadeaba y su barriga sobresalía en forma alarmante, a tal punto que Dan se preguntó cómo diablos había hecho para meterse en el ajustado traje.
     Dan señaló a Amanda.
     -Ella es Amanda, una buena amiga mía, y yo soy Daniel Peralta, profesor titular en la Universidad de San Ignacio, además de contador público nacional-. Supo, de inmediato, que la presentación era demasiado pomposa y podía sonar algo engreída, pero en realidad quería tranquilizar a Arreaga, hacerle entender que ellos formaban parte del bando correcto. Arreaga se veía muy inquieto y parecía dispuesto a huir en cualquier instante. Y de nuevo, Dan creyó entender por qué. “Debo introducir el nombre de Quiroga con mucho cuidado”, pensó entonces.
     -¿Daniel Peralta? Su nombre me resulta conocido.
     -Es posible- asintió Dan-. Tal vez hayas leído mi nombre en los periódicos de los últimos días.
      Los ojos de Arreaga se abrieron de golpe, reflejando un súbito y desconcertado reconocimiento.
     -Usted- dijo, y lo señaló con un dedo rechoncho y ligeramente tembloroso-. Su esposa… ¿Es cierto lo que se dice por ahí?
     -¿Qué es lo que se dice?
     Arreaga desvió la mirada hacia Amanda, y por una milésima de segundo sus ojos bajaron unos centímetros por su escote. Luego volvió a retirar la mirada, contrariado y huidizo.
     -Dicen… escuché que una… una especie de criatura… se la llevó. Algunos dicen que sólo son fábulas, y que usted lanzó esa versión para… bueno, para despejar las sospechas. Hay gente que cree que usted la mató, ¿sabe?
     -¿De verdad?- dijo Dan, no del todo sorprendido-. ¿Y tú qué piensas?
     -Yo creo que…- se detuvo a mitad de la frase, y rápidamente giró la vista hacia el pozo. Aquel gesto, que sin dudas había sido inconsciente, revelaba toda la verdad y Dan no necesitó ningún otro signo para conocer las opiniones de Arreaga. Él creía. Él, indudablemente, estaba familiarizado con aquellas criaturas.
     -¿Le suena el nombre de Quiroga?- dijo Dan, mirándolo intensamente a los ojos-. Alberto Quiroga.
     -Quiroga…- repitió el joven, como quien repite un mantra.
     -Lo conocí ayer. Bajamos por la mina, buscando a mi mujer. Y tuvimos… tuvimos un incidente. Muy grave, creo yo.
     -¿Qué sucedió?
     La mirada de Arreaga era ahora francamente alarmada. Dan notó que, a sus espaldas, Amanda se removía e inclinaba el cuerpo hacia él, como preparándose para escuchar algo interesante.
     -Nos encontramos con una de ellas.
     -¿Con una de ellas? ¿Eso quiere decir…
     -Quiroga la mató- asintió Dan-. Pero luego nos encontramos con más. Capturaron a Quiroga, y yo escapé por los pelos. Pero pienso volver.
     Arreaga analizó la información durante unos segundos, inquieto y confuso. Su barriga ascendía y descendía, marcando el ritmo acelerado de su respiración.
     -¿Así que hay muchas? ¿Cuántas?
     -No lo sé. Quiroga dijo que se trataba de un nido, y que él sospechaba que podía haber algo así. Fueron sus últimas palabras, o casi.
     -¿Y dice que… mató a una de ellas?- Dan asintió. Arreaga ahora parecía algo abatido. Había arrugado el ceño en señal de preocupación, o de tibio enojo. Aunque luego su mirada se iluminó de repente-. ¿Y usted la vio?
     -¿A la criatura? Claro. Estaba a pocos metros de mí. De hecho…
     -¿Y cómo era? Es decir: ¿tenía cualidades reptilescas? ¿O más bien le pareció un habitante de las profundidades? Tengo varias teorías al respecto. ¿Vio aletas, branquias? ¿Y sus ojos? ¿Tenía ojos? ¿Había inteligencia en ellos?
     -Bien- dudó Dan, súbitamente abrumado por el entusiasmo del joven-. Yo creo que…
      -¿Alguien puede explicarme de qué diablos están hablando?
     Los dos hombres se giraron para observar a Amanda, que acababa de perder por fin la paciencia y miraba a Dan con ojos inquisidores. Dan se sintió culpable, porque durante unos minutos, la había olvidado por completo.
     -Lo siento, Amanda. Creo que, si me has acompañado hasta aquí, mereces algún tipo de respuesta.
     Y, sin más dilaciones, comenzó a explicarle el asunto.

"Un Largo Viaje a la Oscuridad" (Capítulo 19)

1

La dirección de la casa que Quiroga había señalado en el mapa, y que Dan había tenido la previsión de anotar en un amarillento papel encontrado sobre la mesa del sótano, se hallaba ubicada en las afueras del pueblo, a unos cuatrocientos metros de la ruta principal. Había que recorrer un camino en malas condiciones, rodeado de coníferas altas y centenarias, y luego doblar por un pequeño recodo hasta llegar a una tranquera de madera y alambre, rigurosamente cerrada con una traba de hierro primero y un candado del tamaño de un puño después. Luego de unos veinte minutos de tortuosa marcha, Dan estacionó el coche frente a la tranquera y observó a través del espejo retrovisor. El coche de Amanda venía detrás, abriéndose paso entre una nube blanquecina de polvo. Desde su posición, podía ver la cara y las manos de la chica, que frenéticamente maniobraban sobre el  volante para esquivar la mayor cantidad de baches posibles. Se bajaron de sus respectivos coches casi al unísono y luego observaron, en silencio pensativo, la casa de dos plantas que se erigía detrás de la tranquera.
-Pongámonos en marcha- dijo al fin Dan, dando una leve palmada en el aire, como alentándose a sí mismo. Se acercó a la tranquera y puso un pie sobre uno de los gruesos alambres, listo para trepar-. Debemos encontrar el pozo. Según palabras de Quiroga, está en algún lugar del patio trasero. Cuando lo encontremos, me dirás qué hacer con el equipo de buceo, y luego yo bajaré.
-¿No nos conviene traer el equipo con nosotros?
-Primero echemos una mirada al pozo- indicó Dan.
La chica asintió, no muy convencida. Treparon la tranquera y luego se detuvieron delante de la casa, examinándola con ojos cautos. Parecía en total estado de abandono. Su estructura se encontraba levemente inclinada hacia la izquierda, como si parte de sus cimientos hubiese cedido durante las interminables lluvias del último otoño. Una vieja hamaca de hierro, completamente oxidada, colgaba de uno de los tirantes del porche de madera. Las enredaderas salvajes trepaban implacablemente por las paredes, hasta llegar al techo de tejas rojas. Amanda señaló hacia el derruido tejado: una veleta de hojalata, con la forma de un gallo sin cabeza, giraba perezosamente al compás del viento, chirriando sobre su eje como un viejo molino.
-Parece una casa embrujada- dijo la chica.
Se dirigieron hacia el patio trasero. El Sol sobre sus cabezas brillaba con fuerza y les quemaba la piel del rostro y de los brazos desnudos. Ante cada paso que daban, infinidad de saltamontes brotaban de la hierba y volvían a zambullirse algunos metros más allá, haciendo crujir sus alas. El terreno en la parte trasera era extenso y parecía delimitado por una fila de añosos eucaliptos; en total debía medir unos cien metros por cincuenta. Era absolutamente plano y lo único que alteraba ese mar de pastizales era una vieja carreta de madera, con sus ruedas de finos rayos hundidos en la tierra reseca. Dan se detuvo para secarse el sudor de la frente, con un pañuelo, y luego de contemplar atento el campo durante unos instantes, lanzó una maldición.
-¿Qué pasa?- preguntó Amanda.
-Pensé que el pozo tendría aljibe, y sería visible a simple vista- negó con la cabeza, contrariado-. Pero, evidentemente, es un pozo ubicado al ras de la tierra, oculto en algún lugar de estos pastizales. Tendremos que buscarlo, y al mismo tiempo evitar caernos dentro de él.
-Andaremos con cuidado- se encogió de hombros Amanda-. No creo que sea muy difícil encontrarlo.
-Esperemos que no- dijo Dan, volviendo a mirar el reloj. Eran las dos y media de la tarde. Le pareció increíble que, apenas doce horas atrás, una criatura que se asemejaba a una improbable mezcla de calamar con mantarraya gigante le había introducido uno de los tentáculos dentro de su boca. El recuerdo le parecía tan delirante, tan irreal…
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...