FELIZ AÑO NUEVO para los lectores de 666 Cuentos de Terror!!
Gracias por estar ahí y leerme. Gracias por las palabras de aliento que siempre me dan, y por la amistad desinteresada de muchísimas personas que jamás imaginé contactar. Un escritor no es nada sin un lector que lo lea, y yo cuento con miles, cosa que me hace inmensamente feliz.
Desde mi humilde lugar, sólo quiero desearles que luchen por su propia felicidad y sus propios sueños. Sin importar lo difíciles o lejanos que parezcan. Sin importar que haya otras personas que digan que son imposibles. Todos nosotros podemos hacer cosas extraordinarias. Sólo hace falta un poco de empuje y decisión, y tal vez el 2014 sea EL AÑO de cada uno de nosotros. Pásenla bien, no beban demasiado (o sí) y cuídense mucho. Nos vemos el año que viene, más precisamente el viernes, para una nueva historia de Terror, Misterio y Suspenso.
Un abrazo para todos.
Mauro

Cuento de Terror 42: "El Hombre del Patio"

Para Nare C., quien pidió un relato sobre niños endemoniados.

♦ ♦ ♦ ♦ ♦ ♦
-Todo comenzó cuando un día vi a mi hijo mirando por la ventana de su dormitorio- comenzó así su relato el hombre recostado en el diván-. Cuando le pregunté qué era lo que miraba, Dany señaló a través de la ventana y dijo: “Hay un hombre ahí afuera, parado en el patio". Inmediatamente pensé que se trataba de un pervertido. Los hay a montones en este mundo, ¿no le parece, doctor? Agarré el cuchillo y salí al patio hecho una furia, dispuesto a cortar sus pelotas. Pero ahí no había nadie. Regresé a la habitación de mi hijo y le pregunté por qué me había mentido. Pero el chico volvió a señalar hacia fuera. “Está ahí”, dijo, “sólo que no puedes verlo, porque está muerto”.
   El psiquiatra soltó un leve gruñido como respuesta. Se inclinó sobre su libreta y escribió:
   “Padre violento. El hijo reclama atención, probablemente a causa del divorcio”.
   -Continúe, por favor- dijo, inclinando la cabeza.
   El padre se acomodó sobre el diván y siguió con el relato.
   -Después de esa vez mi chico no volvió a parar. Yo le decía que cortara con esas historias, porque asustaban a su hermanita Agustina, pero él siguió y siguió. Decía ver fantasmas por todos lados: cuando íbamos a hacer las compras, en la escuela, incluso en el puto jardín de infantes de Agustina. Dijo que veía el fantasma de un chico jugando en el arenero, que lo saludaba, ¿puede creerlo?
   El psiquiatra no dijo nada, pero en su libreta anotó:
   “Probable esquizofrenia del chico. Delirios persecutorios del padre”.
   -¿Sigo hablando?- dijo el hombre.
   -Claro.
   -Es que usted me distrae cuando escribe en su cuaderno, ¿sabe?
   -Es mi trabajo, señor Donovan. Usted no preste atención a lo que yo haga, concéntrese en la historia.
   El padre murmuró algo por lo bajo, pero luego continuó:
   -La gota que derramó el vaso fue la semana pasada, el sábado. Me tocaba a mí cuidar a los chicos, por eso del régimen compartido, pero a eso de las ocho de la noche llegaron sin avisar mis amigos y compañeros de barajas. Así que encerré a los chicos en el dormitorio y les dije que no hicieran mucho barullo, porque papá quería pasar una noche tranquila con sus amigos. La nena no dijo nada, ella pobrecita siempre fue calladita, pero Dany empezó con las quejas. Dijo que el hombre del patio no los iba a dejar dormir. Que cada vez estaba más cerca, y él tenía miedo, porque el hombre no era un fantasma común, sino algo mucho más malo que eso. Lo peor fue cuando Agustina, con ojos asustados, secundó a Dany y dijo que ella también había comenzado a verlo. Incluso me mostró un dibujo que había hecho de aquel hombre; ella siempre fue muy buena en el dibujo, siempre dibujó cosas lindas como mariposas o flores, pero la cosa horrible que me mostró esa vez terminó por sacarme de mis casillas. Agarré a Dany y lo sacudí. “¿Ves lo que pasa por andar diciendo estupideces? Ahora tu hermana también cree en esas cosas”, le dije. Lo llevé de las orejas a la ventana y señalé hacia fuera. “Ahí no hay nadie, ¿lo ves? No hay ningún hombre muerto en el patio. Así que no quiero más historias de esa mierda, ¿entendiste?”. Dany agachó la cabeza y no dijo nada, pero algo en su mirada me hizo creer que traería problemas esa noche.
   El psiquiatra volvió a escribir en su libreta.
   “Graves problemas de alcohol”.
   El padre parecía estar cada vez más agitado.
   -Regresé al living y por unas horas me olvidé de ellos. Esa noche mis amigos apostaban fuerte, y yo la verdad no ligué nada. Eran las doce de la noche y casi me habían desplumado. Estaba furioso. Aposté mis últimos cien pesos y luego tiré las barajas. Cuando miré mis cartas, no podía creerlo: era la mejor mano que me había tocado en mi vida. ¡La mejor! Tenía todo a mi favor para recuperar el dinero perdido.
   -¿Y entonces?
   -El grito. O mejor dicho, los gritos. En la habitación de los chicos. En ese momento juro que pensé en matarlo. En matar a ese chico. Pero sin embargo continué jugando.

Cuento de Terror 41: "Navidad Sangrienta"


La siguiente historia va dedicada para Jlanime Hernández, quien pidió un cuento de terror de Navidad. El martes que viene, 24 de Diciembre, no publicaré ninguna historia, por lo que aprovecho este post para desear, a los lectores que la celebran, una muy feliz Navidad. Les mando un saludo, y nos encontraremos el próximo viernes para la siguiente historia de Terror, Misterio y Suspenso.


El timbre lo sacó del pesado sopor de la resaca. Lo primero que hizo fue cubrirse los ojos con las manos: por la ventana entraba una luz impiadosa y tórrida. Ya había amanecido, era la mañana o la tarde del veintiséis de diciembre. El timbre volvió a sonar y el hombre farfulló algo y se levantó. En el instante antes de abrir la puerta se dio cuenta de que estaba vestido únicamente con calzoncillos (manchados), entonces regresó al dormitorio y se vistió. Volvió a la puerta. Abrió. Un chiquillo, de no más de seis años, lo miraba con una furia turbadora. En su mano sujetaba un camioncito de juguete.
   -Yo no te pedí esto, Santa- dijo el niño, sin dejar de mirarlo de esa manera tan perturbadora-. No te pedí un camión. Te pedí un juego para la Play, la última versión de “Call of Duty”.
   -¿Ah?- dijo el hombre, tratando de acomodar sus ideas.
   -No quiero este camión- repitió el niño-. Quiero mi juego. Te lo dije bien claro ayer, en la juguetería. No quiero juguetes. Este camión es una porquería.
   Se lo arrojó a los pies y se le quedó mirando, a la espera de una respuesta. El hombre se apoyó en el marco de la puerta y luego alzó la vista. La calle estaba desierta; la mugre de los festejos de la noche anterior aún permanecía en las veredas. Regresó la vista al chico.
   -Hey, nene, ¿dónde están tus padres?
   -Eso no te importa, Santa- dijo de inmediato el niño-. Quiero que me des el juego de la Play que te pedí.
   -Mirá, querido, primero y principal: yo no soy Papá Noel. Soy un tipo al que le pagaron por usar ese traje de porquería. Tal vez ayer te dije que te iba a traer ese jueguito para la Play, pero era mentira, ¿está bien? Me pagaron para decir esas cosas y sacarme fotos con nenes maleducados como vos. Quienes deben comprarte los regalos son tus padres. Y segundo: ¿cómo mierda supiste que vivo acá?
   -Quiero mi juego, Santa.
   -Llamaré a la policía para que te lleve con tus padres, pendejo.
   Cerró la puerta y llamó al número de la policía, pero nadie atendió. El hombre maldijo en voz alta. En la comisaría debían estar todos borrachos. Regresó a la puerta y antes de abrir recogió el camión que había quedado en el piso.
   -Mirá, nene…
   Pero se interrumpió. Dos chicos más se habían sumado al primero. Uno sostenía un caballito de juguete, el otro un tanque de guerra del tamaño de una caja de zapatos.
   -Estos no son los juguetes que pedimos, Santa- dijeron los niños a coro.
   El hombre cerró la puerta. Algo se estaba saliendo de los límites de la normalidad. ¿Acaso por fin la bebida lo habría vuelto loco? Regresó al teléfono y volvió a llamar a la policía, pero de nuevo nadie le contestó. Se acercó a la ventana y miró. Ahora había al menos diez o doce chicos frente a su puerta. Todos sosteniendo distintos juguetes: desde pelotas hasta libros infantiles, pasando por mesitas de madera y triciclos de plástico. El hombre abrió la ventana y de inmediato los chicos giraron la vista hacia él.
   -Miren, queridos, no sé qué mierda se pensaron que soy, pero se equivocaron- gritó a través de la ventana. El corazón le latía a un ritmo acelerado. Sentía la boca pastosa y seca, un poco por el miedo, pero sobre todo por la resaca-. Yo no soy Papá Noel. Ayer me vieron en esa juguetería, pero porque un chino explotador hijo de puta me contrató. Si quieren vayan a reclamarle a él. O mejor a sus padres. Pero a mí me dejan en paz. O de lo contrario…
   Vio que uno de los chicos se agachaba y luego arrojaba algo en su dirección. El hombre atinó a protegerse el rostro antes de que el vidrio de la ventana explotara en mil pedazos.
   -¡Mierda! ¿Qué carajo…
   -¡Esto no fue lo que te pedí, Santa, viejo degenerado!- chilló el chico que había arrojado la piedra, alzando un trencito por sobre su cabeza-. ¡Te pedí una bicicleta, no esta porquería! ¡Quiero mi bicicleta, AHORA!
   -¡Me rompieron la ventana, hijos de puta! ¡Voy a llamar a sus padres! ¿Me escucharon? Ahora mismo voy a…
   Más piedras comenzaron a volar por los aires. Una de ellas, del tamaño de un puño, dio de lleno en su mejilla y sus ojos se inundaron en lágrimas. El hombre gritó y trató de cerrar los postigos, pero la lluvia de piedras arreció y tuvo que refugiarse detrás del respaldo del sillón. Y en ese momento los chicos comenzaron a entrar por la ventana. Algunos se cortaban con los vidrios, pero igual seguían adelante. Parecían enardecidos. El hombre salió de su improvisado refugio y atacó al primero que se le acercó. Lo derribó de un puñetazo, y luego hizo lo mismo con el segundo. Estaba a punto de hacerse cargo del tercero cuando sintió que algo duro y pesado se le hundía en la frente. Otra piedra. El hombre sintió que la sangre le corría caliente por la cara, y luego se desmayó.
   Se despertó preso de un dolor inconmensurable en el estómago. Trató de aferrárselo con las manos, pero no pudo: se las habían atado al respaldo de la cama. Alzó la cabeza. Los chicos lo rodeaban. La habitación estaba en penumbras, los ojos de los chicos brillaban como los de los gatos. El hombre volvió a sentir aquel dolor agudísimo y bajó la vista hacia su panza. Los chicos le habían abierto la carne: metían sus manitos dentro del estómago y apretujaban y amasaban sus tripas, como revolviendo un guisado. El hombre se sintió a punto de desmayar otra vez.
   -¿Dónde están nuestros putos juguetes, Santa?- le dijeron a coro.
   -No lo sé- gruñó el hombre, escupiendo un espumarajo de sangre-. Ya les dije… yo no soy Santa… mierda…
   Su cuerpo se convulsionó y sus ojos se pusieron en blanco. Segundos después, el hombre expiró.
   -No, no es Santa- suspiró el chico que quería el juego de “Call Of Duty”. Retiró sus manos de la barriga abierta del hombre y las limpió en las sábanas apestosas-. ¿Quién es el siguiente?
   Otro de los chicos, el del trencito eléctrico, consultó un papel.
   -Vive en la calle San Juan, al mil doscientos. Lo vimos ayer en el Centro Comercial del Este.
   -Tal vez sea él.
   -Sí- dijo “Call of Duty”, y sus ojos brillaron aún más-. Tarde o temprano encontraremos al verdadero Santa. Y entonces tendrá que darnos los juguetes que pedimos.
   -¡Sí!-  gritaron con entusiasmo los otros chicos, aplaudiendo y dando pequeños saltitos de alegría. Recogieron sus juguetes y se marcharon del lugar.
   Media hora después, un hombre flaco, que acababa de despertarse de la siesta, abrió la puerta a un chico menudo, que sostenía con sus manos un camioncito de juguete.
   -Este no es el juguete que te pedí, Santa- dijo el chico, mirándolo con ojos furibundos.
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Autor: Mauro Croche
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Cuento de Terror 40: "El Escritor y Sus Fantasmas"

Como alguno de ustedes quizás sepa, mi nombre es Mauro Croche y desde hace algún tiempo publico historias de terror en mi sitio web 666cuentosdeterror. El blog por suerte tuvo una ascensión meteórica  y actualmente es visitado por miles de personas por día. Muchos de esos visitantes, lo sé, llegan al blog de casualidad, y tal vez unos cuantos ni siquiera lean una sola historia; otros las leen y no les gusta; y otros, que tengo la esperanza sean la mayoría, perciben que el material es lo suficientemente bueno como para quedarse un rato a leer un poco. Sé que no soy Borges ni García Marquez, y nunca lo voy a ser, pero mi trabajo tiene bastante aceptación entre los lectores, y eso a mí me basta para hacerme feliz.
   Lo que más me gusta es el contacto con los lectores. He conocido, a través de este medio, gente muy interesante y divertida ("guay" dicen los españoles, "chida" dicen los mexicanos, "copadas" decimos nosotros los argentinos), a las cuales les he tomado cariño pese a que nunca las vi personalmente -y con toda probabilidad, dadas las distancias, jamás lo haga. Creo que eso es lo mejor de esta experiencia, lo más estimulante, y lo que seguramente recordaré cuando llegue a la historia número 666, el gran objetivo, y deje de publicar a través de este medio.
   Sin embargo (siempre hay un pero en las historias), también he conocido, pese a mí mismo, otro tipo de gente, la gente que de algún modo representaría el “lado oscuro” de esta experiencia. Por fortuna son amplia minoría, pero cuando aparecen, lo hacen con la fuerza destructora de un huracán grado cinco. Muchos podrán decir que me lo busqué. Cuando uno escribe sobre demonios antiguos, caníbales, vampiros y mucha, mucha sangre, es lógico atraer este tipo de personas. Lo que nunca deja de sorprenderme es la variedad tipológica que al parecer pulula en la red. Los hay desde fanáticos religiosos, que me auguran el Infierno por escribir sobre el Demonio (con este criterio, la persona que escribió la Biblia, o al menos la parte del Apocalipsis, en este momento debe estar asándose como un pavo dentro del horno), gente que cree que realmente contacto con espíritus y me solicita ayuda para hablar con uno, otros que directamente me llenan la casilla de email con groserías irreproducibles…
  Hay muchas anécdotas al respecto, algunas divertidas, y otras sencillamente inquietantes. Tal vez un día haga otro post contando todo lo que viví por tener un blog como este. Por ejemplo, hace poco un tipo, que firmaba como anónimo, puso el siguiente comentario en el cuento de terror 21, titulado “El Horror”:
   “¿Cómo lo supiste? ¿Quién te dio permiso para escribir mi Historia?”.
   Para los que no leyeron el cuento, trata de un tipo que se come a su mujer muerta.
   Es muy posible, lo sé, que se haya tratado de la broma de alguien que no tenía nada mejor que hacer. Pero lo cierto es que, en el momento que leí el comentario, yo estaba solo en la casa, era de noche y esas palabras me impresionaron bastante. Sobre todo esa “H” mayúscula en la palabra “Historia”. No sé por qué, pero me pareció un detalle muy convincente: el tipo de detalles que pondría un trastornado capaz de dar un mordisco al brazo podrido de su esposa. Me apresuré a borrar el comentario y, por fortuna, no volví a tener noticias de este usuario.
   Lo último que me ocurrió (y que en parte es motivo por el cual escribo todo esto), tuvo que ver con un incidente bastante extraño, que todavía me pone la piel de gallina al recordarlo. Empezó en forma de un email aparentemente trivial, hace dos semanas atrás. Decía lo siguiente (las faltas de ortografía están corregidas, pero salvo este necesario detalle, es literal):
   “NOS GUSTAN TUS HISTORIAS. NOS GUSTA TU FORMA DE ESCRIBIR. DESEAMOS HACERTE UNA PETICIÓN”.
   Como en ese momento acababa de inaugurar en el blog la sección “Historias a pedido”, naturalmente pensé que se trataba de un tema para algún cuento. Aunque no dejaba de llamarme la atención el uso del plural, algo infrecuente en los mensajes de correo. Respondí que no había problemas, que me dijeran de qué iba el pedido. La contestación que recibí me dejó pensando un par de minutos frente a la computadora:
   “QUEREMOS QUE ESCRIBAS SOBRE ÉL”.
  Es curioso cómo a veces funciona la mente, la forma en que los pensamientos recorren profundos y sorpresivos recovecos, estableciendo conexiones que segundos atrás creíamos inexistentes. Inmediatamente después de leer esto, pensé en Robert Howard, el creador de la serie de fantasía épica que tiene como protagonista a Conan, el Bárbaro. Howard se suicidó en 1936, y según la leyenda, al final creía que Conan de verdad había existido, en un mundo ya olvidado para el hombre, y que las historias que él creía surgidas de su imaginación, en realidad eran dictadas. Dictadas por Conan. Howard decía que incluso podía sentir su presencia, la  pesada y lenta respiración detrás suyo, mientras tecleaba sobre su vieja máquina de escribir. Me imaginé haciendo algo similar, sentado frente a mi laptop en las horas más profundas de la noche, sólo que con otro tipo de presencia a mis espaldas. La presencia de Él. Sabía quién era Él. Nadie contactaría a un hacedor de cuentos de terror para escribir sobre Jesucristo. Así que borré el email y salí de mi casa para tratar de olvidar el asunto. De nuevo existía la posibilidad de un ignoto bromista, pero de todas maneras no quería que un asunto de mal gusto ocupara mucho espacio en mi cabeza. Tenía otras cosas en qué pensar, los exámenes en la Universidad se me venían encima y no podía perder el tiempo con unos supuestos adoradores de Satán.
   Cuando regresé, horas después, tenía un nuevo mensaje:
   “AÚN NO RESPONDISTE A NUESTRO PEDIDO”.
   Me senté frente a la computadora y les respondí. Con toda la amabilidad posible, les dije que se equivocaban de persona, que yo no era el indicado para escribir sobre algo así. Envié el mensaje y de inmediato, como si hubiesen estado a la espera de mi respuesta, me llegó el siguiente email:

Cuento de Terror 39: "Autopista al Infierno"

Para María Alanoca, que solicitó una historia sobre carreteras malditas. Y para mi viejo amigo Pablo Fernández. Él sabe por qué.

And I'm going down, all the way down 
I'm on the highway to hell.
(Y estoy cayendo, todo el camino cayendo 
Estoy en la autopista al infierno)
AC/DC, Highway To Hell

EL HOMBRE SOBRE EL TOYOTA HABÍA COMENZADO A PREOCUPARSE. Ya llevaba más de tres horas en esa lamentable carretera, y todavía no había llegado al cruce con la interestatal nueve. ¿Cómo era posible? Volvió a mirar el cuentakilómetros del tablero. Según las indicaciones, había recorrido unos sesenta kilómetros desde que saliera de la última estación de servicio, cosa que según el mapa era imposible. ¿Acaso se habría perdido? Pero no podía ser, el camino era recto y no tenía bifurcaciones, ni siquiera rutas secundarias que pudieran confundirlo. Todo era pastizales amarillos, secos, algunos árboles achaparrados, y más allá del haz en forma de cono de los faros, la completa oscuridad. 
    Abrió la ventanilla y arrojó la colilla de cigarrillo. Regresó su mirada al tablero, justo en el momento en que el cuatro digital daba paso al cinco. Sesenta y cinco. Sesenta y cinco kilómetros. Era hora de parar y pegar la vuelta. Aunque el camino era tan estrecho que de momento le era imposible hacerlo. Volvió a encender la radio, con la esperanza de sintonizar alguna emisora local que le diera indicios de su posición. Nada. Sólo estática. Su celular tampoco tenía señal. Se dijo que debía calmarse. El Toyota y él habían atravesado peores situaciones que ésa. Como cuando quedó atrapado en un alud de nieve durante cuatro interminables horas. Sacó otro cigarrillo del arrugado paquete, pero cuando iba a encenderlo se le cayó al piso. Se agachó para recogerlo, y durante una milésima de segundo desvió la atención del camino. Cuando volvió la vista, vio que una persona se encontraba parada en medio de la ruta, a unos quince metros de distancia.
   Aplicó los frenos y se golpeó la cabeza con el volante. Vio una luz cegadora delante de sus ojos y por un segundo pensó que se desmayaría. Pero luego la visión se le aclaró, y Richard se apresuró a mirar por encima del tablero. Allí en el camino no había nadie. ¿Acaso lo habría imaginado? No sería la primera vez que le ocurría. Una vez tenía tanto sueño mientras conducía que comenzó a soñar despierto y a ver toda clase de cosas en su campo de visión. Se cercioró de que no se había lastimado la frente y luego siguió camino.
   Media hora después, ya completamente sudado y con su paquete de cigarrillos vaciado por completo, vio que un chico circulaba en bicicleta a un costado del camino. Parecía que tenía la cabeza gacha, como buscando algo en el suelo, pero cuando Richard se le acercó con el auto y se le puso a la par, vio que el chico no tenía cabeza. Su torso desnudo terminaba abruptamente en el cuello. Richard lanzó un grito y aceleró. Hizo unos dos o tres kilómetros a toda velocidad y luego miró por el espejo del retrovisor, aunque sólo pudo ver parte de la luneta trasera y, luego de ella, una insondable negrura de muerte.
   Un golpe en el capó le hizo regresar la vista al camino. Algo que parecía ser una mujer golpeó el parabrisas, astillándolo, y salió lanzado hacia atrás. Por instinto Richard se cubrió la cabeza con ambas manos y el coche perdió el control. Se desvió hacia un zanjón y aunque el hombre fue rápido y apretó los frenos, no pudo impedir que las ruedas delanteras se incrustaran en el barro.
   Trató de hacer marcha atrás, pero los neumáticos sólo se hundían cada vez más. Tomó la linterna de la guantera y se bajó. La mujer estaba tendida boca abajo en medio del camino, lanzando horribles gemidos de agonía. Había perdido sus zapatos y se arrastraba ciegamente sobre la tierra polvorienta. Richard se le acercó por detrás y le tocó el hombro. “Quédese donde está, señora, trataré de llamar a la ambulancia”, le dijo. La mujer de inmediato se detuvo y comenzó a girar la cabeza. En ese instante Richard sintió un miedo supersticioso y supo que, si llegaba a ver la cara de la mujer, enloquecería. Dio media vuelta y comenzó a correr. No pasó mucho tiempo hasta que comenzó a sentirse acalambrado, era un hombre gordo y sedentario, y además fumaba dos o tres paquetes de cigarrillos por día. Se detuvo para recuperar el aliento, y entonces lo escuchó. El gemido de la mujer, cada vez más cercano. Se estaba arrastrando hacia él, en la oscuridad del camino. Richard se obligó a seguir andando. Maldecía y lloraba en voz baja. Su corazón parecía que iba a salírsele del pecho. Caminó durante dos, tres kilómetros, hasta que sintió que las piernas se le aflojaban. Se recostó contra un poste de alambrado y alumbró en derredor. El paisaje no había variado en absoluto y no se veían luces de casas en el horizonte. Descansó unos minutos y luego siguió caminando. Comenzó a escuchar un ruido leve a sus espaldas. Parecía un quejido, como el de una puerta girando sobre sus goznes oxidados. “Pero aquí no hay ninguna puerta”, se dijo. Miró hacia atrás y sólo vio aquella negrura impenetrable, que casi parecía sobrenatural. Dio otros diez pasos más y el quejido se repitió. Volvió a mirar hacia atrás y alzó la linterna. Dos luces venían por el camino. Al principio tuvo ganas de lanzar un grito de alegría, pero enseguida se reprimió. Las luces subían y bajaban en forma rítmica. Al compás de aquellos quejidos mecánicos. Eran los pedales de una bicicleta. Un niño sin cabeza venía montándola.
   El hombre lanzó un graznido y se volvió para seguir corriendo. No hizo más de dos pasos cuando sintió que su corazón parecía encogerse y agarrotarse dentro de su pecho. Las piernas y todo su cuerpo le falló, y Richard cayó pesadamente sobre aquel camino endemoniado.
   Se despertó en la sala de un hospital. Le habían insertado tubos y cables por todos lados, pero pese a ello Richard no pudo reprimir las lágrimas de alivio. Había sobrevivido y lo peor había pasado. Una enfermera que escribía en una planilla vio que se había despertado y le sonrió.
   -Buen día, señor Havock. Bienvenido al hospital de Buena Esperanza.
   Richard quiso decir algo, pero se sintió incapaz de hacerlo. De todas maneras la enfermera dejó de prestarle atención cuando ingresó, a la sala de terapia intensiva, una camilla manejada por dos paramédicos. Arriba de la camilla iba una mujer, que se retorcía de dolor y lanzaba horribles quejidos. El alivio que Richard sentía se trastocó en horror; era la mujer que había atropellado en la ruta. Por palabras de los médicos, comprendió que la mujer acababa de ser atropellada por un camión, y tenía nulas posibilidades de sobrevivir, porque la habían reventado por dentro.
   Dos horas después ingresó a la sala de urgencias un chico. De su cuello manaba una impresionante cantidad de sangre. Estaba andando en bicicleta, murmuraron las enfermeras, cuando un ventanal desprendido de una obra en construcción por poco no le cercenó la cabeza.
   Pusieron al chico en una cama cercana a la de Richard y trataron de reanimarlo, pero fue inútil. Los médicos cubrieron la cabeza del muchacho con una sábana y se marcharon de la sala. Richard quedó mirando la sábana, sin poder apartar la vista de ella. Al rato la sábana, muy lentamente, comenzó a deslizarse hacia abajo, y el chico giró la cabeza casi desprendida del cuerpo y le dijo:
   -Tú serás el próximo.
   A la noche, Richard tuvo el segundo y definitivo ataque cardíaco, y su alma regresó a la carretera, donde aún hoy en día sigue anunciando la muerte y el horror de los ocasionales viajantes.
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Autor: Mauro Croche
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Cuento de Terror 38: "La Última Batalla"

Para los Guerreros de la Play: Juan Martin Fernandez Vera, Gonzalo Ybalo, Ricardo Castillo y Hardwin Avila Orta


UNA MANO SE POSA SOBRE MI HOMBRO Y ME SACUDE CON BRUSQUEDAD. Abro los ojos. Lo primero que hago es buscar la M16 que dejé al costado de mi cuerpo, pero antes de encontrarla una voz conocida, la de Ramírez, me susurra:
   -Soy yo, jefe, no se preocupe.
   Me incorporo y lo observo. En mi mente resuenan los ecos de la batalla anterior, las explosiones y el tableteo poderoso de la Browning manejada por Andreis el Sucio. Los gritos. El nervioso zumbar de los helicópteros de apoyo. Acabó siendo una masacre. Diez muertos, y otros tantos heridos. Lo peor fue que se debió a una mala decisión mía. Otra más. ¿Por qué no esperé a los refuerzos antes de cruzar aquel maldito descampado? ¿Por qué, si sabía que un centenar de vietnamitas nos aguardaba del otro lado de la selva? ¿Acaso estaré volviéndome loco? Tomo un trago de la cantimplora y miro alrededor. Los demás hombres duermen en el campamento, y los helicópteros (“mosquitos”, los llama Sanders) han desaparecido del cielo.
   Regreso mi atención a Ramirez.
   -Ramirez, ¿qué…
   -Venga conmigo, jefe. Quiero mostrarle algo. Dese prisa, antes de él que despierte.

   Estoy tan confundido que lo sigo. ¿Qué significan sus palabras? ¿Y quién es “él”? Ramirez no responde a ninguna de mis preguntas. Nos adentramos en la selva y luego Ramírez se detiene delante de una de esas asquerosas chozas que usan los aldeanos. Parece que está abandonada. Ingresamos a la misma y entonces lanzo una maldición de sorpresa y consternación. 
   -Lo encontré hoy a la tarde- dice Ramirez, con los ojos brillantes-. Hace mucho que estoy buscando esto. ¿Se preguntó alguna vez por qué, siendo usted tan mal sargento, nosotros lo seguimos sin quejas?
   Comienzo a enrojecer. Tal vez esté un poco loco, pero no voy a dejar que un soldado raso se dirija a mí de esa manera.
  -Ramirez, será mejor que me pida disculpas ahora mismo. O de lo contrario…
   -Creo que usted me malinterpretó, sargento- se apresura a decir-. Escuche. Lo que estoy diciendo es que nada de lo que ocurre es culpa suya. ¿Sabe lo que es esto?
   Vuelvo a observar el objeto que se encuentra dentro de la mugrienta choza. Es algo que nunca he visto. Parece una caja luminosa, achatada, con un cristal oscuro en el medio. Admito que no, que no sé qué diablos es eso. 
   -Es una grieta- explica Ramírez, sin apartar la vista de aquella cosa-. O al menos yo lo llamo así. Una grieta en el programa. Había escuchado de ellas, pero nunca pensé que encontraría una. ¿Ve ese cristal oscuro? Acérquese y mire.
   Echo a Ramirez una última mirada de recelo, y luego me agacho y observo. Del otro lado del cristal hay una imagen. Un adolescente dormido sobre un sillón. Tiene unos cables conectados a la cabeza, y una suerte de extrañas gafas que le cubren los ojos.
   -Cada vez que usted tomó una mala decisión, cada vez que equivocó de camino, no fue culpa suya, sino de ese imbécil- explica con repentina solemnidad Ramírez-. Por culpa de él hemos perdido a nuestros amigos. Antes, con la otra tecnología, nosotros sólo podíamos observarlo, pero ahora todo ha cambiado. Ahora utiliza esas gafas especiales, y creo que nosotros podemos intentar un control inverso. 

Cuento de Terror 37: "Muñeca Maldita"


Para Rocío Sarmentero


20 de Diciembre 

Querido Papá Noel

Soy una niña de ocho años llamada Guadalupe. Todos me dicen Lupe así que tú también puedes llamarme así. Me he portado bien todo el año, he cumplido con la tarea de la escuela, también he sido una buena hermana al cuidar del bebé cuando mi mamá se va de noche y regresa a la madrugada eufórica y sonriente como nunca. Así que creo que merezco un buen regalo. Ayer a la tarde vi en el centro comercial la última Barbie, la que viene con la bañera y se le puede teñir el cabello. Sé que es un poco cara, pero creo que podrás conseguirla para mí. Porfis, Papá Noel. Porfis porfis porfis



26 de Diciembre

Querido Papá Noel

¡Muchas gracias por la muñeca! Soy la niña más feliz de este mundo. No puedo dejar de admirar la Barbie y jugar con ella. Tiene algo extraño en su mirada, pero no importa, tal vez sean cosas mías. Te mando un saludo y te deseo un buen viaje de regreso al Polo Norte. Con cariño, Lupe
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31 de Diciembre
Querido Papá Noel
Sé que la Navidad ya pasó y que ahora seguramente debes estar descansando en tu casita en el Polo, pero quisiera pedirte una última cosa. Quiero que te lleves la muñeca. No es mi intención parecer desagradecida, en realidad estoy muy feliz con la forma en que me trataste, pero la verdad esa muñeca me da miedo. Su mirada brilla durante la noche. Y a veces, sobre todo cuando mi mami no está y yo quedo sola con el bebé, la muñeca se mueve. Traté de tirarla o dejarla en el desván, pero de alguna manera siempre vuelve a mi habitación. Y yo tengo miedo por el bebé. Creo que quiere hacerle daño. Así que por favor, llévatela de aquí. Esta noche la dejaré cerca de la chimenea, para que te resulte más fácil encontrarla. Te mando un beso, y espero con toda mi alma que puedas leer mi carta.
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02 de Enero
Querido Papá Noel
Veo que no leíste mi carta. La Barbie sigue aquí. Y mamá se ha quebrado el cuello.
Cayó de las escaleras cuando iba a trabajar. Ahora está en coma en el hospital, le insertaron unos tubos horribles en su boca, por lo que no puede hablar y contar lo que pasó. Pero yo sé lo que pasó. La muñeca se atravesó en su camino. Se colocó sobre un escalón para que mi mami tropiece. Ahora nos cuida una tía lejana, pero ella se va a la noche porque tiene un negocio que atender. Así que yo quedo a cargo del bebé. Ayer apenas pude dormir. Vigilo a la muñeca a todas horas, pero no sé hasta qué punto podré hacerlo. Mi único aliado es Benja, el gato. La muñeca parece tenerle terror y se esconde cada vez que Benja se encuentra cerca. Así que me llevé al gato a la habitación conmigo, y juntos cuidamos al bebé. Pero te repito, no sé cuánto tiempo podré aguantar esta situación. Ahora que mi mamá no está, la muñeca anda a sus anchas por la casa. Aparece en el living, después en el baño, más tarde en la cocina. Y su mirada. Sé ahora que es la muñeca del diablo. O de su hija, si la tuviese. 
Por favor, Papá Noel, sé que tienes los poderes para hacer desaparecer la muñeca. Te pido que regreses y te la lleves.
Porfis porfis porfis

03 de Enero
Papá Noel:
Ahora estamos totalmente solos, el bebé y yo.
Benja apareció muerto en el patio.

03 de Enero (Noche)
Papá Noel:
Ya perdí todas esperanzas. Sé que no estás leyendo mis cartas. Estamos encerrados, mi hermanito y yo, en su dormitorio. La casa está sola, y hay ruidos afuera. Una pequeña sombra se recorta contra la línea de luz debajo de la puerta. Es ella. Es la muñeca. Se agacha y me mira a través de la hendija. Sonríe. Sus ojos brillantes me dejan sin aliento. El bebé en la cuna se mueve y comienza a rezongar. Estamos solos. 
Estamos solos, Papá Noel.
Y creo que la muñeca se ha cansado de jugar: ha metido medio cuerpo debajo de la puerta, y está tratando de ingresar a la habitación.

12 de Marzo
Papá Noel:
Sé que hace rato no te escribo, porque la verdad estaba enojada contigo. No leíste ninguna de mis cartas, y por tu culpa ahora yo estoy aquí, alejada de mi casa y mi familia.
El bebé está muerto.
Mi tía lo encontró a la mañana siguiente. Yo me había quedado dormida y aunque le conté de mis intentos de protegerlo de la muñeca, ella no me creyó.
Hicieron una autopsia al bebé, y encontraron a la muñeca dentro de su barriguita. Aún lloro cada vez que recuerdo ese terrible momento.
Y luego me trajeron aquí. Yo conté mi historia a la señora que es dueña del lugar, conté de la muñeca y sus ojos refulgentes. De su intento de matar a mamá, y de los crímenes que cometió contra Benja y mi hermanito. La señora me escuchó atentamente y luego me mostró un video, supuestamente registrado por la cámara que está en la habitación del bebé.
Y en el video aparezco yo con la muñeca, sólo que ésta no se mueve ni sus ojos refulgen en la oscuridad. Me aproximo a la cuna del bebé y comienzo a meterle la muñeca por la boca. Es un video horrible, el más horrible que vi en mi vida, y trato de apartar la mirada, pero la señora me obliga a seguir viendo. En el video yo comienzo a gritar cosas, mientras el bebé se pone morado y se agita sobre su cuna. Le digo que lo odio, que lo odio desde que él nació, porque por su culpa yo tengo que quedarme hasta altas horas de la noche cuidándolo y cambiándole los pañales, y como consecuencia mis notas han desmejorado mucho. Las notas de la escuela eran lo mejor de mí, le grito, y ahora soy una alumna mediocre porque no tengo suficiente tiempo para estudiar como cuando vivía únicamente con mi mamá, y con Benja.
El video se termina ahí. No sé qué habrá pasado después, seguramente lo cortaron. Pero a mí no me engañan. Sé que la chica de la filmación no soy yo. Es la muñeca. De alguna manera se hizo pasar por mí. Y ahora yo estoy encerrada, mientras ella debe andar en algún lugar de la ciudad, escondida y planificando sus próximos crímenes.
Pero no importa, tarde o temprano saldré de aquí, y la encontraré. Y entonces me vengaré de ella. Y también de mi mamá, por haberme encerrado en este lugar. 
Y de mi tía, por no creer mi historia.
Y de la señora que me mostró el video.
Y también de ti, Papá Noel.
Por no haber escuchado mis advertencias.
Por no haber leído mis cartas.
Iré al Polo Norte y te buscaré.
Y te encontraré.
No te quepan dudas de ello.
Te enseñaré a no ignorar a las niñas desamparadas como yo.
Con cariño, 
Lupe
XXXXOOOOOXXXX
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Autor: Mauro Croche
Copyright © 2013. Todos los derechos reservados.

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Cuento de Terror 36: "El Súcubo"

Para Erik Zúñiga

LOS MUCHACHOS NO LO PODÍAN CREER. Estaban reunidos en el quincho de la casa de Raúl y tenían que pellizcarse para dar crédito a lo que oían. ¿El Jorobado Mayda, con novia? Era imposible. Si nunca en veintiocho años de vida lo habían visto con una mujer.
  -Pero tiene novia- insistía Raúl, haciendo grandes aspavientos con las manos-. Juro que el otro día lo vi en la plaza, abrazado a una mujer. ¡Y qué mujer! Era infernal. Pelirroja, alta, grandes pechos y unas piernas de dos kilómetros de largo. Un sueño, la chica esa.
   -¿No lo habrás visto con alguna… profesional?
   -No lo creo- negó enfáticamente con la cabeza el dueño de casa-. Una mujer así te cobraría fortunas, y el Jorobado no tiene un peso ni para el colectivo. Además, sé que en los últimos tiempos estaba chateando con mujeres a través de esos portales de citas, y es posible que la haya conocido ahí.
   El grupo volvió a juntarse la semana siguiente, para el cumpleaños del Gordo. Y ahí la noticia ya estaba confirmada, y todos habían visto al Jorobado caminando orgulloso por distintas partes de la ciudad, siempre acompañado por esa misteriosa mujer que parecía salida de una revista de modas. Aunque fue Raúl el que aportó la primera nota de preocupación al asunto:
   -Creo que la tipa lo está exprimiendo.
   -Vos lo decís de envidia.
   -No, en serio. Me enteré, por boca de un compañero, que el Jorobado consiguió otro trabajo. Además de taxista, hace los repartos de pan en una panadería del barrio. Y que lo primero que hizo con su sueldo fue comprarle un collar de oro a la mina.
   -Bueno, si yo tuviera una mujer así…
   -Es que ustedes no lo entienden- se molestó Raúl, alzando un poco la voz-. El Jorobado es un muchacho especial, inocente, y mujeres como ésas pueden destrozar la vida de un hombre como él.
   -Vos lo decís de envidia- repitió el Gordo, y se echaron a reír para cortar el clima de repente enrarecido.
   Pero resultó que Raúl tenía razón. Lo siguiente que se enteraron del Jorobado fue que había enviado a su madre al asilo y ahora ocupaba la casa materna junto a su novia.
   -Es increíble que le haya hecho eso a la vieja…
   -Creo que perdió la cabeza- dijo Raúl, decidido-. Esta noche iré a hablar con él.
   Fue esa misma noche, cumpliendo con su palabra, aunque regresó con un golpe en el ojo y la ropa rasgada. Contó a la muchachada que el Jorobado estaba irreconocible. Parecía muy nervioso y había perdido mucho peso. Y apenas Raúl insinuó que su novia era la causante de su debacle física y mental, el Jorobado se le echó encima como un perro rabioso.
   -Ese muchacho terminará mal- diagnosticó lúgubremente el Gordo.
   -¿Y la viste a la mina?
   -No, pero hay fotos de ella por todos lados.
  -Yo estuve haciendo unas averiguaciones- dijo de golpe el Pelado Estévez, y todos lo miraron porque el Pelado casi nunca hablaba-. Y creo saber quién es la mujer.
   -¿Quién es?- dijeron a coro los hombres.
   -Es un súcubo- soltó el Pelado, y la palabra desconocida cayó entre los hombres como un balde repleto de agua podrida-. Un demonio femenino, que se alimenta del deseo de los hombres. Y antes de que me traten como a un loco, escuchen lo que averigüé. La tipa se llama Rebeca Blaines, tiene veintitrés años, y supuestamente estudió en el Sagrado Corazón de Bahía Blanca.
   -¿Cómo sabés eso?
  -Facebook- dijo el Pelado, como si fuese una obviedad que no debía preguntarse- Llamé al Sagrado Corazón. Ninguna Rebeca Blaines pasó por sus aulas, mucho menos se graduó.
   -¿De verdad hiciste eso?
  -Claro. Como todos ustedes, yo estoy preocupado por él- se hizo un breve silencio, y el Gordo aprovechó para levantarse y apagar la tele, que transmitía un viejo partido de fútbol por ESPN-. Todos los datos de Rebeca Blaines son falsos. Supuestamente es Colombiana, de Cali, y nació el 23 de Octubre de 1989. Casualmente tengo un amigo que trabaja en un organismo estatal colombiano.
   -Flavio Pereyra.
   -Exactamente. Pedí que cotejara el dato, y adivinen qué.

Cuento de Terror 35: "Baby Shower"

-Por el bebé- brindaron las mujeres-. Por el bebé Lisandro. Y por la futura mamá, por supuesto.
    Entrechocaron sus copas y bebieron. Afuera llovía y el viento sacudía las ramas del sauce del patio. La madre sujetó su panza y sonrió.
    -Está pateando. Sabe que estamos hablando de él.
    -Claro que lo sabe. Será un bebé muy inteligente, ya lo verás. Y saldrá a ti.
   -Eso espero- la madre tomó otro sorbo de su gaseosa y luego hizo una mueca-. Porque si llega a salir al padre…
    -No pienses en ese imbécil- trataron de consolarla las mujeres-. Porque eso es lo que es: un imbécil con todas las letras.
    -Él se lo pierde.
   -Sí, él se lo pierde. Un padre que desaparece así como así, sin siquiera darte una puta explicación…
    -Y además se llevó el anillo de perlas de mi abuela.
    Las otras mujeres abrieron los ojos.
    -¿De verdad?
   -Ahora que lo pienso, no debí mostrarle ese maldito anillo- dijo la madre, frunciendo el entrecejo-. A partir de ahí nuestra relación comenzó a irse al diablo. Y mi marido… bueno, empezó a actuar de manera rara.
    -¿Rara? ¿En qué sentido rara?
   -Él pensaba… pensaba que ese anillo tenía poderes. Que abría puertas a otras dimensiones: el Cielo, o tal vez el Infierno. Yo le dije que no era más que un anillo antiguo que tenía más valor sentimental que económico, pero él no hizo caso. Llegó a obsesionarse con ese anillo y comenzó a frecuentar gente que me traía muy mala espina. Leía libros esotéricos, realizaba extraños rituales en el dormitorio cuando yo no estaba… Incluso llegó a matar a un gatito. Sé que fue él. Encontré sus restos de casualidad, enterrados al pie del sauce del patio. Lo habían quemado y desmembrado como a un pollo. Le pregunté qué había pasado con ese pobre gato, y él desvió la vista y dijo que no lo sabía, que probablemente se trataba de la travesura de algunos chicos. Pero yo supe que mentía. Y días después de eso, él desapareció. Simplemente desapareció.
    -¿Por qué nunca nos contaste nada, Delfina?
   -Supongo que… bueno, creo que me sentía avergonzada. Sabía que todo se estaba desmoronando. Y tenía miedo. No tanto por mí, sino por el bebé. No quería que creciera sin un padre. Yo sé lo que es eso. Mi propio padre… él estuvo ausente durante mi niñez, y yo… yo…
   No pudo continuar. Se derrumbó y se echó a llorar, y las demás mujeres, presurosas, acudieron a consolarla. Sin embargo, mientras recibía caricias y palabras de aliento, la madre de repente emitió un gemido y se aferró la panza.
    -Hay algo mal- dijo, haciendo muecas de dolor.
    -¿Dónde?
    -Aquí. En la panza. Es el bebé. Creo que…
    -No nos asustes, Delfina.
  -Les digo que hay algo mal- chilló la mujer, de repente sudorosa. Se incorporó del sillón y un chorro de líquido transparente cayó desde su entrepierna. Volvió a sentarse y miró a sus amigas con los ojos desorbitados por el terror-. Rompí fuente. Oh, por Dios, rompí fuente…
    La mujer más grande, Luisa, se hizo cargo de la situación. Ordenó a la más joven llamar a los paramédicos, y luego, ayudada por dos mujeres más, recostó a Delfina en el sillón, con las piernas abiertas.
   -Va a parir- dijo Luisa, luego de un rápido examen a la entrepierna de la madre-. No hay tiempo para los paramédicos, debemos ayudarla nosotras.
    -¿Y qué hacemos?- chillaban las demás mujeres.
   -Por empezar, esterilícense las manos con ese frasco de alcohol en gel que está sobre la repisa. Y luego busquen unas toallas y…
    La chica más joven, que estaba llamando por celular, dejó caer el aparato y señaló hacia la entrepierna de Delfina, dando gritos de perplejidad y horror.
   Las mujeres, incluida Delfina, miraron. Un puño asomaba por la cavidad vaginal de la embarazada. No era un puño de bebé: era grande, del tamaño de un hombre adulto, y mostraba unas uñas afiladas y negras. Delfina se desmayó, y la chica del celular hizo lo mismo. Las otras mujeres huyeron despavoridas de la casa, por lo que nadie vio cuando el puño se abrió lenta, muy lentamente, dejando caer el anillo de perlas sobre la alfombra manchada. 
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Autor: Mauro Croche
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