"Un Largo Viaje a la Oscuridad" (Capítulo 17)

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Quiroga llevaba unas siete u ocho horas en el “sótano”, sumido en la oscuridad total, cuando de repente escuchó que alguien se acercaba y se detenía muy cerca del borde del pozo. De inmediato, incorporándose con rapidez, alzó el rostro en busca de alguna luz, pero arriba la oscuridad era tan impenetrable como allí abajo.
     -¿Hola?- dijo, cerrando por instinto los puños-. Lucas, ¿eres tú?
     Nadie le respondió. Aunque podía escuchar una respiración ligera y pausada, como la de alguien esperando en actitud contemplativa. Iba a repetir la pregunta, impaciente, cuando una voz descendió a través de la oscuridad:
     -Sé por qué estás aquí.
     No era una voz conocida. Quiroga era muy bueno reconociendo las voces, pero ésta no se parecía ni a la de Lucas ni a  la de Abel ni a la de Kathia. Parecía la voz de un hombre joven. “Es otro de los diez”, pensó de inmediato. “Y no suena muy amable que digamos”.
     -¿Quién eres?- preguntó.
     -Sé a qué has venido- repitió la voz, con el mismo tono amenazante de antes-. Quieres reemplazar a Eugenio. Quieres ocupar su lugar. Pero yo no lo permitiré.
     Quiroga escuchó un leve crujido, y por instinto se agachó y se hizo a un lado. Milésimas de segundos después, algo duro se estrellaba contra el suelo del pozo, despidiendo pequeñas esquirlas que fueron a dar contra el rostro y las manos de Quiroga. “Una roca”, pensó. “El muy maldito me lanzó una roca. Si me llega a acertar en la cabeza…”
     -¡Hijo de puta, cobarde de mierda!- gritó. Tanteó a ciegas en el suelo y encontró un pedazo de piedra del tamaño de un puño. Se incorporó de un salto y lo lanzó a ciegas, hacia arriba. Sabía que era un acto de estúpida ira, que tenía muy pocas posibilidades de éxito, pero increíblemente, se escuchó un grito y los lamentos de alguien que se quejaba de dolor. Quiroga, incrédulo, alzó los puños en señal de victoria y lanzó una risotada.
     -¡Te di, hijo de puta! ¡Espero que te hayan saltado los dientes!
     La réplica no se hizo esperar. Una verdadera lluvia de piedras comenzó a caer desde el borde del pozo. Quiroga atinó a cubrirse la cabeza y a recostarse contra una de las paredes, incapaz de hacer otra cosa. Una piedra le dio en el hombro, y otra en su mano. Quiroga emitió un gruñido y cambió la posición, para no ser un blanco tan fácil. El apedreo prosiguió unos pocos segundos más y luego se detuvo. La respiración del tipo allá arriba era ahora agitada y nerviosa; Quiroga podía escucharla con total claridad.
      -Si tratas de hacer algo a Eugenio, te mataremos- dijo la voz, en un susurro ahogado-. No te atrevas…
     Luego, se escuchó un ruido de pasos que rápidamente se alejaban: el agresor se había marchado.
     Quiroga volvió a quedar solo en la oscuridad, perplejo y en sumo grado de alerta, preguntándose qué diablos era lo que acababa de suceder.
    

"Un Largo Viaje a la Oscuridad" (Capítulo 16)

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Extracto de audio de las grabaciones digitales encontradas en la PC de Alberto Quiroga, ordenadas por fecha y hora (sólo las más importantes).

VIDEO 1. Fecha de grabación: 01-07-2007.Duración: 5.23 minutos.
QUIROGA: Lucas está muerto…
(pausa de cinco segundos)
Creo que yo lo maté.
(Pausa de quince segundos).
Sí, casi llego a creerlo… Mi mujer no para de repetírmelo: “Tú lo mataste, tú lo mataste”. Le explico lo que ocurrió aquella noche, pero ella no me escucha… Sé que ha perdido la cordura desde que… desde que la cosa se llevó a Lucas… “Dejaste que se fuera”, me dice constantemente. “Dejaste que la cosa negra se lo llevara, porque tu hijo no te importaba una mierda”.
(Piensa y mira la cámara fijamente).
Y tal vez no esté muy errada, después de todo.
(Quiroga comienza a llorar. Lo hace durante un lapso de dos minutos y medio).
(Voz quebrada y apenas inteligible).
No está tan errada…
(El video se corta)

VIDEO 2. Fecha de grabación: 09-07-2007. Duración: 6.45 minutos
QUIROGA: Sé lo que tengo que hacer. Volveré a la mina. Sé que ha pasado mucho tiempo desde la desaparición de Lucas, y las posibilidades de encontrarlo con vida son mínimas… pero tengo que volver. Mi mujer al menos tiene razón en un aspecto: no puedo desentenderme del asunto y olvidarlo así sin más. Soy un policía, tengo muchos años de servicio, y durante demasiado tiempo me he jactado de ser uno de los tipos más duros de la fuerza policial. Los vagos y los criminales saben que deben evitar mi presencia si quieren conservar sus huesos sanos. Sé que  es presuntuoso, pero es así. Mis compañeros me respetan y a veces me miran con recelo, porque es cierto que muchas veces me he excedido con la brutalidad y el abuso de mi autoridad. Pero es que no concibo otra manera de ejercer mi profesión. Si me ablando o me vuelvo comprensivo, las lacras de la sociedad te pasan por encima. Es así. O soy yo o soy ellos. Durante muchos años pensé así, y no hay motivos para cambiar justo ahora.
(pausa de diez segundos).
Y sin embargo… no fui capaz de defender a mi propio hijo. He defendido a vecinos inocentes, he defendido a compañeros míos, incluso a gente que no merecía siquiera levantar un dedo en defensa de ellas… pero no pude defender a mi hijo. Mi mujer puede estar loca, pero tiene razón. De nada sirve ser un experto tirador de armas y estar preparado para la violencia y la lucha cuerpo a cuerpo, si uno no puede defender a su propia familia.
Esta vez no iré desarmado. El fuego puede hacerle mucho daño a esa cosa, así que iré preparado para hacerlo mierda. Tengo un soplete y una soldadora portátil: iré armado con ello. Prepárate, hijo de puta.
(piensa un rato).
Si me llega a ocurrir algo, y estás viendo esto, querida mía, quiero que sepas que te amo.
(Otra pausa).
Sé que no siempre lo demuestro… Me cuesta mucho demostrar los sentimientos. Lo sabes bien. No seré uno de esos hombres que llevan flores y escriben poemas a sus mujeres… pero siempre te amé. Siempre he sido leal a ti.
(Otra pausa)
Si llego a morir, te informo que tengo tres seguros de vida, que podrás cobrar una vez que realices los trámites correspondientes. Encontrarás toda la documentación necesaria en la caja verde que está en la quinta estantería del garaje.
(Otra pausa, mira a la cámara fijamente).
Adiós.
(Fin del video)

"Un Largo Viaje a la Oscuridad" (Capítulo 14-B)

Estamos llegando a los momentos claves, amigos lectores, y no exagero al decir que gran parte del camino recorrido fue hecho para llegar, precisamente, a este bendito capítulo. Así que no se lo pierdan!!
Y para los despistados, informo que el martes pasado publiqué el capítulo 14-A, por lo que les sugiero que primero lo lean, así entenderán mejor.
Un abrazo y buen fin de semana.
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     Al menos, Abel no había mentido en un aspecto: no estaban lejos del lugar que pretendía mostrarle. Apenas hicieron unos cuarenta o cincuenta metros, internándose en una depresión sobre el suelo que se encontraba rodeada de rocas del tamaño de personas. En ese lugar, el viejo se detuvo e iluminó, con la luz azulada de la bola, algo que en un primer momento Quiroga tomó como un montón de huesos de algún animal acumulados en un rincón. Pero luego, al observar mejor, se dio cuenta de que había algo extraño en esos huesos: por empezar eran demasiado largos, casi tanto como un brazo entero, y además los cráneos que había desperdigados en derredor (eran cinco o seis), tenían una forma anómala; no eran similares a ningún cráneo que Quiroga había visto en su vida, ni de seres humanos ni animales. Eran alargados y del tamaño de una pelota de rugby; los agujeros de los ojos eran enormes, a tal punto que cubrían gran parte de la superficie del cráneo. Y los dientes… a Quiroga le recordó al de los grandes cánidos. Eran dientes preparados para desgarrar y morder. Sin embargo, había algo raro en ellos, y cuando se agachó para examinarlos mejor, pudo ver el motivo: parecían limados o cortados. Exactamente como se gastaban los dientes de los animales peligrosos de los circos, para que éstos no representaran ningún peligro para sus domadores…
     -Esto… estas no son las criaturas…
     -¿Cómo lo sabe?
     -Bien…- y Quiroga estuvo a punto de relatarle su enfrentamiento con una de ellas, en la mina, y su posterior vivisección… pero pensó que sería mejor obviar esa parte. Al menos de momento. Hasta que conociera a Abel un poco mejor-. Las he visto de cerca, y no parecen tener una forma así. Ni siquiera pude distinguirles sus cabezas…
     Abel asintió, los ojos de repente brillantes.
     -Parecen una horrible cosa amorfa, ¿cierto? Y sin embargo, son inteligentes, tanto como usted jamás podría imaginarlo…
    -Y entonces… ¿qué es esto?
    -Hay seis de estas cosas aquí. Y cuatro más del otro lado del río, cerca de una roca que tiene la forma de una pirámide.
      -Ajá- Quiroga lo miró interrogante.
     -¿Es que no se da cuenta? Son diez. ¿Y qué le dije yo anteriormente? Que somos diez. Siempre somos diez.
     Quiroga volvió a observar los cráneos, alzando una ceja.
     -No me diga que estas cosas… son seres humanos…
     Abel hizo un gesto con la mano, indicando que la teoría de Quiroga era totalmente descabellada.
     -Claro que no. Son criaturas que las babosas trajeron consigo. Pero murieron. Nosotros las reemplazamos…
     -¿Y qué eran?
     Quiroga no podía apartar la vista de esos cráneos. Los dientes limados, las grandes cuencas de los ojos… Debían haber sido criaturas muy temibles en vida. Quizás tanto como las mantarrayas…
     -No lo sabemos. Pero sí creemos adivinar, y creo yo bastante acertadamente, la finalidad de esas cosas. Eran esclavos. Las babosas las utilizaban como esclavos. Cuando estas cosas murieron, las babosas debieron buscarse un reemplazo… y nosotros, los seres humanos, fuimos los sustitutos perfectos…
     -¿Esclavos? ¿Eso es lo que somos? ¿Esclavos de las matarrayas?
     -Podría decirse que sí. Aunque no sabemos por qué siempre debemos ser diez. Tal vez se trate de algún tipo de tradición, una costumbre arraigada en la sociedad de las babosas.
    -¿Y de dónde vinieron? ¿Qué es lo que saben sobre ellas?
     Abel señaló hacia la oscuridad, hacia el lugar donde el río parecía correr con un incansable rumor líquido.
     -Viven allá, del otro lado del río. En unas cavernas naturales. Nosotros tenemos prohibido acercarnos al lugar. Nos quieren lejos de sus actividades cotidianas.
     -¿Pero qué rayos son?
    El anciano volvió a encogerse de hombros.
     -Sólo hay teorías. Enriquito Menza, que era uno de los habitantes más antiguos, decía que vinieron del espacio. Se estrellaron en una nave espacial, allá por el año ochenta y cuatro u ochenta y cinco. Sabemos esto, porque los primeros humanos que trajeron aquí datan de esa fecha, aunque nunca nadie vio la nave espacial. Ninguno de ellos está vivo ahora, así que lamentablemente no podemos contar con su relato. Pero Enriquito al menos conoció a varios de ellos. Decía que al principio, las babosas parecían muy desorganizadas y vivían en el caos total. ¿Se imagina? Nosotros hubiésemos hecho lo mismo. Imagínese que usted viaja en una nave espacial, la nave experimenta un fallo, y termina en un planeta totalmente desconocido. Primero reina la desesperación, uno trata de reparar la nave y se da cuenta de que ya no tiene arreglo, porque la tecnología de este extraño planeta es arcaica… A la desesperación, le sucede la desesperanza. Para colmo, las criaturas que uno trae consigo, que le ayudan en las tareas cotidianas, mueren… ¿Qué haría usted? ¿Qué medidas tomaría para no terminar muriendo de tristeza, o directamente suicidándose?
     Quiroga trató de imaginarse la escena, y pese a que no era un tipo muy imaginativo, logró captar lo que Abel trataba de decirle.
     -Supongo que… bueno, por empezar, trataría de replicar, en la medida de lo posible, las condiciones de vida de mi planeta originario…
     El anciano lo señaló con el dedo, como en una burda película de vaqueros.
     -Exacto, amigo. Y fue eso lo que precisamente hicieron las babosas. Supongo que primero, buscaron un ambiente similar a donde antaño vivían. Algo húmedo, oscuro, de altas temperaturas… encontraron esto, debajo de una mina abandonada. Y después, simplemente, se dedicaron a buscar un reemplazo para sus esclavos. Y es aquí donde nosotros entramos en esta historia.
     -Pero, ¿cómo? ¿Cómo lograron permanecer en las sombras durante tanto tiempo?
     -Son sigilosas, amigo, muy sigilosas… Y extremadamente inteligentes. Además, eligen muy bien a sus víctimas…
     -¿Qué quiere usted decir con eso?
     Antes de que Abel pudiera responder, una luz azulada se encendió en la cueva, y de inmediato comenzó a acercarse. Sobresaltado, el viejo se llevó una mano a la barbilla y tomó a Quiroga de la manga.
     -El tiempo pasó muy rápido. Venga, vámonos. Debemos regresar a la cueva.
    -¿Por qué? ¿Qué sucede?
     -Nuestro turno está por comenzar. Es hora de servir a las criaturas. En el camino, le explicaré como es debido…
     -Un momento, estimado. Yo no serviré a nadie. ¿Qué es eso de que nuestro turno comenzó?
     -Apresúrese, o vendrá el supervisor…
     -Yo no tengo supervisor. Yo no soy esclavo de nadie. Soy un hombre libre. Y la verdad, no tengo miedo.
     Abel se dio vuelta. Su desesperación era evidente. Los ojos se le habían agrandado por el miedo. Casi parecía un chico, un niño que había tenido la desgracia de envejecer prematuramente, como víctima de una de esas extrañas enfermedades genéticas que hacían que el organismo se desarrollara a una velocidad vertiginosa.
     -Créame: debe tenerlo. Eugenio Vernis, el supervisor que tenemos actualmente, es el peor que vi desde que estoy aquí abajo. Es… sádico. Creo que está loco. Venga conmigo, por favor. Seguiremos hablando en el camino, pero por favor…
     La luz de la bola azulada se seguía acercando, por lo que Abel calló. Quiroga vio una silueta que caminaba erguida y orgullosa, seguida por una mujer que por poco no se arrastraba: la cabeza gacha, el andar lento y resignado. El contraste entre ambos era tan marcado que resultaba casi patético. “Es el tal Vernis”, pensó Quiroga. “El jodido jefe supervisor. Pero resulta que hace mucho yo no sigo las órdenes de nadie, mucho menos aquí abajo, en el culo del mundo”.
    -¿Abel?- dijo una voz de un curioso timbre alto, como si se encontrara gritando a todo pulmón, aunque no fuera así-. ¿Este es el tipo nuevo? ¿Por qué no me avisaste que había llegado?
    -Lo siento, jefe- dijo el anciano, agachando de inmediato la cabeza-. Pensé que, debido a la hora…
     -Sabes muy bien que debes avisarme de todas las novedades que ocurren aquí abajo. ¿Cuántas veces debo recordártelo, viejo estúpido?- el supervisor se detuvo delante de Quiroga y lo miró de arriba abajo, de una forma insoportablemente insolente-. Y tú, ¿cómo te llamas?
     Pero Quiroga no respondió. Se le quedó mirando fijamente, sin parpadear, sin casi respirar siquiera. Abel se apresuró a interceder:
    -Se llama Quiroga. Alberto Quir…
    El supervisor se dio vuelta, rápido como un látigo, y le dio un cachetazo, con el revés de la mano. El viejo se cubrió a destiempo y lanzó un chillido. Casi parecía el quejido de una rata atrapada en un rincón. Si Quiroga hubiese prestado la debida atención, sin dudas hubiese sentido asco por ese ser huidizo y patético en que se había convertido Abel. Pero no: estaba concentrado en el rostro del supervisor. Había algo en él… algo que hacía que su corazón corcoveara de espanto…
    -No te hablé a ti, viejo. Ya me estás cansando, ¿sabes? Siempre con tus aires de bienhechor, tratando de ayudar a todo el mundo… No creo tu papel. No lo creo ni por un segundo…- se dirigió a Quiroga-. ¿Y bien? Te hice una pregunta. ¿Cuál es tu nombre, novato?
     Pero Quiroga no podía decir nada. Su garganta se agitaba convulsa, tratando de expulsar las palabras que de repente parecían haber desaparecido de su interior. El mundo giraba a su alrededor y de repente comenzó a ver todo borroso, como a través de un vidrio empañado. Pensó en los años de locura que había experimentado, en su esposa, en aquella aciaga noche en que las criaturas se habían llevado a su hijo y habían arruinado todo lo que crecía en su interior. Por primera vez en muchos años, sus ojos se anegaron en lágrimas, y un líquido demasiado caliente comenzó a correrle mejillas abajo, empapando su barba sucia y amarillenta.
     Cuando finalmente pudo pronunciar una palabra, lo que dijo fue un nombre, no el suyo propio, sino uno que hacía mucho tiempo había perdido la esperanza de volver a pronunciarlo en voz alta:
    -¿Lucas?

(Continuará...)

"Un Largo Viaje a la Oscuridad" (Capítulo 14-A)

Tiempo de respuestas...


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-Bien- dijo el anciano sentado sobre la piedra, mirando a Quiroga mientras ensayaba una enigmática sonrisa-. ¿Por dónde empiezo?
     -¿Qué le parece si empieza por contarme dónde diablos estamos?- contestó Quiroga-. Eso por empezar, por supuesto.
     Abel se restregó la barba con ambas manos y asintió. Echó una mirada hacia la cueva y luego, en un gesto algo teatral, señaló hacia arriba, donde pendían aquellas enormes estalactitas.
      -¿Ve eso que está allá arriba?- dijo. No esperó que Quiroga respondiera:- Son estalactitas. Todo el mundo sabe que se llaman así, pero nosotros les pusimos otro nombre. Les decimos: “espadas”. Por la espada de Damocles, ¿entiende? Están allá arriba, constantemente pendiendo sobre nuestras cabezas, y nunca se sabe cuándo terminarán por caer. Más o menos así son las cosas que sabemos aquí abajo. No tenemos certezas, el peligro acecha constantemente, y sólo podemos hacer conjeturas sobre el mundo que nos rodea. Le digo esto porque yo sólo transmitiré nuestras conjeturas, y nada más que eso.
       -¿Tantas palabras, para decirme que no sabe dónde nos encontramos?
       -Oh, yo nunca dije eso- se apresuró a decir Abel. Volvió a restregarse la barba amarillenta, en un gesto que evidentemente le era muy característico-. Suponemos… sólo suponemos… que nos encontramos debajo de la mina de plata, tal vez a unos cien, o quizás más, metros de profundidad. Aunque por supuesto, hay personas que no creen que estemos tan abajo. Razonan, yo creo que coherentemente, que si fuera así, el oxígeno se nos hubiese terminado hace rato, y ahora ninguno de nosotros quedaría vivo. Pero eso no es así, ¿verdad? Tanto usted como yo parecemos lo suficientemente vivos como para no estar muertos… salvo, por supuesto, que nos hayamos convertidos en fantasmas, cosa que tampoco debería descartarse del todo...
        -Demasiadas palabras- murmuró Quiroga, lanzando un suspiro de irritación-. Disculpe si le parezco grosero, pero creo que usted está usando demasiadas palabras…
        -Usted no entiende, pero ya entenderá- dijo Abel, quien no parecía molesto en lo más mínimo por el comentario de Quiroga-. Aquí abajo, las palabras lo son todo. Es necesario hablar, comunicarse, establecer vínculos. Hace mucho tiempo estoy aquí abajo, mucho más de lo que podría imaginarse, y créame que he visto tantas cosas que ya nada podría sorprenderme. He visto morir a mucha gente, he cuidado enfermos, incluso, válgame Dios, me he enamorado de quien nunca debí haberlo hecho. Las cosas pasan, el tiempo pasa, las personas pasan, pero las palabras quedan. Sé que parece el slogan de una estúpida campaña publicitaria, pero es así. A veces, sobre todo cuando mis compañeros duermen, y todo el sitio queda en silencio, yo puedo escucharlas… Escuchar las voces. Las conversaciones. Las palabras. Es por eso que yo las atesoro tanto. Las palabras pueden salvar vidas, y pueden, también, trazar un límite entre la demencia y la cordura… Quizás no entienda ahora, pero ya tendrá tiempo de entenderlo.
      -Demasiadas palabras, sí- dijo Quiroga, observando al viejo con atención-. Pero, aunque usted no lo crea, yo puedo entenderlo. No mucho, pero algo sí. Yo también soy un tipo solitario, y como tal, mido cada palabra que sale de mis labios. Pero la verdad, no me interesa filosofar sobre ese asunto. No crea que sea lugar ni tiempo adecuado para ello. De modo que pasemos a la siguiente pregunta.
      -Cuando usted lo disponga.
      -¿Hay posibilidades de salir de aquí?
      Abel inhaló una honda bocanada, al tiempo que volvía a mirar hacia arriba, como si la respuesta se encontrara colgada de una de esas enormes estalactitas.
      -Bueno, posibilidades, tal vez las haya…, pero que yo sepa, nadie hasta ahora ha conseguido escapar.
      -¿Lo han intentado?
      Le pareció que el viejo, por primera vez desde que comenzara la charla, se ponía algo nervioso.
       -Bueno, pues sí… Eso creo. Supongo.
       -¿Sí o no?
       -Es que tengo dudas. Aún al día de hoy, me pregunto si esos jóvenes realmente quisieron escapar, o sólo fue un intento de suicidio…
       -¿Cómo? ¿Por dónde trataron de escapar?
      El viejo señaló hacia la oscuridad, hacia el lugar donde el terreno entraba en declive.
      -Por el río, por supuesto. Es la única vía de comunicación con el mundo exterior. El problema es que se trata de un río subterráneo, que corre por debajo de la tierra por kilómetros y kilómetros, y salvo que uno pueda aguantar la respiración durante una hora, como las ballenas, no creo que pueda atravesarlo…
      -Tal vez lo lograron. Tal vez había bolsas de aire en el camino.
      -¿Usted se cree que, si las hubiera, nosotros no lo sabríamos?- dijo Abel, y Quiroga pudo observar que el viejo se había puesto a la defensiva-. Hace unos cinco años, una chica bajó a explorarlo. Ella era nadadora, ¿entiende? Y tenía una capacidad pulmonar extraordinaria, podía permanecer sin respirar durante tres minutos o más. Nosotros al principio nos opusimos, pero ella insistió tanto que terminamos aceptando. A regañadientes, por supuesto, pero tuvimos que aceptar. La atamos a la cintura con una cuerda y luego la chica, luego de tomar tres hondas bocanadas, se sumergió. El río aquí abajo asoma a la superficie en una especie de cuenco, como los cenotes mayas, y es bastante profundo aunque de aguas transparentes; muy pronto el cuerpo de la chica desapareció en sus profundidades. La cuerda comenzó a desenrrollarse y el tiempo pasó, un minuto, dos minutos, tres minutos. Al cuarto minuto, la cuerda quedó completamente quieta y nosotros nos afanamos en tirar de ella, con tanta rapidez que nuestras manos quedaron en carne viva. Cuando finalmente la trajimos a la superficie, la pobre chica estaba azul y parecía tan muerta como podría estarlo un cadáver en la morgue del pueblo. Algunos de nosotros, que sabíamos la técnica del RCP, por suerte logramos reanimarla… Desde entonces, nadie volvió a intentarlo. Excepto esos dos jóvenes que hace tres o cuatro años se arrojaron al río sin avisar a nadie. Ellos sí que nunca regresaron.
      -¿Y qué sucedió con la chica?
      -Oh, ella murió tiempo después- dijo Abel, despreocupadamente-. Una neumonía, ¿puede creerlo? Su cuerpo pudo sobrevivir a cinco o seis minutos sin oxígeno, pero un simple virus, que es tan viejo como Jesucristo, acabó con ella…
      -¿Y eso es todo?
      -¿A qué se refiere con eso?
      -Digo: de todas las personas que pasaron por aquí, ¿sólo tres trataron de escapar?
      El rostro del viejo volvió a ensombrecerse, y Quiroga no supo discernir si se trataba de miedo o de simple recelo. Como si su pregunta, que él había formulado con aire de inocencia, se acercara demasiado a una verdad que el otro a toda costa pretendía ocultarle…
       -Como le dije anteriormente, el río es la única vía de acceso que conocemos al mundo exterior. ¿Qué otra cosa podemos hacer? ¿Excavar la roca con un cuchillo?
       -Si yo estuviera todo el tiempo aquí encerrado, sin dudas algo trataría de hacer.
       -¿Qué?
       -No lo sé- dijo Quiroga, comenzando a perder la paciencia de nuevo-. Ahora no se me ocurre nada, pero porque hace menos de una hora que estoy aquí. Pero si el tiempo pasara, algo tendría que ocurrírseme.
        -Bueno, cuando se le ocurra algo, entonces avise. Tal vez su mente sea más avispada que la nuestra, y pueda encontrar, en muy poco tiempo, lo que a nosotros se nos ha venido escapando durante veinte años o más.
        -¿Veinte años? ¿Hace cuánto usted está aquí?
        -¿Qué día es hoy?
        -Jueves 15.
        -De Agosto, ¿verdad?- Quiroga no respondió, se limitó a mirarlo, porque no sabía si estaba jugando con él o qué-. Bueno, entonces llevo aquí exactamente trece años, seis meses y cinco días.
       Quiroga no pudo evitar lanzar un silbido de desaliento. Trece años en aquella oscuridad, aislado de la luz del Sol y de las caricias del viento… Incluso él, que había pasado gran parte del último lustro encerrado en una mina, explorando cada uno de sus recovecos, sintió un estremecimiento al imaginárselo.
       -Y cuando usted llegó, ¿ya había gente aquí abajo?
       -Oh, sí. En ese entonces aún se encontraba Enriquito Menza, que terminó siendo un gran amigo mío, tal vez el único verdadero que tuve aquí. Y también, por supuesto, estaba Caro...
       Por la forma en que dijo el nombre de la mujer, desviando los ojos y dibujando una especie de amarga sonrisa en los labios, Quiroga supo que se trataba del amor imposible de Abel.
       -¿Y qué pasó con ellos?
       -Murieron.
     -¿Cómo?
     Abel se encogió de hombros.
     -Simplemente murieron. Las condiciones aquí abajo son muy extremas: cualquier herida, por más superficial que sea, puede representar una amenaza de muerte. Por eso, uno de los consejos más útiles que puedo darle, es precisamente éste: cuídese.
     -¿Eso es todo?
     -Hay más. Pero se lo diré a su debido tiempo…
     Volvió a rascarse la barba, con expresión pensativa. Quiroga se le quedó mirando durante un tiempo más, tratando de decidir si podía confiar en él o no. Era curioso: por lo general, cuando él conocía a una persona, se daba cuenta enseguida si era de fiar o había que cuidarse de ella. Pero con Abel no sentía nada. Como si hubiera alguna barrera entre ellos, que sirviera para ocultar cosas. ¿Pero qué?
     -¿Qué le parece si comenzamos a hablar de las criaturas?- dijo al fin, decidido a seguir adelante con el asunto-. Es decir: ¿qué son? ¿Qué es lo que pretenden de nosotros?- Abel lanzó una pequeña risotada, y Quiroga extendió sus manos en señal de perplejidad-. ¿Qué le resulta gracioso?
     -Disculpe, es que esa frase… me hizo acordar a una película. ¿Recuerda usted a Isabel Sarli, la actriz porno? Ella se hizo famosa diciendo algo parecido. Supuestamente, en una de sus viejas películas, un campesino la arrinconada en un galpón de heno, con intenciones que eran más que evidentes. Pero ella, no dándose por enterada, o al menos fingiendo que no, le decía: “¿Qué pretende usted de mí?”. Lo curioso es que ella nunca dijo algo así, ese diálogo en la película es inexistente, pero de alguna manera quedó en el imaginario popular y…
     Vio que Quiroga no lo acompañaba en su humor risueño y calló, tosiendo sobre su mano.
     -Perdón- dijo.
     -¿Qué es lo que saben sobre las mantarrayas?- repitió Quiroga, tratando de armarse de paciencia.
     -Bueno, creo que será mejor que lo vea con sus propios ojos- dijo Abel, incorporándose de su improvisado asiento-. Acompáñeme, tengo algo interesante para mostrarle.
     -¿A dónde vamos?
     -No se preocupe, no iremos muy lejos- y volvió a lanzar una de sus irritantes risadas-. Está sólo a unos pasos de distancia…
      Tomó la bola azul, que había dejado sobre su regazo, y comenzó a caminar en dirección contraria a la cueva donde dormían los otros habitantes. Cuando vio que Quiroga no lo seguía, se dio vuelta.
     -¿Va a venir, o no?
     -¿Qué son esas bolas de luz? ¿De dónde las sacaron?
     -Un regalo de las babosas- respondió el viejo, alzando el objeto en cuestión hasta la altura de los ojos-. ¿No son maravillosas? Se encienden con el calor del cuerpo. Antes teníamos cuatro, pero una de ellas dejó de funcionar hace algunos años atrás. Así que debemos conformarnos con estas tres…
     -¿Las babosas no les regalaron otra?- preguntó Quiroga, tratando de parecer sarcástico. Pero el otro no se dio por aludido:
     -No. Y ya verá por qué no. ¿Viene?
     -Claro- dijo Quiroga a regañadientes, preguntándose si, de todos los anfitriones posibles, no le habría tocado el menos indicado...

(Continuará...)

"Un Largo Viaje a la Oscuridad" (Capítulo 13)

     -Hey- decía una voz lejana, que parecía escucharse a través de un viento sibilante y continuo. Sintió que una mano lo tomaba por el hombro y lo zamarreaba con fuerza, de un lado a otro-. Hey, despierta.
-¿Está muerto?- preguntó otra voz, ésta mucho más jovial y entusiasta.
-No, creo que sólo está borracho.
El de la voz jovial emitió un siseo.
-Sabía que era un borracho. Deberíamos arrestarlo por imbécil.
-¿Arrestarlo? Tengo una idea mejor.
-¿Qué?
-Ya verás…
Las voces se hacían cada vez más nítidas dentro de su cabeza. Dan trató de abrir los ojos, ver lo que sucedía a su alrededor, pero enseguida unos estiletazos de dolor parecieron atravesarle los párpados, por lo que los volvió a cerrar. Se sentía pésimo, como si padeciera la peor de las resacas de la peor de las borracheras posibles. Y ese constante silbido en sus oídos…
-Hey- repitió la voz joven. Sintió un golpecito en el flanco derecho, proporcionado sin dudas por las punteras de unos zapatos o botines policiales-. Levántate. Vamos.
      Dan trató de obedecer. Sabía que no convenía contradecir aquellas órdenes. Sin embargo, el cuerpo apenas le respondió, y lo único que consiguió fue encorvar la espalda un poco, como un animal con la columna quebrada. Se encontraba acostado sobre unas piedras, boca arriba, y el Sol de la mañana lo castigaba sin piedad desde un costado del cerro. “Si tan siquiera pudiera ver algo…”, pensó. Entonces la puntera de aquellos zapatos, dura y dolorosa, volvió a clavársele entre las costillas, esta vez con la suficiente violencia como para sacarle el aire. Dan se retorció y de su boca salió un “buuuff” que hizo que los policías estallaran en sonoras risotadas.
     -¿Viste el ruido que hizo?- dijo el de la voz más adulta, que parecía haber recuperado su entusiasmo-. Fue como si se pinchara una bicicleta…
     -Más bien me recordó a un fuelle- dijo el otro, sin dejar de reír-. Uno de esos fuelles para encender el fuego.
     -Hazlo otra vez- rogó el policía adulto.
     El zapato volvió a hundírsele en los riñones. Dan se estremeció por el dolor, aunque esta vez trató de contener el aliento, para no darle el gusto a aquellos hijos de puta. El policía jovial pareció profundamente desolado al decir:
     -Mierda. Esta vez no dijo nada…
     -Bueno, basta de jugar y levantemos a esta bosta. Ayúdame, ¿quieres?
     Unos brazos pasaron por debajo de sus axilas; Dan se vio bruscamente levantado por los aires. Lo dejaron apoyado a un costado de la camioneta, donde lo sujetaron y lo palparon de arriba abajo. El policía joven, una vez cumplida esta tarea, asomó la cabeza a la cabina del vehículo. De inmediato, haciendo marcados gestos de asco, se retiró y escupió sobre el suelo polvoriento, muy cerca de los pies de Dan.
     -Alguien vomitó ahí dentro- dijo-. Es un asco. ¿Fuiste tú, borracho asqueroso?
     No esperó la respuesta; de hecho, parecía importarle muy poco. Negó con la cabeza y luego se dirigió a la parte trasera de la camioneta. “El arsenal”, pensó entonces Dan, súbitamente alarmado.
     “El arsenal de Quiroga”.
     Si el policía llegaba a encontrar algo incriminador (alguna pistola, alguna escopeta, o lo que era peor, aunque no completamente descartable: una docena de granadas o algo así), el asunto realmente podía complicarse, hasta límites inimaginables.
     Sin embargo, al cabo de una rápida aunque diestra inspección, el policía joven se retiró con expresión de contrariedad, y Dan exhaló un imperceptible aunque auténtico suspiro de alivio.
     “Estoy vivo”, pensó entonces, consciente de que, por primera vez, se percataba de la dimensión de este simple hecho. “Sobreviví a la jodida droga de Quiroga. Pertenezco al dichoso quince por ciento de sobrevivientes…”

"Un Largo Viaje a la Oscuridad" (Capítulo 12-B)

El lugar no era tan caluroso como la caverna exterior, pero sí apestaba.
     Tal vez los otros no se percataban del olor porque estaban acostumbrados a él, pero para Quiroga fue como si alguien le hubiese arrojado un puñetazo a la nariz. Era un olor inconfundiblemente humano, concentrado y abigarrado en un espacio reducido, pero lo peor era su cualidad rancia. Como si aquellas personas llevaran habitando esa cueva no durante años, sino décadas… e incluso siglos.
     Claro que eso era imposible, pensó Quiroga, mientras seguía al anciano esquivando los bultos dormidos en el suelo. Si había humanos viviendo en las profundidades de la tierra, desde tiempos inmemoriales, alguien tarde o temprano debía haberlos descubierto. Después de todo, se encontraban en los albores del siglo veintiuno, y Quiroga pensaba que si este siglo se caracterizaba por algo, era precisamente por el hecho de que cada rincón del planeta parecía haber sido descubierto, explorado, colonizado y minuciosamente documentado, para luego ser subido a la plataforma de Youtube o de Facebook. Los cansados ojos humanos ya no parecían maravillarse ante nada, por la sencilla razón de que las aparentes novedades crecían, se multiplicaban (o mejor dicho, se viralizaban) y envejecían a un ritmo demoledor. Y la idea de unas personas viviendo en unas cavernas bajo un pueblo minero, en compañía (o bajo la custodia de) unas criaturas del tamaño de calamares gigantes, que poseían el don de la telepatía… bien, sencillamente eso era demasiado.
     Pero, ¿y si no?
     ¿Y si de alguna forma se las habían arreglado para permanecer fuera de la vista de la civilización, ocultas como los antiguos duendes y trasgos mitológicos? ¿Y si…
     A punto estuvo de pisar unas piernas que sobresalían de un lecho mugriento, por lo que se obligó a concentrarse en lo que hacía. Vio que, además de Kathia, que parecía ya profundamente dormida pese a que se había acostado minutos atrás, había tres personas más descansando sobre el suelo cubierto de trapos. Uno era un joven de la edad de Kathia, de larga melena rubia cubriendo gran parte del rostro, que vestía una camisa leñadora a cuadros y unos vaqueros desteñidos. Y había dos mujeres mayores, de unos treinta o cuarenta años como mucho. Dormían abrazadas, pero no en una pose sexual, sino como si se reconfortaran mutuamente. A la débil luz de la bola azulada, Quiroga observó que los cuatro durmientes mostraban idénticas expresiones de cansancio y desdicha, como si soñaran cosas desagradables. También lucían una palidez cadavérica, producto sin dudas de la falta de exposición solar. Se preguntó qué harían allá abajo, en qué ocuparían su tiempo, y dónde se encontrarían los otros tres que faltaban (“siempre somos diez”, había dicho Abel), pero intuyó que si encontraba las respuestas, no sería en ese preciso momento.
     El anciano se había detenido delante de una hendidura en la parte posterior de la cueva, y lo urgía, mediante señas, para que siguiese sus pasos. Quiroga obedeció. La hendidura se ensanchaba unos pasos más adelante, y daba origen a una suerte de recámara de no más de dos metros de largo y alrededor de un metro de alto, por lo que había que agacharse si uno quería entrar en ella. Pero las intenciones deL anciano no eran las de ingresar, sino sólo permanecer en la entrada, por lo que extendió un brazo impidiendo que Quiroga avanzase un paso más. Miró a la mujer tendida sobre una especie de colchón confeccionado con vestidos y ropa vieja y luego negó con la cabeza.
     -Creo que está peor- susurró.
    Sin prestarle atención, Quiroga se puso en cuclillas, para observarla mejor. La mujer, efectivamente, no se veía muy bien, tenía la piel macilenta y estirada, como una máscara, y sus labios se habían ampollado por la fiebre. El cabello, de un color trigueño, se había apelmazado por el sudor y se le pegaba a la frente como un trozo de paño deshilachado. Una de sus piernas, la derecha, aparecía cubierta por una venda improvisada, manchada en su mayor parte por sangre reseca. Pese a la penumbra del lugar, Quiroga pudo ver que la zona alrededor de la venda estaba hinchada, la carne oscura y tirante, como si algo dentro de las venas estuviera a punto de hacer eclosión. Supo que la herida estaba infectada, y salvo que encontraran penicilina, la mujer perdería la pierna en un lapso de cuarenta y ocho a setenta y dos horas. Pero eso sólo sería el comienzo: si la infección seguía sin tratarse, las bacterias se extenderían al resto del cuerpo, a los órganos internos, y la mujer perecería no mucho tiempo después.
     Estiró, pese a las protestas de Abel, un brazo para tocarle la frente: la mujer hervía en fiebre.
     -No podemos hacer nada- susurró el anciano, anticipándose a sus preguntas-. No hay medicamentos. Sólo paños fríos, para mitigar la fiebre. Estoy seguro que morirá- lo tocó levemente en los hombros-. Venga, vámonos. Dejémosla tranquila.
     Quiroga asintió. El viejo tenía razón: si no contaban con los antibióticos adecuados, sólo quedaba esperar.
     Retrocedieron sobre sus pasos y se alejaron de la cueva. Abel señaló, con la bola azulada, unas rocas que en conjunto parecían un altar pagano; se acercaron al lugar y el viejo dejó caer su trasero sobre una piedra con una cierta forma de silla; no parecía muy cómoda, pero evidentemente se sentía a gusto sobre ella.
      -Por favor, siéntese.
      -No voy a sentarme, gracias.
     Abel se encogió de hombros. Señaló hacia la cueva que acababan de abandonar.
     -¿Y bien?- dijo-. ¿La reconoce, o no?
     -Le dije que nunca vi a Liana… pero creo que sí, es ella. Me lo dice una corazonada.
     -¿Una corazonada?
     Quiroga lo miró a través de la semipenumbra.
     -Confío mucho en ellas.
     El anciano pareció meditar profundamente aquellas palabras.
     -¿Tiene ganas de hablar, o prefiere descansar un poco?- dijo al fin.
     -La verdad, nunca tengo ganas de hablar- reconoció Quiroga. Miró a su alrededor, buscando a Cuco: lo encontró echado a unos pocos metros, en posición fetal al lado del otro perro. Sin dudas estaba agotado por lo que acababa de experimentar. Era un perro viejo y ya no tenía la energía de antes. Quiroga, sin darse cuenta, asintió cariñosamente. Volvió a mirar al anciano-. Pero tampoco quiero descansar. Fue una noche muy larga, pero no podría dormir ni aunque mi vida dependiera de ello.
     Abel sonrió.
     -Se sorprendería… En este lugar, no hay mucho que hacer, aparte de dormir. Lo hacemos siempre que podemos. Claro que también tenemos que cumplir con…- miró a Quiroga, como intuyendo que estaba revelando mucha información de golpe-. Ya le explicaré a su debido momento.
     -¿Y qué tal ahora?
     El anciano negó con la cabeza, tristemente.
     -Créame: tendremos mucho tiempo para hablar. Por experiencia, sé que demasiada información puede resultar… bueno, peligrosa. La gente nueva no reacciona muy bien cuando se entera de la situación aquí abajo. Prefiero… prefiero comenzar de a poco…
     -¿Usted es el encargado de recibir a los nuevos…- iba a decir “habitantes”, pero la palabra no le gustó y optó por cambiarla por otra:- … compañeros?
     -Nah, aquí nadie representa ningún rol. Excepto, claro, por Eugenio Vernis… Todos los demás, somos iguales entre nosotros. Y a veces, es cierto, yo recibo a los recién llegados, trato de contenerlos y explicarles las cosas, pero sólo porque tengo un poquito más de paciencia que los demás.
     -¿Quién es Eugenio Vernis?
     -Oh, es nuestro supervisor.
      -¿Un supervisor? ¿Tienen alguien que los supervisa?
     Le pareció que el rostro del anciano se ensombrecía, y que sus ojos se desviaban hacia un punto indefinible, como si de repente recordara algo que nunca debía haber olvidado.
     -Ya lo sabrá a su debido tiempo- dijo al fin, y antes de que Quiroga pudiera insistir en la pregunta, el viejo retiró una roca suelta a un costado de la piedra con forma de banco. Debajo de la piedra había un hueco, y dentro del hueco una botella de whisky, que aún contenía unos tragos. Sacó el tapón y bebió un poco, del pico, y luego le ofreció la botella a Quiroga-. Sé que anteriormente dije que no teníamos para beber, pero mentí. No hay muchos sitios donde esconder esto, pero al parecer los otros todavía no se dieron cuenta. Así que aproveche.
     -Preferiría usarlo para Liana. Para cuando el alcohol medicinal se agote.
     -Tenemos suficiente alcohol medicinal para ella- insistió Abel-. Vamos, hombre, aflójese un poco.
     Quiroga cedió. Bebió unos tragos y luego le devolvió la botella. No lo hubiese reconocido ni en un millón de años, pero se sintió un poco mejor al sentir el calor de la bebida bajando rápidamente por su garganta. Se pasó una mano por los ojos de repente humedecidos y luego dijo, bajando un poco la voz:
     -Dígame de una buena vez dónde estamos, Abel. Y si hay alguna posibilidad, siquiera remota, de escapar de aquí. Sé que usted quiere protegerme, dosificar la información para que yo la digiera de a poco, pero créame que soy lo suficientemente fuerte como para soportar cualquier cosa. Si sigue dando vueltas con el asunto, creo que enloqueceré…
     -Haremos un trato- dijo el viejo, luego de escudriñarlo durante unos cuantos segundos-. Primero dígame su nombre, y entonces yo le diré todo lo que necesita saber.
     -Quiroga- dijo Quiroga, lanzando un suspiro y extendiendo, dubitativo, la mano derecha, que el otro se apresuró a estrechar-. Alberto Quiroga.
     -Un placer.
     -Y siento haber sido un poco brusco al principio, pero yo soy así. Hace mucho vivo solo, y no estoy acostumbrado a tratar con gente desconocida.
     -El incidente ya está olvidado- aseguró el anciano, echando otro trago a su garguero-. Puedo asegurarle que hay cosas peores, y usted mismo, dentro de poco, lo atestiguará. Así que le conviene escucharme con atención, y abra su mente todo lo que pueda. ¿Quiere otro trago, antes de continuar?
     -No, gracias.
     -Muy bien- dijo Abel. Volvió a poner el tapón en la botella, con un cuidado que a Quiroga le resultó sospechosamente excesivo, y la guardó con el mismo recelo bajo la roca al costado del banco. Y luego, echando una última mirada a su alrededor, como para asegurarse de que no hubiera nadie escuchando en las cercanías, comenzó a hablar.

(Continuará...)
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Se acercan tiempos de respuestas, amigos... Ya hemos llegado a la segunda mitad de la novela, el final comienza a verse en el horizonte, a partir de ahora comienza la acción de la buena... Es decir: ¿Qué rayos son estas criaturas? ¿Qué es lo que quieren de los seres humanos? ¿Cómo hará Quiroga para escapar? ¿Y dónde #$%& se metió Dan? 
Próximo viernes, misma hora, mismo canal... Buen fin de semana para todos...

"Un Largo Viaje a la Oscuridad" (Capítulo 12-A)

-Así que se llama Cuco, ¿eh?- dijo el anciano durante la corta caminata, como tratando de romper el hielo-.  Lindo nombre para un perro. Al menos, a éste le sienta muy bien…
    Quiroga no respondió. La chica hizo un gesto airado con la cabeza, volviéndola de un lado a otro:
     -No pierdas el tiempo, Abel- dijo simplemente.
     Se estaban alejando del ruido del río, adentrándose en la parte superior de la caverna. Como Quiroga había supuesto, el sitio era lo suficientemente grande como para albergar un estadio de fútbol, quizás más. A medida que seguían caminando, el techo se hacía más bajo; pudo ver entonces, a la luz de aquella extraña bola azulada, enormes estalactitas suspendidas sobre su cabeza. Algunas de ellas parecían haber caído no mucho tiempo atrás, porque había pequeños montículos de piedras desperdigados sobre el suelo: casi parecían tótems, o lejanos ídolos moldeados toscamente sobre la roca. Rodearon uno de esos montículos y luego se acercaron a la pared más inmediata, donde Quiroga de golpe descubrió una pequeña recámara, horadada de forma natural en la piedra, dentro de la cual tres o cuatro personas parecían dormir sobre un lecho conformado por trapos o telas sucias. A medida que se iban acercando, Quiroga pudo apreciar más detalles sobre el lugar: había algunos trastos acomodados en los rincones, como sillas y pequeñas mesas plegables, más trapos o telas, incluso había algunas cacerolas de metal apiladas unas sobre otras, abolladas por los golpes y ennegrecidas por el fuego.
     Una de las sombras en la cueva pareció oírlos y se incorporó: para sorpresa de Quiroga, no se trataba de un humano, sino de un perro, de raza mediana y de un deslucido color negro o gris oscuro. Primero meneó la cola en señal de reconocimiento, sin dudas observando a Abel o a Kathy, pero al ver a Cuco pareció ponerse en guardia y su cuerpo se tensó, como preparándose para una pelea. Quiroga de inmediato se volvió hacia su perro:
    -Quieto- le dijo, extendiendo una mano en su dirección-. Quieto, Cuco.
     El otro perro, que no pensaba quedarse quieto, comenzó a acercarse. Quiroga, que conocía a los perros muy bien, supo al ver su postura que sus intenciones no eran agresivas, pero de quien desconfiaba era de Cuco: sabía que era antisocial y malhumorado (“casi tanto como yo”, solía pensar divertido). Pero su sorpresa fue total al ver que los perros se llevaban bien; luego de unos segundos de mutua y cautelosa inspección, los canes comenzaron a jugar y a perseguirse mutuamente, como si se encontraran en un parque cualquiera. Sólo faltaba el Sol brillando en lo alto y unos freesbees cruzando el aire, pensó Quiroga, y todo podría tener apariencia de normalidad.
    Miró en derredor, la tosca cueva en la que se refugiaban esas personas, y sobre todo la tenaz oscuridad que a duras penas era perforada por la luz de las linternas: claro que aquello no era un parque. Se parecía, en realidad, a un campo de refugiados… e inmediatamente después de pensar en esto, supo que había dado en el blanco, esas eran las palabras indicadas para definir lo que tenía delante de sus ojos.
    Un campo de refugiados.
    Miró hacia Abel como para decir algo, pero el anciano, tal vez intuyendo su propósito, desvió la vista y se agachó para manipular un cacharro que parecía un tupperware lleno de mugre y raspaduras, ubicado a un costado de la cueva.
      -¿Y bien?- dijo Kathy al cabo de un momento, con una sonrisa cínica en los labios-. ¿Qué te parece tu nuevo hogar?
      -Este no es mi hogar- murmuró Quiroga de inmediato-. Tal vez sea el tuyo, pero el mío seguro que no.
     La chica, como toda respuesta, lanzó una sardónica risotada y se metió dentro de la cueva. Al mismo tiempo, Abel se le acercó con un jarro lleno de agua.
     -Beba- le dijo, extendiéndole el vaso-. Antes teníamos algo de alcohol, pero hace rato las babosas no nos traen nada.
     Quiroga pensó en rechazar el agua, pero la verdad es que se moría de sed. Aceptó el vaso y dio unos pequeños tragos. El agua tenía un sabor increíble y era sorprendentemente fresca; intuyó que debía provenir del arroyo o río subterráneo que corría algunos metros más abajo.
     -¿Las babosas?- repitió, devolviendo el vaso con un leve asentimiento de cabeza-. ¿Se refiere a las mantarrayas?
     -Nosotros les decimos babosas. Pero ahora que lo pienso, lo de las mantarrayas no está tan mal.
     -¿Ellas les traen el alcohol?- Quiroga no pudo menos que enarcar las cejas, en un clásico y universal gesto de incredulidad-. Me está tomando el pelo, ¿verdad?
     Abel negó con la cabeza. De repente se lo veía algo triste.
     -No lo creo- respondió. Desvió la vista hacia los perros, que parecían muy contentos el uno con el otro. Los señaló con la barbilla-. A Laila le hacía falta compañía. Y se ve que al suyo también. Y eso es bueno. La compañía, digo. La vida aquí abajo… puede hacerse muy difícil.
    -No sé de qué vida me está hablando, no entiendo nada. Yo sólo quiero salir de aquí.
     El anciano le clavó una mirada indescifrable.
     -¿Y usted cree que nosotros no? ¿Que estamos aquí porque queremos?- señaló hacia la cueva, al tiempo que bajaba un poco la voz:- Pregunte a esas personas que duermen allí. Pregúntele a Ramiro, que hace cinco años no ve la luz del Sol. Pregúntele a Lucrecia: la pobre tiene treinta y dos años, pero parece de sesenta. Y también tenemos a una mujer… todavía no sabemos su nombre. Llegó hace dos días, y nunca despertó. Tiene una herida en la pierna, creo yo de bala, y se encuentra muy grave. ¿Usted cree que está contenta de estar aquí, donde lo único que podemos hacer es poner paños fríos en su frente, para bajarle la fiebre?
     -¿Una mujer?- dijo de inmediato Quiroga-. ¿Dónde está?
     El anciano señaló hacia el interior de la cueva, donde Kathy, increíblemente, parecía dispuesta a echarse a dormir junto con las otras dos o tres personas.
     -Está allí, dentro de una pequeña recámara que dispusimos para la gente enferma. De esa manera, nadie los molesta, y pueden descansar con cierta tranquilidad.
    -Quiero verla.
    Abel le dirigió una mirada alerta y cautelosa.
    -¿Por qué?
    -Creo que la conozco. O al menos, sé quién es. Mi compañero…- se dio cuenta de que el relato que iba a contar sería demasiado desordenado y se detuvo para organizar sus ideas. Sin dudas la mujer debía tratarse de Liana. Los tiempos coincidían. Aunque no sabía a ciencia cierta de dónde o por qué había recibido el disparo, podía darse una idea más o menos acabada. Dan, en su desesperación por detener a la criatura, sin dudas había disparado contra la criatura, hasta que una de las balas accidentalmente había terminado en la pierna de Liana. No podía estar seguro al cien por cien, pero casi seguro que había ocurrido algo así.
     -Mi compañero…- volvió a repetir, buscando en su mente la forma de contar la historia sin que la misma resultase demasiado larga o complicada. Eso requería hablar, y él, acostumbrado a sus largos silencios en la cabaña del bosque, lo evitaba siempre que podía. Así que optó por decir lo siguiente:- Ingresé a la mina de San Ignacio con un hombre llamado Dan, que buscaba a su esposa Liana. Él la perdió hace tres noches… una de esas mantarrayas, o babosas, o como diablos se llamen, se la llevó. Y creo que la mujer que usted menciona se trata, precisamente, de Liana. Es por eso que me gustaría verla.
     -¿Dónde está su compañero?
    -No lo sé. Lo perdí. Sufrimos el ataque de esas cosas y una de ellas me agarró. Y luego no recuerdo qué sucedió. Cuando desperté… bien, estaba dentro de las tripas de esa hija de puta- se estremeció abruptamente-. No quiero volver a recordarlo. Fue… muy extraño.
    El anciano asintió, como si comprendiera perfectamente lo que estaba diciendo. Entonces Quiroga tuvo una pequeña revelación: “Este tipo, y Kathy, y tal vez todos los otros que se encuentran aquí, llegaron de la misma forma”. No supo qué sentir o pensar al respecto, pero era indudable que había algo sistemático detrás de toda esa locura. Tal vez con un poco de suerte, si es que se daba la ocasión, podría llegar a averiguarlo.
     -Y esa mujer, Liana… ¿Usted dice que la conoce?
     Quiroga se encogió de hombros, algo molesto.
     -No. Nunca la vi. Pero pensé que…
     -Y entonces, si nunca la vio, ¿cómo piensa reconocerla?- ante la mirada airada de Quiroga, que no prometía nada bueno, el anciano trató de suavizar la pregunta:- Es que no quiero molestarla. Está muy mal. Y además, los otros podrían despertarse…
    -¿Qué otros?
    El anciano volvió a señalar hacia la cueva.
    -Los que duermen allí.
     -Seré silencioso. Como una de esas mantarrayas. Lo prometo.
     -Si usted insiste… pero le advierto que la gente que duerme ahí no es tan amable como yo, o como KAthy.
     -¿Así que Kathy es amable? Menos mal…- trató de ironizar Quiroga.
     -Más amable que usted, seguro- contestó Abel, rápidamente. Y antes de que Quiroga pudiera replicar, continuó:- Le decía que los otros necesitan dormir, y se molestan si alguien los despierta. Están cansados… algunos, como el mencionado Ramiro, llevan cinco años aquí dentro. Y también hay otros, que usted ya conocerá, que están aquí desde que tienen memoria…
     -¿Hay otros? ¿Cuántos son en total?
     -Diez- dijo el anciano-. Con usted, somos diez. Siempre somos diez.
     -¿Diez?
    -Sí. Y ahora, limítese a seguirme y no diga una sola palabra. Iremos a ver a la mujer. Ya tendrá tiempo para las preguntas.
     -Está bien- concedió Quiroga, volviéndose a Cuco:- Quieto ahí, cuco. No me sigas. Regresaré pronto, ¿está bien?
    El perro lo miró, inquisitivo. Ahora había dejado de juguetear, aunque el otro perro insistía en lamerle y oler diferentes partes de su cuerpo. “Está recuperando su compostura”, pensó Quiroga. Si el otro perro no se tranquilizaba, muy pronto Cuco le mostraría los dientes. “Bien por ti, muchacho. Demuéstrale quién es el que manda aquí abajo”.
     Regresó la vista hacia la cueva, y se dispuso a seguir al anciano, pensando en aquella enigmática frase que éste acababa de decir:
     “Siempre somos diez…”

(Continuará...)

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