"Un Largo Viaje a la Oscuridad" (Capítulo Final)

Nota: Si bien éste es el último capítulo de la novela de terror "Un Largo Viaje a la Oscuridad", aún falta el Epílogo, que será publicado (con algo de suerte) el próximo viernes, donde ahí sí, verán la esperada palabra "FIN". Un abrazo.

CAPÍTULO FINAL

1


Las piedras se desmoronaban sobre el cuerpo de Dan. El suelo entero temblaba. La caverna crujía y emitía escalofriantes quejidos de piedra y polvo. Intentó agarrar al muchacho antes de que éste se escabullera, pero sólo logró quedarse con un pedazo de su camisa. El chico parecía enceguecido y corría en dirección al río que habían atravesado minutos antes. Dan lo llamó a toda voz, pero Lucas ni siquiera pareció escucharlo.
      Corrió tras él. En sus oídos resonaban las palabras de Quiroga: “Prométame que lo llevara arriba sano y salvo”. Eran palabras que parecían tornarse más acuciantes con el correr de los minutos. Una piedra del tamaño de un puño cayó sobre su hombro y le arrancó un aullido de dolor. El techo se derrumbaba y toneladas de piedras los sepultarían para siempre. ¿Qué diablos habría hecho Quiroga? Pensaba en la inmolación. Así era como terminaban sus días los soldados japoneses de Iwo Jima. ¿Quiroga tenía el suficiente arrojo como para accionar los explosivos del bolso y volarse a sí mismo en pedazos? Dan estaba segurísimo que sí.
      “Su hijo”, pensó. “Se sacrificó por él. Ahora yo debo hacer lo posible para que no haya sido en vano. Aunque el chico sea un cretino, un mocoso insoportable, es el hijo del barbudo, y prometí que me encargaría de él”.
      Siguió corriendo tras el muchacho. Ambos rengueaban por diferentes palizas y peleas que habían enfrentado en las últimas horas, y parecía que llevaban a cabo una especie de maratón para minusválidos. Dan acortaba distancias, pero muy lentamente. Un nuevo estruendo los detuvo: parecía provenir desde más adelante. Enseguida se escucharon alaridos inhumanos y algo que gruñía como un lobo atrapado en una trampa. Lucas se llevó una mano a la sien y cayó de rodillas.
       Los alaridos eran muchos, demasiados. Las criaturas estaban muertas de miedo y de dolor. Sus lamentos penetraban la caverna y recorrían las galerías oscuras como fantasmas en busca de perdón o de venganza. Una a una, aquellas voces enloquecedoras fueron callando, hasta que sólo se escuchó el bramido de las piedras inmemoriales que cedían bajo el peso devastador de la montaña. Dan se acercó a Lucas, que se había acurrucado en el suelo. Tocó su hombro y luego, cauteloso, esperó. Más allá, en las galerías ahora clausuradas, algo pareció arrastrarse, pero Dan no prestó atención porque estaba atento a los movimientos del muchacho.
       Pero éste no reaccionaba. Se acercó un poco más y se agachó delante de él.

"Un Largo Viaje a la Oscuridad" (Penúltimo Capítulo)

CAPITULO 26

1

El contacto con el agua fría parecía haber reanimado al muchacho. Su cuerpo se estremecía y los brazos se movían débilmente, como si luchara por permanecer a flote en medio de aquel gélido río.
     -… stá pasando?- farfulló.
     Dan no respondió, estaba demasiado preocupado por no hundirse junto con el muchacho. También debía vigilar que éste no hundiera la cabeza y tragara agua… Recién cuando la altura del río le llegó a la cintura, pudo distenderse un poco y entonces miró hacia atrás, hacia la orilla que acababa de abandonar.
      Vio un espectáculo tenebroso, que recordaría durante el resto de su vida. Quiroga permanecía de pie, sosteniendo la baliza en alto y dándole la espalda a una especie de escalofriante, negra y movediza montaña de babosas. La bengala resplandecía en una luz cada vez más tenue; no tardaría en agotarse y sumirlo en las oscuridades. Miles de tentáculos se agitaban alrededor de su cabeza y parecían dar un frenético y horroroso saludo de despedida. Dan alzó una mano y gritó:
      -¡Su hijo está bien, Quiroga! ¡Ya llegamos a la orilla!
      Pero el barbudo no le respondió. Seguía mirándolo fijamente, como si no hubiese entendido el mensaje. Dan volvió a cargarse al muchacho al hombro y se dirigió hacia Abel, que esperaba en la entrada de la madriguera de las babosas.
      -¿Listo?- dijo el anciano, quien de súbito parecía muy nervioso.
      -No lo sé- respondió Dan.
      Volvió su mirada hacia Quiroga, indeciso. La luz de la bengala se hacía más débil, las babosas cada vez estaban más cerca de él, como esperando que la última chispa se apagara para abalanzarse sobre su cuerpo. Formaban una especie de gigantesca y oscura ola de unos diez o más metros de alto, que caería sobre su cuerpo de un momento a otro. Pero Quiroga no parecía preocupado o tenso; ni siquiera echaba un vistazo hacia atrás. Seguía con la mirada fija hacia delante, como un capitán observando el transcurrir de una tormenta desde la proa de su barco. Dan estaba seguro que observaba a su hijo. ¿A quién iba a mirar sino? La cabeza de Quiroga asintió imperceptiblemente y luego hizo un gesto con las manos: “Sigue tu camino”. Pero Dan, incapaz de moverse de su sitio, petrificado ante aquella imagen que parecía sacada de la peor de las pesadillas, se quedó observándolo hasta que la baliza se extinguió con un último fogonazo rojo.
     Para ese entonces, las babosas se encontraban a centímetros del cuerpo de Quiroga, ahuecándose sobre él y formando una capa de muerte. Algunos tentáculos habían comenzado a rodear su cuello.
     -Vamos- dijo Abel, señalando el interior de la madriguera con su bola azulada-. No tenemos todo el tiempo, muchacho.
     Dan no tardó en ponerse en marcha. Echó un vistazo por última vez hacia Quiroga, pero ya no pudo verlo: el mar negro de babosas se lo había tragado.
      -Adiós, Quiroga- murmuró-. Trataré de cumplir con mi promesa para con su hijo. Lo juro.
      Entraron a la caverna y comenzaron a marchar hacia la libertad, o hacia lo que fuese que les aguardaba en la profundidad de aquellos túneles.

"Un Largo Viaje a la Oscuridad" (Antepenúltimo Capítulo)

CAPÍTULO 25

1

Del diario Clarín, 27 de Noviembre de 2014

LA CATÁSTROFE DE SAN IGNACIO: EL MISTERIO CONTINÚA

A una semana de ocurrido el extraño hundimiento del pueblo de San Ignacio, que ocasionó 125 muertes, más de 600 heridos y daños materiales calculados en 2 millones de dólares, las autoridades aún continúan investigando el origen de la falla geológica. ¿Se trató de un movimiento natural de la tierra, o de algo provocado por el hombre? Los estudiosos aún no se ponen de acuerdo al respecto.
     Sergio Victonte, Secretario de Minería y Recursos Naturales de la Provincia, descarta que el enorme hundimiento del suelo, que dejó un cráter de más de dos kilómetros de diámetro, se explique por un colapso de la mina de plata excavada en la base del Monte Herodes. “Si bien las galerías de la mina quedaron sepultadas bajo esta inesperada falla, los trazos de los antiguos mapas no coinciden con el epicentro del cráter. De hecho, estamos seguros que las excavaciones de la mina no se encontraban debajo del pueblo, sino que éstas se orientan hacia la base del Herodes”.
     Otra explicación posible viene del lado del río subterráneo que cruza el pueblo en dirección norte- sudeste, y que desemboca en el acuífero principal del Puelches. ¿Hubo algún movimiento sísmico que desvió la corriente del río, y que provocó que los conductos bajo tierra colapsaran? Los investigadores se encuentran discutiendo sobre este tema, y prometieron reflejar sus conclusiones en las próximas horas.
     Lo cierto es que el testimonio de los sobrevivientes se multiplica. Muchos de ellos juran haber escuchado, instantes antes de que el piso cediera, una detonación seca bajo sus pies, por lo que la teoría de que el desastre ha sido obra del hombre aún no se encuentra del todo descartada…

2

Quiroga sacó una bengala del bolso impermeable y la encendió. Retrocedió un par de pasos. Se agachó para recoger algo. Dan se dio cuenta, horrorizado, que se trataba de una babosa bebé. Su cuerpo gelatinoso y uniforme no debía ser más grande que una pelota de fútbol. Los tentáculos eran transparentes y muy finos. Se enroscaron alrededor del brazo de Quiroga y luego algo, un quejido, escapó de algún lugar de su pequeño cuerpo.
     El aluvión de babosas se había detenido en la entrada. Como para acentuar la amenaza, Quiroga acercó la bengala al cuerpo del bebé, que de inmediato trató de trepar por sus hombros.
     -Si no se detienen ahí mismo, hijas de puta, juro que les quemo al mocoso. Lo entienden, ¿verdad?
    Las babosas, en efecto, parecieron entender. Sus tentáculos se agitaban furiosos, pero no se atrevían a avanzar más allá de unos pocos metros de la caverna. El hedor que emanaban era insoportable. Dan comenzó a sentir arcadas. Echó un vistazo a Liana, que se encontraba acurrucada al lado del hijo de Quiroga. Sus ojos estaban hundidos y tenía un horrible color en el rostro. Los labios se movían como si dijera algo, por lo que Dan se acercó para escucharla.
     Mientras tanto, las criaturas parecían deliberar. O simplemente esperaban. Cuando la bengala comenzó a extinguirse, Quiroga de inmediato encendió otra, y cuando ésta también se apagó, el hombre hizo la siguiente advertencia:
     -No voy a encender más de estas; sólo tengo unas pocas. Pero puedo verlas, malditas- señaló la bola azulada que, débilmente, apoyada en una roca, iluminaba el interior de la caverna-. En cuanto vea que uno de sus asquerosos tentáculos avanza un centímetro más, juro que achicharro al bebé.
     Las babosas no respondieron, tampoco dijeron nada. Simplemente permanecían en la boca de la caverna, sellando con sus cuerpos gelatinosos la entrada de piedra, como si quisieran asegurarse de que nadie vivo saldría de allí. Dan acercó el oído a los labios partidos de su mujer, para poder escuchar lo que ésta decía. Pero Liana se había sumergido en una especie de intranquilo sopor y ya no murmuraba más nada. A su lado, el chico de Quiroga parecía un tétrico muñeco; los ojos le brillaban como obsidianas, y una espuma reseca cubría los alrededores de la boca.
     Pasaron unos minutos. Unos largos y pesados minutos. Nada en la caverna había cambiado. Quiroga se había plantado frente a las criaturas y no se movía de su sitio, casi ni parecía respirar. La babosa bebé le trepaba por el brazo, por el hombro, y cada tanto lanzaba un quejido que inquietaba aún más a las criaturas. Dan se arrodilló frente a Liana y la sujetó por la cabeza. Comenzó a acariciarle el pelo, al tiempo que se preguntaba si Quiroga tendría algún plan, alguna treta que los sacara de allí. Miró hacia atrás, hacia el sitio donde, según el barbudo, se encontraban las babosas viejas y a punto de morir. Unos tentáculos débiles y estremecidos asomaban de una especie de fosa cubierta de agua turbia. Era imposible saber cuántos de esos bichos había allí, pero al parecer Quiroga había tenido razón: no representaban ningún peligro para ellos.
      Liana se removió en sueños y murmuró algo. Dan le acarició el cuello y la cara y la mujer pareció tranquilizarse.
     Las babosas comenzaron a emitir un zumbido.
     -¿Qué hacen?- se inquietó Quiroga. Encendió otra bengala y la acercó al cuerpo del bebé, que de inmediato trató de escurrirse por entre sus manos-. ¿Qué piensan hacer? ¡Mataré a esta cosa! ¡Lo juro!
     -Cálmese- dijo una voz en la oscuridad.
     Ambos hombres miraron hacia el origen de la voz. Una figura emergía de entre el tumulto de las babosas. Era un humano, un anciano que Dan había visto en la orilla del río, instantes antes de que emprendieran la huida.
     -Abel- dijo Quiroga-. No avance un paso más, viejo traidor.
     -Las criaturas quieren negociar, mi estimado- dijo el anciano, deteniéndose a una distancia prudente. Tenía una curiosa voz nasal, y enseguida, cuando Quiroga alzó la bengala, se dieron cuenta por qué: un par de tentáculos se introducía por los orificios de su nariz, como dos repugnantes cánulas de oxígeno. Otro tentáculo, éste mucho más grueso, se enroscaba alrededor de su cuello, y otros tantos en el cuerpo y los brazos. Casi parecía un títere de carne y hueso… y Dan, que mucho no entendía la situación, se dio cuenta de que la comparación no distaba mucho de la realidad.
     -La vida del bebé, por la liberación de Lucas- dijo Quiroga, quien no parecía muy impresionado por el tétrico (y, en cierta manera, estrafalario) aspecto de Abel. Miró hacia atrás y señaló a Dan-. Y por la de mi amigo, y su mujer.
     Abel no dijo nada, sólo quedó mirando al vacío, mientras las criaturas se debatían y zumbaban y emitían sonidos viscosos. Al fin, como si alguien le hubiese susurrado alguna indicación al oído, el anciano asintió y dijo:
     -Nadie puede salir de aquí. Mucho menos Lucas. Lo necesitamos.
     -Pues entonces tendré que achicharrar al bebé.
     Más zumbidos y ruidos de tentáculos que se entrelazaban y golpeaban las paredes.
     -Si lo haces, tú, tu amigo y su mujer morirán.
     -El bebé también. No lo olviden.
     Otra pausa. Parecía una confrontación que se llevaba a cabo en otros niveles, como cuando dos ajedrecistas se enfrentan en silencio frente al tablero. Dan pensó que podrían estar mucho tiempo así, negociando una situación que podía tener ganadores y perdedores por partes iguales. Pensó que era hora de jugar nuevas cartas.
     -Diles que yo tampoco voy a subir. Sólo Lucas y mi mujer. Eso hará las cosas un poco más parejas.
     -Las babosas no te quieren aquí- dijo de inmediato Abel-. No formas parte de sus planes.
     -¿Escuchaste eso, Dan?- dijo Quiroga alzando las cejas-. No das el perfil, lo siento.
     Muy a su pesar, Dan se encontró riendo con Quiroga. Sabía que no era una risa de felicidad, sino algo más bien similar a una risa de loco, que podía trastocarse en un nervioso llanto en cualquier momento. “Jesús”, pensó mientras ahogaba la risotada. “Si salimos de aquí, iremos derecho al psiquiátrico”.
     -Creo que no pasé el test de personalidad- dijo, y de inmediato tuvo que ahogar un hipido de risa que le surgió desde lo profundo del pecho-. La babosa de relaciones laborales dijo que no servía para el puesto…
     Quiroga trató de contenerse, pero luego su cuerpo se convulsionó y lanzó la risotada. Dan no tardó en secundarlo y muy pronto las lágrimas corrían por sus mejillas cubiertas de polvo. Pensó que se encontraban al borde de la histeria, si no lo estaban ya, y que debían detenerse antes de que la situación se desbordara por completo. Pero luego recordó lo que había dicho el viejo, eso de que él no formaba parte de los planes de las babosas, y un nuevo acceso de risa hizo que su cuerpo se doblara en dos.
     Abel los observaba con el ceño fruncido. A sus espaldas, las criaturas brillaban bajo la luz de las bengalas.
     -Cállense- dijo Abel.
     Esto, por algún motivo, desató la hilaridad de los hombres, que aullaron y se aferraron sus estómagos. “Esto no está bien”, pensaba Dan. “Estamos perdiendo el control. Estamos…”
     Sin embargo, no podía parar. Quiroga, aparentemente, tampoco.
     -¡He dicho que se callen!
     -¿Dan?
     De inmediato interrumpió la risa. Liana había abierto los ojos y lo observaba con atención. La lucidez era patente en su mirada. Era como observar una gran ventana con todos los cristales lustrados hasta la perfección. Hacía años que Dan no le descubría una mirada así, y creyó saber lo que esto significaba. Acarició suavemente su rostro y lo atrajo hacia sí, como si fuera a besarlo.
     -Soy yo, amor, sí. ¿Cómo te sientes?
     -Estoy muriendo.
     Dan negó con la cabeza. De reojo vio que Quiroga también se calmaba y miraba en dirección suyo, pero de repente nada de esto le importaba ya. Lo que importaba era Liana. Su rostro… parecía resplandeciente. Como si Liana de repente hubiese rejuvenecido unos diez años. Volvió a negar con la cabeza y dijo:
     -No digas estupideces.
     Pero sabía que era cierto. Había visto esa misma mirada lúcida en los ojos de su madre, minutos antes de que ésta falleciera de un cáncer de pulmón en la sala blanca de un hospital oncológico.
     -No importa- dijo Liana-. He estado muy mal… He soñado.
     -¿De verdad?
     Liana tragó saliva. Sus ojos se desviaron durante unos segundos hacia Quiroga, y luego regresaron para contemplar el rostro pálido y desencajado de su marido.
     -Soñé con ese hombre.
     -¿Con Quiroga? Pero si no lo conoces. ¿Estás segura?
     -También soñé contigo- dijo su mujer, sin prestarle atención. Y algo en su interior cambió al agregar:- Y también con Amanda.

Capítulo 24

Nota: El presente capítulo, si todo sale según lo planeado, es el antepenúltimo, o sea que quedan dos más aparte de éste. Sin embargo, como el próximo viernes es Noche de Brujas, momentáneamente dejaré la novela de lado para publicar una historia nueva, que conmemorará dicha celebración. Y después sí, el martes que viene seguiremos con "Un Largo Viaje a la Oscuridad". Saludos.

Capítulo 24

1

El grupo permaneció silencioso durante unos instantes, observando a los hombres que se alejaban cuesta arriba (y que se llevaban a un Eugenio inconsciente), hasta que uno de ellos se movió. Se trataba de Biglieri, a quien Quiroga mentalmente llamaba: “El Tira-Piedras”. Soltó un grito de rabia y fue en pos de los hombres que escapaban. Alrededor de veinte segundos después, las primeras criaturas emergieron del río y comenzaron a reptar sobre las piedras humedecidas de la orilla, moviéndose en dirección a Quiroga y Dan. Algunos de los miembros del grupo, como por ejemplo Kathia, que era relativamente nueva allí abajo, retrocedió un par de pasos e hizo ademán de huir. Pero antes de que pudiera lograr su cometido, Abel la retuvo de un brazo.
-No te muevas- dijo-. Ellas están de nuestro lado. No nos harán daño.
La chica asintió, sin mucha convicción, tragando saliva. ¡Cuántas criaturas había! ¡Y qué hedor emitían! Salían de las aguas y se arrastraban por las piedras de la orilla, dejando un rastro de baba amarillenta detrás de sí. La superficie del río, habitualmente calma y con apariencia estancada, ahora bullía de tentáculos que se acercaban rápidamente a la costa. Algunas de las criaturas, grandes y altas como coches, pasaron a su lado y uno de sus tentáculos la golpeó en la pierna, haciéndola caer. Kathia gritó y de inmediato Lucía, que era otra de las mujeres del grupo, la ayudó a levantarse.
-Será mejor que salgamos de su camino- susurró Lucía.
Se subieron a una roca y se limitaron a mirar. Los otros integrantes del grupo hicieron lo mismo, retrocediendo hasta ubicarse en terreno seguro. Ninguno de ellos, excepto quizás el supervisor, había visto tantas criaturas juntas; el espectáculo los conmovía y los llenaba de repulsión al mismo tiempo. Las babosas parecían furiosas y se movían a una velocidad aterradora. Algunas pasaban por encima de las demás y sus tentáculos se entrecruzaban, pero nunca detenían la marcha. Los ruidos viscosos llenaban la cueva y hacían que los dientes de Kathia rechinaran. Iban en pos de Quiroga y del otro hombre vestido con traje de buzo. Kathia pensaba que les darían caza en menos de un minuto. Y luego… sólo Dios sabía lo que podía pasar luego.
-Los matarán- dijo Lucía, como adivinando sus pensamientos-. Tratarán de recuperar a Eugenio…
Kathia la miró pero no dijo nada. No creía que las babosas sintieran tanto aprecio por Eugenio como para moverse en masa así. De hecho, tenía la secreta convicción de que las criaturas los despreciaban. A todos y a cada uno de los humanos que habitaban en esa cueva. Pero es que habían parecido tan convincentes allá arriba… prometiéndole el fin de sus sufrimientos y augurándole una vida llena de felicidad y plenitud… y Kathia, ciega como se encontraba por sus padecimientos con la droga y una profunda depresión, les había creído. Se había dejado conducir allá abajo… pero sólo para encontrarse con una condición de vida muy precaria, de la cual para colmo era imposible ya escapar. ¿Y por qué había puesto tan poco empeño en regresar a la libertad, a la vida de la superficie? La respuesta más fácil era el miedo, ¿no? Miedo por el supervisor Eugenio, que podía ser muy cruel cuando se lo proponía, o cuando las circunstancias así lo requerían. Miedo por las criaturas mismas, y por sus mismos compañeros, o al menos algunos de ellos, que parecían dispuestos a denunciar el mínimo intento de rebelión. Era como un círculo de miedo, en el cual cada uno se miraba con desconfianza y trataba de congraciarse con las criaturas y con el supervisor para lograr salvar el pellejo propio. Era por eso que había habido tan pocos intentos de escape. Lo de aquella chica que casi se había ahogado había sido posible porque: a) en ese momento Eugenio no era el supervisor, y b) porque casi nadie creía que en realidad pudiese lograrlo.
¿Y la otra explicación, además del miedo? Esa quizás era la más dolorosa, la más difícil de aceptar. Y tenía que ver con la resignación y el conformismo. Con la adaptación forzosa a una situación que, si bien no era la mejor, al menos no era lo suficientemente grave como para pensar que uno estaba en el fondo. Kathia pensaba que ese sentimiento era más común de lo que la mayoría de las personas se atrevía a reconocer. Después de todo, ¿cuántas personas había allá arriba, en la superficie, que mantenían trabajos que no les gustaban, parejas que no amaban, situaciones que nunca jamás hubiesen llegado a imaginar, y todo ello por el simple conformismo que derivaba del peso entumecedor de la rutina? 
Miedo. Conformismo. Resignación. Eran grandes debilidades la humanidad, la fórmula del cobarde, y las criaturas habían sabido aprovecharla en beneficio propio, vaya que sí.
Vio que Lucía trastabillaba y trató de agarrarla, pero de repente la mujer fue arrastrada hacia la masa de criaturas reptantes.
-¡Lucía!- gritó la chica.
Lucía gritaba. Tenía las piernas enredadas en infinidad de tentáculos. Una de las criaturas abrió su boca y comenzó a tragarla, sin detener su marcha. Los brazos de Lucía se movían en todas direcciones, buscando un inexistente punto de resistencia. Su boca era una gran “O” de sorpresa y horror.
-¡Lucía, no!- volvió a gritar Kathia-. ¡Déjenla, malditas!
Pero la mujer había desaparecido entre la negra y húmeda manada de babosas. Vio que a otros integrantes del grupo les sucedía lo mismo; también vio a Abel, rodeado de tentáculos y lanzando risotadas. “¿Por qué está riendo?”, pensó. “¿Por qué el maldito está…”
Sintió que unos tentáculos se le enredaban entre las piernas y la arrastraban. Kathia trató de resistirse y agarrarse a la roca, pero era como luchar contra una avalancha de lodo corriendo colina abajo a toda velocidad. Los estaban llevando consigo. Las criaturas no iban a permitir que ellos se quedaran de brazos cruzados: querían que intervinieran en el asunto. ¿Pero cómo? ¿Acaso quería que mataran a los dos hombres? ¿Acaso…
Ya no pudo seguir pensando: los tentáculos le rodearon el cuerpo con brutalidad, sin ningún tipo de miramientos, y una boca oscura y húmeda comenzó a sumergirla en las tinieblas de su interior.

CAPÍTULO 23



1

En la oscuridad de la caverna de las babosas, el cuerpo fláccido de Quiroga se estremeció y giró sobre sí mismo.
Como un péndulo, colgaba de los tentáculos de una enorme criatura, mezcla de madre y líder guerrero, que sujeta a las rocas del techo introducía un apéndice dentro del cuerpo del hombre y hablaba dentro de su mente. Otras cien o más babosas los rodeaban. Estaban pegadas a las paredes, a los techos, apoyadas en cada saliente e introducidas en cada grieta, formando entre sí una masa abigarrada y gelatinosa que parecía extenderse hasta los confines mismos de la oscuridad. Sus tentáculos, sus miles de tentáculos oscuros y resbaladizos, se agitaban en el aire y se entrelazaban entre ellos como serpientes en busca de calor, enroscándose en las piedras y en las estalactitas, y también en las piernas y brazos de Quiroga.
Y Quiroga escuchaba.
Escuchaba a las criaturas, escuchaba sus palabras hipnóticas y susurrantes, atrayentes e irresistibles, como una melodía demasiado terrible y hermosa para dejar de escucharla siquiera durante unos breves instantes.
Las criaturas le contaron de sus planes.
De sus deseos.
De lo que esperaban de él.
De lo que planeaban hacer con la gente ahí abajo.
Y lo que era peor, lo que en cierta manera no podía evitar pese a que luchaba conscientemente contra ello: Quiroga comenzó a creerles.
Las palabras de las criaturas tenían sentido y lógica. Era difícil rechazar sus argumentos. “Queremos lo mejor para ti”, le decían las criaturas. “Queremos que los humanos aquí abajo tengan la mejor vida posible…”.
“QUEREMOS QUE VIVAS CON TU HIJO EN PAZ Y ARMONÍA. QUEREMOS QUE ENMIENDES LOS ERRORES DE TU PASADO Y TE CONVIERTAS AL FIN EN EL PADRE HONRADO Y BENEFACTOR QUE SIEMPRE HAS DESEADO. PODEMOS CONCEDERTE ESA OPORTUNIDAD”.
“¿Pero cómo? ¿Nos dejarán salir? ¿A Lucas y a mí?”.
“NO PODEMOS HACER ESO. NO PODEMOS DEJAR MARCHAR A NADIE. PERO TE HEMOS ESTADO OBSERVANDO. DURANTE LOS ÚLTIMOS AÑOS. VIMOS TU ESPÍRITU DE LUCHA Y TU VOLUNTAD INQUEBRANTABLE. ADMIRAMOS ESAS CUALIDADES EN LOS HUMANOS”.
Quiroga meditó sobre estas palabras. Había algo que estaba mal en el discurso, que desencajaba, pero él no podía darse cuenta de qué. Su cabeza… su cabeza pesaba tanto…
“¿Estuvieron observándome? ¿Todos estos años? ¿O sea que sabían que yo quería encontrarlos?”.
“CLARO QUE SABÍAMOS. ESTUVISTE CERCA, MUY CERCA DE ENCONTRARNOS… Y FUE POR ESO QUE DECIDIMOS IR A TU ENCUENTRO. YA ESTABAS PREPARADO”.
En su mente, Quiroga emitió un bufido de perplejidad.
“¿Es decir que, cuando encontré a uno de ustedes, fue porque ustedes lo planearon así?”.
“ENVIAMOS A UNO DE LOS NUESTROS A TU ENCUENTRO, SÍ”.
“¡Pero lo maté! ¿Es que acaso no lo saben?”.
“ENVIAMOS A UNO DE LOS NUESTROS QUE ESTABA MUY ENFERMO, Y QUE DE TODAS MANERAS IBA A MORIR MUY PRONTO”.
“¿Pero por qué?”.
“PORQUE TE NECESITAMOS”, dijo otra voz, esta diferente a la que hasta entonces había hablado con él. Y, como si se tratara de una señal, decenas de voces comenzaron a hablar dentro de su cabeza, superponiéndose entre sí, mezclándose como se mezclaban sus tentáculos, aunque las palabras resultaban a sus oídos inexplicablemente claras e inequívocas:
“NECESITAMOS QUE LIDERES A LOS HUMANOS…”
“NECESITAMOS ALGUIEN CON TU ARROJO Y VALENTÍA…”
“TU LEALTAD…”
“PRONTO SEREMOS MÁS…”.
 “NO TIENES NADA ALLÁ ARRIBA…”.
“AQUÍ ABAJO PODRÁS TENERLO TODO…”.
 “NOS EXPANDIREMOS Y FORMAREMOS MÁS COLONIAS…”.
“NECESITAREMOS MÁS HUMANOS…”.
“LUCAS ES BUEN LÍDER PERO SU JUVENTUD LO TRAICIONA…”.
“TÚ SERÁS MEJOR Y LO GUIARÁS HACIA ESTA NUEVA ETAPA…”.
“ERES, SIEMPRE HAS SIDO EL INTEGRANTE NÚMERO DIEZ”.
Las criaturas callaron al unísono. Se hizo un largo silencio que sólo fue roto por el zumbido de aquella misteriosa maquinaria en las profundidades de la cueva. La mente de Quiroga era un torbellino. ¿Cuánto de cierto había en las palabras de las criaturas? ¿Y si resultaba que todo era una gran verdad, la ÚNICA verdad? Se sentía incapaz de pensar con claridad. Había algo… algo que se le estaba escapando…
“TAMBIÉN CONOCEMOS TU NECESIDAD”.
“TU DESEO”.
“TU CUERPO TE LO PIDE”.
“Y TU MENTE TAMBIÉN”.
Quiroga frunció el ceño. ¿Sería posible que supieran eso también? ¿O era una trampa?
“¿De qué están hablando?”, trató de ganar tiempo. “¿Qué es lo que yo quiero?”.
“SABES MUY BIEN DE LO QUE HABLAMOS”.
“PODEMOS OTORGÁRTELO”.
“SABEMOS LO MUCHO QUE LO QUIERES”.
Por supuesto que lo sabían. En el momento en que le habían introducido ese tentáculo dentro del cuerpo, habían indagado dentro de él, descubriendo todas sus virtudes pero también sus debilidades. No tenía sentido negarlo: ellas sabían lo de la droga, la que había dejado en el refrigerador del sótano, la que Quiroga consumía regularmente desde el último año y medio, desde que había salido de la cárcel. Con sólo pensar en ella, su mente se estremeció de avidez y sus puños se cerraron con fuerza, hasta palidecer sus nudillos. Sabía que aún no sentía todo el peso de la abstinencia porque había probado la droga alrededor de veinticuatro horas antes, antes de salir hacia la mina con Dan, pero si seguía sin consumirla durante unas pocas horas más…
La angustia lo invadió y le hizo cerrar fuertemente los ojos. Estaba atrapado. En todos los sentidos posibles. Y lo peor de todo era que las criaturas lo sabían, y trataban de manipularlo utilizando este conocimiento. Si aquello fuese una partida de ajedrez, estaría a sólo un movimiento del jaque mate.
Sus puños se contraían y se aflojaban, se contraían y se aflojaban.
“¿QUÉ DICES?”.
“NECESITAMOS TUS RESPUESTAS”.
“PODEMOS CONSEGUIRTE LA SUSTANCIA QUE TANTO ANHELAS”.
“AHORA MISMO”.
“PODRÁS VIVIR CON TU RETOÑO AQUÍ ABAJO DURANTE MUCHOS AÑOS”.
“Y TODOS TUS SUFRIMIENTOS DESAPARECERÁN….”

"Un Largo Viaje a la Oscuridad" (Últimos Capítulos)

Nota: Por si alguien se lo perdió, el martes pasado publiqué el capítulo 21. He aquí el link:
http://www.666cuentosdeterror.com/2014/10/un-largo-viaje-la-oscuridad-capitulos_14.html
Es muy importante que lean ese capítulo antes de seguir con el actual, porque: a) Revela información muy importante; b) Es uno de mis capítulos favoritos. 
¿Listos? Bueno, ahora sí pasemos al:

Capítulo 22

     No le costó mucho adaptarse al medio acuático. Era tal cual había dicho Amanda: sólo había que respirar por la boca, como si estuviera resfriado y con la nariz tapada, y utilizar los brazos lo mínimo e indispensable para ahorrar energía. Del resto, se encargaban el suministro de oxígeno y las patas de rana. Dan comenzó a darse cuenta de que debió haber buceado mucho antes; pese a la tensa situación, y a la temperatura del agua (de una frialdad tal que lograba colársele un poco a través del traje de neoprene), se trataba de una experiencia totalmente gratificante. Si lo hubiese intentado en otro medio, en otras circunstancias… sin dudas lo hubiese disfrutado muchísimo.
     Ahora iba concentrado en seguir los pasos (mejor dicho, los pataleos) de Arreaga. El muchacho había sido bastante metódico en su trabajo y prácticamente no quedaba ningún accidente del río sin identificar. Lo único que debían hacer era seguir una larga soga de nylon, perfectamente tensada y asegurada en las rocas, que se perdía en la oscuridad de más adelante. Las zonas donde el río se bifurcaba estaban señaladas con un banderín de plástico rojo, atado con una soga a las piedras de las paredes. Lo mismo con las trampas, que eran como telarañas extendidas entre dos paredes, aunque éstas estaban señaladas con un banderín verde. Las linternas sumergibles apenas si lograban horadar la oscuridad de las galerías inundadas; cada tanto, para sorpresa de Dan, iluminaban algunos pececillos blancos o algún que otro crustáceo de color transparente, que rápidamente se ocultaba entre las grietas de la pared.
     El silencio era otra cosa que lo conmovía. Ni siquiera el burbujear del regulador de aire parecía alterar aquel silencio extático, hermético, que debía tener millones de años de antigüedad.
     A medida que se iban internando, en forma horizontal, en las heladas profundidades del río, la sorpresa y la serenidad de Dan dio paso a un leve pero progresivo desasosiego. No supo en qué momento ocurrió, pero una vez que se dio cuenta de ello, fue imposible quitárselo de la cabeza. Las galerías parecían estrecharse cada vez más. El imaginario peso del agua y de la roca comenzó a hacer mella en sus sentidos. Doblaron por un recodo y Arreaga, mirando hacia atrás, le preguntó mediante señas si se encontraba bien. Dan respondió con la clásica señal de la “O” dibujada con los dedos índice y mayor, aunque tenía sus dudas. Arreaga, sin darse cuenta de nada, siguió nadando. Dan se aferró a la soga y se impulsó detrás de él. Al llegar a una especie de arco de piedra, unos metros más adelante, creyó ver un reflejo plateado que desaparecía con rapidez en la oscuridad, pero no prestó demasiada atención porque estaba concentrado en repeler el sentimiento de claustrofobia que, ahora sí, había comenzado a instalarse en sus nervios. Las galerías se estrechaban y eso, estaba seguro, no era parte de su imaginación: cada tanto, cada diez metros o así, los tanques de oxígeno sujetos a su espalda rozaban contra el techo de la cueva, arrancando un sordo y vibrante sonido metálico. “Esto no pasaba antes”, pensaba una y otra vez. “Antes había más espacio para nadar. El río se está estrechando”.
     Luchó contra la necesidad de detener a Arreaga. El muchacho se movía con total desenvolvimiento en la cueva, como si la hubiese explorado miles de veces, y eso debía transmitirle una sensación de seguridad, pero lo cierto era que no ocurría nada de eso. ¿Y si el muchacho estaba demasiado confiado? ¿Y si el río, por efecto del peso de la tierra, se había aplastado un poco desde la última exploración, y ellos quedaban atascados en algún oscuro pasaje de aquel interminable laberinto, luchando por salir y ahogándose poco a poco?

"Un Largo Viaje a la Oscuridad" (Capítulos Finales)

Capítulo 21

1

En silencio, regresaron al pozo. Ayudaron a Dan a ponerse el equipo mientras Amanda le explicaba los conceptos básicos del buceo. Le explicó lo de la presión, que podía ocasionarle molestias en el oído y ligeros vértigos al principio; le enseñó a leer el manómetro; le advirtió sobre el regulador, que en caso de falla se abría y dejaba escapar todo el aire; lo situó en materia de respiración, pataleos profundos, brazadas mínimas, todo ello orientado a la máxima preservación del oxígeno en los tanques. Mientras tanto, Arreaga controlaba los tres equipos e introducía algunos consejos cuando lo consideraba necesario. Dan había llegado a la conclusión de que Arreaga era de esos tipos que al principio parecían callados y tímidos, pero que luego de alcanzado cierto nivel de confianza, les resultaba imposible mantener cerrada la boca durante demasiado tiempo. Pensó que era un tipo solitario y muy inteligente. El muchacho no dejaba de observar a Amanda con esa mirada arrobada y al mismo tiempo triste, como si admirara profundamente su belleza, pero al mismo tiempo se diera cuenta de que era incapaz de alcanzarla.
-Usted está loco, Dan- dijo en cierto momento-. Tiene cero experiencia en buceo… y piensa iniciarse en un río subterráneo. Rematadamente loco…
Cuando estuvieron listos, decidieron bajar en el siguiente orden: primero Arreaga, que los guiaría a través del río, ayudado por las cuerdas, y de paso los alertaría sobre las redes que había dejado en distintos tramos del laberinto acuático, luego Dan, que como era el inexperto del grupo necesitaba ser custodiado por delante y por detrás, y cerrando la marcha, y contradiciendo el viejo dicho que proclamaba primero las damas, iría Amanda.
-No perdamos más tiempo, bajemos ahora- se impacientó Dan.
-¿Qué es eso que lleva en el bolso?- preguntó Arreaga, señalando el bolso impermeable de Dan, que éste traía bajo el brazo.
-¿Esto? Por si necesitamos defendernos de las criaturas.
-¿Qué es?
Dan se encogió de hombros, como si el asunto no interesara demasiado. Pero Arreaga no estaba dispuesto a dejarlo pasar tan rápido.
-Si es lo que yo creo que es, está totalmente loco. No puede detonar ningún explosivo allá abajo. Nos mataría a todos, ¿entiende?
-Lo entiendo, Arreaga, no soy estúpido. Pero me siento mucho más tranquilo si llevamos algo de dinamita con nosotros. Las armas de fuego no sirven de mucho, así que…
-¿De dónde las sacó?
-Quiroga- dijo Dan, como si eso explicara todo.
Arreaga negó con la cabeza, evidentemente exasperado.
-Pensé que, siendo usted profesor, iba a ser más coherente que el otro viejo. ¿De verdad cree que, en el caso de que logremos encontrarnos con una de las criaturas, la dinamita pueda sernos útil para algo?
Dan tuvo la visión de la mantarraya pegada a la pared de la mina, introduciendo inadvertidamente el tentáculo dentro de su boca, al tiempo que le susurraba: “Ven… ven conmigo”.
-No. Pero al menos, quiero asegurarme de que no me capturarán vivo. Si hubieses estado en mis zapatos, entenderías por qué.
-¿Están bromeando, verdad?- dijo Amanda a sus espaldas.
Los dos hombres se dieron vuelta para mirarla. La chica había palidecido y Dan comprendió que, quizás por primera vez, había tomado consciencia de los peligros en los cuales irían a meterse. Tal vez había pensado que aquello sería una excursión romántica a un lago subterráneo, donde podrían charlar amigablemente y luego quizás darse unos besos bajo la luz de la linterna. Amanda podía tener el cuerpo de una mujer madura y terriblemente sensual, pero en el fondo seguía siendo una chiquilla. Después de todo, pensó Dan, a los veinte o veintidós años, ¿quién no lo era?
Y ahora que hablaban de dinamitas y de ataques y de locuras similares, la idea ya no debía parecerle tan atractiva. A la edad de Amanda uno generalmente nunca pensaba en la muerte, pero la cosa con seguridad cambiaba cuando veías dinamita dentro de un bolso, y te encontrabas a punto de sumergirte en un pozo tan negro como la brea.
Dan, que comprendió todo esto en un segundo, avanzó unos pasos y tomó a Amanda por los hombros. Por un instante pensó que la besaría, y de hecho Amanda pareció creer lo mismo, porque sus ojos se entrecerraron un poco y le rodeó la cintura con ambas manos. Pero lo que él finalmente terminó haciendo fue apartarle, con ternura, un mechón de cabello que caía sobre su rostro.
-Espérame aquí, Amanda. No arriesgues tu vida por algo así.
-Pero es que… yo no quería fallarle. No quiero dejarlo solo.
-No estoy solo- dijo Dan, señalando al joven Arreaga-. Me las arreglaré. De verdad.
-¿Promete que volverá?
Dan le acarició el pelo durante un momento más, con una sonrisa abstraída, y luego se apartó.
-Trataré de que todo salga bien. Quizás ni siquiera encontremos una sola de esas cosas.
Pero la chica lo volvió a atraer hacia sí, poniéndole una mano en el antebrazo, y lo obligó a mirarla.
-Si regresa… yo estaré aquí, esperándolo. Lo sabe, ¿verdad?
-Claro, Amanda. Muchas… muchas gracias…
Antes de que pudiera hacer algo para evitarlo, la chica tomó su rostro con ambas manos y lo acercó al de ella. Pero en vez de besarlo en los labios, lo hizo en su frente, y luego lo abrazó fuertemente durante un momento que resultó lo suficientemente largo como para que Dan se sintiera reconfortado, pero no tanto como para que ambos terminaran incómodos.
Dan se apartó, sin decir palabra, y se encaminó al pozo. Arreaga, que había contemplado la escena con expresión pensativa, se acercó a la chica.
-Sé que apenas nos conocemos- dijo el joven, tartamudeando-. Pero yo también quisiera… despedirme…
-No seas ridículo- dijo Amanda, cortante, y dio media vuelta en dirección a la casa abandonada, donde se sentó en el porche.
-Al menos lo intenté- dijo Arreaga, suspirando.
-La próxima vez lo harás mejor- aseguró Dan, distraído, mientras observaba la escalera que descendía hacia las profundidades. Otra escalera. Otra maldita escalera.
-Esta loca por usted, amigo. Lo sabía, ¿no?
-Creo que sí- murmuró Dan, comprobando por enésima vez el nivel de oxígeno de sus tanques, tal como le había enseñado Amanda.
-Si yo fuera usted, ni siquiera me arriesgaría a bajar. Me olvidaría de todo y empezaría una nueva vida con esa diosa infernal. Jesús, si yo sólo tuviera una oportunidad…
-Bajemos, ¿sí? No puedo esperar todo el día.
El joven asintió, de repente serio. Se encaramó en la escalera y comenzó a bajar, con mucho cuidado, pues, tal como muy pronto lo comprobó Dan, los escalones estaban podridos y resbaladizos por el musgo.
Mientras descendía, Dan volvió a recordar las palabras de Quiroga, que tanto lo habían molestado la noche anterior:
“¿Ama usted a su mujer, lo suficiente como para arriesgar su vida por ella?”.
Sacudió su cabeza, como si con este simple gesto también pudiera apartar los pensamientos, y siguió bajando.
Muy pronto llegaron al nivel del agua, que olía a barro y parecía sorprendentemente límpida. Antes de sumergirse, y siguiendo un súbito instinto, miró hacia arriba. Vio el rostro pálido de Amanda, recortado contra un cielo cargado de nubes y progresivamente oscuro, como si se aviniera una tormenta. La chica no dijo nada, sólo lo miraba, y Dan le devolvió la mirada durante unos segundos y luego se puso el regulador en la boca y desapareció en las frías aguas del pozo.

2

“ES NECESARIO QUE VEAS. ES NECESARIO INSTRUIRTE SOBRE LA VERDAD”.
Quiroga se debatía furioso. Pero sólo en su mente, porque su cuerpo se encontraba totalmente paralizado, colgado de los tentáculos de la criatura pegada al techo de la caverna. Sus pies se balanceaban a unos treinta centímetros del suelo, como los de un ahorcado. Sus brazos colgaban fláccidos a ambos costados del cuerpo, mientras que uno de los tentáculos, que era transparente y un poco más grueso que los demás, lentamente se introducía por su boca, hasta llegar a la parte baja de los intestinos.
Sin embargo, Quiroga no dejaba de luchar y de soltar imprecaciones. Una parte de él sabía que aquello era inútil, que sólo lograba agotarlo emocionalmente, pero por otro lado, era incapaz de concebir otra respuesta que no fuera la lucha. Durante muchos años se había entrenado para ello. Y ahora era incapaz de bajar la guardia, pese a que la voz hacía lo imposible para hacerse escuchar.
“DEBES TRANQUILIZARTE. DEBES SABER QUE NO QUEREMOS HACERTE DAÑO”.
“Sáquenme de aquí”, fue la respuesta mental de Quiroga. “¡Sáquenme de inmediato de aquí, y retira ese asqueroso tentáculo de mi boca”.
“ES NECESARIO QUE MIRES”, insistió la criatura. “QUE MIRES TU VIDA PASADA… Y LA DE TU PROPIO HIJO”.
Esto hizo que Quiroga dejara de inmediato de luchar. Sus ojos se abrieron desmesuradamente, y un gemido gutural, mezcla de miedo y tristeza, escapó de su garganta.
“¿Mi hijo? ¿Has dicho mi hijo?”.
“TU HIJO LUCAS”.
Quiroga pensó. Pensó durante una eternidad, aunque quizás sólo pasaron unos segundos en la vida terrestre.
“Él… él no me reconoce”, dijo al fin. “O no quiere hacerlo. Porque es él, ¿verdad? Ese muchacho llamado Eugenio… es mi hijo, ¿no? ¿O acaso ya me volví loco? Contesta, maldita babosa”.
“ES ÉL. SABES QUE ES ÉL”.
“¿Y entonces por qué lo niega? ¿Por qué…”
“ESO ES LO QUE VERÁS A CONTINUACIÓN”, dijo la criatura, y de inmediato, en el cerebro de Quiroga, hubo una especie de blanca y cegadora explosión y de repente se encontró viajando hacia el pasado, hacia una vida completamente diferente a la que había llevado durante los últimos siete años. Se vio en la antigua casa, que todavía lucía un jardín esplendoroso y no tenía una sola resquebrajadura en su fachada impecablemente pintada de blanco, y vio a Lucas, todavía un chiquillo de cinco o seis años, jugando con su triciclo en el patio. Pudo también sentir los olores: el césped recién cortado, el olor a comida que salía por la ventana, el olor de la lluvia y de los naranjos en flor de la calle… y también vio a Dora, recostada contra la mesada de la cocina y amasando fideos caseros, que eran la comida preferida de Quiroga y de Lucas.
Los ojos de Quiroga, en la oscuridad de la caverna, se inundaron de lágrimas. Sus labios, que rodeaban fuertemente la superficie circular del tentáculo, dibujaron una especie de difusa sonrisa. ¡Los buenos tiempos!, pensó alborozado. ¡Los buenos y felices años! ¿Por qué parecían tan lejanos? ¿Por qué recordaba tan poco de ellos? Era como si siempre hubiese vivido en la negrura… como si su vida no fuese más que un largo viaje a la oscuridad. ¡Y era tan injusto! ¡No siempre había sido así!
“Lo he perdido todo”, sollozó. “Lo he perdido todo… y ha sido culpa de ustedes…”
“ESO ES LO QUE CREES, LO QUE SIEMPRE HAS CREÍDO”, contestó la voz de inmediato. “PERO SIGUE MIRANDO. SIGUE MIRANDO, Y COMPRENDERÁS POR FIN TU VERDAD”.
Y Quiroga miró. Y a medida que iba mirando, su ánimo se ensombrecía y algo dentro de sí gritaba de dolor y de espanto. “No es cierto”, pensaba. “No puede ser cierto…”
Se vio a sí mismo, muchísimo más joven de lo que aparentaba ahora, con su traje policial impecable y una mochila en la mano, cruzando el parque en dirección a la casa. Lucas lo veía y se arrojaba sobre sus piernas, pero Quiroga, el joven y aún orgulloso Quiroga, apenas le prestaba atención. Es más: lo apartaba de un leve y distraído empujón. Desde la cueva, Quiroga lanzó una exclamación de sorpresa e indignación. “¡Hey!”, trató de gritarle a su joven versión, pero por supuesto que en vano. “¿Qué diablos te pasa? ¡Es tu hijo! ¡Abrázalo, bésalo, levántalo en el aire como a él le gusta! ¡Disfrútalo mientras puedas, imbécil!”.
Pero el joven Quiroga no escuchó, sencillamente porque no podía hacerlo. Ingresó a la casa hecho una tromba y se sacó la gorra y dejó el bolso sobre la mesa. Luego dio media vuelta, hacia la cocina, y se plantó delante de su mujer, que pareció encogerse ante su presencia. “Me dijeron que estuviste hablando con otro hombre”, murmura amenazante el joven Quiroga. “Me dijiste que no volverías a salir mientras yo estoy trabajando”.
La mujer, que aún tiene las manos manchadas de harina, se recuesta contra el mueble y trata de explicar, de negar la acusación, de decirle que sólo fue un recado que tuvo que hacer de urgencia, ella se había quedado sin azúcar y en el camino se encontró con un viejo compañero de la secundaria y lo saludó, pero sólo había sido un segundo, Alberto, sólo ha sido un seg…
La mano del joven Quiroga sale disparada, como un látigo, y da de lleno en el rostro de la mujer. Dora grita, y parte del paquete de harina que está sobre la mesada cae al suelo en una lluvia fina y blanca. Trata de refugiarse detrás de la mesa, pero Quiroga se lo impide sujetándola por los cabellos. Vuelve a golpear, una y otra vez. “Para, Alberto!”, grita la mujer, que tiene el rostro ensangrentado y ha comenzado a llorar. “¡Me matarás! ¡Para de una vez”.
Pero el joven Quiroga no para. Está enfurecido y quiere seguir golpeando, golpeando, hasta que sus demonios internos se acallen de una buena vez. Al quinto o sexto golpe, Lucas ingresa a la casa y se abalanza sobre él. “¡Deja a mamá!”, grita el chico, que por algún motivo tiene la cara llena de barro. “¡Déjala, papá! ¡No la envíes al hospital! ¡Otra vez no, papá, otra vez no!”.
Recién ahí Quiroga se detiene. Su mujer está hecha un harapo ensangrentado sobre el suelo. Llora en silencio. Lucas se abraza a ella y llora también, aunque emite largos y sonoros rebuznos. La escena le resulta demasiado intensa al joven Quiroga, que se pone a buscar una botella de vino y comienza a tomar de ella, directamente del pico.
“No”, suplica en la caverna Quiroga. “No es cierto. Yo no recuerdo nada de eso”.
“EN TUS PESADILLAS SÍ”, replica la criatura, y luego le sigue mostrando.
Ahora la escena cambia, están en el sótano de la casa. Han pasado unos meses y todo ha estado en relativa paz, por lo menos hasta ese día. Hasta que Lucas rompe sin querer una botella de la bodega. El joven Quiroga, que ahora viste un piyama descolorido, le muestra los fragmentos de botella y los acerca a su cara. “¿Ves esto, mocoso de mierda?”, le dice. “Esta botella tenía diez años. ¿Sabes cuánto vale? ¿Tienes idea de cuánto vale esta jodida botella? No, ¿verdad? ¡Pues yo te diré lo que vale!”. La mano, aquella mano otra vez convertida en puño, y en látigo, y en lo peor de un padre acostumbrado a propasarse con el alcohol, cae sobre el rostro ovalado del niño, y Quiroga en la cueva trata de desviar la vista, de olvidarse de todo como antes, pero la criatura no lo deja. El chico en el sótano cae sobre la lavadora, y el padre lo persigue. Sujeta su rostro con una mano y comienza a acercar el vidrio de la botella a la mejilla de Lucas.
“¿Por qué?”, suplica y aúlla Quiroga. “¿Por qué me muestras esto? ¡No quiero seguir viendo! ¡No quiero seguir viendo!”.
“ES NECESARIO”, dice pacientemente la criatura.
Ahora han pasado unos años, unos dos o tres años. Lucas ha pegado un estirón y ha cambiado mucho, ya no luce la mirada aniñada y dulce de antes, sino que observa el mundo con ojos desconfiados, adultos pese a sus escasos ocho años, como si algo dentro de él se hubiese secado sin remedio. Está en su habitación y habla en voz alta, aparentemente solo. Pero al cabo de un tiempo, Quiroga descubre que no es así, que en realidad está hablando con una criatura pegada a los vidrios de la ventana. La babosa ha extendido sus tentáculos y Lucas los toma y los acaricia, como si se tratara de una mascota. “Es hora”, le dice la criatura. “Es hora de venir con nosotros”. Lucas asiente. Sabe que es la única forma de escapar del Infierno, o al menos, la única que alcanza a concebir con sus limitaciones de niño. “¿Puedo llevarme a Cuco?”, pregunta el chico, señalando al cachorro que duerme a los pies de la cama. “NO PUEDO LLEVAR A DOS SERES VIVOS AL MISMO TIEMPO. LO SIENTO. TAL VEZ DESPUÉS REGRESEMOS POR ÉL”. El chico vuelve a asentir, aunque se lo nota un poco más angustiado. De repente, su mirada se ilumina y toma unos libros de la biblioteca. “¿Y estos?”, pregunta. “¿Puedo llevarme mis libros de Julio Verne?”. “SÍ”, contesta la criatura. “ESOS SÍ PUEDES LLEVARLOS. PERO APRESÚRATE. TUS PADRES DESPERTARÁN EN CUALQUIER MOMENTO”. Lucas los toma y los abraza con auténtico amor. “¿Y a Eugenio?”, pregunta, señalando un peluche bastante maltrecho que guarda sobre la mesita de luz. “¿También puedo llevarme a él?”. La criatura dice que sí, aunque vuelve a recalcarle que se apresure, porque no tienen mucho tiempo. Con los libros y el peluche en los brazos, Lucas se aproxima a la criatura. Ésta lo envuelve con sus tentáculos y comienza a elevarlo hacia su boca. “NO TE PREOCUPES, NO TE DOLERÁ. SENTIRÁS UNA MOLESTIA AL PRINCIPIO, PERO PROMETO QUE SE TE PASARÁ ENSEGUIDA”.
-Adiós, mamá- dice el chico en voz alta, aferrando sus objetos con fuerza-. Siento dejarte, pero es lo mejor para ambos. Iré a un lugar mejor, y ya no tendrás que preocuparte por mí.
La criatura lo engulle. En ese momento, la puerta se abre y el joven Quiroga aparece en el umbral, con un fusil en la mano, y es allí donde la vida de todos cambia para siempre.
“Eugenio…” dice Quiroga, en la quietud y oscuridad de la caverna. “Eugenio Verne, o Vernis. Debí haberme dado cuenta antes. Lucas amaba con locura a ese peluche, al igual que los libros de Verne. Ahora me doy cuenta de ello. Pero es que yo estaba tan ciego, y prestaba tan poca atención a las cosas más importantes…”
“PERO AHORA PODRÁS EMPEZAR OTRA VEZ”, le susurra la criatura. “COMO LO HA HECHO TU HIJO”.
“¿Cómo? ¿Cómo arreglar todo este desastre? Salvo la muerte, no veo solución a este infinito pozo de negrura en que me he metido”.
“HAY OTRA ALTERNATIVA”.
“¿Cuál?”.
Y la criatura comenzó a explicarle.

(Continuará...)

"Un Largo Viaje a la Oscuridad" (Capítulos Finales)

Atención: Como ya estamos llegando al final de la historia, a partir de ahora publicaré los Martes y los Viernes, así que prepárense para leer más seguido. Creo que faltan cuatro capítulos más, así que, si todo sale bien, estaremos leyendo el final el viernes 24 o martes 28 a más tardar... y luego el viernes 31 habrá una historia especial por Noche de Brujas!!
A prepararse...

Capítulo 20

1

-Es… es lo que parece?- murmuró Amanda.
     -Un hombre- asintió Dan, tratando de que su voz sonase como la de alguien cuerdo y en absoluto asustado. Lo cierto es que su corazón aún corcoveaba con rapidez: al echar la primera mirada hacia la cabeza, había pensando que era uno de los tentáculos del calamar, que finalmente, después de tantas dilaciones, venía a buscarlo-. Y creo saber quién es.
     -¿Quién?
     -Ven conmigo, y te explicaré.
     Echó a caminar hacia el pozo, seguido de cerca por Amanda. El hombre que había emergido de entre las hierbas estaba de espalda y por lo tanto aún no los había visto; Dan observó que era bastante gordo, y jadeaba penosamente en su intento por salir del pozo. El hombre se sacó la máscara de buceo y luego la capucha del traje de neopreno, revelando una calva pálida y perfectamente redondeada, como una piedra de cuarzo erosionada bajo millones de años de viento y agua. Depositó la máscara de buceo sobre las hierbas aplastadas, donde también descansaba, reluciente bajo el Sol, un tubo de oxígeno de color amarillo. El hombre de repente escuchó los pasos de Dan y de Amanda y se dio vuelta, sobresaltado: sus ojos, detrás de unos lentes de culo de botella, reflejaban un miedo sobrecogedor. Y Dan, de inmediato, creyó saber por qué.
     -¿Arreaga?- dijo-. ¿Facundo Arreaga?
     Estaba casi seguro que era él. “Estoy trabajando con un biólogo, Facundo Arreaga…”, había dicho Quiroga en uno de sus últimos videos.
     El hombre pareció sobresaltado al escuchar su propio nombre. Observó a Dan, y luego a Amanda. Los ojos del hombre recorrieron la figura de Amanda con avidez, de arriba abajo, y luego se apartaron con rapidez, como temiendo algún tipo de reproche o mirada de burla por parte de la chica.
     Pese a su calvicie, su barriga y sus anteojos de aviador, que en conjunto le daban la apariencia de un septuagenario, no debía tener más de veinte o veintidós años. Se acomodó los anteojos sobre el puente de su nariz y entrecerró los ojos, tratando de reconocer el rostro de Dan.
     -Soy yo, sí. ¿Quién habla?
     Dan le tendió una mano y lo ayudó a salir del pozo. El joven todavía jadeaba y su barriga sobresalía en forma alarmante, a tal punto que Dan se preguntó cómo diablos había hecho para meterse en el ajustado traje.
     Dan señaló a Amanda.
     -Ella es Amanda, una buena amiga mía, y yo soy Daniel Peralta, profesor titular en la Universidad de San Ignacio, además de contador público nacional-. Supo, de inmediato, que la presentación era demasiado pomposa y podía sonar algo engreída, pero en realidad quería tranquilizar a Arreaga, hacerle entender que ellos formaban parte del bando correcto. Arreaga se veía muy inquieto y parecía dispuesto a huir en cualquier instante. Y de nuevo, Dan creyó entender por qué. “Debo introducir el nombre de Quiroga con mucho cuidado”, pensó entonces.
     -¿Daniel Peralta? Su nombre me resulta conocido.
     -Es posible- asintió Dan-. Tal vez hayas leído mi nombre en los periódicos de los últimos días.
      Los ojos de Arreaga se abrieron de golpe, reflejando un súbito y desconcertado reconocimiento.
     -Usted- dijo, y lo señaló con un dedo rechoncho y ligeramente tembloroso-. Su esposa… ¿Es cierto lo que se dice por ahí?
     -¿Qué es lo que se dice?
     Arreaga desvió la mirada hacia Amanda, y por una milésima de segundo sus ojos bajaron unos centímetros por su escote. Luego volvió a retirar la mirada, contrariado y huidizo.
     -Dicen… escuché que una… una especie de criatura… se la llevó. Algunos dicen que sólo son fábulas, y que usted lanzó esa versión para… bueno, para despejar las sospechas. Hay gente que cree que usted la mató, ¿sabe?
     -¿De verdad?- dijo Dan, no del todo sorprendido-. ¿Y tú qué piensas?
     -Yo creo que…- se detuvo a mitad de la frase, y rápidamente giró la vista hacia el pozo. Aquel gesto, que sin dudas había sido inconsciente, revelaba toda la verdad y Dan no necesitó ningún otro signo para conocer las opiniones de Arreaga. Él creía. Él, indudablemente, estaba familiarizado con aquellas criaturas.
     -¿Le suena el nombre de Quiroga?- dijo Dan, mirándolo intensamente a los ojos-. Alberto Quiroga.
     -Quiroga…- repitió el joven, como quien repite un mantra.
     -Lo conocí ayer. Bajamos por la mina, buscando a mi mujer. Y tuvimos… tuvimos un incidente. Muy grave, creo yo.
     -¿Qué sucedió?
     La mirada de Arreaga era ahora francamente alarmada. Dan notó que, a sus espaldas, Amanda se removía e inclinaba el cuerpo hacia él, como preparándose para escuchar algo interesante.
     -Nos encontramos con una de ellas.
     -¿Con una de ellas? ¿Eso quiere decir…
     -Quiroga la mató- asintió Dan-. Pero luego nos encontramos con más. Capturaron a Quiroga, y yo escapé por los pelos. Pero pienso volver.
     Arreaga analizó la información durante unos segundos, inquieto y confuso. Su barriga ascendía y descendía, marcando el ritmo acelerado de su respiración.
     -¿Así que hay muchas? ¿Cuántas?
     -No lo sé. Quiroga dijo que se trataba de un nido, y que él sospechaba que podía haber algo así. Fueron sus últimas palabras, o casi.
     -¿Y dice que… mató a una de ellas?- Dan asintió. Arreaga ahora parecía algo abatido. Había arrugado el ceño en señal de preocupación, o de tibio enojo. Aunque luego su mirada se iluminó de repente-. ¿Y usted la vio?
     -¿A la criatura? Claro. Estaba a pocos metros de mí. De hecho…
     -¿Y cómo era? Es decir: ¿tenía cualidades reptilescas? ¿O más bien le pareció un habitante de las profundidades? Tengo varias teorías al respecto. ¿Vio aletas, branquias? ¿Y sus ojos? ¿Tenía ojos? ¿Había inteligencia en ellos?
     -Bien- dudó Dan, súbitamente abrumado por el entusiasmo del joven-. Yo creo que…
      -¿Alguien puede explicarme de qué diablos están hablando?
     Los dos hombres se giraron para observar a Amanda, que acababa de perder por fin la paciencia y miraba a Dan con ojos inquisidores. Dan se sintió culpable, porque durante unos minutos, la había olvidado por completo.
     -Lo siento, Amanda. Creo que, si me has acompañado hasta aquí, mereces algún tipo de respuesta.
     Y, sin más dilaciones, comenzó a explicarle el asunto.

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