Cuento de Terror 24: "Bullying"

LOS MUCHACHOTES REÍAN a más no poder. Estaban reunidos en la casa de Lucas, que era el jefe de la banda. Era un adolescente delgado aunque de complexión fuerte, con una mirada verde y salvaje que muy pocos chicos en la escuela se atrevían a sostener. Y ahora contaba sobre su última víctima, David Peñaloza, un alumno de primer año que usaba gruesas y ridículas gafas a lo Harry Potter
   -Lo encontré en el baño, tratando de abotonarse el pantalón- reía Lucas, con un brillo infantil en los ojos-. En el lugar no había nadie, así que me le acerqué por detrás y le di un sopapo que hizo volar sus estúpidos anteojos. Ustedes tendrían que haber estado allí, para presenciar la cara de susto de ese pobre diablo. Trató de darse vuelta pero yo lo sujeté por la nuca y le estampé la cara contra los cerámicos. Pensé que se echaría a llorar allí mismo, como hacen todos, pero el tipo era más duro de lo que parecía. Dijo que me conocía, que sabía quién era. Y yo le ordené que se callara, porque a partir de ese momento sería mi esclavo, y los esclavos sólo hablan cuando el dueño lo pide. 
   Uno de los amigos de Lucas, grande como un búfalo, lanzó una extraña risotada y se golpeó emocionado las rodillas. 
  -Y luego… lo mejor de todo- siguió su narración Lucas-. Vi que sus zapatillas eran nuevas, y le ordené que se las quitara. Recién ahí el mocoso perdió el control. Dijo que cualquier cosa menos eso, que su papá había trabajado mucho para comprárselas. Y yo le di otro sopapo y le dije que me importaba una mierda la historia de su puto padre. Y le quité las zapatillas. Aunque prometí devolvérselas mañana, y pienso cumplir mi palabra. 
   Señaló hacia el rincón, donde unas zapatillas ennegrecidas por el fuego descansaban sobre unas cajas de cartón. Los muchachos estallaron en nuevas risotadas y Lucas se llevó un cigarrillo a los labios. 
   -¿Saben qué es lo más curioso de todo?- dijo soñador, mientras echaba una bocanada de humo al techo. Sus padres, que eran adinerados, le habían prohibido fumar, pero como nunca estaban en la casa Lucas no se preocupaba por esto-. El pibe amenazó con contárselo a su madre. ¿Pueden creerlo? Como si yo fuese a tenerle miedo a una vieja… 
   -Qué raro que haya dicho eso- dijo uno de los amigos, dejando de reír de golpe-. Porque la madre de David murió el año pasado, en un accidente. 
    -¿Estás seguro? 
  -Segurísimo. Su coche derrapó y terminó en el fondo del lago. Y la policía...
   Pero nunca pudo terminar de contar la historia. La ventana del dormitorio se abrió con violencia y algo blanco y horrendo entró flotando como un globo. Lucas se orinó en los calzoncillos y uno de sus amigos se desmayó. Lucas se dio vuelta para salir corriendo, pero la puerta se cerró frente a sus narices. Tiró del picaporte con desesperación y lanzó un gemido al comprobar que no se movía. Miró hacia atrás. La aparición estiraba los brazos y lentamente flotaba hacia él. Lo tenía atrapado. Las lágrimas y los mocos de Lucas se le mezclaban en la barbilla y formaban una sustancia repugnante. La figura de la mujer comenzó a abrir la boca. La abrió hasta límites físicos imposibles, hasta que todo su rostro fue una boca negra y gemebunda. Y luego se tragó la cabeza de Lucas. 
  Los pantalones del chico, de una fina y blanca tela italiana, se mancharon de marrón en la parte de atrás. 
     Y sintió una voz, una voz en la oscuridad, que le decía: 
    “Soy la madre de David, y si vuelves a hacer daño a mi hijo, regresaré. Y te llevaré conmigo hasta los Confines de lo Oscuro”. 
    Al cabo de un tiempo, el chico se atrevió a abrir los ojos. No había nadie allí, excepto sus amigos, que estaban tan pálidos como él. 
    -Quizás lo imaginamos- dijo Lucas-. Quizás… 
    -¿Qué tienes detrás de los pantalones? 
   -No es nada- dijo el chico rápidamente-. Y en cuanto a lo que creímos ver… 
   De repente sintió algo extraño en sus pies. Cuando bajó la vista, vio que sus zapatillas estaban totalmente quemadas. Supo entonces que todo había sido real, y a partir de ese entonces dejó a David en paz y de hecho no volvió a molestar a ningún chico de la escuela, aunque esta medida resultó inútil, porque el horrible fantasma blanco se le siguió apareciendo.
    A todas horas del día. En sueños, en la vigilia, durante las clases en la escuela.
    Lucas ya no podía dormir. Bajó de peso y sus notas se fueron a pique. Aterrorizado, habló con David y le pidió que su madre lo dejase tranquilo, que él había entendido el mensaje y ya nunca más lo molestaría. Pero David esbozó una sonrisa enigmática y contestó que no sabía de qué estaba hablando. Lucas creyó enloquecer. Pasaron los meses y el muchacho enfermó. Sus amigos desde aquella vez lo habían abandonado y ahora estaba completamente solo. Desaprobó casi todas las materias y tuvo que repetir el año.
    Urdió entonces un plan desesperado.
    Si David tenía un aliado desde el más allá, ¿por qué el no podría tener uno propio, que lo defendiera y le permitiera dormir al fin tranquilo?
    Esa noche envenenó a sus padres.
    Pero éstos, al igual que en la vida terrenal, nunca hicieron contacto con él y lo dejaron a la deriva y sin respuestas.
    Ahora Lucas está en la cárcel, cumpliendo cadena perpetua. Pasa sus noches acostado en la litera, con los ojos abiertos de par en par, mirando hacia la ventana con barrotes que da al patio, donde el rostro de la madre de David cada tanto se asoma y le sonríe con perturbadora satisfacción.



Cuento de Terror 23: "Los Mancos"

Nuestro matrimonio agonizaba, y entonces fue que decidimos hacer el viaje. 
   Natalia había leído en una de sus revistas que los viajes largos podían reanimar una relación muerta, hacerle una especie de desesperada respiración boca a boca. Fuimos a Salta, en auto. Y ahí fue que todo terminó por desbarrancarse.   
Al segundo o tercer día de tediosa estadía contratamos una excursión, a la selva de las Yungas. El guía nos llevó, a través de un sendero, al interior de la selva, mostrándonos los animales y los insectos que nuestros ojos citadinos nunca alcanzaban a distinguir. Y ella, como siempre, quiso jugar al fotógrafo de National Geographic y se salió del sendero. Yo traté de razonar con ella y la seguí. Los dos íbamos últimos en la fila, por lo que nadie se percató de nuestra desaparición. “Volvé al sendero, estúpida”, le dije. “Vi algo ahí, entre los árboles. Una mariposa. Le tomo una foto y volvemos”, prometió ella, sacándome la mano de su hombro. Maldiciéndola de arriba abajo, nos adentramos en la selva. No caminamos mucho, yo creo que apenas unos metros, pero igual nos perdimos. Fuimos incapaces de encontrar el sendero de nuevo. Y luego nos perdimos el uno al otro. Quedé solo, gritando (o mejor dicho, maldiciendo) su nombre. 
   No sé cuánto tiempo caminé. La selva es oscura incluso de día, los árboles forman un techo natural que filtra la luz del Sol. Las ramas se me enganchaban a la ropa y un arbusto espinoso a punto estuvo de arrancarme el anillo de bodas de mi dedo anular. Aquella parecía la señal definitiva, la que inconscientemente había estado esperando durante el último año, así que me detuve en un claro y forcejeé para sacarme el anillo. Concentrado en la lucha, retrocedí un par de pasos y tropecé con lo que en un primer momento pensé era una raíz. Miré hacia atrás: no era una raíz. Era una mano. Una mano que salía del barro y que ahora me aferraba por los tobillos. 
    Tardé un buen rato en comprender lo que estaba viendo. La mano, de gruesos y morenos dedos, parecía viva y me apretaba cada vez con mayor fuerza. Traté de sacudirme, pero el apretón era enérgico y además comenzaba a dolerme. Agarré una piedra y me incliné con la intención de golpear aquella mano, pero en ese momento otras manos salieron del barro y comenzaron a tironearme de las ropas, de los brazos, de las piernas; una me agarró de los pelos y me echó la cabeza hacia atrás. Y entonces fue que lo vi. El machete. Las manos, formando una cadena, se lo pasaban entre sí. La última en tenerlo pareció medir el golpe y luego el machete cayó sobre mi brazo. Me desvanecí. 
    Desperté pocos minutos después, con un dolor agudísimo. Me habían cortado las manos, a la altura del codo. Las otras manos habían desaparecido, al igual que el machete. Abrí la boca para gritar con todas mis fuerzas, pero entonces escuché algo que me detuvo. Mi esposa. Desde algún lugar de la selva me llamaba en voz alta con su voz aguda de pájaro. Quise alertarla, quise decirle que se volviera y pidiera ayuda, pero entonces un pensamiento, el más mezquino y odioso que tuve en mi vida, me hizo cambiar de parecer. Era por su culpa que había pasado esto, ella también se lo merecía. Así que esperé en completo silencio. Y al rato apareció Natalia, toda sucia y con el rostro arañado por las ramas. Y me vio y comenzó a correr hacia mí, y yo seguía sin decir palabra. Y tropezó. Tropezó con una raíz que no era una raíz. Y las manos volvieron a salir del barro y la sujetaron y apareció el machete otra vez. Mi esposa gritó y se volvió hacia mí, suplicante. Pero yo seguía sin decir palabra. 
    La última mano que empuñó el machete tenía un anillo de bodas en el dedo anular. La reconocí enseguida, porque era la mía. 
   Con mucha lentitud, como regodeándose, la mano echó el machete hacia atrás y concluyó su sangriento trabajo.

Cuento de Terror 22: "Piercing"

-No lo harás- dijo la madre-. No te pondrás ese tonto piercing en la nariz. Te afeará. Tienes un rostro hermoso, ¿por qué quieres afearlo así? 
   Pero Carina no la escuchaba. Tenía quince años y sus amigas exhibían orgullosas sus tatuajes y piercings, todas excepto ella. Por si fuera poco, el día anterior, en el colegio, un compañero le había dicho que parecía una nena de diez. Ella fingió no escucharlo, pero lo primero que hizo al llegar a casa fue pararse desnuda frente al espejo del baño. Y entonces pensó, con desaliento, que su compañero tenía razón; aparentaba diez o a lo sumo doce años. Los pechos planos, la cara aniñada, incluso ese maldito flequillo que usaba desde que tenía memoria… Con razón nunca la invitaban a las fiestas. Aunque un piercing podría cambiarlo todo. Sus amigas la respetarían, y los chicos… bueno, los chicos quizás comenzarían a mirarla
    -Quiero hacerlo, madre- insistió ella-. Soy dueña de mi cuerpo, puedo hacer lo que quiera con él. 
   -Cuando cumplas dieciocho te lo dejaré hacer. 
  -¡Faltan tres años, mamá!- gritó Carina-. ¡Para ese entonces seré una vieja! 
   -No exageres, hija- sonrió la madre, acariciándole el pelo-. Además, los piercings son peligrosos. Fíjate en lo ocurrido con la nieta de Mabel Giménez. 
   -Oh, por Dios- dijo la chica, poniendo los ojos en blanco-. ¿Acaso crees que no sé lo que pretendes? ¿Acaso crees que todavía tengo siete años y me asusto con los cuentos del coco? 
  -Lo que le sucedió a esa chica fue horrible- prosiguió la madre, sin prestarle atención-. Ella también quería ponerse un piercing, en la lengua. Y lo hizo, porque los padres eran muy permisivos. 
   -Sí, y después vino el lobo y se la comió. Seguro. 
  -Fue peor. La lengua se le empezó a hinchar. El tipo que le puso el piercing le advirtió que pasaría algo así, que era una reacción normal, pero a la noche esa chica apenas podía hablar. Y a eso de las dos de la mañana comenzó a ahogarse. La lengua se le había hinchado tanto que le obstruía las vías respiratorias. La llevaron de urgencia al hospital, y luego de quitarle el piercing tuvieron que hacerle una traqueotomía y le inyectaron penicilina. Pero aún así su lengua seguía creciendo. Los médicos no podían explicarse este fenómeno y comenzaban a sospechar que el piercing tenía algo, una sustancia venenosa o algo así. Los padres, además de asustados, estaban lógicamente furiosos, querían denunciar al tipo que había colocado el piercing. Preguntaron a una amiga de la chica dónde quedaba el local, y ésta los llevó a un barrio oscuro y lleno de casas abandonadas. 
  -Sabes muchos detalles- dijo Carina, tratando de parecer sarcástica aunque había comenzado a impresionarse por la historia. 
   -Y les mostró el local- siguió la madre-. Y allí no había nada. El local estaba cerrado y parecía en abandono desde hacía mucho tiempo. La amiga de la chica juró y rejuró que habían ido ahí, y para convencerlos dio detalles del tipo. Dijo que era gordo y tenía el pelo largo. Y el tatuaje de una tarántula negra en la palma de la mano. Los padres dieron aviso a la policía, y entonces recibieron una llamada urgente del hospital. Su hija estaba muriendo. La lengua había crecido tanto que se había deformado. Ya no podía cerrar la boca porque un trozo esponjoso de lengua asomaba permanentemente entre sus labios. Les mostraron una radiografía del cráneo de la pobre chica: la lengua era como un pulpo enorme, ramificado y vivo, que ocupaba gran parte de la cabeza. Poco después murió. 
   -Oh, por Dios- dijo Carina, llevándose inconsciente una mano a la boca. 
   -Bueno, no quería asustarte pero eso fue lo que pasó. Ahora vayamos a dormir, ya es tarde y mañana tienes colegio. 
  Pero a mitad de la noche Carina se llevó una mano a la frente. ¡Qué tonta había sido! ¡Haberse dejado asustar por esa ridícula historia! Se levantó de la cama y mandó un mensaje a su mejor amiga: “Lo haré esta noche, pásame a buscar en media hora”. Luego se vistió y salió por la ventana. No tuvo que esperar mucho: al rato el coche destartalado de su amiga apareció doblando la bocacalle. “¿Sabes dónde ir?”, preguntó Carina. Y su amiga le dijo que claro, y la llevó a un lugar donde la atendió un hombre alto y delgado. Carina se relajó. En el relato de su madre, el hombre era gordo y además tenía el pelo largo. 
    -Yo esperaré afuera, las agujas me impresionan- dijo su amiga. 
    -¿Es tu primera vez?- dijo el joven, una vez que quedaron solos. 
    -Sí- respondió Carina, de repente nerviosa. 
   El hombre la sentó en una silla algo sucia y le colocó unos grilletes en las muñecas. La chica lo miró interrogante. 
    -¿Qué haces? 
   -Es por tu seguridad- dijo el tipo, mostrándole una pequeña jeringa-. Muchos se mueven cuando les pongo la anestesia local. 
   Pero Carina no miró la jeringa, sino la mano del tipo, cuya palma extendida tenía el tatuaje de una tarántula negra.

Cuento de Terror 21: "El Horror"

DESDE LA MUERTE DE MI ESPOSA todo me da igual. Antes era un arquitecto con gran futuro por delante, ahora soy nada, renuncié al trabajo, hace varios meses no salgo de mi casa. Me quedo horas viendo el transcurrir del tiempo a través de la ventana. Lo único que al principio podía sacarme de mi apatía eran las películas de terror que siempre me gustaron, pero ahora ya ni eso, no me provocan nada, las muertes más espantosas me son indiferentes, los litros de sangre derramada no son capaces de manchar mi remera ni con una sola gota. Todo es ficción, absolutamente todo: las películas, el trabajo, la muerte de mi esposa, incluso mi propio y ridículo dolor. No puedo seguir así. Debo terminar con esta ficción monótona que me envuelve como una interminable sábana negra. Me levanto de la cama y comienzo a vestirme. Muchos cuestionarán mi decisión, pero lo cierto es que no veo otro camino posible, es eso o la nada, es eso o pasar el resto de mi existencia como quien cae por un agujero infinito, sin tener siquiera la posibilidad de gritar. Son las doce y cuarto de la noche. Recojo el martillo de mi caja de herramientas y salgo del departamento. El cementerio no queda lejos, así que decido cubrir la distancia a pie. 
   El horror. Esa es la clave de todo. Si traspaso los límites del horror quizás pueda sentir algo otra vez. Abro el mausoleo donde se encuentra el cuerpo de mi querida esposa; enseguida me asalta el olor punzante de las flores marchitas. Rompo el ataúd con unos cuantos golpes del martillo y abro la tapa. Ahora el olor del estrecho recinto cambia drásticamente, ahora ya no se huelen las flores muertas sino otra cosa, una mezcla compacta y pegajosa que me produce arcadas, pero pese a ello extiendo mi mano y acaricio el brazo de Marcia, lo acaricio a través de la tela fina del vestido que le compré para su vigésimo tercer aniversario, que fue el mejor y el último de todos. La carne bajo el vestido parece blanda, casi gelatinosa; despego el brazo del cuerpo y sus huesos parecen moverse y cambiar de posición con facilidad. Casi puedo escuchar un ruido, como un mugido, que escapa de su boca abierta, aunque es probable que lo esté imaginando, el silencio es tan profundo, se escuchan cosas imposibles y la imaginación vuela, ahora sus ojos me miran, eso también es parte de mi imaginación, dado que mi esposa ya no puede ver más nada, sus ojos tan vivaces ahora son pasas de uva que apuntan hacia el techo de la bóveda, y ni siquiera pestañean cuando retiro la manga del vestido con cuidado y descubro esa piel gris y dulzona y doy el primer mordisco, el primer mordisco sobre la carne podrida del brazo, y luego el segundo, y luego de vomitar sobre el suelo de mosaicos, el tercero. 
    Dos horas después salgo del mausoleo. Las luces de la calle, que me llegan por sobre el paredón del cementerio, iluminan el lugar de una forma insospechadamente bella. Y entonces ocurre el milagro: el aire frío de la noche se asienta sobre mi cuerpo desnudo, y por primera vez en mucho tiempo me alegro de estar vivo. 
     Salgo del cementerio. 
   En ese momento pasa por la acera una vieja que lleva un carrito roñoso. Es la loca de la cuadra. No hay nadie más en la calle aparte de ella. La mujer me mira y murmura algo entre dientes. Comienzo a seguirla y mi boca babea de nuevo; creo que es hora de probar carne fresca.

Cuento de Terror 20: "La Niñera"

CUANDO LA MADRE le presentó al bebé que debía cuidar esa noche, Rocío se llevó una pésima impresión. El bebé parecía descuidado y sucio. Tenía manchas de moco y de comida seca por toda la cara. Sus finos cabellos estaban pegoteados por la mugre y el polvo; olía muy mal también. Lo habían confinado a un corralito de plástico y cuando vio llegar a la madre tendió los brazos con avidez, pero la mujer se limitó a mirarlo desde el umbral de la puerta. 
    -Se llama David, y es un mocoso histérico que no para de llorar- dijo la mujer, como si hablara de un niño ajeno-. Me apiadaría de usted, pero si hago eso, ¿quién se apiadará de mí entonces? 
    Rocío, la niñera, miró al bebé. No parecía de esos chiquitos revoltosos que nunca paran de chillar. Ahora lloraba, pero porque la madre se negaba a alzarlo. Lo hizo Rocío, y de inmediato el bebé quedó en silencio y comenzó a chuparse la mano. 
    -No parece tan malo- dijo, sin poder evitar el reproche en la voz. 
    -Ahora está tratando de conquistarla, pero en cuanto usted se descuide le hará la vida imposible- le prometió la madre. Miró su reloj y pareció alarmarse:- Ya son las ocho, se me está haciendo tarde. Volveré antes de la medianoche. Cualquier cosa me llama al celular. 
    Tomó las llaves del auto y se fue, dejando a Rocío sola con el bebé. La chica jugó un rato con él y luego le cambió el pañal. Notó que la caca pegada a sus nalgas ya estaba reseca, como si hubiese pasado mucho tiempo desde el último cambio de pañal. “Pobrecito”, dijo la chica, mimándolo un poco. Lo bañó en agua tibia y le puso algo de talco en la cola irritada. El chico se comportaba con normalidad y Rocío no podía entender cómo la madre tenía tantas quejas con respecto a él. Se hicieron las once, y el niño comenzó a bostezar. Rocío preparó el biberón y le dio un poco, pero como el bebé se movía mucho apagó la luz para tranquilizarlo. Ahora ambos estaban en la oscuridad y la chica podía escuchar los ruidos de succión que hacía el pequeño. Aún pensaba en la madre, se preguntaba cómo una mujer podía descuidar tanto a su hijo. Siempre que se encontraba con madres así pensaba lo mismo: cuando tenga mi propio bebé, lo cuidaré y no dejaré que nadie se le acerque. 
    Estaba pensando en esto cuando vio que en el cielorraso se dibujaban dos puntos de un color verde fosforescente. Al principio pensó que se trataba de la luz del detector antihumo, pero entonces los puntos se movieron. Cruzaron todo el cielorraso y fueron a parar a la pared, y de ahí saltaron hacia una estantería repleta de juguetes. ¿Qué diablos era eso? Parecían dos luciérnagas… pero no, se movían muy rápido. El bebé en su regazo se agitó con violencia y Rocío bajó la vista. Y lanzó un grito. Los ojos del bebé, que seguía tomando del biberón, brillaban en la oscuridad. Tenían ese color verde fosforescente que ahora se reflejaba en los juguetes sobre la estantería. La niñera se incorporó con rapidez y dejó caer al crío. Fue un movimiento reflejo alimentado por el susto, y el bebé cayó de cabeza sobre el duro suelo. El biberón salió disparado debajo de la cama. El niño comenzó a berrear a todo pulmón. Había caído de espaldas y ahora agitaba sus piernas y bracitos con desesperación. Rocío quiso vencer su miedo, acercarse para levantarlo, pero no podía, no dejaba de ver los ojos luminosos del bebé, que ahora giraban enloquecidos hacia uno y otro lado. La chica retrocedió y salió de la habitación. Cerró la puerta detrás de sí y comenzó a sollozar. Pero al rato dejó de hacerlo, porque le llamó la atención el silencio súbito del otro lado. Iba a abrir para mirar cuando un ruido la detuvo: alguien, del otro lado de la puerta, estaba rascando la madera. 
    -Rociooooooo…- dijo una voz, una voz que no era de bebé, sino la de un ser malvado y antiguo-. Ven aquí, Rocío. Dame el biberón, Rocío… 
    La chica salió disparada hacia la salida, emitiendo un curioso gemido de horror. Se metió al auto y arrancó. A punto estuvo de chocar con un camión que venía de frente. Media hora después llegó a su casa. Todavía presa del miedo, tomó una larga ducha y luego llamó a su madre, pero cortó al segundo llamado. Eran las doce de la noche, no podía despertar a su pobre madre y contarle una cosa tan terrible como la que le acababa de suceder. Se metió a la cama pensando que no podría dormir, pero a los pocos minutos se deslizó en el sueño casi sin darse cuenta. 
    Despertó completamente desorientada. Aún era de noche, la oscuridad persistía y los grillos cantaban afuera. Quiso incorporarse y un peso extraño se lo impidió. Con mucha lentitud giró los ojos hacia abajo, hacia las sábanas. El bebé estaba prendido a su pecho izquierdo: sus ojos refulgían en la oscuridad y la miraban con una espeluznante fijeza.
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Autor: Mauro Croche

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Cuento de Terror 19: "El espíritu de Sauce Norte"

La siguiente es una versión libre de una historia que me contó mi amigo Andrés Kroger, sobre unos hechos sobrenaturales ocurridos hace mucho tiempo en la provincia de Entre Ríos, Argentina.

 * * * * * * *

 ESTO OCURRIÓ hace más de sesenta años, en Sauce Norte, municipio rural de Entre Ríos. En ese lugar Don Luis tenía una estancia de varios cientos de hectáreas, que dos veces por semana visitaba en su flamante Ford A. La estancia se encontraba rodeada por bosques de eucaliptos y contaba con una granja y una modesta plantación de lino, atendida por un capataz y seis peones. El día que ocurrieron los hechos, el Ford había sufrido un desperfecto mecánico en el camino, por lo que Don Luis llegó con retraso a la estancia. El Sol ya había comenzado a caer y las sombras de los eucaliptos cubrían gran parte de las plantaciones. Don Luis se apeó del vehículo y uno de los peones nuevos corrió a abrir la tranquera. Cerca del lugar había una vieja trilladora, donde unas gallinas se habían acurrucado a la espera de la noche. Y entonces sucedió algo muy curioso. Las gallinas despertaron y comenzaron a aletear enloquecidas. Salieron disparadas en distintas direcciones, y Don Luis creyó que un perro o algún otro animal las había espantado. Pero en los alrededores no había nadie, aunque una niebla súbita había surgido de las entrañas del suelo. “¿Qué es eso, patrón?”, preguntó el peón nuevo, señalando hacia una sombra que se les acercaba. Y entonces los hombres contemplaron, aterrorizados, una figura blanca que surgía del granero y enfilaba corriendo hacia ellos. Aunque en realidad no corría, porque sus piernas permanecían inmóviles flotando a unos diez centímetros del suelo. La figura llegó a la tranquera y de repente se esfumó, dejando un rastro de niebla detrás de sí. 
    Don Luis comenzó a santiguarse y a rezar un avemaría. Al rato llegó el capataz, quien al escuchar la historia asintió muy serio. 
    “Siempre, en esta época del año, sucede lo mismo”, explicó. “Se trata del Romualdo Reyes, un antiguo peón, viejo compañero mío, que hace mucho murió decapitado. Una plancha de acero cayó del techo del granero y le cortó la cabeza. Yo no estaba presente cuando ocurrió, pero dicen que el cuerpo de Romualdo corrió sin la cabeza unos diez metros antes de caer. Llegó a la tranquera y ahí quedó, aferrado con ambas manos a los alambres”. 
    Cuando Don Luis le preguntó qué habían hecho con el cuerpo, el capataz señaló hacia el bosque de eucaliptos. 

Cuento de Terror 18: "El Juego de la Copa"

La noche era fría y los amigos se habían reunido en el departamento de Hernán para tomar unos tragos. Estaban en el octavo piso y el viento hacía vibrar con fuerza los ventanales. Hernán se acercó a los vidrios y miró hacia fuera, hacia la ciudad iluminada y dormida.
 -¿Saben qué?- dijo, entrecerrando los ojos porque estaba algo borracho-. Creo que esta noche es ideal para hacer el juego de la copa. 
 Los otros de inmediato expresaron su acuerdo. Todos menos Josefina, que de repente había palidecido y amenazó con marcharse si insistían en jugar. Su nerviosismo era tan patente que los otros jóvenes dieron por terminada la iniciativa. Sin embargo, la curiosidad había picado y Hernán le preguntó por qué sentía tanto rechazo por un simple juego. 
   -Por empezar, no es un simple juego- contestó Josefina, todavía nerviosa. Y luego les refirió una historia que los dejó mudos de espanto.
     Contó que unos dos años atrás, en la habitación de una vieja casa, ella estaba con sus amigas realizando el famoso juego. Ella no sabía lo que era, y una de sus amigas le explicó. El juego de la copa es una variante simplificada de la tabla ouija, le dijo. Sobre una mesa cualquiera se pone una copa al revés y luego los participantes apoyan el dedo meñique sobre ella. Supuestamente esto crea una fuerza invisible que atrae a todo tipo de espíritus. Las cosas alrededor se mueven, las velas se apagan, la copa misma comienza a deslizarse sin control sobre la superficie de la mesa. Josefina pensó que era una pavada y reía divertida. Pero su sonrisa se cortó de golpe cuando, una vez comenzado el juego, vio que las luces fluorescentes del techo titilaban. Miró a sus amigas; eran cinco en total, seis con ella, y todas las otras tenían los ojos cerrados y no parecían darse cuenta lo que había ocurrido. “Me deben estar jugando una broma”, pensó Josefina. Y lanzó una risita, dispuesta a no dejarse intimidar. Enseguida sintió que alguien a sus espaldas le daba un empujón, y una de sus amigas, que estaba a su derecha, con una voz que no era humana dijo: “No te burles de los muertos, Josefina”. Josefina miró hacia atrás. No había nadie. Sintió que la piel de sus brazos se le erizaba y de golpe tuvo una intuición horrible: debajo de la mesa había alguien. No se atrevió a levantar el mantel para mirar. Casi podía percibir la respiración de aquel ente, que lo sentía muy cerca de sus piernas, como agazapado. Trató de despegar sus dedos de la copa y levantarse, pero no pudo hacer ninguna de las dos cosas. Parecía que su dedo se había pegado a la copa, que ahora se movía sobre la mesa de un lado a otro con violencia. “Chicas, dejemos esto de una buena vez”, dijo con voz temblorosa, pero ninguna de sus amigas abrió los ojos. Parecían sumidas en un trance muy profundo. “Chicas”, repitió Josefina, tratando de alzar la voz, “les digo que…
   Entonces lanzó un grito. Las caras de sus amigas se habían transmutado. Ya no eran adolescentes de dieciséis o diecisiete años, sino ancianas que parecían muertas desde hacía mucho tiempo. Las ancianas abrieron sus ojos al mismo tiempo, y en un coro horrible y perfectamente sincronizado le dijeron: 
      “Abriste un portal hacia otro mundo, que muy pronto se cerrará. Pero tú siempre tendrás la llave”. 
     Josefina por fin pudo salir de su parálisis y salió corriendo de la casa. Cuando las volvió a ver, en el colegio al otro día, sus amigas seguían siendo las de siempre y no parecían recordar nada. 
     -¿Qué habrán querido decir con eso de que siempre tendrás la llave?- preguntó Hernán, que había escuchado el relato de Josefina en un horrorizado silencio, al igual que los demás. 
      La chica se encogió de hombros. 
      -No lo sé. Pero por las dudas, siempre me alejo de esas cosas. 
     -Haces bien en hacerlo- dijo Hernán, y volvió a mirar hacia la ventana. Y su cuerpo se estremeció: allí, en el reflejo del vidrio, la cara de Josefina era la de una vieja, que le sonreía con una profunda malignidad.  

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