Cuento de Terror 29: "Noche de Brujas (II): Casa en el árbol"

Era Noche de Brujas y los chicos se contaban historias de terror. 
    Estaban los cuatro en la casa del árbol que solían utilizar como punto de encuentro. Eran las doce y media de la noche y los haces de las linternas formaban sombras movedizas en los rincones. Los rostros de los chicos, todos ellos pálidos y tensos, flotaban como globos en la oscuridad. Era el turno de Ramiro de contar su historia, y comenzó así: 
    -No voy a hablar de vampiros, tampoco de hombres lobos ni cementerios abandonados, sino de algo que ocurrió de verdad. Aquí, en esta cuadra. Para ser más precisos, en este mismo árbol. 
    -Somos todos oídos- dijo Federico, algo burlón. 
    -Un vecino se colgó de una de las ramas- dijo Ramiro, señalando hacia fuera-. Fue hace mucho. El viejo Jeremía, que vive a la vuelta de mi casa, me contó la historia. Dijo que el tipo se llamaba Martínez, y estaba totalmente loco. Todo el mundo le tenía miedo. Por las noches gritaba y se escuchaban extrañas voces en su casa, aunque el tipo vivía solo. Y los perros. Siempre aparecía un perro muerto en su vereda. Algunos decían que él los envenenaba. Otros, que los utilizaba como sacrificio para el Demonio. Decían que susurraba cosas terribles, y que en una ocasión atacó con un cuchillo a un repartidor de pizzas que pasaba por el lugar. Lo metieron en el loquero, pero al año salió. Y un mes después lo encontraron colgado de las ramas de este mismo árbol. 
    -¿Eso es todo?- dijo Agustina, algo decepcionada con la historia. 
    El otro chico negó con la cabeza, apesadumbrado. 
    -Hace unos meses, yo andaba en bici por aquí, cuando alcé la mirada y lo vi. Vi a Martínez. Estaba colgado de una rama. Al principio pensé que se trataba de un muñeco que alguien había puesto allí como broma. Pero no era un muñeco, era una aparición. Sus pies aún pataleaban y emitía unos horribles sonidos de ahogamiento. Y luego quedó quieto. Era la hora de la siesta, recuerdo, y no andaba nadie en la calle. Yo corrí y me metí en mi habitación, y no volví a salir el resto de la tarde. Dos días después volví a verlo. Era de noche, y estaba a punto de dormirme cuando escuché un ruido afuera. Me asomé a la ventana: su cabeza, colgada de una soga, se balanceaba mecida por el viento. Y sus ojos… sus ojos estaban fijos en mí. Brillaban en la oscuridad. Cerré la ventana y recé hasta quedar dormido. Al día siguiente, Coli, mi perro, amaneció muerto. 
    -Oh, por Dios- dijo Agustina, llevándose una mano a la boca. 
    -Creo que será mejor que pares, ¿vale?- tartamudeó Federico, mirando de reojo a su amigos-. Estás asustando a Agus... 
    -Mi perro estaba muerto en el jardín- alzó la voz Ramiro, sin poder contenerse-. Duro como una piedra. Lo enterramos en el patio, y cuando miré hacia el árbol, el tipo estaba ahí, colgado y sonriéndome burlón. Esa fue la última vez que lo vi. Por lo menos hasta hoy. Ahora quiero invocarlo. Quiero tenerlo cara a cara, y vengarme por la muerte de mi perro. 
    -Estás loco- susurró Federico, ya incapaz de disimular el miedo-. ¿Qué rayos piensas hacer? 
    -Hoy es Noche de Brujas, y la línea que nos separa del mundo de los muertos es más delgada que nunca-dijo Ramiro, sacando una cuchara de su bolsillo-. Esto pertenecía al muerto. Estuve leyendo un libro de magia negra, y sé cómo invocarlo. 
    -Cállate de una vez, por favor- dijo Agustina, con voz desmayada. 
    -Te invoco. Yo te invoco, Martínez- dijo Ramiro, colocando la cuchara entre sus manos ahuecadas. De repente sus ojos se pusieron en blanco y su cuerpo comenzó a mecerse de atrás hacia adelante, como sumido en un trance-. Te invoco en nombre de tu Señor, Amo y Morador de las Tinieblas. Deberás responder por la muerte de mi perro, y por todo el daño que has hecho en esta vida. 
    -¡Cállate de una vez, imbécil! ¡Lo envenené yo! 
    Por un momento, en la casita del árbol, nadie habló. Lenta, muy lentamente, Ramiro fue recuperando la compostura. Y luego observó a Agustina, con una expresión de dolida incredulidad. 
    -¿De qué diablos estás hablando, Agus? 
    -Lo odiaba- dijo la chica-. Odiaba a Coli. Lo siento. Cada vez que pasaba por ahí, tu perro trataba de morderme. Te dije que le pusieras correa, pero tú siempre te burlabas. Y un día no pude más y le arrojé carne envenenada. Por eso tu perro murió. No fue ningún maldito espíritu. ¡Fui yo! 
    -No puedo creerlo… 
    Quedaron los cuatro en silencio, sin saber qué decir y evitando cruzar las miradas. Y fue ahí que escucharon el crujido. Un crujido como el de una hamaca balanceándose en la oscuridad. Sólo que no había ninguna hamaca ahí afuera, y los chicos lo sabían. Se miraron entre sí, con los rostros contraídos por el miedo. Y entonces el árbol comenzó a sacudirse con violencia. Las hojas caían de a miles y se escuchaba el ruido seco de las ramas partidas. Se sujetaron de donde pudieron y gritaron hasta quedar roncos. La endeble puerta de la casita se abrió y Agustina fue la primera en caer al vacío. Le siguió Ariel y finalmente Ramiro. Quedó Federico, aferrándose con fuerza a una madera astillada que sobresalía de las paredes. Las sacudidas se hicieron más fuertes y el chico gritó y lloró al mismo tiempo. 
    -Qué es lo que quieres?- chilló ya sin fuerzas-. ¿Qué es lo que quieres? 
    Y escuchó una voz, una voz oscura y demoníaca desde profundidades del follaje, que decía: 
    -Más perros. Más animales. Más sacrificios para nuestro Amo. 
    -¡Lo haré!- sollozó Federico-. ¡Juro por lo que más quieras que lo haré! Pero por favor, déjame vivir... 
    El árbol comenzó a inclinarse peligrosamente, y la casita de madera cayó. 
    Federico fue el único y milagroso superviviente de la tragedia. Los otros tres murieron aplastados por el árbol. “El terrible accidente de la casita del árbol”, titularon los periódicos sensacionalistas. 
    Cinco días después, la señora Perkins, vecina del barrio, como era costumbre se levantó temprano para barrer el patio. Se detuvo en la verja que daba a la calle y dejó caer la escoba, horrorizada. Sobre la acera, dispuestos en tétrica fila, había docenas de perros, todos inmóviles, todos muertos; sus vísceras estaban al descubierto y brillaban bajo el tibio sol de la mañana. 

Cuento de Terror 28: "Noche de Brujas (I). Equipo Infantil de fútbol".

Había salido el grupo de chicos a festejar la Noche de Brujas. Eran doce, todos ellos disfrazados de vampiros, momias, hombres lobos, siniestros extraterrestres y hasta algún que otro Voldemort. Emulando la tradición que habían visto en cientos de películas yanquis, fueron visitando las casas del barrio al grito de “Dulce o truco”. Los vecinos abrían sus puertas y con una sonrisa les daban caramelos, pequeños regalos y golosinas de todo tipo. La mayoría conocía al grupo de chicos, porque formaban parte del equipo de fútbol infantil del club. Les deseaban suerte con el campeonato y hasta hubo un anciano que les regaló una vieja pelota de trapo que, según sus propias palabras, traía suerte a los deportistas. Los chicos, con educación, le agradecieron el obsequio y se marcharon a la siguiente esquina, y allí se desternillaron de la risa. 
    La noche era cálida. Los mosquitos aún no habían despertado de su letargo invernal y el clima era ideal para andar callejeando por ahí. Uno de los chicos, que era el capitán del equipo y estaba disfrazado de Freddy Krueger, al llegar al depósito de agua se detuvo. Los otros chicos lo imitaron y se miraron entre sí. 
    -¿Qué pasa, Robert? 
   -Somos trece- dijo el niño, contemplando el grupo reunido en la acera-. Cuando salimos éramos doce, pero ahora somos trece. 
   -Es cierto- dijo otro chico, vestido de momia, luego de hacer un rápido conteo-. Alguien se agregó al grupo. 
   -¿Y qué importa?- terció otro, detrás de su máscara del Hombre Araña Negro-. Nos estamos divirtiendo igual. ¿Acaso somos una secta? 
    -No- dijo Roberto, moviendo la cabeza de un lado a otro-. Pero quiero saber quién es. Así que por favor, voy a pedir al chico que se agregó, que diga su nombre. 
    Nadie respondió. Los trece chicos se estudiaban entre sí pero nadie decía nada. Un perro callejero, que pasaba por el lugar, se detuvo un momento y luego soltó un gruñido, como si alguien acabara de darle una patada. 
    -Muy bien- terminó de impacientarse Roberto-. Sáquense sus máscaras, quiero verles las caras. 
    Obedecieron todos, excepto el último de la fila, que tenía un disfraz de brujo. 
    -¿Quién eres?- preguntó Roberto, tratando de parecer autoritario-. Quítate la máscara de una vez, chico. 
    Pero el niño vestido de brujo no contestó. En vez de eso, señaló hacia delante, hacia una casa con tejado a dos aguas ubicada a mitad de la cuadra.
    -¿Qué hay con eso? Esa es mi casa. Y aún no contestaste mi pregunta. ¿Quién eres? 
    El chico vestido de brujo comenzó a caminar hacia la casa de Roberto. A mitad de camino, se detuvo e hizo señas que lo siguieran. El grupo de chicos, entre intrigados y temerosos, siguió sus pasos. Enseguida notaron que el niño renqueaba notoriamente. Se miraron entre sí y se encogieron de hombros. “Sigamos la corriente a este loco”, dijo Roberto, con voz tensa. 
    Se detuvieron frente a la casa, y entonces lanzaron una exclamación de asombro. La casa de Roberto, habitualmente espléndida y adornada con bellos jardines, era ahora una ruina. En el jardín delantero crecían hierbas tan altas como adultos. Las ventanas estaban tapiadas y la puerta principal pendía de sus goznes. 
    -¿Qué está pasando aquí?- preguntó Roberto, alarmado. 
   Guiados por el niño vestido de brujo, entraron a la casa. Las paredes estaban desconchadas y los escasos muebles cubiertos de polvo. El chico se detuvo delante de una vieja alacena de la cocina y abrió un cajón, de donde extrajo un amarillento recorte de periódico. 
    -Quiere que lo leas- dijo el niño vestido de momia-. Léelo, Robert. Léelo porque yo estoy muerto de miedo. 
    Aún incapaces de creer lo que sucedía a su alrededor, leyeron el periódico. El artículo trataba de un accidente trágico ocurrido durante los festejos de Noche de Brujas del año 2002. Un chico, vestido de brujo, se había atravesado en la ruta en el momento en que un autobús pasaba por el lugar. El autobús transportaba a doce chicos que regresaban de un partido de fútbol por el campeonato intercolegial. El vehículo atropelló al niño y luego, en una mala maniobra del sobresaltado conductor, se salió del carril y terminó hundido en un lago. Ninguno de los pasajeros sobrevivió. 
    Inmediatamente después de leer esto, los trece chicos se miraron con tristeza, y luego, muy lentamente, se desvanecieron en el aire de la noche.
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Cuento de Terror 27: "La Noche del Payaso"

-Buen día, ¿hablo con el señor Robert Grey? Quería contratarlo para la fiesta de mi hijo. Un amigo mío, Sergio Palma, lo recomendó ampliamente. ¿Lo conoce?
   -Sergio Palma…- dijo el payaso, del otro lado de la línea-. Sí, es uno de mis mejores clientes. ¿Qué día y a qué hora quiere que vaya?
  -El próximo sábado, a las tres. ¿Puede?
 -Puedo- dijo el payaso de inmediato-. Mis honorarios son por hora, a pagarse en efectivo antes del show. Pero como usted es amigo de Sergio Palma, entonces le haré un descuento.
   Arreglaron los últimos detalles y luego el padre cortó, pensando que su hijo se pondría muy contento al tener un payaso en su fiesta.
   Pero el sábado a la tarde llovió, y el payaso no se presentó al cumpleaños. El padre se cansó de llamarlo pero nadie le respondió. “Menuda recomendación me hiciste, Sergio”, pensó con amargura.
   -Habrá equivocado el día- dijo su mujer, al finalizar la fiesta. Yacían ambos en la cama, agotados a más no poder. La fiesta había resultado bastante buena, aunque el padre seguía irritado por la ausencia del payaso. 
   -Le dije bien claro, el sábado a las tres.
   -Tal vez creyó que era a las tres de la madrugada- bromeó la señora. Pero al ver que su marido no reía, le pasó una mano por la espalda, como consolando a un chiquillo-. Quizás se emborrachó por ahí. Ya sabes cómo son esos tipos. Lo importante es que Joaquín estaba contento.
   -Sí- suspiró el hombre, arrebujándose en las sábanas y disponiéndose a dormir-. Pero hubiese sido mejor con un payaso.
   Exactamente a las tres de la mañana, se despertaron sobresaltados por un grito horrible.
   -Joaquín- dijo la madre, encendiendo la luz-. Algo le ocurre.
   -Quédate aquí- dijo el hombre, saltando de la cama-. Iré a ver.
   Salió al pasillo que comunicaba los dormitorios, y de inmediato se detuvo. Había huellas de barro sobre el suelo. Huellas muy grandes como para pertenecer a un hombre normal. Las huellas iban desde la ventana abierta del living hasta el dormitorio de su hijo. “El payaso”, pensó el padre horrorizado. “De verdad creyó que era a las tres de la madrugada”. Y entonces, sin saber por qué, recordó algo relacionado con Sergio Palma, el amigo del trabajo que había recomendado al payaso. Sergio tenía dos hijos, pero uno de ellos había muerto hacía mucho, en circunstancias escalofriantes. Nunca había hablado del tema con él, por motivos más que obvios, pero algo sabía por  los periódicos. El chico había aparecido muerto en un descampado, luego de varios días de búsqueda intensa. Le habían cortado la cabeza y sus ojos estaban clavados en un árbol. Desde entonces Sergio se había vuelto silencioso, aunque nunca había perdido la amabilidad ni su compromiso con el trabajo.
   ¿Y por qué recordaba eso justo ahora? ¿Por qué? ¿Qué relación tenía con…
   De un golpe el padre abrió la puerta del dormitorio de Joaquín.
   No había nadie. La cama estaba deshecha y las huellas de barro se perdían en la ventana abierta.
   El padre salió de la casa y comenzó a llamar a su hijo a los gritos. Al rato su esposa lo acompañó, y los vecinos encendieron las luces y se hicieron eco de la emergencia. Alguien había raptado a Joaquín. El agresor probablemente vestía de payaso. La policía llegó minutos después y de inmediato se comenzó con el rastrillaje.
   El padre recibió el llamado de Sergio Palma a las tres y media. Lloraba. Entre balbuceos y sollozos pidió disculpas por lo que acababa de hacer. 
   -¿Qué hiciste?- gritó el padre-. ¿Dónde está mi hijo? ¿Quién era ese tipo que me hiciste contratar?
   -No lo sé- explicó Sergio, con voz apenas audible-. Ni siquiera sé si es humano. Pero tiene hambre. Siempre tiene hambre. Se llevó a mi primer hijo, y la semana pasada regresó por el otro. Y yo… yo le dije que se llevara el tuyo a cambio. Lo siento… dile a mi hijo que lo amo.
   -¿Dónde está? ¿Dónde está ese hijo de puta?
  -Busca en el bosque. Él deja siempre los ojos de sus víctimas en los árboles, a modo de señal.
   -¿Qué diablos quieres decir con eso, maldición? ¿Qué…
   Pero no pudo seguir hablando, porque del otro lado de la línea se escuchó el ruido de un disparo y la señal quedó muerta.
  El padre arrojó el celular y corrió en dirección al bosque, que se alzaba detrás de la casa. Y al rato cayó de rodillas frente a una vieja araucaria, llorando desconsolado.

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Autor: Mauro Croche
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El Microcosmos de 666CuentosDeTerror (II)

Más trabajos relacionados con el Microcosmos de 666CuentosDeTerror!! Esta vez, unos alumnos de la escuela secundaria Barrenechea, de Lima, Perú, decidieron imprimir en forma artesanal un libro con algunas historias del blog, para conmemorar el próximo Halloween. El libro se titula "Una noche en vela", y contiene seis relatos míos, más dos del alumno Jesús Vazquez, de 16 años. Para ver más trabajos suyos, pueden entrar a www.otakufan35.blogspot.com.¡Gracias chicos por elegir mis historias, y suerte con el proyecto!!

Nota: si sabes pintar, dibujar, hacer vídeos, cortometrajes, etc., te invito a que hagas algo relacionado con los cuentos de este blog, y yo lo subiré a esta página y a la fanpage, donde miles de visitantes podrán ver tu obra!! Contacta conmigo en maurocroche@gmail.com.


Cuento de Terror 26: "Terrible Venganza de Jenny, la Gorila"

-Los reuní aquí porque quiero contarles una historia…, la historia más asombrosa que escucharán en su vidas- dijo el viejo Sandoval, dando una larga pitada a su oloroso habano cubano-. Ustedes saben que mi gran pasión es la caza mayor, y que a causa de esta noble actividad de caballeros, he ganado unos cuantos enemigos a lo largo de mi vida. Lo que no saben es que mi enemigo más fabuloso no es un hombre, sino un animal. Una gorila llamada Jenny. Si tienen un poco de paciencia, explicaré sobre el asunto, porque creo que vale la pena escucharlo.
     "Fue hace mucho, a principio de los ochenta, cuando escuché hablar de ella por primera vez, en la selva del Congo. Según el relato de los aldeanos, existía en la selva una gorila a la que llamaban Jenny, que poseía la inteligencia de un hombre y lideraba una manada de quince o veinte gorilas, todos ellos imposibles de ver y mucho menos de cazar. Varios de los hombres que trataron de cazarla terminaron de la peor manera, de hecho el último de ellos, un inglés de porte distinguido y aristocrático, había sido encontrado en lo alto de un árbol de teca, con la cabeza girada hacia atrás y su rifle de última tecnología metido profundamente en el trasero. No sé si todos estos rumores eran reales, pero lo cierto es que después de escucharlos quedé naturalmente obsesionado con Jenny. Me propuse conseguir lo que nadie hasta el momento había logrado: darle caza. Había una sola fotografía de Jenny, que un turista afortunado había conseguido tomar meses atrás. Con eso me bastaría para reconocerla y atraparla. Contraté a varios hombres para que me ayudaran con el rastreo, y luego de un día entero de preparativos, en el cual nos aprovisionamos y cargamos nuestras mejores armas y trampas, partimos rumbo a la selva.
    "No aburriré a mi audiencia contando los pormenores de aquella caza que duró dos semanas enteras, pero sí diré que Jenny era realmente muy astuta y en varias ocasiones burló nuestras emboscadas más efectivas. Aquella endemoniada gorila se movía como una sombra y su manada no se quedaba atrás. Sin embargo, al cabo de quince días mis hombres lograron sorprender al grupo, o al menos parte de él, mientras bebía a la vera de un arroyo. La mayoría de los animales escapó, aunque logramos matar a dos de sus integrantes. Ninguno de ellos era Jenny. Uno era un gorila viejo, que prácticamente no tenía dientes y con seguridad no viviría otro año más. El otro era un bebé. Un bebé gorila, de no más de diez meses de edad. Y es aquí donde comienza la parte extraordinaria de la historia.
    "Reconocimos al bebé en la foto del turista. Estaba trepado a la espalda de Jenny: era su hijo. Así que decidimos utilizar el cadáver del bebé como carnada. Empalamos su cuerpo cerca del campamento y aguardamos, apostados detrás de una trinchera natural formada por las rocas de un montículo, la llegada de Jenny, pero nunca apareció. Yo pensaba quedarme en la selva el tiempo que fuera necesario, estaba realmente entusiasmado ante la posibilidad de capturar a la legendaria gorila, pero un desgraciado accidente interrumpió forzosamente la cacería. Uno de mis guías cayó por un acantilado y se rompió el cuello. Digo que fue un accidente, porque en ese momento realmente creímos que lo era, aunque luego, en vistas de lo sucedido, me vi obligado a reconsiderar los hechos…
    "A regañadientes abandoné la expedición y regresé a mi hogar. Jamás había vuelto de una jornada de caza con las manos vacías, por lo que me sentí inútil y miserable. Aunque la cabeza del bebé gorila, que mandé a embalsamar y que ahora cuelga de una de mis paredes, en más de una ocasión actuó como triste consuelo.

Vídeo de Terror: "El Fantasma de Youtube"

El siguiente vídeo es una versión libre que la gente dewww.seoarticulo.com realizó de mi cuento de terror Nº 10 "El Fantasma de Youtube". Los invito a que pasen y lo disfruten:

Cuento de Terror 25: "El Show del Payaso Botones"

Sucedió durante la fiesta de mi décimo cumpleaños. Mis viejos en ese entonces se estaban separando y las cosas andaban bastante mal en casa. Supongo que, para compensar, organizaron una gran fiesta donde hubo de todo, desde peloteros inflables hasta un mago que hacía trucos con la baraja. También contrataron un payaso. El Payaso Botones. Mi viejo lo había contactado a través de un anuncio del periódico. “El Payaso Botones, el mejor y más divertido payaso de la ciudad”, decía el anuncio. Lo recuerdo muy bien por la curiosa línea final: “¡Jamás podrás olvidar su último acto!”. 
    La fiesta transcurrió con normalidad, al menos hasta la aparición de ese maldito payaso. La torta estaba deliciosa, y el mago no era muy bueno pero igual nos divertimos como locos. La tarde pasó rápido, y comenzó a hacer frío porque era otoño. Algunos chicos se fueron, y a otros los vinieron a buscar los padres, y cuando finalmente el Payaso Botones hizo su aparición, a eso de las seis, no quedábamos más de diez chicos en la fiesta. Y creo que fue una suerte, porque si hubiese habido más… bien, no sé qué habría ocurrido entonces.
   Ya cuando el payaso hizo su presentación, arrastrando las palabras y mirándonos con ojos acuosos y perdidos, nos dimos cuenta que sería un completo desastre. Se notaba que el rostro debajo de esa máscara de pintura era el de un viejo, tenía movimientos lentos y poco gráciles, incluso su voz chillona sonaba como el graznido de un cuervo agonizando en una rama. El payaso, ante nuestra impavidez, hizo algunas acrobacias y luego fingió caerse de espaldas sobre el césped. Sacó unos globos de su bolsillo y les dio forma de jirafas y perros. Su escaso público se dispersaba con rapidez, y los pocos que quedábamos ni siquiera nos molestábamos en disimular el bostezo. El Payaso, quizás percibiendo la debacle de su show, cambió la estrategia y comenzó a contar unos chistes de los tiempos de Matusalén, y fue entonces que mi padre intervino furioso. Habló a su oído pero nosotros escuchamos igual, porque nos encontrábamos a escasos metros de la escena. Mi padre le ordenó que concluyera el lastimoso espectáculo de una vez, a lo que el payaso respondió, algo petulante, que aún faltaba el último acto. Mi padre lo pensó durante unos segundos y quizás recordó aquel anuncio del periódico, que sin dudas picaba su curiosidad. “Está bien, haga su último acto y después váyase”, concedió entonces mi viejo, retrocediendo unos pasos para dejarlo actuar, aunque aún mirándolo en forma amenazante. Y entonces el Payaso Botones realizó el último y famoso número de su repertorio. Primero se paró frente a nosotros e hizo una torpe reverencia. Y luego, aferrándose los mechones de los costados con ambas manos, se sacó la cabeza. 
   Todos en el jardín gritamos, y mi padre por poco no se tragó el cigarrillo que sostenía entre sus labios. El payaso se puso la cabeza bajo la axila, como una pelota, y después comenzó a girar sobre sí mismo. Dio dos o tres vueltas y se detuvo, algo tambaleante. La cabeza bajo su axila fijó sus ojos en mí y luego sonrió. Al hacerlo, unas gotas burbujeantes de sangre asomaron por entre sus dientes amarillentos. Uno de los chicos sentado a mi lado se puso las manos sobre los ojos y comenzó a llorar a todo pulmón. 
  -Este es… el show… del payaso… Botones- borboteó la cabeza del payaso, entre horribles y sibilantes estertores-. Recomiéndenme… con… sus… amigos… 
   Sus ojos se pusieron en blanco y el cuerpo cayó sentado sobre el suelo. Comenzó a convulsionar. Nosotros contemplábamos la escena mudos de espanto, incapaces de hacer otra cosa. Las manos del payaso buscaron la cabeza con evidente desesperación y en un principio no la encontraron, porque había rodado a unos dos metros de distancia. Entonces mi viejo, que había palidecido y parecía como de cien años, se acercó unos pasos y empujó la cabeza con el pie, en dirección a los brazos del payaso. Las manos de Botones asieron la cabeza y la colocaron en su lugar. El payaso inhaló una honda bocanada, como si hubiese sostenido el aliento durante mucho tiempo, y luego se incorporó. 
  -Creo que ya estoy viejo para esto- murmuró a nadie en particular, limpiándose la sangre de sus labios con la manga de la camisa. Me miró y con una mano ensangrentada me revolvió el pelo-. Feliz cumpleaños, pibe. Espero que no me olvides nunca. 
   Recogió sus cosas y se fue, dejando a la fiesta envuelta en un sepulcral silencio.



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