Cuento de Terror 35: "Baby Shower"

-Por el bebé- brindaron las mujeres-. Por el bebé Lisandro. Y por la futura mamá, por supuesto.
    Entrechocaron sus copas y bebieron. Afuera llovía y el viento sacudía las ramas del sauce del patio. La madre sujetó su panza y sonrió.
    -Está pateando. Sabe que estamos hablando de él.
    -Claro que lo sabe. Será un bebé muy inteligente, ya lo verás. Y saldrá a ti.
   -Eso espero- la madre tomó otro sorbo de su gaseosa y luego hizo una mueca-. Porque si llega a salir al padre…
    -No pienses en ese imbécil- trataron de consolarla las mujeres-. Porque eso es lo que es: un imbécil con todas las letras.
    -Él se lo pierde.
   -Sí, él se lo pierde. Un padre que desaparece así como así, sin siquiera darte una puta explicación…
    -Y además se llevó el anillo de perlas de mi abuela.
    Las otras mujeres abrieron los ojos.
    -¿De verdad?
   -Ahora que lo pienso, no debí mostrarle ese maldito anillo- dijo la madre, frunciendo el entrecejo-. A partir de ahí nuestra relación comenzó a irse al diablo. Y mi marido… bueno, empezó a actuar de manera rara.
    -¿Rara? ¿En qué sentido rara?
   -Él pensaba… pensaba que ese anillo tenía poderes. Que abría puertas a otras dimensiones: el Cielo, o tal vez el Infierno. Yo le dije que no era más que un anillo antiguo que tenía más valor sentimental que económico, pero él no hizo caso. Llegó a obsesionarse con ese anillo y comenzó a frecuentar gente que me traía muy mala espina. Leía libros esotéricos, realizaba extraños rituales en el dormitorio cuando yo no estaba… Incluso llegó a matar a un gatito. Sé que fue él. Encontré sus restos de casualidad, enterrados al pie del sauce del patio. Lo habían quemado y desmembrado como a un pollo. Le pregunté qué había pasado con ese pobre gato, y él desvió la vista y dijo que no lo sabía, que probablemente se trataba de la travesura de algunos chicos. Pero yo supe que mentía. Y días después de eso, él desapareció. Simplemente desapareció.
    -¿Por qué nunca nos contaste nada, Delfina?
   -Supongo que… bueno, creo que me sentía avergonzada. Sabía que todo se estaba desmoronando. Y tenía miedo. No tanto por mí, sino por el bebé. No quería que creciera sin un padre. Yo sé lo que es eso. Mi propio padre… él estuvo ausente durante mi niñez, y yo… yo…
   No pudo continuar. Se derrumbó y se echó a llorar, y las demás mujeres, presurosas, acudieron a consolarla. Sin embargo, mientras recibía caricias y palabras de aliento, la madre de repente emitió un gemido y se aferró la panza.
    -Hay algo mal- dijo, haciendo muecas de dolor.
    -¿Dónde?
    -Aquí. En la panza. Es el bebé. Creo que…
    -No nos asustes, Delfina.
  -Les digo que hay algo mal- chilló la mujer, de repente sudorosa. Se incorporó del sillón y un chorro de líquido transparente cayó desde su entrepierna. Volvió a sentarse y miró a sus amigas con los ojos desorbitados por el terror-. Rompí fuente. Oh, por Dios, rompí fuente…
    La mujer más grande, Luisa, se hizo cargo de la situación. Ordenó a la más joven llamar a los paramédicos, y luego, ayudada por dos mujeres más, recostó a Delfina en el sillón, con las piernas abiertas.
   -Va a parir- dijo Luisa, luego de un rápido examen a la entrepierna de la madre-. No hay tiempo para los paramédicos, debemos ayudarla nosotras.
    -¿Y qué hacemos?- chillaban las demás mujeres.
   -Por empezar, esterilícense las manos con ese frasco de alcohol en gel que está sobre la repisa. Y luego busquen unas toallas y…
    La chica más joven, que estaba llamando por celular, dejó caer el aparato y señaló hacia la entrepierna de Delfina, dando gritos de perplejidad y horror.
   Las mujeres, incluida Delfina, miraron. Un puño asomaba por la cavidad vaginal de la embarazada. No era un puño de bebé: era grande, del tamaño de un hombre adulto, y mostraba unas uñas afiladas y negras. Delfina se desmayó, y la chica del celular hizo lo mismo. Las otras mujeres huyeron despavoridas de la casa, por lo que nadie vio cuando el puño se abrió lenta, muy lentamente, dejando caer el anillo de perlas sobre la alfombra manchada. 
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Autor: Mauro Croche
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Nueva Sección:¡¡ Historias a Pedido!!

Bueno, ahora que por fin tendré algo de tiempo libre propongo lo siguiente. Ustedes me dicen sobre qué tema les gustaría leer, y yo escribo la historia. Recuerden que la misma siempre se circunscribirá en el género de terror, misterio y/o suspenso. Apenas tenga lista la historia, la publico con dedicatoria a la persona que la solicitó. A modo de ejemplo, aquí les paso una lista que tengo confeccionada desde hace algunas semanas, con peticiones que me llegaron desde el blog y la fanpage:

1. Niña que escucha voces interiores (Abby)
2. Videojuegos (Anónimo 1)
3. Ovnis (Mauricio Zambrana)
4. Desamor (María Alanoca)
5. Zombies en Cancún (Anónimo 2)
6. ??????? (????)

Bueno chicos, aguardo las propuestas!! 
Atte: Mauro

Cuento de Terror 34: "La Apuesta"

-Quiero hacer una apuesta a todos los hombres aquí presentes- dijo el tipo gordo del bar.
   Todos giraron para verlo. El tipo vestía un saco gris y algo raído, gruesas gotas de sudor resbalaban por su frente pese a que se había sentado frente al aire acondicionado, y en conjunto parecía un borracho triste que no tenía nada para perder. El hombre sacó un pañuelo de tela y se enjugó la cara aceitosa, a la espera de respuestas. El primero en hablar fue el cantinero:
   -Diga la apuesta, y nosotros diremos sí o no.
   -Les voy a mostrar algo- dijo el tipo, guardándose el pañuelo en el bolsillo trasero del pantalón-. Lo más horroroso y repugnante que verán en sus vidas.
   -¿Y cuál es la apuesta?- dijo un anciano solitario, sentado frente a su vaso de ginebra, que miraba al gordo con una mezcla de interés y repulsión.
   -Bueno… pues esa. Que lo que les mostraré será lo más horroroso y repugnante que jamás hayan visto.
   -No será algo de maricas, ¿verdad?- el cantinero había dejado de hacer sus tareas y dirigía al gordo una mirada amenazante-. Es decir, no nos mostrarás el culo, o el pene, o alguna cosa de ésas, ¿verdad?
   -No es nada relacionado con eso.
   -¿Lo más horroroso y repugnante?- el viejo solitario arrimó su silla unos diez centímetros, con los ojos de repente brillantes-. En mi vida vi muchas cosas feas, amigo. Una vez vi a un tipo cortado en dos en las vías del tren. Y también vi un ahorcado. Su cara estaba verde y la lengua le colgaba como un trozo de alga sangrienta. ¿Usted dice que lo que mostrará es más horroroso que eso?
   -Mucho más horroroso- dijo el gordo, con una triste sonrisa.
   -¿Lo tiene usted consigo?
   -Claro- dijo el gordo, siempre mostrando su sonrisa distante y lacónica, como quien recuerda algo agradable que no regresará jamás-. Está aquí conmigo.
   -¿Dónde?
   -No puedo decir eso todavía. ¿Aceptan la apuesta o no?
   -Aguarde un momento- dijo el cantinero, frunciendo el entrecejo y colocando sus manazas sobre el mostrador-. Hace mucho, cuando era joven, atropellé a un chico en la calle. Yo iba en mi automóvil y el pobre chico se atravesó para buscar una pelota. Detuve el auto y me bajé, agarrándome la cabeza y pensando que me había metido en un gran lío. Pero cuando miré hacia atrás, el chico no estaba. Lo busqué debajo del auto y en un zanjón que corría paralelo al camino: no había nadie. Estaba comenzando a creer que había imaginado todo cuando se me ocurrió abrir el capó: el niño estaba ahí, metido entre el cigüeñal y la caja de transmisión. Fue lo peor y más triste que vi en mi vida. Aún después de tantos años, sigo soñando con eso. ¿Y usted me dice que lo que me enseñará es peor que eso?
   -Así es- dijo el gordo, volviendo a enjugarse el sudor con su pañuelo roñoso-. Es mucho peor.
   -Entonces me gustaría ver eso- dijo el cantinero, aunque un escalofrío recorrió su cuerpo-. Apuesto cincuenta dólares.
   -Y yo cincuenta más- agregó el anciano.
   -Y yo otro tanto- dijo un tipo que bebía su whisky barato.
   -Lo que vi yo es mucho peor que todo lo de ustedes juntos- dijo una voz en las sombras. Era un hombre calvo sentado en la punta, donde una lámpara se había quemado y nunca más había sido repuesta. Lo envolvía una bruma de cigarrillo que permanecía estática en el aire. Se acodó en la barra y empinó un trago. Luego, con ojos vidriosos, dijo:- Mi mujer murió a los treinta y cinco. Mi vida se terminó ahí. La enterramos en el cementerio del pueblo, pero entonces sucedió el famoso terremoto de San Juan días después. Yo justo estaba en el cementerio cuando sucedió, visitando la tumba de mi esposa. Vi cómo la tierra se abría y el cajón salía a la superficie y se partía como un huevo. Y mi esposa, mi pobre y querida esposa… vi que asomaba su rostro, como un niño jugando al escondite. Pero su rostro… su rostro... no era el que yo había amado. Era…
   El hombre tomó otro trago, y los otros permanecieron en un respetuoso y horrorizado silencio durante unos segundos.
   -Era el de una pesadilla triste y horrorosa a la vez-miró al gordo y luego su cuerpo se convulsionó en un sollozo-. Discúlpeme, pero no creo que pueda igualar ese horror.
   -Siento mucho lo de su esposa- dijo el gordo con voz suave, secándose por enésima vez el sudor que le corría a auténticos baldazos-. Pero lo que yo tengo… es peor. Mucho peor.
   -Cien dólares- dijo el hombre, dando un puñetazo de rabia sobre el mostrador-. Le daré cien dólares si me muestra algo peor que lo que yo vi.
   -Aceptado- dijo el gordo.

Cuento de Terror 33: "La Cuarta Vez"

-¿A dónde vas?- le dijo su padre, hundido en las profundidades de su sillón. 
   -Voy a casa de Vero, tenemos que realizar una tarea- mintió ella. 
   -Vuelve antes de las cinco. Y cuidado con andar haciendo cosas raras. 
  -Sí, papá- dijo de inmediato Agustina. Tomó su mochila y salió de la casa. Caminó un par de cuadras en dirección a la casa de Vero, pero luego de mirar hacia atrás y asegurarse que nadie la observaba, desvió el camino. Nerviosa, volvió a observar su celular. “Estaré esperándote en la esquina de Gaona, a las dos y media”, decía el mensaje de Nahuel. La chica sonrió. Eran las dos y cuarto de la tarde de un día espléndido, y ella por fin iba a conocer personalmente a Nahuel Cerro, el chico con el cual había estado chateando los últimos dos meses. Recordó las fotografías que él había enviado y su sonrisa se ensanchó. Era bien parecido, pero lo que más le gustaba era su mirada. Salvaje y tierna a la vez. Como la de un animal domesticado que puede morderte en cualquier momento. Y a ella le gustaba el peligro. Los demás chicos le parecían insulsos y corrientes, ninguno le llamaba la atención. Pero Nahuel… Nahuel había capturado su corazón de inmediato. 
   “Nahuel…” repitió la chica en voz alta, embriagada de emoción y felicidad. Llegó a las dos y cuarenta. No había nadie en los alrededores, excepto un perro que se rascaba las pulgas en la vereda. El auto de Nahuel, un vehículo de alta gama que le había regalado su padre para su decimo octavo cumpleaños (había gente que tenía muchísima suerte, pensaba con envidia Agustina), estaba estacionado en la esquina convenida, bajo la sombra de un árbol. Tenía los vidrios polarizados y no se veía el interior, aunque Agustina supo que era de él por las descripciones previas que el muchacho le había brindado. La chica se detuvo delante de la puerta del conductor y se hizo sombra con las manos, exhibiendo aquella sonrisa que (lo sabía muy bien) derretía a los chicos más duros. Golpeó el vidrio con aire juguetón y dijo: 
    -Hey, Nahuel, ábreme, soy yo, Agustina. Me puse el vestido rojo que me pedist… 
     La puerta de repente se abrió y una mano la agarró de los cabellos y la jaló en dirección al vehículo. La chica sintió un golpe terrible en la cabeza y comenzó a ver puntos negros. Antes de desmayarse, contempló confundida el rostro de su atacante: no se parecía en nada a Nahuel. Ni siquiera era un adolescente, sino un hombre grande, de la edad de su padre. Agustina ensayó un tibio pedido de auxilio, que ni siquiera fue un susurro, y luego se desmayó.
    Despertó en una habitación umbría y agobiante. Se escuchaba música de rock and roll a todo volumen. Las paredes estaban cubiertas con humedad y había algunos pósteres de grupos juveniles colgados de unos clavos. También había una fotografía obscena, aunque ella apartó de inmediato la mirada. Trató de moverse y descubrió que estaba atada a una silla. Su corazón bombeaba a una velocidad imposible y por un momento creyó que volvería a desmayarse. Pero luego escuchó un ruido a sus espaldas, y ella, de repente alerta, giró la cabeza hacia atrás. 
   -Hola, Agustina- dijo el hombre. Era alto, tan alto como una puerta, y estaba vestido completamente de negro. Tenía algo en su mano, que en un primer momento Agustina no pudo identificar-. Dormiste mucho… ¿Te sientes bien? 
   -¿Quién eres? ¿Qué crees que estás haciendo? 
  -Soy Nahuel, ¿no me reconoces? Aunque debo admitir que las fotos que subí al Facebook… bueno, quizás no se parezcan mucho a mí. Y en cuanto lo que estoy haciendo…- el hombre se puso delante de ella, y le mostró una procesadora eléctrica, manchada con una sustancia verduzca-. Estoy preparando tu comida favorita. Pollo al verdeo. Me esmeré mucho en hacerlo, así que estoy seguro que te gustará. 
    -Déjame ir. Por favor, déjame ir. 
   -No puedo hacer eso, y lo sabes- dijo el hombre, poniéndole una mano en la barbilla. La chica de inmediato comenzó a llorar. El hombre negó con la cabeza-. No llores, muñeca. No llores, porque… 
   Se escuchó un ruido de cristales rotos, y el hombre cayó despatarrado en el suelo. Todo ocurrió tan de repente que Agustina ni siquiera atinó a reaccionar. El hombre tenía la cabeza cubierta de sangre y sus ojos miraban despavoridos hacia uno y otro lado. Y al rato, la chica vio que una figura conocida ingresaba a través de la ventana rota. 
   -¡Papá!- dijo Agustina, llorando ahora de alegría-. ¡Oh, papá, me has seguido! Perdóname por mentirte… 
   -Hablaremos de eso después- dijo el padre. En su mano tenía una piedra similar a la que había arrojado en dirección a la cabeza del pedófilo. Miró en derredor y luego hizo un gesto de asco con los labios-. Primero me encargaré de esta basura. Le quitaré las ganas de salir con niñas. 
   Y cumplió con su palabra, o al menos lo intentó. Ató al hombre y comenzó a darle puntapiés y trompadas. Volaron dientes, sangre, incluso astillas de hueso cuando el padre le quebró el brazo con un martillo que encontró en otra habitación. Luego tomó una cuchara de sopa y le escarbó el ojo hasta sacárselo. El hombre que decía llamarse Nahuel se retorcía de dolor y suplicaba por su vida. Lejos de prestarle atención, el padre siguió con la venganza durante las siguientes tres horas. Lo sumergió en la bañera, le aplicó electricidad, le arrancó las uñas con una pinza. Le sacó el otro ojo y se lo comió como si fuese una uva. Finalmente, le bajó el pantalón y le picó el pene con la procesadora. 
   Cuando terminó, aquello era un baño de sangre. El padre estaba cubierto de rojo de pies a cabeza, y Agustina no se quedaba atrás, porque lo había ayudado en muchas de las “tareas”. Contemplaron lo que quedaba de Nahuel y luego Agustina echó un escupitajo sobre las vísceras del hombre, que habían quedado al descubierto. 
   -Perdón, papá- dijo la chica, abrazando a su padre. 
   -Estás perdonada, hija- dijo el hombre, devolviéndole el abrazo-. Pero la próxima vez, presta más cuidado. Esta es la cuarta vez que te pasa algo así, y yo no puedo andar matando pedófilos a cada rato. 
   -Te quiero, papá. 
   -Yo también, Agus- dijo el padre, con súbitas lágrimas de emoción-. Yo también. 
   Se limpiaron la mugre y luego salieron, abrazados, a la calidez de la noche de verano.

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Autor: Mauro Croche
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Cuento de Terror 32: "Terror en el Baño"

-Oh, no- dijo Martina, retorciéndose sobre la butaca. 
   Su amiga, que comía palomitas de maíz de a puñados mientras observaba la película de terror, se dio vuelta fugazmente. 
   -¿Qué ocurre? 
   -Tengo que ir al baño. 
   -Entonces ve. 
  -No quiero. Esta es la mejor parte de la película. 
   -Pues entonces no vayas. 
   -Si no voy, mi vejiga estallará. 
  Su amiga abrió la boca para responderle, pero entonces recibieron chistidos desde diferentes partes de la sala de cine. 
   -Volveré enseguida- susurró Martina-. Luego me cuentas lo que ocurrió.
   Abandonó su butaca y corrió en dirección al baño. Eran cerca de las doce y media de la noche y no había mucha gente en el centro comercial, apenas un muchacho que cansinamente barría el suelo, y un par de empleados de la cafetería que guardaban las cosas para marcharse de allí lo antes posible. Martina se detuvo delante de la puerta del baño y lanzó una maldición: la entrada estaba cruzada con un letrero de plástico amarillo. Retrocedió sobre sus pasos y miró en derredor, desesperada. Vio una escalera y se lanzó decidida hacia el lugar. La escalera, que no era mecánica, la condujo a un corredor de pisos relucientes, con tiendas comerciales ya cerradas y oscuras a ambos lados. A unos cincuenta metros, suspendido de unos cables del techo, un letrero luminoso le indicó la presencia de los sanitarios. Martina, infinitamente aliviada (ahora ya no le preocupaban tanto las escenas perdidas de la película, sino sus ganas insoportables, casi dolorosas, de orinar) se metió corriendo en el lugar. Los pisos del baño brillaban impecablemente bajo la dura luz de los fluorescentes del techo. La chica, como era su costumbre, eligió el último de los cubículos para hacer sus necesidades. Antes de sentarse limpió la tabla del inodoro y luego colocó un buen colchón de papel higiénico sobre la misma, y recién entonces se sentó. 
    Y allí, mientras trataba de orinar lo más aprisa posible, comenzó a escuchar algo extraño. Era como si alguien, en algún cubículo vecino, estuviera rascando la madera con sus uñas. Pero no podía ser, estaba segura que no había nadie al momento de entrar. Aguzó el oído y escuchó. Y al rato el ruido se repitió, y además de eso Martina oyó el sonido de unas arcadas intensas, como si alguien estuviese vomitando dentro de algún cubículo. 
   La chica tuvo el impulso de agacharse y mirar por debajo del tabique divisorio, pero luego se dio cuenta que estaba completamente sola y aislada en esa parte del centro comercial, y entonces ya no quiso hacerlo, no quiso mirar, porque aquellos sonidos le ponían los pelos de punta. Quiso moverse, quiso levantarse y abotonarse el pantalón para salir pitando de allí, pero no pudo, estaba paralizada, sabía que algo horrible estaba a punto de suceder. Sacó desesperada el celular, con el propósito de alertar a su amiga de la situación. Y justo en ese momento vio la inscripción sobre la puerta, escrita con marcador negro: 

“Si escuchas ruidos raros, no mires hacia arriba. 
 Hanako-San te observa”. 

   La luz de los fluorescentes del techo se oscureció. Algo había trepado al cubículo y asomaba por encima del panel de madera. Martina podía verlo de refilón: era una cabeza. Una cabeza de piel blanca y cabello negro como el carbón. La chica comenzó a sollozar. Sus manos temblaban tanto que dejó caer el celular, que resbaló sobre los mosaicos y se perdió dentro de un desagüe. Sintió que algo, unos dedos húmedos, le acariciaban lentamente el cabello. La chica gritó y se encogió sobre el inodoro. Y luego, contradiciendo las indicaciones del graffiti, miró hacia arriba. 
    No era una mano lo que había acariciado su pelo. Era una lengua. Una lengua negra y ondulante, de aproximadamente dos metros de largo, que salía de la boca de aquella cabeza suspendida sobre el panel del cubículo. La lengua, como una desquiciada serpiente, se enredó en las profundidades de su pelo, mientras Martina gemía aterrorizada. Pasó por sus ojos y sus mejillas, dejando un rastro húmedo y fétido sobre su piel. Y luego se enroscó en torno a su cuello, donde comenzó a apretar. 
    Media hora después, el empleado de limpieza, alertado por la amiga de Martina, entró al baño y revisó los cubículos, uno por uno. No le agradaba entrar allí; desde que una turista japonesa había muerto dentro de un cubículo, ahogada con su propia lengua durante un ataque epiléptico, se decía que aquel baño estaba embrujado y podían escucharse ruidos escalofriantes durante la noche. Sin embargo, no encontró nada raro durante la inspección, excepto por el desconcertante grafiti en la última puerta, que decía: 

“Si escuchas ruidos raros, no mires hacia arriba. 
Hanako-San te observa. 
Y Martina también”.

Cuento de Terror 31: Enfermera Nocturna"

Era su primera noche en el hospital. El bebé dormía en la cuna junto a ella. Había sido un parto difícil, aunque al final todo salió bien. La trasladaron a la sala de maternidad y allí le enseñaron a dar el pecho. Términos que eran totalmente nuevos para ella, como “meconio” o “calostro”, se le hicieron habituales en cuestión de minutos. Y a eso de las diez de la noche, luego de llorar durante casi todo el día, el bebé se durmió. “Ahora descanse, porque mañana será peor”, le sonrió la enfermera. Apagó la luz y se fue. Luisa quedó pensando en la oscuridad, meciendo de vez en cuando la cuna. Pensaba en el padre ausente, y en cómo diablos haría para arreglárselas sola con el bebé. Porque el padre, apenas un chico que acababa de terminar la secundaria, al igual que ella, no tenía intenciones de volver. “Mañana será otro día”, pensó la joven madre, cerrando los ojos. 
    Se despertó en mitad de la noche, sobresaltada. Había un ruido del otro lado de la puerta. Un ruido como si alguien en el pasillo caminara y jadeara como un perro. Las pisadas iban y venían, iban y venían. Y ese jadeo. ¿Realmente era un jadeo? Era como una respiración agitada y superficial. El niño a su lado se removió inquieto, y la madre lo meció hasta calmarlo. Tomó el teléfono y discó el número de enfermería. 
   -¿Sí?- respondió una voz adormilada del otro lado. 
  -Hola, soy Luisa Machado, de la sala 122- susurró la chica, para no despertar al bebé-. Hay un ruido del otro lado de la puerta… no me deja dormir. 
    -¿Un ruido?- pareció despabilarse la enfermera-. ¿Un ruido como qué? 
   -Parece que alguien camina. Va y viene por el pasillo. Y respira de una forma rara. Como un… jadeo. 
   -Oh, Dios- dijo la enfermera a través del teléfono. Se escuchó un clic y al cabo de unos segundos una nueva voz, esta vez más autoritaria, habló con evidente urgencia:
    - ¿Señora Machado? 
    -Sí, estoy aquí. ¿Qué… 
   -Soy la jefa de enfermería. No salga de la habitación. Por lo que más quiera, no salga. 
   -¿Me quiere decir qué es lo que está pasando?- alzó un poco la voz Luisa, ahora asustada. 
    -¿Tiene a su bebé ahí? 
    -Está aquí conmigo, claro. 
    -Abrácelo. Abrácelo con todas sus fuerzas. 
    -Es una broma, ¿no? 
   -No es una broma. Hay algo peligroso ahí afuera. Pensamos que no volvería, pero nos equivocamos. 
    -¿Algo peligroso?- Luisa se incorporó de la cama y miró hacia la puerta cerrada-. Entonces llame a la policía. Y vengan. Ayúdenme… 
    -No podemos- dijo la enfermera-. Nosotras también corremos peligro. 
   -¿Quién es, por Dios? 
   -Es… 

Cuento de Terror 30: "Noche de Brujas (III). El Relato de Crescini"

Para conmemorar Noche de Brujas, la profesora de literatura encargó a sus alumnos escribir un cuento de terror cada uno. La propuesta fue recibida con un entusiasmo inusual, y en pocos días todo el mundo en el salón de clases hablaba de duendes, fantasmas, apariciones y seres de ultratumba de todo tipo. Cuando llegó el día de la lectura de los cuentos, la expectación era grande y hasta se habían colado alumnos de otros cursos para escuchar los relatos. La profesora, por riguroso orden alfabético, comenzó a llamar a los chicos. 
    -Álvarez. 
   Cada alumno nombrado debía pasar al frente y leer su cuento. Álvarez se paró y leyó el suyo. Era una versión claramente plagiada de ‘Cementerio de animales”, de Stephen King, pero los chicos igual aplaudieron y Álvarez regresó a su asiento con una sonrisa de oreja a oreja. Fue el turno de una chica algo tímida que solía escaparse de las clases para fumar en el baño. Su cuento trataba de la clásica batalla entre vampiros y hombres lobos, y aunque la narración era confusa y algo lenta, los demás alumnos festejaron la muerte final del hombre lobo y silbaron entusiasmados. Pasó Bielsa y Cáceres, ambos con relatos sobre asesinos en serie. Y luego fue el turno de Crescini. 
   En ese momento, cuando la profesora nombró al chico, se hizo un respetuoso silencio en el salón. Crescini era un chico taciturno y de escaso hablar, que desde la trágica muerte de sus padres, ocurrida el año anterior, vestía ropa negra y hasta se decía que dormía en el cementerio del pueblo, sobre las lápidas de sus progenitores. Todos los chicos evitaban su presencia, aunque lo respetaban por la cruz que le había tocado cargar. Crescini se levantó de su asiento y caminó hacia el pizarrón. Los alumnos a sus espaldas cuchicheaban, e incluso la maestra parecía interesada en lo que vendría a continuación. El chico, que por algún motivo llevaba la mochila colgada de sus hombros, como si pensara marcharse, se puso frente a la clase y alzó la hoja impresa que contenía su cuento. Carraspeó. Todo el mundo en el aula parecía haber dejado de respirar. 
    -Escribí un cuento de terror- dijo el chico, con voz apenas audible-. Se llama “Los fantasmas de mis padres”. 
    -Oh, Dios- dijo una voz perpleja (y claramente regocijada) en el fondo del aula. 
   -Y dice así- continuó el chico, sin prestar atención-. “Mis padres murieron el año pasado, en un horroroso incendio. Los bomberos no pudieron hacer nada y la casa, con mis padres dentro, ardió hasta los cimientos. Fui a vivir a la casa de mi tía Jacinta. La primera noche no la pasé bien, apenas pude dormir. La segunda fue un poco más tranquila, pero a eso de las dos de la madrugada me desperté y cuando miré hacia un rincón de mi habitación, mis padres estaban ahí, observándome. Sólo que tenían los rostros ennegrecidos por el fuego, y colgajos de piel caían como cera derretida de sus brazos aún incendiados”. 
     -Oh, Dios- repitió la regocijada voz del fondo. 
    -Daniel, yo creo que...- comenzó la maestra, pero calló al percibir la amenazante mirada del chico. Crescini continuó con su relato. 
     “El olor a carne quemada era horrible, pero fue peor lo que me dijeron. Me preguntaban cosas. Me preguntaban, una y otra vez, por qué. Por qué lo hiciste, Daniel. Y yo no tenía una respuesta para ellos. Durante un año entero se me aparecieron y me preguntaron por qué, por qué. Yo no podía dormir y mis notas desmejoraron, y ellos en ningún momento pararon de hacerme esas preguntas que me volvían loco: por qué, por qué- el chico alzó la mirada. La clase entera lo observaba con los ojos abiertos de par en par. Un escalofrío recorría la espalda de cada uno de los alumnos, como un trozo de hielo deslizándose por debajo de sus remeras. Daniel Crescini, con expresión satisfecha, regresó a su cuento:- “Por suerte, la semana pasada dejaron de preguntarme eso. Cambiaron sus preguntas por una súplica: no lo hagas, no lo vuelvas a hacer. Pero yo sé que no puedo, porque es más fuerte que yo. Así que aquí estoy. Mientras los primeros alumnos leían sus cuentos, yo me acerqué a la puerta y eché cerradura con la llave que robé del despacho del director. Mi mochila tiene un bidón con nafta, y el aula arderá enseguida. Sólo queda encender el fósforo. FIN”. 
    Antes de que alguien atinara a reaccionar, el chico sacó el bidón de su mochila y esparció el contenido sobre las paredes. Y luego lanzó una risotada demencial y con un fósforo encendió la hoja que contenía el cuento, mientras el pánico y las llamas se desataban a su alrededor.

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