Tengo el agrado de anunciar que mi relato "Bólido de cristal" ha sido elegido como uno de los ganadores del I Concurso Literario de Ciencia Ficción y Fantasía, organizado por la Editorial Niebla. Los cuentos seleccionados integrarán una antología a publicarse en los próximos meses. ¡Muchas gracias a la editorial por haber elegido mi relato!



Plagio Maldito

Tristes noticias 

Miguel Lupián, director de la excelente revista del género fantástico “Penumbria”, tuvo que dar de baja el número de diciembre. ¿El motivo? Un idiota copió una de mis historias, atribuyéndosela como propia, y se la envióa Lupián, quien sin saber nada la publicó en su revista. Afortunadamente alguien se percató de la pillada y dio aviso al equipo de “Penumbria”, con la consiguiente pérdida de tiempo, esfuerzo, etc.

Pueden leer el caso completo en el siguiente link:

http://www.penumbria.net/contra-el-plagio/

No es la primera vez que me pasa. Semanas atrás, alguien me hizo llegar un libro digital titulado: “Trece historias de terror”, firmado por un “autor” cuyo nombre omitiré por piedad. Al echar una ojeada al libro, me encuentro con que las trece historias en cuestión eran “mis” historias, copiadas íntegras desde la primera línea a la última. El libro tenía una linda portada, un índice, algunas ilustraciones, y una conmovedora nota final firmada por el “autor”, en la cual recalcaba lo mucho que le había costado “escribir” las historias, el “empeño” y la ilusión que tenía al publicar ese libro, etc., etc.

Más atrás en el tiempo, una joven hizo algo parecido en Goodreads, un sitio en donde miles de autores de todo el mundo suben sus escritos. “Esta es una recopilación de los mejores cuentos de terror que escribí”, ponía en la introducción. Cuando le escribo a la mujer exigiéndole que baje la recopilación, porque no era suya sino mía, ella me contesta algo así como: “Ah, sí, perdón, no sabía”.

Aún me pregunto qué quiso decir con eso. Es decir, ¿qué era lo que no sabía? ¿Que no se pueden copiar las historias? ¿O acaso “no sabía” que alguien la podía descubrir? 

Bien, para no extenderme demasiado, diré lo siguiente: plagiar es muy mala idea. Internet puede parecer muy grande, y lo es, pero también hay mucha gente recorriendo sus laberintos, y tarde o temprano alguien se da cuenta. Pueden pasar meses, o incluso años, pero tarde o temprano ALGUIEN SE DA CUENTA.

Así que, para concluir, este mensaje va para todos aquellos que están pensando en hacer un “copy/paste” en beneficio propio:

ESCRIBAN SUS PROPIAS HISTORIAS. Se ahorrarán muchos dolores de cabeza y sentirán el orgullo propio del creador. Quizás los textos no sean muy buenos al principio, de hecho es muy común y forma parte del aprendizaje, pero con esfuerzo y perseverancia verán que se puede mejorar mucho.

En otras palabras: no me hagan perder el tiempo, niñatos, que ya de por sí lo tengo bastante escaso!!

A todos los demás, los lectores cariñosos y fieles de siempre (que por suerte, son la abrumadora mayoría): perdón por la digresión. Y gracias a los que siempre me están ayudando a cuidar y difundir mi pequeña obra    Muy pronto habrá novedades sobre la próxima historia, que pienso enviárselas como humilde y sencillo regalo de Navidad.

Abrazos.

"Nòises"

Una nueva adaptación de uno de mis cuentos de terror, esta vez: "El hombre del patio". 
Un chico introvertido cree ver fantasmas en su patio trasero. El padre no le cree y pìensa que sólo quiere llamar la atención. Hasta que una noche de juerga y barajas, el padre escucha algo inquietante en la habitación del chico...
Un corto cinematográfico de terror dirigido por Emanuel Vargas. Duración: 12 minutos.


Las Crónicas Sobrenaturales de Milena Crow: "Tabla Ouija"

La siguiente es la primera de las muchas entrevistas que la colaboradora y periodista freelance Milena Crow ha hecho para www.666cuentosdeterror.com. Las notas de Milena están orientadas a temas sobrenaturales, y buscan el testimonio directo de los involucrados. Ésta en particular trata sobre la famosa tabla ouija, que unos adolescentes de la localidad de Junction City, hicieron en Octubre de 2012, con consecuencias que hasta el día de hoy siguen afectando sus vidas. Milena realiza la entrevista y yo la paso a texto. Espero que la disfruten… si es que puede decirse algo así.

LAS CRÓNICAS SOBRENATURALES DE MILENA CROW: “TABLA OUIJA”
Entrevista: Milena Crow
Texto: Mauro Croche

Cuento de terror tabla ouija
La entrevista tiene lugar en la casa de Patricia Nores, que vive en un barrio latino de Main Street, Junction City, junto con su abuela de 82 jóvenes años. Mientras la señora realiza los quehaceres domésticos con sorprendente jovialidad, Patricia me hace sentar en uno de los sillones del living y, café de por medio, comienza a relatar su experiencia.

Patricia: No debimos llevar a cabo ese juego. No al menos con la presencia de Bea. La conozco desde la primaria, y ella siempre fue muy tímida y callada, le tenía miedo a todo. Cuando hablaba, se ponía toda roja y tropezaba con las palabras. Tenía un principio de tartamudez… Tuvo un solo novio, pero él la dejó a los dos meses. Por otra chica, se entiende. Ella estaba muy enamorada de él, y cuando el tipo se fue con la otra, quedó realmente muy mal. Pensamos… teníamos miedo de que se hiciera daño, ¿entiende?

Milena Crow: Una persona muy sensible e introvertida.

P: Era como una crisálida. ¿Sabe lo que es eso? Pero todos sabíamos que ella nunca saldría del capullo, que siempre estaría metida dentro de sí, y jamás desplegaría las alas para ver la luz del Sol. Intentamos ayudarla, ¿sabe? Pero ella no quería que la ayudaran. O al menos, nos rechazaba y se negaba a concurrir al psicólogo como nosotros le sugeríamos. Ella navegaba mucho por Internet… pasaba horas delante de su computadora. Primero fue en el chat, en la época en que todavía existía el LatinChat, ¿lo recuerda?

MC: Creo que todavía sigue existiendo.

P: Y después fue MySpace, y después Facebook, y después no sé qué otra cosa para hacer amigos… Ella decía que tenía muchos amigos. Hablaba mucho con ellos a través de la Webcam. Pero usted sabe cómo son los amigos que uno conoce por Internet. Pueden desaparecer de la noche a la mañana sin dejar rastro, como si nunca hubiesen existido. ¿Nunca se puso a pensar en eso? Tal vez los “amigos” de ella no eran tales, sino uno solo. O quizás se trataba de una máquina, que le respondía frases programadas. Da miedo pensar esas cosas, ¿no?

MC: Pero ella estaba sola.

P: Claro que sí. Era la persona más solitaria de la Tierra. Su única amiga verdadera era yo… (se queda pensando un rato, al tiempo que su mirada se torna algo difusa). Debí haberla cuidado mejor. Debí haber insistido en que no fuera a esa estúpida sesión de ouija.

MC: ¿Qué pasó aquella noche? ¿De quién fue la idea de hacerla?

Entrevista en "Kolaz Dice"

En "Kolaz dice", programa de entretenimientos e interés general, me realizan una entrevista en la cual hablo de los cuentos y novelas del blog, anécdotas, futuros proyectos y el género de terror en particular. También se relatan un par de cuentos de mi autoría. Si quieren escuchar mi horrible voz, están invitados a través del siguiente link:
http://www.4shared.com/mp3/-9VhQ7JSba/Podcast_Kolaz_Dice_Ep30_-_26_o.html



Por fin...

Finalmente, después de quince meses de duro trabajo, mi novela de terror está terminada!!



Son aproximadamente 300 páginas de terror, aventuras, suspense y mucho, pero mucho ritmo narrativo (o al menos eso espero jaja).
Aún no adelantaré el título, pero sí diré que los hechos suceden en una escuela secundaria, donde las alumnas, todas mujeres, quedan atrapadas a merced de un horror sin nombre...
Saldrá a la venta muy pronto, primero en formato ebook o libro electrónico (que puede ser leído en celulares, tablets y PCs), y luego como libro tradicional de papel.
Seguiré informando a través de este medio... Mientras tanto, y como siempre, pueden leer mis relatos cortos aquí, donde publico en forma totalmente gratuita todos los viernes (y algunos martes).
Un abrazo!!
Mauro

Cuento de Terror 63: "Vuelo Fantasma"

El vuelo, que era turbulento, arrancaba grititos de pánico a los pasajeros. Las azafatas se habían puesto el cinturón de seguridad, y nos observaban con nerviosas y forzadas sonrisas desde sus asientos ubicados al fondo del pasillo. Luego de una sacudida fenomenal, que hizo que todos los pasajeros, incluso los más ateos, clamaran por la presencia de algún Dios, mi ocasional compañera de viaje, una mujer de cincuenta o cincuenta y cinco años bien llevados, al notar mi sobresalto me puso una mano sobre el brazo:
-Tranquilo, joven- dijo, con una voz suave, increíblemente relajada-. ¿Cómo es su nombre?
-Mauro, señora, ¿y el suyo?
-Encantada, yo soy Gladys. ¿Sabe lo que sería bueno para estos casos, Mauro?
-¿Un paracaídas?
La mujer rió. Al hacerlo, se puso una mano sobre la boca, como hacen los chiquillos.
-No me refería a eso: hablo de historias de terror.
-¿Historias de terror?- repetí incrédulo.
-Sé que parece una locura, pero los cuentos de terror ayudan a olvidar el verdadero miedo. Era lo que hacían nuestros ancestros, para olvidar los peligros que acechaban en la oscuridad de la noche. ¿Le cuento uno?
-De verdad, no creo que parezca buena idea…
-Es una historia real, sobre un avión maldito- siguió la mujer, sin prestarme atención-. Pero tranquilo: no se cae ni se pierde en el océano.
-Un avión maldito… justo lo que necesito oír en este momento…
-Exacto: un avión maldito- dijo la mujer, ignorando mi desesperado sarcasmo-. A la historia me la contó mi cuñado, que durante mucho tiempo trabajó en una empresa de aerolíneas. ¿Quiere escuchar la historia, o no?
-¿Acaso tengo otra opción?
Se generó una nueva sacudida, que hizo que algunos bolsos cayeran y una mujer sentada en los primeros asientos lanzara un agudo grito, similar al de un pájaro. Cuando la calma más o menos regresó al lugar, mi compañera de viajes siguió hablando:
-El avión en cuestión era un 737, importado de Francia. Su patente comenzaba con las letras EVL, por lo que todos, un poco en broma y otro poco muy en serio, lo llamaban "EVIL” ("Malo" o "El Mal" en inglés). El avión nunca había tenido un accidente, de hecho según mi cuñado era un aparato muy confiable durante las turbulencias y los aterrizajes, pero de todas maneras nadie en la tripulación se  alegraba cuando le tocaba un vuelo con el "EVIL". Se decía que las cosas en la cabina se perdían, a veces las agujas enloquecían sin control… Y además, claro, estaba el asunto de los animales en la bodega.

CDT 62: "Los Signos del Mal"



¿Por qué los adultos podían ser tan estúpidos?
¿Por qué se negaban a aceptar lo que era evidente, incluso cuando tenían las pruebas delante de sus propios ojos?
Eso pensaba Rita, mientras se limpiaba las heridas en el lavatorio del baño, parada frente al espejo del botiquín y dándole la espalda a la bañera de loza. Se frotó un trozo de algodón embebido en alcohol y dio un pequeño respingo: quemaba. Se trataban de tres marcas en la piel de su estómago, inexplicables marcas en formas de garra, aparecidas durante la noche anterior, mientras dormía. Era la cuarta vez que le ocurría esto, y por cuarta vez, su madre descreyó del relato:
-Te lo hiciste mientras duermes, estúpida. La próxima vez, cuando te quejes de esto, yo misma te cortaré las uñas, porque tu historia de fantasmas ya me está cansando.
Rita terminó de limpiarse la herida y se puso la remera. Recordó que la noche anterior había tenido pesadillas, había soñado otra vez con aquel hombre vestido con un traje azul, que la llamaba desde lo alto de una colina. Ella siempre sentía miedo al verlo, porque sabía que el hombre estaba muerto, y cuando se daba vuelta para escapar, el fantasma la perseguía hasta darle alcance. Sus ojos eran dos agujeros negros, y tenía una sonrisa enorme y grotesca, que le cortaba el rostro en dos. Le mostraba unas uñas largas y afiladas, cubiertas por mugre y costras de sangre, y luego le rasguñaba alguna parte del cuerpo.
“Para que me recuerdes”, le decía el hombre del traje azul, y de los agujeros de sus ojos comenzaban a salir gusanos blancos, que resbalaban por sus mejillas como asquerosas lágrimas reptantes. En este punto Rita siempre despertaba, y cuando se miraba el lugar del cuerpo donde el fantasma en sueños la había rasguñado, lo encontraba sangrante y con aquellas tres marcas en forma de garra.
“Todo ha sido real”, pensaba entonces.
“El tipo del traje azul existe”.
Sólo que su madre no pensaba de igual forma.
-Lo haces para llamar la atención, para joderme- le decía-. Desde que murió tu padre, mi vida ya es lo suficientemente dura, y tú encima haces todo lo posible para complicarla.
Volvió a tener el sueño tres días después, un domingo lluvioso. En esa ocasión el hombre la hirió en el hombro, y cuando ella despertó, no se sintió segura ni aliviada al salir de la pesadilla. Abrió los ojos en la oscuridad y tanteó con desesperación el interruptor de la luz; percibía que una presencia se había colado en la habitación, algo maligno que la observaba desde algún oscuro rincón. Cuando finalmente encendió la lámpara, lanzó un grito: había un rostro en la ventana, un rostro que flotaba en la noche, y se reía de ella, mientras los gusanos caían a raudales desde los agujeros de sus ojos.
Su madre entró un minuto después. Rita, llorando, le explicó lo que había ocurrido y le mostró las heridas en su hombro derecho; la madre, que tenía signos de resaca en su envejecido rostro, la tomó de los pelos y la zamarreó.
-Me quieres hacer la vida imposible, ¿eh? ¿Crees que puedes jugar conmigo? Te mostraré que estás equivocada, pequeña zorrita del demonio.
La arrastró hacia la cocina y le encajó un golpe. Rita cayó sobre el mueble aparador y se aferró la cabeza, que ahora también sangraba, junto con el hombro. Cerró los ojos con fuerza, porque aquello era demasiado y se sentía abrumada por la experiencia que acababa de vivir. Escuchó que su madre abría el cajón de la alacena: cuando volvió a mirar, vio que la mujer se le acercaba con un cuchillo. Pensó que sería su fin; su madre había enloquecido por el alcohol y por la muerte trágica de su marido; ahora sólo quedaba esperar un destino trágico para las dos.
Pero su madre no pensaba matarla. Lo que hizo, en cambio, fue cortarle las uñas con el cuchillo, una por una. Al principio Rita se resistió, pero cuando su madre le cortó la yema del dedo índice, se dio cuenta que era mejor no moverse, era mejor esperar que finalizara la tarea, y mientras tanto, poner la mente en blanco y fingir que aquello en realidad no estaba pasando.
-Ahora no podrás rasguñarte mientras duermes- le dijo la mujer, al terminar-. Ahora dejarás de joderme la vida con esa mierda del fantasma. Vete a dormir, pero antes límpiate la herida, o se te infectará.
-Sí, mamá- dijo Rita, con voz neutral, agachando la cabeza y sorbiéndose los mocos-. Prometo que no volverá a pasar. 

CDT 61: "El Llanto de un Bebé a Medianoche"

Regresaba el matrimonio de una larga cena de reconciliación, en un restaurante del centro. Luego de múltiples súplicas y juramentos, Lili había convencido a su marido de que nada había sucedido con aquel misterioso hombre que había conocido en un gimnasio, el año anterior; ahora los esposos se hallaban sumergidos en un neutral silencio, camino a casa. 
Llegaron a eso de la una de la madrugada; Lili, que se retocaba el lápiz labial en el espejo del coche, miró las escalinatas de acceso a su hogar y apretó el brazo de su marido.
-Los chicos- señaló-. Los chicos están afuera. 
-Oh, mierda, y ahora qué- gruñó Luis.
Los dos chicos mayores, Juan y Cristina, vestidos ambos con pijamas, estaban sentados en el porche de la casa y se abrazaban entre sí. Luis detuvo el coche y se bajó, maldiciendo, seguido por su mujer, que se apresuró a levantar en brazos a sus dos retoños.
-¿Qué pasó?- preguntó el padre, la cara de repente transformada por la furia-. ¿Dónde está la niñera? ¿Por qué los dejó salir, con el frío que hace?
-¿Dónde está el bebé?- casi chilló la madre.
Los chicos estaban muy nerviosos y balbuceaban, sin embargo, al cabo de unos segundos, los padres comprendieron lo que querían decir. Según ellos, había un problema con Lula, la niñera. 
Al principio, dijeron, Lula se comportó de forma normal. La chica les dejó ver la tele un rato, y luego los bañó y los mandó a dormir. Pero a eso de las once y media de la noche, el teléfono en la planta baja empezó a sonar, y cuando la niñera atendió, algo pareció cambiar en la casa.
-¿Cómo que empezó a cambiar?- se impacientó el padre.
-El frío… empezó a hacer mucho frío- dijo Cristina-. En toda la casa.
-Y la niñera… ella empezó a gritar- agregó Juan-. Aunque más que gritar, parecía ladrar. Y se empezó a arrancar la piel de la cara con sus propias manos...
-Después subió por las escaleras, y se metió en la habitación del bebé- dijo Cristina-. Nosotros teníamos mucho miedo, miedo por el bebé, y salimos de la casa, a esperarlos a ustedes...
-¿Y el bebé? ¿Dónde está mi bebé?- dijo la madre, llevándose una mano a la boca.
-Ya les dijimos: Lula está con él.
-Oh, por Dios, oh por Dios… ¿qué es lo que está pasando?
-Yo sé lo que pasa- dijo el padre, y abrió la puerta de un golpazo-. Esa chica anda con drogas. Todos los adolescentes son iguales…
-¡No, papá!- dijeron los chicos, al unísono, tratando de retenerlo.
Sin embargo, luego de avanzar dos o tres pasos dentro de la casa, el hombre se detuvo por cuenta propia, pasmado por lo que veía delante de sí. El living, el mismo que su esposa había decorado con esmero durante tantos años, siguiendo siempre los últimos gritos de la moda, ahora aparecía cubierto por una inexplicable capa de hielo. Los sillones y los muebles estaban congelados, y del techo pendían estalactitas del tamaño de piernas humanas. Por las escaleras, ubicadas entre la cocina y la pequeña bodega, descendía una lenta y constante bruma de frío, que se arremolinaba en torno al pasamano de madera. El hombre retrocedió un paso, y la alfombra congelada crujió bajo sus pies. Bajó la vista y se quedó mirando la alfombra repleta de escarcha, pestañeando estúpidamente. Luego observó a su esposa:
-Lili, ¿qué mierda…
-Lula está allá arriba- dijeron los chicos, sus rostros como dos óvalos blancos de miedo-. Se volvió mala. Aquella llamada la volvió mala, la transformó. Ahora tiene la cara negra, y camina de una forma rara. Como si estuviera doblada en dos. Nosotros la vimos. Queremos irnos, papá. Marchémonos de aquí…
Las súplicas de los dos hermanos se vieron cortadas por el llanto del bebé, nítido y penetrante desde las profundidades del segundo piso. La madre se tapó la cara con ambas manos y comenzó a sollozar.
-Mi bebé, mi bebé…- decía.
-Iré arriba a buscar al bebé- dijo el padre, ante la renovada desesperación de sus hijos. Tomó el extintor sujeto a la pared y lo blandió a modo de bate-. Lili, quédate aquí con los chicos, y llama al 911. Yo me encargaré de esa desgraciada.
-Iré contigo- dijo la mujer-. No me quedaré a esperar aquí abajo, mientras mi bebé está en manos de esa loca.
-No, mamá, no, papá…- chillaban los chicos.
-Ustedes quédense aquí- vociferó el padre.
-Pero, ¿es que no se dan cuenta de que todo esto está mal? ¿No ven el hielo por todas partes? Tienen que escucharnos, esto es obra del Diablo…
Pero los adultos no prestaron atención a tan coherente objeción por parte de los chicos. Comenzaron a subir los escalones, aferrándose al pasamano, porque la escalera estaba muy resbaladiza. Cuando llegaron arriba, miraron hacia el pasillo y se perdieron en sus profundidades; Lili gritaba con desesperación el nombre del bebé, mientras el padre blandía el extintor de un lado a otro.
Los chicos quedaron al pie de las escaleras, mirando hacia arriba, sin saber qué hacer. Pasaron los minutos, y no se escuchó otra cosa más que sus respiraciones agitadas, además del crujido del hielo al resquebrajarse. Creyeron escuchar un golpe amortiguado, aunque luego no supieron decidir si lo habían imaginado o qué.
-¿Mamá?- gritó Cristina, al cabo de unos minutos-. ¿Papá? ¿Dónde…
-Shhh… hay algo… algo que baja por las escaleras…
-¿Dónde?
Juan lo señaló. Al cabo de un rato, los chicos se tomaron de la mano y retrocedieron un paso. Por las escaleras, bajando como una serpiente escarlata, venía un pequeño aunque constante arroyo de sangre. El arroyo bajaba lentamente, escalón por escalón, y parte del mismo se congelaba sobre la superficie escarchada de los escalones. Parecía que había mucha sangre allí arriba. Mucha, mucha sangre.
La pregunta era: de dónde. De dónde venía esa sangre.
Ninguno de los chicos se quiso hacer la pregunta.
-Debemos irnos- murmuró Juan en cambio-. Debemos irnos, antes de que ella baje.
-¿Y el bebé? ¿Y mamá y papá? No podemos dejarlos ahí.
-Es cierto- dijo el chico, súbitamente reflexivo.
Luego de unos instantes de duda, comenzaron a subir, tomados de la mano. Evitaban pisar el reguero de sangre, aunque era muy difícil porque a esas alturas las escaleras se habían vuelto casi por completa rojas.
El frío parecía mucho más intenso allá arriba. Podían notarlo por cada escalón que subían. El segundo piso permanecía en tinieblas, por lo que no podían ver más allá del descansillo. A mitad de las escaleras, se detuvieron para escuchar.
-¿Qué es eso?
-No lo sé- dijo Juan, con la respiración entrecortada-. Parecen… ¿pelotas?
En efecto, parecía que algo pesado, como una pelota de fútbol, o de básquet, rodase a través de los corredores del segundo piso. El problema era que en la casa no había ninguna pelota; Juan se dedicaba al atletismo, mientras que Cristina tomaba lecciones de danza.
Se miraron.
-Tal vez sea una de las maceta de la habitación de mamá- aventuró Juan, tratando de apartar las horribles imágenes que poblaban su mente.
-Es posible, sí- dijo Cristina, lanzando un trémulo suspiro.
En ese momento, en la habitación de arriba, el bebé reanudó su penetrante llanto.
 -No podemos dejarlo- se recordaron a sí mismos.
En ningún momento pensaron en llamar a la policía. Intuían, con la sabia y primigenia intuición de los chicos, que aquella situación no se resolvería con un llamado a las autoridades. Simplemente siguieron subiendo, hasta llegar al final de las escaleras, donde se encontraron con un horror indescriptible…



La casa había quedado en silencio otra vez.
De vez en cuando el hielo crujía, y alguna estalactita se desprendía del techo y se hacía añicos contra el suelo congelado. Pero, salvo por estas interrupciones, el silencio era absoluto.
El teléfono comenzó a llamar.
Llamó cuatro, cinco veces, en la oscuridad de la casa, hasta que saltó el contestador automático.
-Cuídalo, Lula- dijo una voz repugnante e inhumana, una voz que, de haberla podido escuchar, Lili la hubiese relacionado, siquiera remotamente, con la voz de aquel fascinante y misterioso hombre con el cual había engañado a su marido, hacía ya doce meses atrás-. Cúidalo con tu propia vida. Es mi Hijo, y tú serás la Tutora. Así que cuídalo con tu propia vida, porque Él, cuando crezca, heredará la Tierra, y será la perdición de todos los Hombres...

Cuento de Terror 60: "El Perro en el Jardín"

Para Celamar Albejar, una de las más fieles y queridas lectoras de estas historias.

1

“El perro”, pensó el padre, mientras recortaba el seto del jardín. “Ese maldito perro me está dando muchos problemas”.

2

Siguiendo la moda desatada entre sus vecinos, había instalado la piscina y el quincho la semana pasada, luego de meses de ahorro y privaciones. Ahora la piscina lucía espléndida, tan espléndida como la de los Rodriguez, que vivían enfrente, o la de los Alvarenga, vecinos de la derecha, y el quincho invitaba a pasar horas comiendo y bebiendo bajo su sombra, pero el problema seguía siendo el perro.
“Con sus pezuñas me arruina todo el césped”, pensaba el padre, con el ceño fruncido.
“Y también mea en las plantas, y las arruina”.
Sus vecinos, en cambio, no tenían problemas similares. Ellos, sabiamente, tenían caniches toys o a lo sumo perros salchichas, que ni siquiera molestaban y hacían zurullos del tamaño de pequeñas nueces. Por eso sus jardines lucían espléndidos, y el césped brillaba casi fosforescente. Pero él, en cambio, con su enorme y atolondrado Gran Danés…
“Debería eliminarlo”, pensó. “O regalárselo a alguien”.
Pero, ¿quién, en nombre de Dios, querría semejante bestia del Infierno, que además de romper todo, comía toneladas de comida por día?
Escuchó que su mujer llamaba para el almuerzo y entonces dejó el trabajo a medio hacer. Se lavó las manos en el grifo de la piscina y luego miró al perro, por enésima vez. El animal, sentado bajo la sombra de un ficus, le devolvió una lánguida mirada y luego se echó a dormir.
Para cuando el hombre se sentó a la mesa, ya había decidido eliminarlo de la faz de esta Tierra.

3

El problema consistía en que Sirio era propiedad de Celamar, su hija menor. Ambos habían crecido juntos y la niña extrañaría al perro, a tal punto que enfermaría, como le había ocurrido aquella vez en que estuvieron dos semanas afuera, por vacaciones, y Celamar comenzó a levantar fiebre y a pronunciar el nombre del maldito perro entre sueños.
“Se acostumbrará”, pensó el hombre, mirando con los dientes apretados los restos de una hermosa y floreciente buganvilla, que Sirio acababa de destrozar. “Lo extrañará unos días, pero le compraremos otro perro y al mes ni siquiera sabrá quién era Sirio”.
Por supuesto: el nuevo perro debía ser minúsculo, insignificante, cosa que no estropeara su jardín y éste quedara, al fin, tan espléndido y envidiable como el de sus vecinos.
Decidió hacerlo esa misma noche. Fingió dormirse temprano, y cuando se hicieron las dos de la madrugada, muy lentamente se salió de la cama y comenzó a vestirse. Su mujer, envuelta en el profundo sueño de los barbitúricos, ni siquiera abrió un ojo. Terminó de ponerse las zapatillas y salió de la casa. La noche era cálida, aunque había mucha humedad y había comenzado a caer rocío. Sirio dormía en el porsche, hecho un desmañado y enorme ovillo, del color del ébano. Cuando escuchó que el hombre se acercaba, levantó la cabeza y comenzó a azotar su pesado rabo contra el piso.
-Sirio, muchacho- murmuró el hombre, poniéndole la correa-. Vamos a dar una vuelta, ¿qué te parece?
El animal contestó lamiéndole la mano y sacudiendo el cuerpo. El hombre lo condujo al interior de la camioneta y luego sacó el vehículo del garaje, sin encender las luces. Sirio parecía mirarlo curioso, como si se preguntara qué diablos era lo que sucedía. Sin embargo, lo miraba con confianza, y eso era bueno, porque no quería tener a un perro de sesenta kilos y un metro de alto gruñéndole dentro de la cabina de la camioneta. Condujo el vehículo rumbo a las afueras de la ciudad, y cuando llegaron a un campo despoblado y sin luces, se detuvo y obligó a Sirio a bajar.
-Vamos, muchacho- dijo, tironeando de la correa-. Vamos a dar un paseo, ¿te parece?
El perro no parecía muy dispuesto a dar un paseo a esas horas de la noche, más bien parecía querer seguir durmiendo, pero de todas formas bajó. En cuanto se alejó un poco, olfateando los pastizales, el hombre sacó el rifle bajo el asiento y le disparó en el lomo. El animal lanzó un gañido y luego cayó desplomado en el interior de una enorme acequia repleta de barro. Lo último que el hombre vio de él fueron sus rígidas patas, que se hundían rápidamente en la mugre. Y luego lo perdió de vista.
Regresó a eso de las tres de la madrugada. Su esposa seguía durmiendo en la misma posición de antes. Se acostó y trató de dormir un poco; al día siguiente tenía que ir a la oficina y por culpa del perro pasaría un día interminable.
Eso, sin contar con los quejidos de Cela, en cuanto se percatara de que le faltaba su querido perro.
Pero creía que, pese a ello, todo saldría bien.

Cuento de Terror 59: "El Peligroso Oficio de un Plomero"

I

Luego de recibir el misterioso llamado, Rubén Britos, de profesión plomero, se dirigió de inmediato a la dirección facilitada por su cliente. Eran tiempos malos, y Rubén tenía poco trabajo, por lo que estaba dispuesto a realizar la tarea a cambio de poco dinero. Debían ser las seis o siete de la tarde y ya había comenzado a oscurecer. El hombre golpeó la puerta de la casa y al rato salió a atenderlo una mujer de unos setenta años, con el cabello recogido en un pulcro rodete. La señora lo hizo pasar a un living repleto de fotografías viejas, casi todas de un deprimente color sepia, y lo invitó con una taza de café, que el plomero rechazó gentilmente. Luego de las presentaciones de rigor, el hombre le preguntó cuál era el problema que la aquejaba. A lo que la mujer, sin perder la compostura, respondió lo siguiente:
-Señor Rubén, quiero que me diga que estoy loca.
El plomero pestañeó estúpidamente, mirando con creciente sorpresa a la mujer.
-¿Perdón?- dijo.  
-Pues eso: que quiero que me confirme que estoy loca, que todo esto que estoy viviendo es cosa de mi mente enferma- repitió la mujer, jugando nerviosamente con el dobladillo de su vestido-. Verá, le contaré. Esto comenzó hace ocho días atrás, mientras una noche me cepillaba los dientes frente al espejo. En ese momento yo pensaba, mejor dicho, intuía, que algo estaba por suceder. ¿Nunca le ocurrió algo así, señor Rubén?- no esperó que el azorado hombre respondiera, de hecho siguió hablando sin pausa alguna-. Escuché los primeros ruidos segundos después, al agacharme para escupir la pasta dental. Provenían desde lo profundo de las tuberías, y despertaban ecos cavernosos, como si éstas tuvieran kilómetros de longitud y se perdieran en el centro mismo de la Tierra. Yo me eché hacia atrás, sobresaltada, y sin querer me tragué la pasta dental. Un escalofrío me recorrió de punta a punta el cuerpo y abandoné el baño de inmediato. Y esa noche… -la mujer bajó los ojos, avergonzada-. Esa noche tuve que hacer mis necesidades en el patio trasero.
Rubén, que escuchaba atentamente el relato de la mujer, de repente sintió la necesidad de mirar hacia atrás. “Hay algo aquí que no está bien”, pensó. Pese a que estaba acostumbrado a toda clase de delirantes parloteos por parte de sus clientes, aquello era bien extraño. No obstante, luego de asegurarse de que no había nada peligroso en la habitación, alentó a que la mujer siguiera con el relato, porque después de todo él se dedicaba a arreglar tuberías, y muchas veces el parloteo estúpido de sus clientes venía en el combo.
-¿Y cómo eran esos ruidos, señora?- preguntó, alzando una ceja-. Tal vez se trataba de alguna rata…
-No eran ratas- dijo la mujer de inmediato, clavándole una mirada vidriosa, que hizo que el plomero se sintiera más inquieto aún-. Eran voces. Y risas. O quizás gritos. Sentí que alguien, una voz rasposa y cargada de enojo, me llamaba por mi nombre. Y luego alguien, un niño, volvió a gritar. Al principio me pareció una voz conocida, y al rato supe por qué. Era la voz de mi nieta, que desapareció en un bosque cuando tenía ocho años. Gritaba y reía al mismo tiempo. Quería que fuera con ella. Dijo…
La voz de la mujer se quebró. Rubén aguardó sin decir nada, consciente de que aquél era un momento delicado. Mientras la mujer se enjugaba las lágrimas con la falda de su vestido, el plomero, siguiendo un irrefrenable impulso, volvió a mirar hacia atrás, pero no vio nada fuera de lo común, excepto quizás esas horribles fotos antiguas, que parecían robadas de las lápidas de un cementerio.
-Mi nieta… mi nieta dijo que sufría mucho, porque estaba en el Infierno- siguió la mujer, luego de un breve e incómodo silencio-. La siguiente vez que escuché los ruidos, fue hace tres días atrás, mientras miraba televisión en la cama. Esta vez nadie dijo nada, sólo se escuchó un grito interminable, terrible, que llenó toda la casa y me dejó paralizada de miedo. Parecía que cientos, miles de personas gritaban a la vez. O tal vez reían. No lo sé. La tercera y última vez fue ayer a la noche. Yo había cerrado la puerta del baño, de hecho hace una semana que no entro ahí y hago mis necesidades en una bacinilla, pero los sonidos de las tuberías se escuchan igual. Y ahora me habló una voz nueva, una voz gruesa y potente y odiosa, que yo supe enseguida era la voz del Demonio.
-Jesús, señora- dijo Rubén, sin poder evitarlo.
-Prometió venir por mí esta noche- una lágrima de miedo, única y brillante, corrió por las arrugadas mejillas de la mujer-. Y yo tengo tanto miedo, y estoy tan sola y cansada…
-No sé qué es lo que quiere que yo haga, señora- dijo Rubén, apiadándose un poco de la mujer-. Yo sólo soy un plomero. Este tipo de cosas debe consultarlas con otra persona… quizás un cura, o algo así.
-Quiero que revise esa tubería. Por favor- suplicó la mujer-. Le pagaré el doble. No tengo mucho dinero, pero puedo hacer ese esfuerzo. Quiero que me diga que no hay nada allí abajo. Que simplemente estoy loca. Sería un alivio para mí. Prefiero estar loca antes que todo sea real. Porque si fuera así… el dueño de esa voz también lo será…
Rubén sentía mucha inquietud, era un hombre profundamente religioso, y sabía que lo que contaba la mujer podía tratarse de algo demoníaco, pero no pensaba reconocer su debilidad delante de una dama. Era un hombre chapado a la antigua y tampoco creía correcto marcharse del lugar y dejar desvalida a una mujer, por más que, efectivamente, aparentase estar más loca que una cabra. Así que recogió su caja de herramientas, abrió la puerta del baño (de inmediato un olor repugnante invadió sus fosas nasales) y se metió en el lugar.
Y apenas dio dos pasos hacia el interior, escuchó que la puerta a sus espaldas se cerraba.

Ilustración para "Los Moradores del Polvo"

Les dejo aquí una ilustración que el dibujante Facundo Torrijos ha hecho para uno de mis relatos, "Los Moradores del Polvo". Facundo se especializa en el manga y el animé, pero también domina otros estilos de ilustración.
Para ver más trabajos suyos:
http://torrijoscomics.blogspot.com.ar/
Muchas gracias por compartir tu arte, Facundo!!



Cuento de Terror 57: "La Fiesta del Monstruo"

El siguiente relato va dedicado a mí mismo, para el día de mi cumpleaños.
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30 de Marzo de 2009 
Querido diario: En dos días sería mi cumpleaños, así que toca mi regalo especial. Estoy muy ansioso, mucho más que otros años, y eso porque estoy convencido de que mi regalo será muy hermoso. Espero no decepcionarme. 

31 de Marzo 
Mamá y papá están organizando los últimos detalles de la fiesta. La temática será de “Los Muppets”, que es mi serie favorita de la tele. La torta, que mamá encargó a la señora de aquí a la vuelta, tendrá la cara de la Rana René. Aunque más que una rana, parece un duende, pero se ve que la señora se está haciendo vieja y ve cada vez menos. No importa. Lo importante es que la fiesta será un éxito. Mis compañeritos de sexto grado vendrán y jugaremos en el patio y nos arrojaremos los restos de comida cuando estemos cansados de comer. Claro que yo no como, es decir, no como lo que comen ellos, pero debo obligarme a meterme algunos bocados para disimular. Total, cuando nadie me ve, voy al baño y lo vomito. Lo hago siempre, incluso en las comidas con mamá y papá, y nunca nadie se ha dado cuenta. 
Ya falta poco, faltan horas. Estoy muy ansioso. 

(Más tarde) 
Acabo de darme cuenta que mentí en el diario. Fue sin querer, porque más que una mentira, se trató de un olvido. Dije que nunca nadie se dio cuenta de que vomito la comida, pero eso no es cierto. Aquellos granjeros, que me adoptaron en el año ’67 (¿o fue en el ’68?), sí se dieron cuenta. Vieron que vomitaba la comida y casi nunca dormía, y entonces trataron de matarme, porque se percataron de que no soy como los demás. El granjero, creo que se llamaba Víctor, o Vittorio, entró a mi habitación a la noche, con un trozo de cuerda en sus manos, con intenciones que su mirada asustada pero decidida evidenciaba a kilómetros. Pero lo que nunca calculó fue que la noche es mi ámbito natural, porque es cuando me hago más fuerte. Soy como un caimán, creo. Los caimanes se hacen temibles en el agua, pero lentos y torpes en la tierra, y a mí me ocurre lo mismo, sólo que mi agua es la noche, y mi tierra el día. Así que le arrebaté la cuerda de sus manos y lo maté. Y luego maté a la señora, que ni siquiera atinó a defenderse. Y luego a sus seis o siete chicos. 
Puedo pasar mucho tiempo sin comer, años quizás: pero una vez que empiezo, es difícil pararme. 
Esa noche, la noche de la granja, la sangre de los granjeros y sus hijos no me sació, por lo que tuve que entrar al establo y matar a los caballos y ovejas. 
Desde entonces perfeccioné mucho mi estilo. No quiero que vuelva a ocurrir algo similar. Antes tal vez ponía cara de asco cuando masticaba la comida, pero ahora creo que he aprendido a disfrutar ciertas cosas, como por ejemplo el tomate (¿será porque es rojo?). 
Bueno, querido diario, dejo de escribir y voy a descansar un poco, porque mañana será un día movido. 

1 de Abril 
(Por la mañana) 
Mi cumpleaños. Por fin. Ya está todo listo para la fiesta. Mis compañeros vendrán a partir de las cuatro de la tarde. Estoy seguro que esta vez he elegido muy bien la escuela, porque todos mis compañeros brillan y parecen repletos de energía. No como aquella vez, hace tres o cuatro años, cuando terminé en una escuela muy pobre y mis compañeros parecían tristes y apagados. Esta vez será diferente: será mi mejor cumpleaños en los últimos cincuenta o sesenta años. Lo sé. 

Cuento de Terror 56: "La Maldición de Los Pitufos"

Para Kevin Vazquez, viejo y querido seguidor de mis historias.
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-Doctor, ¿se acuerda de la maldición de los Pitufos?- preguntó de repente Roxter, recostado cómodamente en el diván.
“Oh, por Dios, aquí vamos de nuevo”, pensó el doctor Ellis.
-Claro que me acuerdo, Roxter- respondió, mirando disimuladamente el reloj de pared ubicado a su derecha, que señalaba las siete y veinte de la tarde-. Ha estado hablando del tema desde… a ver, déjeme consultar mis archivos…- el médico psiquiatra fingió buscar información en su antigua computadora de escritorio, en donde sólo había unas notas garabateadas en el Word, y mucha, pero muchísima pornografía-. Hace aproximadamente dos meses que venimos hablando de esto, Roxter.
-¿Y recuerda, doctor, aquella teoría que le mencioné, que hablaba de que los Pitufos en realidad existen, y que son duendes malignos que se adueñan de las almas de los niños inocentes?
-Por supuesto- dijo Ellis, emitiendo un leve siseo de impaciencia a través de sus labios-. Yo recuerdo todo lo que dicen mis pacientes, Roxter.
-Entonces recordará que hay un conocimiento… un saber oculto… que dice que los Pitufos en realidad representan a los Siete Pecados Capitales…
-Claro- dijo el médico, y trató de desviarlo del tema de conversación:- Pero mejor sigamos hablando de aquel trauma de su infancia…
-El Pitufo Gruñón, por ejemplo, representa la "Ira"- siguió Roxter, sin prestarle la mínima atención-. El Pitufo Goloso… pues la "Gula". Pitufo Filósofo… la "Soberbia". Pitufina… la "Lujuria". Y en cuanto a Papá Pitufo, él es el único vestido de rojo, por lo que representa, evidentemente, al mismísimo Demonio.
-Ajá.
-Pero hay más, ¿lo recuerda?
-En realidad me lo sé de memoria, Roxter- asintió de mala gana el médico. Y poniendo los ojos en blanco (Roxter le daba la espalda, por lo que no podía verlo), recitó:- Según esa dudosa teoría, Gargamel, que era el malo de la serie, en realidad era un pobre sacerdote algo enloquecido, que sabía sobre la verdad maligna sobre los Pitufos. Gargamel vestía como un cura, y la casa donde vivía, si uno la observa bien, parece una iglesia en ruinas. ¿Voy bien?
Roxter asintió. Parecía embelesado en el relato que él mismo, semanas atrás, había contado.
-También se cree que el gato, Azrael, era un aliado de las fuerzas del Bien- siguió recitando el médico-. Los duendes tienen terror a los gatos, y de hecho Azrael es una derivación de la palabra “Izrael”, que significa “Aquel a quien Dios ayuda”. También hay un personaje, Balthazar, que es el jefe de Gargamel, que viste una sotana violeta: evidentemente, y siempre según esta teoría, se trata de un obispo.
-Es por eso que la gente, hace bastante tiempo, intuyó que había algo malo con los Pitufos, y comenzó a quemar todo lo que tuviese que ver con ellos- asintió satisfecho Roxter-. Recuerda, ¿verdad? Hubo una especie de psicosis colectiva, que incluso se mantiene hasta el día de la fecha, aunque en menor medida. Se quemaron muñecos, discos y cromos, pósters y hasta sábanas estampadas. Había también una historia… una historia sobre un chico que tenía un muñeco de los Pitufos en su habitación, y que al día siguiente murió en circunstancias misteriosas…
-Era una leyenda urbana, Roxter, no se olvide de eso. No hay pruebas de que esa historia haya ocurrido realmente.
-Ni tampoco las habrá, doctor. ¿Se imagina a algún forense, poniendo en el formulario de deceso: “Motivo de muerte: asesinado por Pitufo”? Claro que no, ¿verdad?
-Escuche, Roxter, ya hemos hablado una y mil veces sobre el tema. También le he advertido que, para una personalidad obsesiva como la suya, no es bueno que…
-Voy a divorciarme de mi mujer, doctor. 

Cuento de Terror 55: "Gato Negro vs. Gato Blanco"

Dedicado a Mary La Niña de Fresa, fiel seguidora del blog, para el día de su cumpleaños.
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Nunca me había agradado el inquilino de la casa trasera. Era un tipo siniestro y solitario que vivía quejándose del maullar de mi gato Claudio, a pesar de que el pobre apenas si podía emitir algún que otro graznido avejentado. El tipo, Parodi se llamaba, un día habló con mi vieja y le advirtió sobre el maullido supuestamente molesto del animal: “O calla ese gato, o me voy de aquí y busco otro departamento”.
En ese entonces las cosas estaban muy difíciles en el país. La gente no tenía trabajo, y nuestra única fuente de ingresos provenía del alquiler del departamento de atrás. Parodi era un hombre difícil, pero pagaba religiosamente, y eso, para mi madre, era muchísimo más prioritario que el incierto destino de Claudio. “Mañana llevaremos al gato a la granja de tus abuelos”, me dijo a la noche, mirándome fijo a los ojos. “Podrás verlo cuando vayamos a visitarlos”. No me quedó más remedio que aceptar, aunque me acosté con los ojos hinchados por el llanto. A la mañana siguiente, cuando me levanté para buscarlo y meterlo en la jaula, el gato estaba tieso sobre las losas del patio.
Supe de inmediato que había sido Parodi; seguro le había echado veneno a su comida. Se lo dije a mi madre, pero ella no me creyó. “Claudio ya estaba viejo, pasó lo que tenía que pasar”, argumentó con terquedad. Pero yo sabía que no era así, porque Claudio estaba en perfectas condiciones de salud la noche anterior. Juré entonces venganza; de alguna forma Parodi pagaría por la muerte del gato. Comencé a vigilar a nuestro inquilino; me dediqué a hablar pestes de él. Cuestionaba sobre todo el origen de su dinero. ¿De dónde lo sacaba? No parecía tener un trabajo fijo, pero sin embargo siempre se compraba ropa nueva y sus manos relucían con anillos y relojes de oro. Mi madre siempre apretaba los dientes al escuchar de mis sospechas y decía: “Mientras pague y cumpla, por mí que haga lo que quiera”.
Una mañana, ella se dirigió al fondo para llevarle el desayuno. Golpeó y lo llamó por su nombre, pero no respondió nadie. Sacó su llave de repuesto y abrió la puerta. Casi se chocó contra las piernas de Parodi, que se había colgado de una viga del techo. Llegó la ambulancia y la policía; después de un interrogatorio interminable, se llevaron el cuerpo, cubierto por una sábana. No puedo decir que sentí algo parecido a la pena, pero sí quedé hondamente impresionado. Sin embargo, al rato pensé en el pobre Claudio y traté de sonreír satisfecho. “Finalmente el desgraciado pagó por tu muerte, Claudio”, pensé con falsa alegría.
Pasó la conmoción, pasaron los días y lentamente las cosas comenzaron a teñirse de ese color broncíneo y apagado que solemos llamar “normalidad”. Un hombre, algo mayor de edad, se manifestó interesado por el alquiler de la casa desocupada. Al día siguiente ya se había mudado (no tenía muchas pertenencias) y había entrecruzado algunas palabras amables conmigo. Yo estaba tan agradecido que por poco no lo llamé abuelo. Pensamos que todo había cambiado para bien, pero nos equivocábamos: porque apenas transcurrida la semana, el anciano anuló el contrato y se retiró del lugar. Mi vieja no quiso decirme los motivos, pero yo algo comenzaba a sospechar. Llegó otro inquilino y pasó exactamente lo mismo. Y luego ya nadie volvió a preguntar por el departamento del fondo.
Nuestra situación, a los dos meses, era desesperante. Ni siquiera teníamos para pagar la luz. Un vecino nuestro, amigo de mi madre, nos había hecho una conexión clandestina a la red eléctrica, pero cada tanto los empleados del Municipio la cortaban. Mi vieja comenzó a trabajar en una casa, como sirvienta. La paga era una miseria, y apenas servía para comprar la comida de la semana. Para colmo trabajaba muchas horas en ese lugar, y llegaba a casa reventada y sin ganas de hacer nada. Durante su ausencia yo debía hacerme cargo de mi hermana, y fue en esas horas de absoluta falta de supervisión adulta que decidí ingresar, por primera vez desde la muerte de Parodi, al departamento de atrás.
Sabía que el lugar había quedado embrujado. Por eso los otros inquilinos habían huido. Además, yo sentía extrañas vibraciones cuando jugaba en el patio trasero, una sensación como de ser espiado a través de las cortinas de la ventana. Agarré la copia de la llave y me dirigí al departamento. Mi hermana estaba durmiendo la siesta, y aún era de tarde, pero había comenzado a oscurecer.
Introduje la llave en la cerradura y abrí la puerta.
Parodi estaba allí, sentado en un rincón. Parecía estar esperándome. Su rostro abotargado se veía por completo negro y tenía los ojos salidos hacia fuera, con las córneas apuntando hacia el techo. De inmediato se puso de pie y avanzó en mi dirección, emitiendo horribles sonidos con su garganta. Di un grito y salté hacia atrás, cerrando la puerta de un golpe. Corrí en dirección a la casa y me encerré en la cocina, pensando que la aparición vendría por mí. Pasaron los minutos y nada. Afuera oscureció y comenzaron a escucharse los primeros grillos del verano. Sentí que algo me rozaba la pierna y di un salto: era Bali, el nuevo gato de la casa, que mi madre me había regalado en triste compensación por mi viejo amigo Claudio. Tuve entonces una idea. Bali era un gato blanco, al igual que Claudio, y había leído por ahí que los espíritus malignos odian a los gatos blancos, porque representan la pureza, la bondad y la valentía. Es por eso que el Mal se asocia con lo inverso, es decir con los gatos negros. Así que agarré a Bali y regresé al departamento de atrás. Volví a abrir la puerta y eché al gato dentro. Alcancé a ver que Parodi se encogía en su rincón y retrocedía hacia las sombras. Yo aproveché y me introduje en el dormitorio. Conocía aquella casa como la palma de mi mano, había jugado infinidad de horas entre sus descascaradas paredes, y sabía que el único escondite posible se hallaba debajo de la cama, donde unas tablas del piso ocultaban un agujero. Corrí la cama y retiré las tablas: allí estaban los relojes, anillos y collares que Parodi había robado en vida. También había un fajo gordo de billetes. Recogí todo eso y salí de la casa. Pero antes miré hacia el rincón: Parodi parecía haberse desinflado, como un muñeco, mientras miraba al gato con una expresión de dolor o de rabia en su rostro.
Cuando mi madre regresó del trabajo, le mostré el pequeño tesoro. Le brindé una versión depurada de la historia, que ella se apresuró a creer. Dio un grito de alegría y de inmediato llamó a sus patrones y les dijo que renunciaba. Nosotros, mi hermana y yo, la observábamos sorprendidos.
-Pero mamá, ¿no te preocupa saber que el dinero y las joyas vienen de un ladrón?- le pregunté.
Mi madre no respondió, pero nos dio un beso a cada uno y nos envió a la cama, porque ya era muy tarde.
Obedecí y me acosté. Al rato, sentí un ronroneo a mis pies y miré en esa dirección: Bali estaba allí, hecho un ovillo con sus patas. Le agradecí la ayuda, y el gato, como si comprendiera, alzó la cabeza durante unos instantes y sacudió sus orejas. Y luego siguió durmiendo.
Cerré los ojos y dormí toda la noche, sin sobresaltos. Nunca más volví a ver a Parodi, pero intuyo que ahora debe estar pudriéndose en el Infierno.

Cuento de Terror 54: "Leyenda de una Mujer Gorda"

Tomábamos unas copas en el living del Chueco Álvarez, que acababa de divorciarse de su mujer. Afuera, la noche era fresca y apacible; no obstante, a la hora de la cena se vio perturbada por un extraño ruido metálico proveniente desde la calle. Los perros vecinos de inmediato comenzaron a ladrar, y el Gordo Ahumada se apresuró a levantarse del sillón para echar un vistazo a través de la ventana.
-¿Y eso?- preguntó, escudriñando con insistencia la oscuridad del exterior.
El Chueco hizo un vago gesto de fastidio.
-Es una loca. Todos los días, a esta hora, pasa por aquí.
-¿Y ese ruido de latas?
-La loca anda en una silla de ruedas, porque es muy gorda y apenas puede moverse- explicó a desgano el Chueco-. Alguien, o quizás ella misma, ató unas latas a la silla, y las arrastra por toda la calle, produciendo ese ruido infernal. Nosotros ya estamos acostumbrados a ese ruido, de hecho a veces ni lo escuchamos, pero es evidente que los perros no piensan de la misma manera. Y en cuanto a verla…- señaló al Gordo Ahumada, quien, tozudamente, seguía tratando de ver algo a través de los vidrios del ventanal-. No lo aconsejo. Es un espectáculo muy desagradable de ver. De verdad.
-Pues yo quiero verla- porfió el Gordo, haciéndose pantalla con ambas manos para que el reflejo de la lámpara del living no lo molestara.
-Y yo también- no pude menos que decir.
-Les advierto…- insistió el Chueco, algo intranquilo.
Pero ya era tarde, porque en ese momento, bajo la luz de la farola de la esquina, pudimos verla por primera vez. Atravesaba la calle muy lentamente, montada en una silla de ruedas de aspecto maltrecho. Las latas, atadas a la silla con cordeles de nylon, la seguían como una estela y entrechocaban entre sí y tintineaban. Sin embargo, esta imagen, que ya de por sí era patética y representaba gran parte de la desgracia humana, distaba mucho de ser lo peor. Lo peor era la mujer misma. Además de tener un aspecto totalmente desaseado, como si no se hubiese bañado ni cambiado la ropa en años, su cuerpo era deforme. No gordo, sino deforme. Su estómago, que parecía una bolsa de arpillera colmada de cosas inimaginables, se extendía por delante de la mujer y terminaba descansando sobre sus mismas rodillas, casi como un repugnante perrito faldero. Los brazos, rollizos pero al mismo tiempo de aspecto fuertes debido al constante ejercicio, estaban surcados por venas azuladas y negruzcas, al igual que su cuello y gran parte de su rostro. Y además, la mujer hablaba. Hablaba en forma constante, en un murmullo ininteligible, como si en realidad estuviese cantando en voz baja. Cuando le señalé el descubrimiento al Chueco, éste asintió y desvió, incómodo, la vista hacia su LED de 42 pulgadas.
-Está cantando, sí. Es una canción de cuna- abrió otra cerveza, que sacó de la cubeta con hielo dispuesta sobre la mesita ratona, y se la tomó de un largo y espasmódico trago-. Quienes conocen su historia, dicen que quedó así desde la muerte de su bebé. El chico nació con problemas cardíacos, y murió a las pocas horas. La mujer no pudo soportar el dolor, y enloqueció. Su marido la internó en una clínica de locos, pero es obvio que, o bien la mujer escapó, o algún médico insensible le dio el alta y la dejó ir- señaló con la lata de cerveza hacia la ventana, como si aún pudiera verla-. Así que ahora la tenemos ahí afuera. Pasando por aquí todos los días, quién sabe hacia qué destino. Y volviendo rabiosos, de paso, a todos los perros del vecindario.
-Pobre mujer, me da lástima- dijo el Gordo, sacudiendo la cabeza-. ¿Vive por acá?
-No lo creo- dijo el Chueco, con la mirada vidriosa-. ¿Por qué? ¿Pensás ayudarla?
-Sólo preguntaba- dijo el Gordo, a la defensiva.
-Mejor sigamos viendo el partido- sugirió el Chueco, ya de malhumor.
Y le hicimos caso, porque el tema se había vuelto incómodo con rapidez. Y no volvimos a hablar de la mujer en mucho, mucho tiempo. Tal vez fueron años. Yo casi la había olvidado cuando el Chueco la volvió a mencionar. Estaba borracho cuando lo hizo, y sus ojos estaban empañados por un velo de angustia o miedo. Acababa de divorciarse de su segunda mujer, y supusimos que ese era el motivo de su expresión de desdicha. Pero la historia que tenía para contarnos era totalmente inesperada:
-¿Se acuerdan de aquella loca en silla de ruedas?- comenzó, trastabillando con sus palabras. No espero a que nosotros le respondiéramos-. Claro que se acuerdan, ¿verdad? Es difícil olvidarla, una vez que se la mira por primera vez. Son esas personas que uno desearía no conocer jamás. Sé que está mal decirlo, pero es así. La locura… la locura es la peor aberración que conoce el ser humano. Hay algo que es aterrador, y al mismo tiempo repulsivamente fascinante, en la locura. Y yo, cada día de mi vida, la veía pasar por mi ventana, arrastrando aquellas malditas latas…
-¿Qué pasó, Chueco?- dijimos casi al unísono.
El Chueco volvió a tomar un sorbo de su copa (en ese entonces había cambiado la cerveza por el whisky, evolución que se debía, sin dudas, a su próspera y pujante situación económica) y luego lanzó algo parecido a una risa de hiena, que nos heló la sangre.
-¿Qué pasó? Pues que murió. Eso pasó. Un coche la atropelló, a menos de dos cuadras de mi casa. Y yo… yo que nunca me meto en lo que no me importa… esa vez quise ser solidario. Quise hacer algo que está fuera de mi forma de ser. Y fue el peor error de mi vida…
-¿Por qué? ¿Acaso el espectáculo era muy cruento? ¿O sufrió mucho?
El Chueco negó con la cabeza, sin dejar de exhibir una curiosa y ladeada sonrisa de amargura.
-Cuando llegué ya estaba muerta. Eran las dos de la tarde, quizás dos y media, y a esa hora no pasaba un alma por la calle. El conductor que la atropelló salió huyendo del lugar; yo apenas pude ver un coche de color rojo doblando por la siguiente esquina. Jeremía Escobar, un viejo vecino, estaba al lado mío, y creo que fue una suerte que estuviera ahí, porque de lo contrario… bien, creo que hubiese dudado hasta de mi cordura- el Chueco se pasó una mano por los ojos humedecidos y luego siguió el relato, mirando hacia un lugar indefinido de su jardín-. La mujer, por el impacto, había sido despedida de la silla. Creo que era una silla adaptada, porque nadie de su corpulencia hubiese podido entrar en una silla de ruedas común y corriente. Su cuerpo había quedado en posición fetal, y la cabeza… bueno, la cabeza se había estrellado contra el cordón de la vereda. Su cráneo se había abierto como una nuez…
-Jesús bendito- murmuró el Gordo, dejando su cerveza a un lado.
-Eso no fue lo peor. Es decir, he visto cosas feas, y también tuve la desgracia de presenciar muchos accidentes. Pero esa mujer… Con el viejo Jeremía nos acercamos y le controlamos el pulso, pero era evidente que estaba muerta. El viejo sacó un celular de su bata (desde que se jubiló en una empresa automotriz, el viejo anda siempre en una bata azul) y llamó a la ambulancia, mientras yo, sin poder hacer otra cosa, me dedicaba a examinar a la mujer muerta. Sus ojos estaban llenos de tierra, y de alguna manera se veían muy tristes. ¡Cuánto sufrimiento, cuánta locura había ahí! Me retiré unos pasos, tal vez superado por la situación, y creo que ahí fue que comencé a darme cuenta. El viejo Jeremía terminó de hablar por teléfono y se acercó. Nos miramos… ¿Alguna vez sintieron una conexión psíquica con alguien? ¿Una especie de electricidad, una sintonía en común que hace que las palabras sobren? Bien, porque eso fue lo que en ese jodido instante sentí con el viejo. Había algo en esa mujer que estaba mal. Terriblemente mal. La suya no era una gordura común y corriente, sino algo que en cierta forma, Dios bendito, me hacía acordar otra cosa… Y entonces fue que la mujer se movió. Estaba muerta, tanto el viejo como yo sabíamos que estaba muerta, pero de todas maneras se movió.
El Chueco de repente abandonó su sillón y comenzó a pasearse por la habitación. El Gordo me miró de reojo y levantó una ceja, pero yo evité devolverle la mirada.
-La mujer muerta se movió… mejor dicho, su estómago se movió.
-Oh, no- murmuré, casi sin darme cuenta. No sabía si quería seguir escuchando el relato. No era una historia propicia para contarla en una despreocupada reunión de amigos. Pero el Chueco había comenzado a hablar, y sabía que sería imposible pararlo.
-Yo había quedado petrificado, pero el viejo Jeremía tuvo un atisbo de reacción. Se arrodilló frente a la mujer y le habló. Creo que aún quería convencerse de que seguía viva… porque esa era la explicación más racional de todas. Pero no, bastaba echar un vistazo al cráneo de la mujer, con el cerebro derramándose sobre la alcantarilla como cera derretida, para darse cuenta de que no era así. Y entonces el estómago de la mujer se movió otra vez. Y el viejo Jeremía, poniéndose pálido de golpe, se incorporó y se dio vuelta hacia mí. “Chueco, creo que esta mujer está embarazada”, dijo, poniendo en palabras lo que hasta ese momento no queríamos expresar. “Estás loco”, le dije, a pesar de que había llegado a la misma conclusión. “Esta mujer tiene sesenta años, Jeremía, es imposible que…” Pero no pude seguir hablando, porque fue entonces que ocurrió. El estómago de la mujer se movió una vez más… y la piel del estómago se rasgó. La sangre de inmediato oscureció su vestido amarillento. Y algo, un bulto… comenzó a moverse debajo de la tela. Juro que fue así. Se movía trazando círculos, y cuando el Viejo se acercó y retiró el vestido, vimos una mano asomándose por la barriga abierta de la mujer. Eso fue suficiente para ambos. Sin decir una palabra más, nos alejamos del lugar. Yo me encerré en mi casa y hasta creo que trabé las puertas y todo. Pero aún así, cuando minutos después la ambulancia llegó, no pude evitar mirar por la ventana. Para ese entonces había algunos curiosos en el lugar, aunque no se atrevían a acercarse demasiado, porque el espectáculo era demasiado turbador. Vi que los enfermeros bajaban de la ambulancia con una camilla, y uno de ellos se arrodillaba frente a la mujer. Y fue ahí que lanzaron exclamaciones de asombro. El médico que los acompañaba abrió el vientre de la mujer allí mismo, quizás pensando que salvarían a la criatura… y entonces lo sacaron.
-¿Al bebé? ¿De verdad una mujer tan vieja estaba embarazada?
-Estaba embarazada, sí, pero no era un bebé. Era un hombre adulto. Con vellos en el pubis y todo. Creo que murió allí mismo, retorciéndose sobre el asfalto, bajo la mirada horrorizada de los transeúntes y de los médicos- tomó lo que quedaba de su copa y nos miró. Debió notar nuestra perplejidad, porque volvió a señalar hacia la ventana como si aquel monstruoso hombre-bebé aún siguiera tendido sobre la calle-. ¿Acaso no lo entienden? La mujer, luego de perder su primer bebé, volvió a embarazarse. Y decidió no despegarse de él nunca más. En todos los sentidos posibles. No volvería a perder otro bebé mientras ella estuviera viva. Lo llevaría en su vientre y lo protegería… el tiempo que fuera necesario-  suspiró y agregó, con voz mucho más serena:- Creo que, por primera vez en mi vida, me alegré de no tener hijos. Y nunca los tendré. Las mujeres se ponen incomprensibles y locas cuando hay un crío de por medio. Este que les conté, es el mejor ejemplo de todos. Claro que hay otros…
Con el Gordo volvimos a intercambiar una mirada. Porque el Chueco, tal vez sin darse cuenta, acababa de informarnos el motivo por el cual se había divorciado de sus dos anteriores mujeres.
-Bueno, es una historia… un tanto rara- dije al cabo de un momento, cortando un silencio de muerte-. Es decir, eso del bebé-hombre… me llama la atención que no haya salido en ningún periódico.
-Es lo que vi. No pido que me crean. Sólo les conté lo que vi.
Se estaba poniendo de malhumor, por lo que el Gordo se apresuró a proponer un brindis:
-Por las mujeres. Por todas las mujeres buenas que hay en el mundo.
-¡Salud!- dijimos a desgano.
Curiosamente, fue la última reunión que hicimos. Después de esa noche el grupo se disolvió y cada uno siguió su camino. Lo último que supe del Chueco fue que salía con una maestra de secundaria: la mujer, por lo que escuché, era diez años mayor que él, y las posibilidades de embarazo eran, por lo tanto, casi nulas.

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