Hoy, viernes 31 de Enero, no habrá historias de terror, buuuuuu. Traté de terminar a última hora un cuento a pedido de la lectora Sharoll, sobre un bosque solitario, pero no quedó de mi agrado, por lo que continuaré trabajando su redacción.
Gracias por comprenderme y nos encontraremos (si el Destino, Dios o el Azar lo quieren) el próximo martes. Que tengan un buen fin de semana!!

Los Moradores del Polvo (Final)

Previo:
Parte IV


¿Cuánto tiempo puede durar una noche?
¿Cuántas horas puede un corazón ansiar la luz, antes de sucumbir y dejarse arrastrar por la negrura?
Aquella noche fue, sencillamente, interminable.
Las voces de los muertos, llamándonos e invitándonos a un festín de muerte y sangre. El llanto apagado de mi hermano. El fuego extendiéndose silencioso por los cuatro rincones de la ciudad; el miedo; el frío; la sed y el hambre. Y, en mi caso, también la fiebre. La herida en la pierna se había infectado a una velocidad aterradora y sentía el cuerpo débil, aquejado de espasmos y dolores. Sabía que moriría esa noche, que no volvería a ver la luz del Sol; aunque esta perspectiva resultaba insignificante con lo que vendría después, con el lento despertar de la oscuridad, con el hambre y el odio, con las ansias de muerte enfocadas hacia mi pobre y querido hermano. Algo debía hacer con eso. No podía permitir que aquel horrible y antinatural ciclo se llevara a cabo. Así que, cuando se cumplieron las tres de la mañana, le di un beso en la frente a mi hermano (que dormía en posición fetal, chupándose un dedo) y comencé a caminar tambaleante hacia el borde de la terraza.
Estaba decidido a arrojarme. Era la única alternativa que alcanzaba a concebir para salvar a Diego. Y probablemente lo hubiese hecho, de no ser por la luz que surgió del cielo.
Al principio, debo reconocerlo, mi afiebrada mente pensó que se trataba de una versión luminiscente de Jesucristo, que nos venía a buscar desde su reino celestial. Pero luego recordé las palabras de mi hermano:
“Noli dijo que bajaría del cielo, y me llevaría a un lugar a salvo, donde los Hombres tendrán un nuevo iniciar”.
Alcé la vista.
Para ese entonces yo debía volar en fiebre y veía la escena como algo lejano, como quien mira a través de unos prismáticos con lentes gastados. Vi que un helicóptero de potentes luces aterrizaba sobre la azotea del edificio, y unos hombres armados bajaban de él. Iban vestidos con un uniforme extraño, que jamás en mi vida había visto, mezcla de blanco con verde, y de inmediato, sin mediar palabra alguna, agarraron a mi hermano y lo llevaron a la rastra hacia el helicóptero. Mi hermano, que al igual que yo no debía saber lo que estaba ocurriendo, comenzó a llorar y a sacudirse y a gritar mi nombre, con tal violencia y ferocidad en sus movimientos, que logró soltarse de las desprevenidas manos del soldado y corrió para abrazarse a mí. Sus bracitos parecieron soldarse a mi cuello, y aunque me hacía daño no le dije nada, sólo traté de decirle: “ve, ve con esos hombres, yo estaré bien”, pero mi hermano no me soltó, nunca me soltó, sólo gritaba mi nombre una y otra vez, y aunque los uniformados trataban de apartarlo y hasta uno de ellos lo golpeó en la espalda, mi hermano nunca me soltó. Entonces bajó otro hombre del helicóptero, éste no iba uniformado pero se movía y hablaba como un líder, y dijo: “Llévenlo al hermano también, después de todo, no quedaron muchos de los elegidos en pie”. Y fue así que los soldados nos cargaron y nos metieron en la parte trasera de la aeronave, y cuando el otro chico que estaba con nosotros trató de seguirnos, los hombres le negaron el paso y le dijeron que se quedara ahí, que el helicóptero no podía cargar más gente, aunque claro que era una mentira, porque la parte de la carga estaba vacía a excepción de mi hermano y yo. Pero el chico no quiso hacer caso, y entonces uno de los guardias soltó una maldición y le disparó en el vientre. “Te dije que te quedaras ahí”, le dijo, mientras el chico caía al piso. Y luego guardó su arma y comenzamos a despegar, mientras el chico se retorcía y se desangraba en el suelo, y cuando levanté la vista y miré en derredor vi parte de la ciudad sumergida en las llamas, y los rostros de los muertos, teñidos de anaranjado por el resplandor del fuego, siguiendo la trayectoria del helicóptero y extendiendo sus brazos como si quisieran llegar a él. "Estarás bien, hermano", me dijo Diego, que aún no había dejado de abrazarme, y luego mi mente dio vueltas y todo se transformó en una cerrada oscuridad.
No sé cuánto tiempo estuve inconsciente, presa de la fiebre y el dolor. Sí sé que los soldados me curaron la mordedura en la pierna y me suministraron medicamentos, a través de agujas que, según mi hermano, “eran del tamaño de una maldita navaja”. Deliraba y decía cosas en voz alta, aunque no recuerdo nada de eso. Cuando finalmente desperté, me sentía con náuseas y parecía que la extraña habitación donde me encontraba se movía de arriba abajo, pero luego observé el ojo de buey en la pared y me di cuenta que estaba en un barco. Mi hermano dormía en una litera junto a mí, y había al menos treinta o cuarenta chicos más en el gigantesco camarote, todos ellos acostados y durmiendo. Extendí un brazo y tomé la mano de Diego, y él, tal vez en sueños, me la estrechó. Y luego volví a caer en ese denso sopor, tan parecido a la muerte, que al mismo tiempo me resultaba oscuramente atractivo, como si una parte de mis pensamientos no quisiera salir nunca de él.
Pasaron dos o tres días más. Para ese entonces me sentía notablemente mejor, aunque rengueaba mucho al caminar y la pierna me seguía doliendo. Cada tanto, cada doce horas o así, un soldado me examinaba la herida y luego me daba las gasas para que cambiara el vendaje; decía que correspondía a mí hacerlo. No parecía médico, aunque era indudable que conocía los secretos de la medicina. Era muy parco y no intercambiaba palabras conmigo, sólo se limitaba a comprobar mi estado de salud y a darme aquellas vendas nuevas. Luego del quinto día, cuando ya estaba curado por completo, dejé de verlo y ya nadie volvió a darme medicamentos.

"Los Moradores del Polvo (IV)


Previo:
Parte III


-¿Jesucristo?- lo miré incrédulo- ¿El Hijo de Dios? ¿El que los romanos culparon y crucificaron?
-Eso dijo Noli- respondió Diego, desviando la mirada, como avergonzado- Pero yo no le creí mucho. Me pareció un loco. Aunque en el video tenía barba y una corona de espinas, como el Jesús que está en la iglesia de la plaza. Pero ahora…- señaló a su alrededor, hacia la ciudad en llamas y los muertos que caminaban por las calles alborotadas- Ahora no sé qué creer.
-Sigue contando, Diego, por favor. ¿Por qué crees que se puso en contacto contigo?
-Dijo que yo era uno de los elegidos, y que había muchos chicos como yo en el mundo. Dijo que él y sus amigos (aunque no dijo “amigos”, dijo otra palabra más rara, que yo nunca había escuchado) estaban alertando a los chicos elegidos para que pudieran sobrevivir. Y fue ahí que me habló de las escaleras para llegar al techo de la escuela. Dijo que el Apocalipsis sería de mañana, y por lo tanto me encontraría en horario de escuela. Hasta mostró, en el video, un plano de la escuela y todo. “Encuentra esas escaleras y sube a la azotea”, me dijo Jes… Noli. “Antes de que anochezca, bajaré del cielo y te llevaré a un lugar a salvo, donde los hombres podrán comenzar otra vez”. Me habló también sobre los muertos, cómo se comportarían y qué querrían. Yo al principio me asusté mucho, y estuve a punto de mostrarte el video, pero Noli me dijo que no lo hiciera. “Mataremos a tu hermano si lo haces”, me dijo. Y yo... yo guardé el secreto… fue muy difícil… -me dirigió una mirada empañada en lágrimas y yo no pude hacer otra cosa que sentir admiración por ese niño de cinco años, casi seis, que había guardado en su pequeño corazón una información delirante y horrorosa durante tanto tiempo-. ¿Crees que sea verdad? Es decir, ¿crees que de verdad Noli es…  Jesús?
Lo tomé de Ia mano, negando al mismo tiempo con la cabeza.
-No creo que Jesús, si es que existe, amenace a un chico de cinco años de esa forma- le expliqué-. De hecho, estoy seguro que ese Noli es un demente total.
-Pero entonces, ¿cómo lo supo? ¿Cómo supo que sucedería esto?
Abrí la boca para contestarle, pero entonces una enorme explosión nos sobresaltó. Provenía de un edificio cercano, y aunque miramos hacia el lugar tratando de ver lo que ocurría, la explosión nos resultó un completo misterio. Hicimos una pausa, a Ia espera de escuchar más detonaciones, pero no sucedió nada. El chico al que había mandado a hacer guardia dijo que desde su posición se veían algunas llamas salir por las ventanas, aunque yo le ordené que siguiera en su lugar y nos  informara luego. EI chico, dudando, asintió y volvió a alejarse, y yo aproveché para retomar la conversación con mi hermano.
-Preguntas si Noli es Jesús, y yo te digo que no- le dije-. Creo saber quién es. O al menos, qué se propone. Quizás seas muy chico para entender, pero trataré de explicártelo.
-Hazlo igual. Explícalo.
-¿Recuerdas... recuerdas la vez que el Alcalde enloqueció?
Luego de pensar un rato, mi hermano asintió. El antiguo Alcalde del pueblo era vecino nuestro, y un día salió a la calle completamente desnudo y trató de matar a patadas al perro de su sobrino, que vivía a dos cuadras. Lo llevaron unos paramédicos y luego vino la policía, y al revisar su casa se encontraron con un arsenal de armas y drogas en el sótano, además de docenas de videos caseros con chicas de once o doce años teniendo sexo con adultos.
-Bueno, si lo recuerdas, el Alcalde parecía un tipo muy respetable, ¿no? Y sin embargo estaba loco. Tenía poder y estaba loco, y creo que eso mismo sucede con Noli, aunque por supuesto, en una escala mucho mayor. Sinceramente, creo que pertenece a un grupo de lunáticos con mucho, pero mucho poder, un poder inimaginable, suficiente como para extinguir a Ia raza humana de un plumazo. Y debe creerse de verdad que es Jesucristo. Probablemente se trate de un fanático religioso, o algo así. Aunque gracias a él, paradójicamente, estamos vivos.
-No hables con palabras raras, no las entiendo.
-Quiero decir que si NoIi no te hubiese dicho lo de Ias escaleras, probablemente los muertos nos hubiesen atrapado.
-¿Y eso de de que va a bajar del cielo a buscarme? ¿Qué crees que sea eso?
-Tengo mis ideas, pero será mejor verlo con nuestros propios ojos.
También tenía otras ideas, cosas que no me cuajaban en relación a las advertencias de Noli, pero opté por no decirle nada.
El chico al que había mandado a vigilar regresó a los trompicones, y de inmediato nos pusimos alertas.
-Hay un problema- dijo, con una voz curiosamente aflautada.
-¿Y ahora qué?
-Los muertos… los zombis…
-¿Qué pasa con ellos?
-Están trepando por las tuberías.

* * * 

"Los Moradores del Polvo (III)"


Parte I 
Parte II 

Estábamos ingresando a la biblioteca cuando mi hermano volvió a retenerme por la manga de mi camisa.
   -Por ahí no- dijo, y señaló el cuarto del lado opuesto-. Es ahí.
   No le pregunté nada; no había tiempo para hacerlo. Los muertos estaban trepando por la barricada y muy pronto los tendríamos sobre nosotros. Me arrojé sobre la puerta que había indicado mi hermano e ingresamos al lugar. Era un sitio muy pequeño, un cuarto trastero más que otra cosa, abarrotado de infinidad de chucherías y cosas sin valor. Detrás de una estantería metálica, repleta de trofeos deportivos y manualidades de cerámica, vi una escalera que conducía a una puerta rectangular en el techo, cruzada por una falleba de hierro. Miré a mi hermano, interrogante.
   -¿Por aquí...
   -Noli me mostró este lugar. Dijo que podemos subir a la terraza- explicó.
   No tenía idea quién era Noli, pero supuse que debía tratarse de uno de sus compañeritos, tal vez un chico lo suficientemente intrépido como para explorar las penumbras del segundo piso. Rápidamente, sin pensarlo un segundo, subí las escaleras y retiré la traba: la puerta rectangular se abrió de un solo tirón, y la luz del día penetró a raudales en el sitio. Torné la mano de mi hermano y lo ayudé a subir; y luego hice lo mismo con los otros dos chicos que permanecían con nosotros. Estaba subiendo los últimos peldaños cuando sentí un dolor sorpresivo y agudísimo en la pierna, que me hizo gritar. A punto estuve de resbalarme y caer, y probablemente hubiese caído de no haber sido por los otros chicos, que me sostuvieron y me ayudaron a subir. Maldiciendo por el dolor, me di vuelta y miré hacia abajo: había alguien allí, en el cuarto que acabábamos de abandonar, gruñendo y tirando manotazos. Al principio no lo pude reconocer, pero luego observé su espalda y solté un gemido de consternación; tenía una mochila de Disney colgando de los hombros. Sólo que ahora la mochila estaba desgarrada y la cara de aquel chico había desaparecido; la había reemplazado una máscara de sangre y huesos. Sujeté la escalera y comencé a subirla. El niño de la mochila, que probablemente había quedado ciego, escuchó el ruido trató de aferrarse a los escalones de metal, pero perdió el equilibrio y cayó hacia atrás. Con ayuda de mi hermano y los otros dos chicos, terminamos de subir la escalerilla y la arrojamos sobre la terraza.
    Y entonces me dejé caer en el piso.
    -¿Estás bien?- me preguntaron los chicos. Pero no, no estaba bien. El mundo me daba vueltas y sentía ganas de vomitar. Con esfuerzo abrí los ojos y lo primero que vi fue la carita de mi hermano, fruncida en un gesto de preocupación. Entonces supe que no podía permitirme un momento de debilidad, aquellos chicos me necesitaban. Me incorporé como pude y luego me examiné la herida. El niño de la mochila de Disney me había mordido en los tobillos, en la parte expuesta entre el zapato y la pernera del pantalón. Era una herida muy fea y profunda, y supe que tendría que hacer un torniquete para no seguir perdiendo sangre. Me saqué una media y la enrollé con fuerza alrededor de la pantorrilla, y luego me acerqué renqueando a un charco de agua acumulado en un canalón y limpié un poco la herida. La operatoria no debió haberme llevado más de dos minutos, y en ese lapso de tiempo comenzamos a escuchar golpeteos en el cuarto de abajo. Eran los muertos. No podrían subir porque habíamos quitado la escalera, pero si en realidad eran tan inteligentes como yo sospechaba, tarde o temprano descubrirían la forma de hacerlo.
   Me agaché y bebí un poco de agua del canalón. Estaba turbia pero parecía buena. La lengua en mi boca se había transformado en algo seco y rasposo. La herida en mi pantorrilla ardía en un fuego que subía por toda la pierna, aunque intuía que aquello no había hecho más que comenzar.
    -Te vas a convertir en uno- me dijo de repente uno de los chicos, observando mi tobillo.
    Hice un esfuerzo y levanté la mirada.
    -¿Qué cosa?

"Los Moradores del Polvo (II)"


Previo: Moradores del Polvo, Parte I



-¿Estás bien?- pregunté a mi hermano al llegar al segundo piso.
Mi hermano asintió con la cabeza. Tenía cinco años, pero noté que la vieja costumbre de chuparse el dedo acababa de regresar. Se llamaba Diego y decía no tener ningún recuerdo de nuestros desafortunados padres. Lo abracé y le pregunté si estaba bien, y él como toda respuesta siguió chupándose el dedo. “Estaremos bien”, le dije, esperando que mi tonta frase contuviese algún atisbo de verdad.
   Abajo, en planta baja, los gritos eran estridentes y había ruidos de sillas y muebles que se rompían. Escuchamos unos pasos que subían por las escaleras, y de inmediato nos aprestamos a correr, pero eran unos chicos de tercero o cuarto, todos ellos con sus guardapolvos ensangrentados. Uno de ellos tropezó y yo lo ayudé a levantarse.
   -Vienen hacia aquí- dijo, mirándome con ojos desorbitados. Su pelo largo y rubio le caía hasta los hombros, y tenía una mancha de sangre en sus mejillas-. Debemos cerrar la puerta, antes de que sea demasiado tarde.
   Supe que se refería a la puerta enrejada de las escaleras. La dirección había ordenado colocarla el año anterior, para evitar que los alumnos más pequeños bajasen y tuviesen algún accidente con los escalones. Ahora el segundo piso, debido a un interminable plan de refacciones, estaba en desuso y había polvo y escombros por doquier. Le señalé el ojal de hierro de la puerta, que estaba vacío.
   -No hay candado. Si cerramos la puerta, pero no la aseguramos con el candado, los muertos ingresarán igual.
   El chico rubio me miró con expresión escéptica.
   -¿Cómo sabes que están muertos?
   -Lo sé- me encogí de hombros-. No hay que ser un genio para saberlo.
   -¿Dices acaso que son muertos vivos? ¿Zombis?
   -No sé qué diablos son- reconocí-. Vi que un tipo con una bata de hospital atacaba a una mujer. Y luego la mujer comenzó a atacar a los que pasaban. Y la profesora Lidia…
   En ese momento un estruendo de vidrios rotos ahogó mis palabras. Nos removimos inquietos y el chico rubio me dirigió una mirada aterrada.
   -¿Qué hacemos?
   Dudé un instante, y luego miré a los chicos que me rodeaban. Yo era el mayor, y los demás, incluido mi hermano, me observaban anhelantes, como esperando que asumiera el rol de líder. Yo no era líder, nunca en mi vida lo había sido, pero supe que no había otra opción. Rápidamente señalé hacia los salones abandonados, tratando con desesperación de no defraudar la voluntad del grupo.
   -Ayúdenme a traer los bancos. Cerraremos la puerta y haremos una barricada. Eso quizás los detenga durante un tiempo.
   Nadie me cuestionó la orden. De inmediato nos pusimos manos a la obra. Mientras, escuchábamos los gemidos y los gritos de los alumnos que habían quedado en planta baja, y eso nos alentaba a trabajar más rápido. Por las escaleras aparecieron dos chicos más, de la edad de mi hermano, que apenas podían hablar y lloraban clamando por sus padres. Uno de ellos aún conservaba su mochila, estampada en dibujos de Disney. En total éramos siete alumnos, aunque sólo cuatro de nosotros podíamos trabajar, porque los demás eran muy pequeños y estaban demasiado asustados. Estábamos colocando el primer banco tras la puerta enrejada cuando el primer muerto apareció, arrastrándose por las escaleras. Era un torso sin piernas, con la cabeza destrozada, pero no obstante pude distinguir en sus lastimosos restos al chico de la bicicleta que había sido arrollado por un camión. Lo que quedaba de ese pobre muchacho era un manojo de huesos con carne colgante; aun así, se las arreglaba para avanzar, trepando escalón por escalón. Había perdido la mitad de su cara, y un único ojo, sangriento y sin párpados, nos miraba con una fijeza y lucidez aterradoras.

Cuento de Terror 44: "Los Moradores del Polvo (I)"


Ilustración: Facundo Torrijos
http://torrijoscomics.blogspot.com.ar/
Para Floppy Romero

"Tus muertos vivirán; sus cadáveres resucitarán. ¡Despertad y cantad, moradores del polvo! Porque tu rocío es cual rocío de hortalizas, y la tierra entregará sus muertos".
Isaías 26:18-20


Esta noche quiero hablarles sobre la humanidad, sobre la gloria y la decadencia de todos los seres humanos. Estoy algo borracho, así que sabrán perdonar mis posibles exabruptos, mis pensamientos quizás algo fuera de foco, pero es que tengo motivos para estarlo. Esta noche se cumplen cuarenta años de aquello que todos, incluso los más jóvenes que no lo vivieron, llamamos “La noche del Exilio”. La noche en que todos los muertos de la tierra revivieron y nos atacaron a nosotros, los que quedábamos vivos, arrojándonos a un mundo de tinieblas y miedo y precariedad. Cuarenta años. Ahora soy uno de los más viejos de la tribu, y puedo contar en primera persona lo vivido en aquellos días aciagos. Lo haré ahora mismo, a la luz de las velas, escribiendo a mano sobre un papel amarillento. Lo haré antes de quedar sin fuerzas y sin memoria. Lo haré sobre todo para recordar: recordar la gloria que vivimos, y la decadencia en que nos sumimos, y anticiparme a la probable extinción del ser humano.
   Pero primero déjenme beber otro trago. No podría hacerlo de otro modo. Mierda, cuarenta años ya.
   Hace cuarenta años…
   Hace cuarenta años yo tenía diez, y asistía al colegio Nuestro Sagrado Corazón del Partido de Lima, Buenos Aires.
   No hubo nada que anticipara el fenómeno. No hubo guerras nucleares, ni escapes radiotóxicos, ni siquiera un solo ataque químico de uno de esos países árabes donde al parecer era costumbre rociarse con napalm o el tristemente célebre “agente naranja”. No hubo absolutamente nada. Sólo fue un despertar. Un brusco y violento despertar: el de los muertos.
   Al parecer, simplemente salieron de la tierra, y de las bóvedas, y de las morgues de hospitales donde acababan de morir. Algunos, como en ciertas películas, caminaban y se movían con una lentitud de pesadilla: estos eran los más ancianos, y los que se encontraban en tan avanzado estado de descomposición que les era imposible moverse más rápido. Otros, los que habían fallecido recientemente, podían correr y sus músculos y huesos estaban intactos, por lo que hicieron mucho daño y sembraron la muerte en derredor. El ataque fue tan devastador que la humanidad apenas atinó a defenderse. Yo en ese momento me encontraba en el colegio, asistiendo a una de las clases de la profesora Lidia (no recuerdo su apellido), que enseñaba matemáticas. Sí recuerdo que la profesora explicaba los rudimentos de las operatorias de sumar y restar, y su tiza rechinaba sobre el pizarrón aunque a ella parecía no molestarle, cosa que era totalmente natural dado que era un poco sorda. Y luego… se escuchó un grito. Un grito que llegaba desde la calle. Recuerdo que fue así como empezó: con un grito largo, desgarrador, seguido de un silencio que ni siquiera los ruidosos pájaros que anidaban en los árboles de la plaza se atrevieron a interrumpir.
   La profesora, mientras tanto, seguía escribiendo sobre la pizarra. Recién se dio cuenta de que algo sucedía cuando volteó su voluminoso cuerpo y nos vio a todos nosotros observando por la ventana. Dijo algo así como:
   -Hey, chicos, ¿qué…
   Pero luego ella también miró. Y observó lo mismo que nosotros. Observó al tipo vestido con una bata de hospital comiendo el brazo de una mujer que yacía sobre la vereda. La profesora lanzó un alarido, y eso, de alguna forma, nos asustó más que ninguna otra cosa. Alcanzó a decir: “Chicos, apártense de la ventana, apártens…” y luego puso los ojos en blanco y cayó sobre el suelo encerado.
   Creo que fue su sobrepeso. Debía pesar más de ciento treinta kilos y su corazón no pudo resistir la espantosa escena. Algunos chicos se acercaron para atenderla, pero otros permanecieron mirando a través de la ventana. Yo estaba entre estos últimos. Miraba cómo el brazo de la mujer se sacudía bajo las feroces mordidas de aquel tipo vestido con bata. Parecía un perro hambriento tironeando y escarbando la carne de un hueso. Cuando algunos chicos empezaron a llorar y a decir que la profesora Lidia estaba muerta, yo apenas los escuché. Sabía que todo aquello recién empezaba. Vi que otro hombre, el verdulero coreano que atendía su negocio en la esquina de la escuela, se acercaba al tipo de la bata y lo golpeaba con una baldosa suelta que había recogido de la vereda. La cabeza del tipo de la bata se sacudió, vi que la baldosa se hundía en su cráneo y lo destrozaba, pero el tipo siguió comiendo el brazo de la mujer como si nada. El verdulero comenzó a gritar algunas cosas incomprensibles, probablemente en coreano, y muy pronto varios hombres que pasaban por el lugar se acercaron a ayudarlo. Mientras se sucedía el forcejeo, la mujer de la vereda se incorporó y mordió la pantorrilla del verdulero coreano. Los gritos volvieron a repetirse, hubo más sangre, y algunos hombres que trataban de ayudar salieron corriendo del lugar. Creo que fue una sabia decisión. En menos de cinco minutos, la mujer con el brazo comido, el tipo de la bata y el verdulero coreano atacaron a docenas de personas, que a su vez atacaron a docenas más que pasaban por el lugar. Los autos que circulaban por la calle tuvieron que detenerse ante el tumulto, y los conductores se vieron asaltados por hordas de muertos que se introducían por las ventanillas y los techos corredizos de los vehículos. Hubo choques, fuego y alaridos. Un niño que paseaba en bicicleta hizo chirriar sus frenos al ver la masacre, y al menos diez cadáveres andantes fueron tras él. El chico hizo un giro de ciento ochenta y grados y salió pitando en contramano: creo que hubiese escapado del Infierno, de no ser por el camión que lo atropelló en la esquina siguiente. El chico voló unos cinco metros y luego cayó descuajeringado sobre el asfalto. Los muertos que lo perseguían se arrojaron sobre él y muy pronto el cuerpo del chico quedó convertido en una pulpa de carne y sangre, que no obstante comenzó a sacudirse y a arrastrarse minutos después.
   Mientras tanto, en el aula, mis compañeros habían salido de la parálisis general y trataban de comunicarse con sus padres. Muy pocos lo lograron: como dije, el ataque fue devastador y masivo, casi como una guerra cuidadosamente programada. Yo no tenía padres, éstos habían muerto en un accidente, y eran mis abuelos los que cuidaban de mí. Los llamé varias veces, pero nunca me contestaron. Mi abuelo tenía artrosis en las piernas y apenas podía caminar, y mi abuela veía muy poco con sus gafas, y sin ellas era prácticamente ciega: sus posibilidades de sobrevivir eran nulas. Me quedé un rato sentado en mi asiento, contemplando el horror del exterior, hasta que la directora hizo su aparición en el aula.
   Era una mujer fuerte y decidida, y aunque todos le temíamos, sabíamos que se podía confiar en ella. La directora miró el cuerpo inerte de la profesora de matemáticas y supongo que lo comprendió todo, porque no hizo una sola pregunta al respecto. Se paró, en cambio, delante de todos nosotros y con voz autoritaria y segura de sí anunció:
   -Chicos, esto no es un simulacro. Es real. Están sucediendo cosas allá afuera. Todavía no sabemos qué, pero es necesario que nos reunamos todos en el salón de actos del segundo piso. Allí estaremos a salvo. Mientras tanto… oooooOOOOOOOO!!!
   Su rostro firme y algo petulante se deshizo en una mueca de miedo y dolor. Miró hacia abajo: la profesora de matemáticas había vuelto a la vida, y le había arrancado de un mordisco gran parte de su muslo derecho.
   No esperamos a ver el final. Salimos del aula y nos desbandamos. Los corredores de la escuela eran un caos y los chicos lloraban y se tropezaban entre sí. Entonces se escuchó un ruido de ventanales rotos: eran los muertos, que acababan de ingresar por las puertas vidriadas del vestíbulo. Recordé entonces las palabras de la directora, y sin pensarlo un momento, me dirigí hacia el aula diez, donde mi hermano menor asistía a sus clases de Ciencias Naturales. Lo encontré arrebujado en el fondo del salón, llorando junto con otros chicos más. La profesora a cargo hablaba por teléfono a los gritos y se arrancaba los cabellos, sin prestar a sus alumnos la mínima atención. Agarré a mi hermano y corrimos escaleras arriba, justo en el momento en que los primeros cadáveres desataban el pánico en los corredores de la planta baja...

(continuará...) 
Parte II

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