Cuento de Terror 56: "La Maldición de Los Pitufos"

Para Kevin Vazquez, viejo y querido seguidor de mis historias.
         _______________________

-Doctor, ¿se acuerda de la maldición de los Pitufos?- preguntó de repente Roxter, recostado cómodamente en el diván.
“Oh, por Dios, aquí vamos de nuevo”, pensó el doctor Ellis.
-Claro que me acuerdo, Roxter- respondió, mirando disimuladamente el reloj de pared ubicado a su derecha, que señalaba las siete y veinte de la tarde-. Ha estado hablando del tema desde… a ver, déjeme consultar mis archivos…- el médico psiquiatra fingió buscar información en su antigua computadora de escritorio, en donde sólo había unas notas garabateadas en el Word, y mucha, pero muchísima pornografía-. Hace aproximadamente dos meses que venimos hablando de esto, Roxter.
-¿Y recuerda, doctor, aquella teoría que le mencioné, que hablaba de que los Pitufos en realidad existen, y que son duendes malignos que se adueñan de las almas de los niños inocentes?
-Por supuesto- dijo Ellis, emitiendo un leve siseo de impaciencia a través de sus labios-. Yo recuerdo todo lo que dicen mis pacientes, Roxter.
-Entonces recordará que hay un conocimiento… un saber oculto… que dice que los Pitufos en realidad representan a los Siete Pecados Capitales…
-Claro- dijo el médico, y trató de desviarlo del tema de conversación:- Pero mejor sigamos hablando de aquel trauma de su infancia…
-El Pitufo Gruñón, por ejemplo, representa la "Ira"- siguió Roxter, sin prestarle la mínima atención-. El Pitufo Goloso… pues la "Gula". Pitufo Filósofo… la "Soberbia". Pitufina… la "Lujuria". Y en cuanto a Papá Pitufo, él es el único vestido de rojo, por lo que representa, evidentemente, al mismísimo Demonio.
-Ajá.
-Pero hay más, ¿lo recuerda?
-En realidad me lo sé de memoria, Roxter- asintió de mala gana el médico. Y poniendo los ojos en blanco (Roxter le daba la espalda, por lo que no podía verlo), recitó:- Según esa dudosa teoría, Gargamel, que era el malo de la serie, en realidad era un pobre sacerdote algo enloquecido, que sabía sobre la verdad maligna sobre los Pitufos. Gargamel vestía como un cura, y la casa donde vivía, si uno la observa bien, parece una iglesia en ruinas. ¿Voy bien?
Roxter asintió. Parecía embelesado en el relato que él mismo, semanas atrás, había contado.
-También se cree que el gato, Azrael, era un aliado de las fuerzas del Bien- siguió recitando el médico-. Los duendes tienen terror a los gatos, y de hecho Azrael es una derivación de la palabra “Izrael”, que significa “Aquel a quien Dios ayuda”. También hay un personaje, Balthazar, que es el jefe de Gargamel, que viste una sotana violeta: evidentemente, y siempre según esta teoría, se trata de un obispo.
-Es por eso que la gente, hace bastante tiempo, intuyó que había algo malo con los Pitufos, y comenzó a quemar todo lo que tuviese que ver con ellos- asintió satisfecho Roxter-. Recuerda, ¿verdad? Hubo una especie de psicosis colectiva, que incluso se mantiene hasta el día de la fecha, aunque en menor medida. Se quemaron muñecos, discos y cromos, pósters y hasta sábanas estampadas. Había también una historia… una historia sobre un chico que tenía un muñeco de los Pitufos en su habitación, y que al día siguiente murió en circunstancias misteriosas…
-Era una leyenda urbana, Roxter, no se olvide de eso. No hay pruebas de que esa historia haya ocurrido realmente.
-Ni tampoco las habrá, doctor. ¿Se imagina a algún forense, poniendo en el formulario de deceso: “Motivo de muerte: asesinado por Pitufo”? Claro que no, ¿verdad?
-Escuche, Roxter, ya hemos hablado una y mil veces sobre el tema. También le he advertido que, para una personalidad obsesiva como la suya, no es bueno que…
-Voy a divorciarme de mi mujer, doctor. 

Cuento de Terror 55: "Gato Negro vs. Gato Blanco"

Dedicado a Mary La Niña de Fresa, fiel seguidora del blog, para el día de su cumpleaños.
  ________________________________

Nunca me había agradado el inquilino de la casa trasera. Era un tipo siniestro y solitario que vivía quejándose del maullar de mi gato Claudio, a pesar de que el pobre apenas si podía emitir algún que otro graznido avejentado. El tipo, Parodi se llamaba, un día habló con mi vieja y le advirtió sobre el maullido supuestamente molesto del animal: “O calla ese gato, o me voy de aquí y busco otro departamento”.
En ese entonces las cosas estaban muy difíciles en el país. La gente no tenía trabajo, y nuestra única fuente de ingresos provenía del alquiler del departamento de atrás. Parodi era un hombre difícil, pero pagaba religiosamente, y eso, para mi madre, era muchísimo más prioritario que el incierto destino de Claudio. “Mañana llevaremos al gato a la granja de tus abuelos”, me dijo a la noche, mirándome fijo a los ojos. “Podrás verlo cuando vayamos a visitarlos”. No me quedó más remedio que aceptar, aunque me acosté con los ojos hinchados por el llanto. A la mañana siguiente, cuando me levanté para buscarlo y meterlo en la jaula, el gato estaba tieso sobre las losas del patio.
Supe de inmediato que había sido Parodi; seguro le había echado veneno a su comida. Se lo dije a mi madre, pero ella no me creyó. “Claudio ya estaba viejo, pasó lo que tenía que pasar”, argumentó con terquedad. Pero yo sabía que no era así, porque Claudio estaba en perfectas condiciones de salud la noche anterior. Juré entonces venganza; de alguna forma Parodi pagaría por la muerte del gato. Comencé a vigilar a nuestro inquilino; me dediqué a hablar pestes de él. Cuestionaba sobre todo el origen de su dinero. ¿De dónde lo sacaba? No parecía tener un trabajo fijo, pero sin embargo siempre se compraba ropa nueva y sus manos relucían con anillos y relojes de oro. Mi madre siempre apretaba los dientes al escuchar de mis sospechas y decía: “Mientras pague y cumpla, por mí que haga lo que quiera”.
Una mañana, ella se dirigió al fondo para llevarle el desayuno. Golpeó y lo llamó por su nombre, pero no respondió nadie. Sacó su llave de repuesto y abrió la puerta. Casi se chocó contra las piernas de Parodi, que se había colgado de una viga del techo. Llegó la ambulancia y la policía; después de un interrogatorio interminable, se llevaron el cuerpo, cubierto por una sábana. No puedo decir que sentí algo parecido a la pena, pero sí quedé hondamente impresionado. Sin embargo, al rato pensé en el pobre Claudio y traté de sonreír satisfecho. “Finalmente el desgraciado pagó por tu muerte, Claudio”, pensé con falsa alegría.
Pasó la conmoción, pasaron los días y lentamente las cosas comenzaron a teñirse de ese color broncíneo y apagado que solemos llamar “normalidad”. Un hombre, algo mayor de edad, se manifestó interesado por el alquiler de la casa desocupada. Al día siguiente ya se había mudado (no tenía muchas pertenencias) y había entrecruzado algunas palabras amables conmigo. Yo estaba tan agradecido que por poco no lo llamé abuelo. Pensamos que todo había cambiado para bien, pero nos equivocábamos: porque apenas transcurrida la semana, el anciano anuló el contrato y se retiró del lugar. Mi vieja no quiso decirme los motivos, pero yo algo comenzaba a sospechar. Llegó otro inquilino y pasó exactamente lo mismo. Y luego ya nadie volvió a preguntar por el departamento del fondo.
Nuestra situación, a los dos meses, era desesperante. Ni siquiera teníamos para pagar la luz. Un vecino nuestro, amigo de mi madre, nos había hecho una conexión clandestina a la red eléctrica, pero cada tanto los empleados del Municipio la cortaban. Mi vieja comenzó a trabajar en una casa, como sirvienta. La paga era una miseria, y apenas servía para comprar la comida de la semana. Para colmo trabajaba muchas horas en ese lugar, y llegaba a casa reventada y sin ganas de hacer nada. Durante su ausencia yo debía hacerme cargo de mi hermana, y fue en esas horas de absoluta falta de supervisión adulta que decidí ingresar, por primera vez desde la muerte de Parodi, al departamento de atrás.
Sabía que el lugar había quedado embrujado. Por eso los otros inquilinos habían huido. Además, yo sentía extrañas vibraciones cuando jugaba en el patio trasero, una sensación como de ser espiado a través de las cortinas de la ventana. Agarré la copia de la llave y me dirigí al departamento. Mi hermana estaba durmiendo la siesta, y aún era de tarde, pero había comenzado a oscurecer.
Introduje la llave en la cerradura y abrí la puerta.
Parodi estaba allí, sentado en un rincón. Parecía estar esperándome. Su rostro abotargado se veía por completo negro y tenía los ojos salidos hacia fuera, con las córneas apuntando hacia el techo. De inmediato se puso de pie y avanzó en mi dirección, emitiendo horribles sonidos con su garganta. Di un grito y salté hacia atrás, cerrando la puerta de un golpe. Corrí en dirección a la casa y me encerré en la cocina, pensando que la aparición vendría por mí. Pasaron los minutos y nada. Afuera oscureció y comenzaron a escucharse los primeros grillos del verano. Sentí que algo me rozaba la pierna y di un salto: era Bali, el nuevo gato de la casa, que mi madre me había regalado en triste compensación por mi viejo amigo Claudio. Tuve entonces una idea. Bali era un gato blanco, al igual que Claudio, y había leído por ahí que los espíritus malignos odian a los gatos blancos, porque representan la pureza, la bondad y la valentía. Es por eso que el Mal se asocia con lo inverso, es decir con los gatos negros. Así que agarré a Bali y regresé al departamento de atrás. Volví a abrir la puerta y eché al gato dentro. Alcancé a ver que Parodi se encogía en su rincón y retrocedía hacia las sombras. Yo aproveché y me introduje en el dormitorio. Conocía aquella casa como la palma de mi mano, había jugado infinidad de horas entre sus descascaradas paredes, y sabía que el único escondite posible se hallaba debajo de la cama, donde unas tablas del piso ocultaban un agujero. Corrí la cama y retiré las tablas: allí estaban los relojes, anillos y collares que Parodi había robado en vida. También había un fajo gordo de billetes. Recogí todo eso y salí de la casa. Pero antes miré hacia el rincón: Parodi parecía haberse desinflado, como un muñeco, mientras miraba al gato con una expresión de dolor o de rabia en su rostro.
Cuando mi madre regresó del trabajo, le mostré el pequeño tesoro. Le brindé una versión depurada de la historia, que ella se apresuró a creer. Dio un grito de alegría y de inmediato llamó a sus patrones y les dijo que renunciaba. Nosotros, mi hermana y yo, la observábamos sorprendidos.
-Pero mamá, ¿no te preocupa saber que el dinero y las joyas vienen de un ladrón?- le pregunté.
Mi madre no respondió, pero nos dio un beso a cada uno y nos envió a la cama, porque ya era muy tarde.
Obedecí y me acosté. Al rato, sentí un ronroneo a mis pies y miré en esa dirección: Bali estaba allí, hecho un ovillo con sus patas. Le agradecí la ayuda, y el gato, como si comprendiera, alzó la cabeza durante unos instantes y sacudió sus orejas. Y luego siguió durmiendo.
Cerré los ojos y dormí toda la noche, sin sobresaltos. Nunca más volví a ver a Parodi, pero intuyo que ahora debe estar pudriéndose en el Infierno.

Cuento de Terror 54: "Leyenda de una Mujer Gorda"

Tomábamos unas copas en el living del Chueco Álvarez, que acababa de divorciarse de su mujer. Afuera, la noche era fresca y apacible; no obstante, a la hora de la cena se vio perturbada por un extraño ruido metálico proveniente desde la calle. Los perros vecinos de inmediato comenzaron a ladrar, y el Gordo Ahumada se apresuró a levantarse del sillón para echar un vistazo a través de la ventana.
-¿Y eso?- preguntó, escudriñando con insistencia la oscuridad del exterior.
El Chueco hizo un vago gesto de fastidio.
-Es una loca. Todos los días, a esta hora, pasa por aquí.
-¿Y ese ruido de latas?
-La loca anda en una silla de ruedas, porque es muy gorda y apenas puede moverse- explicó a desgano el Chueco-. Alguien, o quizás ella misma, ató unas latas a la silla, y las arrastra por toda la calle, produciendo ese ruido infernal. Nosotros ya estamos acostumbrados a ese ruido, de hecho a veces ni lo escuchamos, pero es evidente que los perros no piensan de la misma manera. Y en cuanto a verla…- señaló al Gordo Ahumada, quien, tozudamente, seguía tratando de ver algo a través de los vidrios del ventanal-. No lo aconsejo. Es un espectáculo muy desagradable de ver. De verdad.
-Pues yo quiero verla- porfió el Gordo, haciéndose pantalla con ambas manos para que el reflejo de la lámpara del living no lo molestara.
-Y yo también- no pude menos que decir.
-Les advierto…- insistió el Chueco, algo intranquilo.
Pero ya era tarde, porque en ese momento, bajo la luz de la farola de la esquina, pudimos verla por primera vez. Atravesaba la calle muy lentamente, montada en una silla de ruedas de aspecto maltrecho. Las latas, atadas a la silla con cordeles de nylon, la seguían como una estela y entrechocaban entre sí y tintineaban. Sin embargo, esta imagen, que ya de por sí era patética y representaba gran parte de la desgracia humana, distaba mucho de ser lo peor. Lo peor era la mujer misma. Además de tener un aspecto totalmente desaseado, como si no se hubiese bañado ni cambiado la ropa en años, su cuerpo era deforme. No gordo, sino deforme. Su estómago, que parecía una bolsa de arpillera colmada de cosas inimaginables, se extendía por delante de la mujer y terminaba descansando sobre sus mismas rodillas, casi como un repugnante perrito faldero. Los brazos, rollizos pero al mismo tiempo de aspecto fuertes debido al constante ejercicio, estaban surcados por venas azuladas y negruzcas, al igual que su cuello y gran parte de su rostro. Y además, la mujer hablaba. Hablaba en forma constante, en un murmullo ininteligible, como si en realidad estuviese cantando en voz baja. Cuando le señalé el descubrimiento al Chueco, éste asintió y desvió, incómodo, la vista hacia su LED de 42 pulgadas.
-Está cantando, sí. Es una canción de cuna- abrió otra cerveza, que sacó de la cubeta con hielo dispuesta sobre la mesita ratona, y se la tomó de un largo y espasmódico trago-. Quienes conocen su historia, dicen que quedó así desde la muerte de su bebé. El chico nació con problemas cardíacos, y murió a las pocas horas. La mujer no pudo soportar el dolor, y enloqueció. Su marido la internó en una clínica de locos, pero es obvio que, o bien la mujer escapó, o algún médico insensible le dio el alta y la dejó ir- señaló con la lata de cerveza hacia la ventana, como si aún pudiera verla-. Así que ahora la tenemos ahí afuera. Pasando por aquí todos los días, quién sabe hacia qué destino. Y volviendo rabiosos, de paso, a todos los perros del vecindario.
-Pobre mujer, me da lástima- dijo el Gordo, sacudiendo la cabeza-. ¿Vive por acá?
-No lo creo- dijo el Chueco, con la mirada vidriosa-. ¿Por qué? ¿Pensás ayudarla?
-Sólo preguntaba- dijo el Gordo, a la defensiva.
-Mejor sigamos viendo el partido- sugirió el Chueco, ya de malhumor.
Y le hicimos caso, porque el tema se había vuelto incómodo con rapidez. Y no volvimos a hablar de la mujer en mucho, mucho tiempo. Tal vez fueron años. Yo casi la había olvidado cuando el Chueco la volvió a mencionar. Estaba borracho cuando lo hizo, y sus ojos estaban empañados por un velo de angustia o miedo. Acababa de divorciarse de su segunda mujer, y supusimos que ese era el motivo de su expresión de desdicha. Pero la historia que tenía para contarnos era totalmente inesperada:
-¿Se acuerdan de aquella loca en silla de ruedas?- comenzó, trastabillando con sus palabras. No espero a que nosotros le respondiéramos-. Claro que se acuerdan, ¿verdad? Es difícil olvidarla, una vez que se la mira por primera vez. Son esas personas que uno desearía no conocer jamás. Sé que está mal decirlo, pero es así. La locura… la locura es la peor aberración que conoce el ser humano. Hay algo que es aterrador, y al mismo tiempo repulsivamente fascinante, en la locura. Y yo, cada día de mi vida, la veía pasar por mi ventana, arrastrando aquellas malditas latas…
-¿Qué pasó, Chueco?- dijimos casi al unísono.
El Chueco volvió a tomar un sorbo de su copa (en ese entonces había cambiado la cerveza por el whisky, evolución que se debía, sin dudas, a su próspera y pujante situación económica) y luego lanzó algo parecido a una risa de hiena, que nos heló la sangre.
-¿Qué pasó? Pues que murió. Eso pasó. Un coche la atropelló, a menos de dos cuadras de mi casa. Y yo… yo que nunca me meto en lo que no me importa… esa vez quise ser solidario. Quise hacer algo que está fuera de mi forma de ser. Y fue el peor error de mi vida…
-¿Por qué? ¿Acaso el espectáculo era muy cruento? ¿O sufrió mucho?
El Chueco negó con la cabeza, sin dejar de exhibir una curiosa y ladeada sonrisa de amargura.
-Cuando llegué ya estaba muerta. Eran las dos de la tarde, quizás dos y media, y a esa hora no pasaba un alma por la calle. El conductor que la atropelló salió huyendo del lugar; yo apenas pude ver un coche de color rojo doblando por la siguiente esquina. Jeremía Escobar, un viejo vecino, estaba al lado mío, y creo que fue una suerte que estuviera ahí, porque de lo contrario… bien, creo que hubiese dudado hasta de mi cordura- el Chueco se pasó una mano por los ojos humedecidos y luego siguió el relato, mirando hacia un lugar indefinido de su jardín-. La mujer, por el impacto, había sido despedida de la silla. Creo que era una silla adaptada, porque nadie de su corpulencia hubiese podido entrar en una silla de ruedas común y corriente. Su cuerpo había quedado en posición fetal, y la cabeza… bueno, la cabeza se había estrellado contra el cordón de la vereda. Su cráneo se había abierto como una nuez…
-Jesús bendito- murmuró el Gordo, dejando su cerveza a un lado.
-Eso no fue lo peor. Es decir, he visto cosas feas, y también tuve la desgracia de presenciar muchos accidentes. Pero esa mujer… Con el viejo Jeremía nos acercamos y le controlamos el pulso, pero era evidente que estaba muerta. El viejo sacó un celular de su bata (desde que se jubiló en una empresa automotriz, el viejo anda siempre en una bata azul) y llamó a la ambulancia, mientras yo, sin poder hacer otra cosa, me dedicaba a examinar a la mujer muerta. Sus ojos estaban llenos de tierra, y de alguna manera se veían muy tristes. ¡Cuánto sufrimiento, cuánta locura había ahí! Me retiré unos pasos, tal vez superado por la situación, y creo que ahí fue que comencé a darme cuenta. El viejo Jeremía terminó de hablar por teléfono y se acercó. Nos miramos… ¿Alguna vez sintieron una conexión psíquica con alguien? ¿Una especie de electricidad, una sintonía en común que hace que las palabras sobren? Bien, porque eso fue lo que en ese jodido instante sentí con el viejo. Había algo en esa mujer que estaba mal. Terriblemente mal. La suya no era una gordura común y corriente, sino algo que en cierta forma, Dios bendito, me hacía acordar otra cosa… Y entonces fue que la mujer se movió. Estaba muerta, tanto el viejo como yo sabíamos que estaba muerta, pero de todas maneras se movió.
El Chueco de repente abandonó su sillón y comenzó a pasearse por la habitación. El Gordo me miró de reojo y levantó una ceja, pero yo evité devolverle la mirada.
-La mujer muerta se movió… mejor dicho, su estómago se movió.
-Oh, no- murmuré, casi sin darme cuenta. No sabía si quería seguir escuchando el relato. No era una historia propicia para contarla en una despreocupada reunión de amigos. Pero el Chueco había comenzado a hablar, y sabía que sería imposible pararlo.
-Yo había quedado petrificado, pero el viejo Jeremía tuvo un atisbo de reacción. Se arrodilló frente a la mujer y le habló. Creo que aún quería convencerse de que seguía viva… porque esa era la explicación más racional de todas. Pero no, bastaba echar un vistazo al cráneo de la mujer, con el cerebro derramándose sobre la alcantarilla como cera derretida, para darse cuenta de que no era así. Y entonces el estómago de la mujer se movió otra vez. Y el viejo Jeremía, poniéndose pálido de golpe, se incorporó y se dio vuelta hacia mí. “Chueco, creo que esta mujer está embarazada”, dijo, poniendo en palabras lo que hasta ese momento no queríamos expresar. “Estás loco”, le dije, a pesar de que había llegado a la misma conclusión. “Esta mujer tiene sesenta años, Jeremía, es imposible que…” Pero no pude seguir hablando, porque fue entonces que ocurrió. El estómago de la mujer se movió una vez más… y la piel del estómago se rasgó. La sangre de inmediato oscureció su vestido amarillento. Y algo, un bulto… comenzó a moverse debajo de la tela. Juro que fue así. Se movía trazando círculos, y cuando el Viejo se acercó y retiró el vestido, vimos una mano asomándose por la barriga abierta de la mujer. Eso fue suficiente para ambos. Sin decir una palabra más, nos alejamos del lugar. Yo me encerré en mi casa y hasta creo que trabé las puertas y todo. Pero aún así, cuando minutos después la ambulancia llegó, no pude evitar mirar por la ventana. Para ese entonces había algunos curiosos en el lugar, aunque no se atrevían a acercarse demasiado, porque el espectáculo era demasiado turbador. Vi que los enfermeros bajaban de la ambulancia con una camilla, y uno de ellos se arrodillaba frente a la mujer. Y fue ahí que lanzaron exclamaciones de asombro. El médico que los acompañaba abrió el vientre de la mujer allí mismo, quizás pensando que salvarían a la criatura… y entonces lo sacaron.
-¿Al bebé? ¿De verdad una mujer tan vieja estaba embarazada?
-Estaba embarazada, sí, pero no era un bebé. Era un hombre adulto. Con vellos en el pubis y todo. Creo que murió allí mismo, retorciéndose sobre el asfalto, bajo la mirada horrorizada de los transeúntes y de los médicos- tomó lo que quedaba de su copa y nos miró. Debió notar nuestra perplejidad, porque volvió a señalar hacia la ventana como si aquel monstruoso hombre-bebé aún siguiera tendido sobre la calle-. ¿Acaso no lo entienden? La mujer, luego de perder su primer bebé, volvió a embarazarse. Y decidió no despegarse de él nunca más. En todos los sentidos posibles. No volvería a perder otro bebé mientras ella estuviera viva. Lo llevaría en su vientre y lo protegería… el tiempo que fuera necesario-  suspiró y agregó, con voz mucho más serena:- Creo que, por primera vez en mi vida, me alegré de no tener hijos. Y nunca los tendré. Las mujeres se ponen incomprensibles y locas cuando hay un crío de por medio. Este que les conté, es el mejor ejemplo de todos. Claro que hay otros…
Con el Gordo volvimos a intercambiar una mirada. Porque el Chueco, tal vez sin darse cuenta, acababa de informarnos el motivo por el cual se había divorciado de sus dos anteriores mujeres.
-Bueno, es una historia… un tanto rara- dije al cabo de un momento, cortando un silencio de muerte-. Es decir, eso del bebé-hombre… me llama la atención que no haya salido en ningún periódico.
-Es lo que vi. No pido que me crean. Sólo les conté lo que vi.
Se estaba poniendo de malhumor, por lo que el Gordo se apresuró a proponer un brindis:
-Por las mujeres. Por todas las mujeres buenas que hay en el mundo.
-¡Salud!- dijimos a desgano.
Curiosamente, fue la última reunión que hicimos. Después de esa noche el grupo se disolvió y cada uno siguió su camino. Lo último que supe del Chueco fue que salía con una maestra de secundaria: la mujer, por lo que escuché, era diez años mayor que él, y las posibilidades de embarazo eran, por lo tanto, casi nulas.

Cuentos de Terror 48 a 53: "Seis Micro Cuentos de Terror, Misterio y Suspenso"

Los siguientes cuentos son independientes unos de otros y no tienen nada que ver entre sí. Los publiqué en una sola entrada porque eran muy cortos para hacerlo por separado. Están dedicados a Cleofé Corcoba Mendez-Vigo, otra de mis lectoras favoritas que me soporta desde los inicios. Y gracias, muchas gracias, Cleo.

Cuento de Terror 48: "LA HELADERA"
Tuvo una horrible pesadilla. Soñó que en su heladera había once cabezas de mujeres. Cuando despertó, lo primero que hizo fue correr hacia la heladera. La abrió. 
No había once cabezas, sino doce.
Soltó entonces un suspiro de alivio: no faltaba ninguna.


CDT 49: "LAMIDA"
Como todas las mañanas, el hombre se despertó ante las insistentes lamidas del perro. Pero luego recordó: lo había matado la noche anterior. Abrió los ojos. Su mujer estaba encima de él, y le lamía la cara. El hombre se incorporó a medias.
-Amor, ¿qué rayos…
Entonces se dio cuenta: a ella también la había matado.


CDT 50: "DELIRIOS DE FAMA"
-Haría lo que fuese por ser famoso.
-¿Incluso vender tu alma al diablo?
-Incluso eso.
-Yo soy el diablo: acabas de hacer un trato conmigo.
Y le infligió una muerte tan espantosa que al día siguiente su cuerpo desmembrado apareció en las crónicas policiales, y se hizo famoso.


CDT 51: "EL DEDO"
El médico examinaba inquieto la mano izquierda de la mujer, que tenía el dedo índice amputado.
-¿Qué fue lo que sucedió, señora Olson?
-Mi marido- respondió la mujer-. Discutimos y me arrancó el dedo de un mordisco. Eso fue lo que pasó.
-Discúlpeme que me entrometa, pero como profesional debo hacerlo. ¿Hizo la denuncia en la policía?
La mujer lo miró y sonrió con malicia, pero no dijo nada.
Dos pisos más abajo, en la morgue del hospital, el forense extraía un dedo de la garganta del hombre muerto y escribía en el informe:
“Causa de muerte: Asfixia por obstrucción”.


CDT 52: "LA TABLA OUIJA"
-No debes jugar con esa maldita tabla ouija. Ya te lo he dicho mil veces. Es peligrosa, puede atraer malos espíritus.
-Si no fuera por esa tabla, no estarías hablando conmigo, madre.


CDT 53: "EL ESPEJO SE OSCURECE"
Jorge era un experimentado chofer de ambulancia. Sabía que su trabajo no era el mejor del mundo, tampoco pagaban demasiado, pero al menos cubría el turno de noche y a él siempre le había gustado la noche, porque era más tranquila y no había tantos accidentes.
Una vez, a eso de las doce, mientras cubría una emergencia, se le dio por mirar a través del espejo retrovisor; lo que vio le heló la sangre. Sobresaltado, echó un vistazo hacia atrás y su compañera, una joven médica recién graduada, le preguntó si se sentía bien.
-No es nada- respondió con voz firme Jorge.
Pero sabía que no era cierto: acababa de ver, en el espejo, el destrozado rostro de un muerto, que le hacía muecas de dolor o desesperación.
Desde entonces comenzó a ver ese tipo de cosas. Gente muerta, ancianos de rostros cadavéricos, jóvenes con los cráneos rotos, incluso niños. Siempre los veía a través del retrovisor de la ambulancia, como si sus espíritus aún estuvieran allí atrás, anclados a la caja del vehículo. Jorge se consideraba un tipo valiente, pero aquella incesante procesión de visiones sobrenaturales terminó por afectarle naturalmente los nervios. Primero pidió el cambio de unidad, luego de turno: pero no importaba qué ambulancia manejara, tampoco la hora: los muertos se le manifestaban igual. Consultó entonces, en secreto, a una amiga de su madre, que era parapsicóloga –o al menos decía serlo. La mujer, luego de escuchar su relato y examinarle la palma de las manos, asintió con la cabeza y le sonrió.
-Querido, por extraño que parezcan mis palabras, lo tuyo es una bendición. No estás viendo en ese espejo a la gente que murió, sino la que está por morir. Tu misión es prevenirlas y dejar que decidan el camino por recorrer. De lo demás, Dios se hará cargo; tú sólo eres un mensajero.
Las palabras de la bruja podían ser sabias, no así sus consejos. Jorge lo descubriría días después, al ver a través del espejo retrovisor la imagen de una chica pelirroja con un cuchillo en su garganta. No pudo sacarse la imagen de la pelirroja hasta que semanas más tarde, mientras caminaba por el centro, la reconoció. Iba de la mano de un hombre mucho mayor que ella, que parecía ser su padre. Jorge se acercó y le dijo a la pelirroja que tuviera cuidado. El hombre se volvió y lo observó. Y luego miró a la pelirroja, con una expresión terrible en los ojos.
-¿Y este, quién es?
-No lo sé, es la primera vez que lo veo- se defendió de inmediato la chica.
-¿Anduviste sacándome los cuernos, hija de puta?
-No, te juro que…
La escena se puso tensa muy rápidamente. La gente que pasaba por la calle los miraba y señalaba. Jorge retrocedió unos pasos y luego se escabulló entre la multitud. Al día siguiente, vio el rostro de la pelirroja en el periódico: su marido le había clavado un cuchillo por la noche, al parecer víctima de un ataque irracional de celos. La policía aún lo buscaba y no había pistas sobre su paradero.
Después de ese incidente pensó en renunciar al trabajo, pero era lo único que tenía; además, el mercado laboral estaba muy complicado. Siguió manejando la ambulancia y viendo, en el espejo retrovisor, a la gente que iba a morir. Al principio evitaba mirar el espejo, trataba de conducir la ambulancia sin utilizarlo, pero luego, cuando pasaron los meses y sus nervios empeoraron, comenzó a sentir otra cosa. Algo perturbador, pero a la vez profundamente satisfactorio. Por primera vez en su vida, comenzaba a sentirse alguien importante. Sabía lo que todos (y a la vez nadie) quería saber: quiénes serían los próximos. Comenzó a mirar el espejo retrovisor cada vez con mayor frecuencia, a la búsqueda de nuevos muertos. Un día, reconoció a un anciano que había visto anteriormente en el espejo, caminando con lentitud por la vereda. Aminoró la marcha de la ambulancia y le dijo:
-Morirás muy pronto.
El anciano se detuvo y lo miró con la boca abierta. La mujer que iba con él le lanzó una andanada de insultos y lo escupió.
Jorge siguió manejando. Se sentía muy bien. Puso una música que le gustaba mucho en el estéreo, y comenzó a silbar la melodía.
Hizo lo mismo varias veces, hasta que alguien anotó la patente y lo denunció. Lo despidieron sin muchos preámbulos. Jorge se retiró a su casa y desde allí siguió pronosticando las muertes de las personas, ya que había descubierto que no era necesario mirar por el retrovisor de la ambulancia para tener ese conocimiento: bastaba con hacerlo en cualquier espejo.
La gente lo evitaba siempre que podía. Ni siquiera lo miraban y todos los vecinos, incluido su hermano, le habían retirado el saludo. Por las tardes, Jorge montaba en su bicicleta y sembraba el terror en la ciudad. Con su dedo señalaba hacia aquí y hacia allá y decía: “Serás tú, y tú, y tú también”. La gente se escondía en las tiendas y en los zaguanes cuando lo veía pasar, porque sabían que sus pronósticos nunca fallaban.
Hasta que un día, alguien hizo lo que nadie hasta ese momento se había atrevido a hacer: se asomó a una ventana con un rifle, y le voló la tapa de los sesos.
El cuerpo de Jorge cayó sobre un puesto de diarios y revistas, haciendo un desparramo infernal. Cuando aparecieron los paramédicos, le quitaron las ropas roñosas que llevaba desde que lo habían despedido en el hospital, y se sorprendieron al descubrir que debajo había un traje negro. Jorge sabía que iba a morir, sus propios espejos se lo habían dicho, y se había vestido adecuadamente para la ocasión. Uno de los paramédicos revisó el bolsillo y frunció el ceño.
-¿Qué es esto?
Sacó un aparato cuadrado, que tenía un letrero luminoso indicando un conteo inverso.
Instantes después, la bomba casera estalló, y los vecinos que sentían alivio por la muerte de Jorge volaron en pedazos.

Más Cuentos de Terror:

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...