Por fin...

Finalmente, después de quince meses de duro trabajo, mi novela de terror está terminada!!



Son aproximadamente 300 páginas de terror, aventuras, suspense y mucho, pero mucho ritmo narrativo (o al menos eso espero jaja).
Aún no adelantaré el título, pero sí diré que los hechos suceden en una escuela secundaria, donde las alumnas, todas mujeres, quedan atrapadas a merced de un horror sin nombre...
Saldrá a la venta muy pronto, primero en formato ebook o libro electrónico (que puede ser leído en celulares, tablets y PCs), y luego como libro tradicional de papel.
Seguiré informando a través de este medio... Mientras tanto, y como siempre, pueden leer mis relatos cortos aquí, donde publico en forma totalmente gratuita todos los viernes (y algunos martes).
Un abrazo!!
Mauro

Cuento de Terror 63: "Vuelo Fantasma"

El vuelo, que era turbulento, arrancaba grititos de pánico a los pasajeros. Las azafatas se habían puesto el cinturón de seguridad, y nos observaban con nerviosas y forzadas sonrisas desde sus asientos ubicados al fondo del pasillo. Luego de una sacudida fenomenal, que hizo que todos los pasajeros, incluso los más ateos, clamaran por la presencia de algún Dios, mi ocasional compañera de viaje, una mujer de cincuenta o cincuenta y cinco años bien llevados, al notar mi sobresalto me puso una mano sobre el brazo:
-Tranquilo, joven- dijo, con una voz suave, increíblemente relajada-. ¿Cómo es su nombre?
-Mauro, señora, ¿y el suyo?
-Encantada, yo soy Gladys. ¿Sabe lo que sería bueno para estos casos, Mauro?
-¿Un paracaídas?
La mujer rió. Al hacerlo, se puso una mano sobre la boca, como hacen los chiquillos.
-No me refería a eso: hablo de historias de terror.
-¿Historias de terror?- repetí incrédulo.
-Sé que parece una locura, pero los cuentos de terror ayudan a olvidar el verdadero miedo. Era lo que hacían nuestros ancestros, para olvidar los peligros que acechaban en la oscuridad de la noche. ¿Le cuento uno?
-De verdad, no creo que parezca buena idea…
-Es una historia real, sobre un avión maldito- siguió la mujer, sin prestarme atención-. Pero tranquilo: no se cae ni se pierde en el océano.
-Un avión maldito… justo lo que necesito oír en este momento…
-Exacto: un avión maldito- dijo la mujer, ignorando mi desesperado sarcasmo-. A la historia me la contó mi cuñado, que durante mucho tiempo trabajó en una empresa de aerolíneas. ¿Quiere escuchar la historia, o no?
-¿Acaso tengo otra opción?
Se generó una nueva sacudida, que hizo que algunos bolsos cayeran y una mujer sentada en los primeros asientos lanzara un agudo grito, similar al de un pájaro. Cuando la calma más o menos regresó al lugar, mi compañera de viajes siguió hablando:
-El avión en cuestión era un 737, importado de Francia. Su patente comenzaba con las letras EVL, por lo que todos, un poco en broma y otro poco muy en serio, lo llamaban "EVIL” ("Malo" o "El Mal" en inglés). El avión nunca había tenido un accidente, de hecho según mi cuñado era un aparato muy confiable durante las turbulencias y los aterrizajes, pero de todas maneras nadie en la tripulación se  alegraba cuando le tocaba un vuelo con el "EVIL". Se decía que las cosas en la cabina se perdían, a veces las agujas enloquecían sin control… Y además, claro, estaba el asunto de los animales en la bodega.

CDT 62: "Los Signos del Mal"



¿Por qué los adultos podían ser tan estúpidos?
¿Por qué se negaban a aceptar lo que era evidente, incluso cuando tenían las pruebas delante de sus propios ojos?
Eso pensaba Rita, mientras se limpiaba las heridas en el lavatorio del baño, parada frente al espejo del botiquín y dándole la espalda a la bañera de loza. Se frotó un trozo de algodón embebido en alcohol y dio un pequeño respingo: quemaba. Se trataban de tres marcas en la piel de su estómago, inexplicables marcas en formas de garra, aparecidas durante la noche anterior, mientras dormía. Era la cuarta vez que le ocurría esto, y por cuarta vez, su madre descreyó del relato:
-Te lo hiciste mientras duermes, estúpida. La próxima vez, cuando te quejes de esto, yo misma te cortaré las uñas, porque tu historia de fantasmas ya me está cansando.
Rita terminó de limpiarse la herida y se puso la remera. Recordó que la noche anterior había tenido pesadillas, había soñado otra vez con aquel hombre vestido con un traje azul, que la llamaba desde lo alto de una colina. Ella siempre sentía miedo al verlo, porque sabía que el hombre estaba muerto, y cuando se daba vuelta para escapar, el fantasma la perseguía hasta darle alcance. Sus ojos eran dos agujeros negros, y tenía una sonrisa enorme y grotesca, que le cortaba el rostro en dos. Le mostraba unas uñas largas y afiladas, cubiertas por mugre y costras de sangre, y luego le rasguñaba alguna parte del cuerpo.
“Para que me recuerdes”, le decía el hombre del traje azul, y de los agujeros de sus ojos comenzaban a salir gusanos blancos, que resbalaban por sus mejillas como asquerosas lágrimas reptantes. En este punto Rita siempre despertaba, y cuando se miraba el lugar del cuerpo donde el fantasma en sueños la había rasguñado, lo encontraba sangrante y con aquellas tres marcas en forma de garra.
“Todo ha sido real”, pensaba entonces.
“El tipo del traje azul existe”.
Sólo que su madre no pensaba de igual forma.
-Lo haces para llamar la atención, para joderme- le decía-. Desde que murió tu padre, mi vida ya es lo suficientemente dura, y tú encima haces todo lo posible para complicarla.
Volvió a tener el sueño tres días después, un domingo lluvioso. En esa ocasión el hombre la hirió en el hombro, y cuando ella despertó, no se sintió segura ni aliviada al salir de la pesadilla. Abrió los ojos en la oscuridad y tanteó con desesperación el interruptor de la luz; percibía que una presencia se había colado en la habitación, algo maligno que la observaba desde algún oscuro rincón. Cuando finalmente encendió la lámpara, lanzó un grito: había un rostro en la ventana, un rostro que flotaba en la noche, y se reía de ella, mientras los gusanos caían a raudales desde los agujeros de sus ojos.
Su madre entró un minuto después. Rita, llorando, le explicó lo que había ocurrido y le mostró las heridas en su hombro derecho; la madre, que tenía signos de resaca en su envejecido rostro, la tomó de los pelos y la zamarreó.
-Me quieres hacer la vida imposible, ¿eh? ¿Crees que puedes jugar conmigo? Te mostraré que estás equivocada, pequeña zorrita del demonio.
La arrastró hacia la cocina y le encajó un golpe. Rita cayó sobre el mueble aparador y se aferró la cabeza, que ahora también sangraba, junto con el hombro. Cerró los ojos con fuerza, porque aquello era demasiado y se sentía abrumada por la experiencia que acababa de vivir. Escuchó que su madre abría el cajón de la alacena: cuando volvió a mirar, vio que la mujer se le acercaba con un cuchillo. Pensó que sería su fin; su madre había enloquecido por el alcohol y por la muerte trágica de su marido; ahora sólo quedaba esperar un destino trágico para las dos.
Pero su madre no pensaba matarla. Lo que hizo, en cambio, fue cortarle las uñas con el cuchillo, una por una. Al principio Rita se resistió, pero cuando su madre le cortó la yema del dedo índice, se dio cuenta que era mejor no moverse, era mejor esperar que finalizara la tarea, y mientras tanto, poner la mente en blanco y fingir que aquello en realidad no estaba pasando.
-Ahora no podrás rasguñarte mientras duermes- le dijo la mujer, al terminar-. Ahora dejarás de joderme la vida con esa mierda del fantasma. Vete a dormir, pero antes límpiate la herida, o se te infectará.
-Sí, mamá- dijo Rita, con voz neutral, agachando la cabeza y sorbiéndose los mocos-. Prometo que no volverá a pasar. 

CDT 61: "El Llanto de un Bebé a Medianoche"

Regresaba el matrimonio de una larga cena de reconciliación, en un restaurante del centro. Luego de múltiples súplicas y juramentos, Lili había convencido a su marido de que nada había sucedido con aquel misterioso hombre que había conocido en un gimnasio, el año anterior; ahora los esposos se hallaban sumergidos en un neutral silencio, camino a casa. 
Llegaron a eso de la una de la madrugada; Lili, que se retocaba el lápiz labial en el espejo del coche, miró las escalinatas de acceso a su hogar y apretó el brazo de su marido.
-Los chicos- señaló-. Los chicos están afuera. 
-Oh, mierda, y ahora qué- gruñó Luis.
Los dos chicos mayores, Juan y Cristina, vestidos ambos con pijamas, estaban sentados en el porche de la casa y se abrazaban entre sí. Luis detuvo el coche y se bajó, maldiciendo, seguido por su mujer, que se apresuró a levantar en brazos a sus dos retoños.
-¿Qué pasó?- preguntó el padre, la cara de repente transformada por la furia-. ¿Dónde está la niñera? ¿Por qué los dejó salir, con el frío que hace?
-¿Dónde está el bebé?- casi chilló la madre.
Los chicos estaban muy nerviosos y balbuceaban, sin embargo, al cabo de unos segundos, los padres comprendieron lo que querían decir. Según ellos, había un problema con Lula, la niñera. 
Al principio, dijeron, Lula se comportó de forma normal. La chica les dejó ver la tele un rato, y luego los bañó y los mandó a dormir. Pero a eso de las once y media de la noche, el teléfono en la planta baja empezó a sonar, y cuando la niñera atendió, algo pareció cambiar en la casa.
-¿Cómo que empezó a cambiar?- se impacientó el padre.
-El frío… empezó a hacer mucho frío- dijo Cristina-. En toda la casa.
-Y la niñera… ella empezó a gritar- agregó Juan-. Aunque más que gritar, parecía ladrar. Y se empezó a arrancar la piel de la cara con sus propias manos...
-Después subió por las escaleras, y se metió en la habitación del bebé- dijo Cristina-. Nosotros teníamos mucho miedo, miedo por el bebé, y salimos de la casa, a esperarlos a ustedes...
-¿Y el bebé? ¿Dónde está mi bebé?- dijo la madre, llevándose una mano a la boca.
-Ya les dijimos: Lula está con él.
-Oh, por Dios, oh por Dios… ¿qué es lo que está pasando?
-Yo sé lo que pasa- dijo el padre, y abrió la puerta de un golpazo-. Esa chica anda con drogas. Todos los adolescentes son iguales…
-¡No, papá!- dijeron los chicos, al unísono, tratando de retenerlo.
Sin embargo, luego de avanzar dos o tres pasos dentro de la casa, el hombre se detuvo por cuenta propia, pasmado por lo que veía delante de sí. El living, el mismo que su esposa había decorado con esmero durante tantos años, siguiendo siempre los últimos gritos de la moda, ahora aparecía cubierto por una inexplicable capa de hielo. Los sillones y los muebles estaban congelados, y del techo pendían estalactitas del tamaño de piernas humanas. Por las escaleras, ubicadas entre la cocina y la pequeña bodega, descendía una lenta y constante bruma de frío, que se arremolinaba en torno al pasamano de madera. El hombre retrocedió un paso, y la alfombra congelada crujió bajo sus pies. Bajó la vista y se quedó mirando la alfombra repleta de escarcha, pestañeando estúpidamente. Luego observó a su esposa:
-Lili, ¿qué mierda…
-Lula está allá arriba- dijeron los chicos, sus rostros como dos óvalos blancos de miedo-. Se volvió mala. Aquella llamada la volvió mala, la transformó. Ahora tiene la cara negra, y camina de una forma rara. Como si estuviera doblada en dos. Nosotros la vimos. Queremos irnos, papá. Marchémonos de aquí…
Las súplicas de los dos hermanos se vieron cortadas por el llanto del bebé, nítido y penetrante desde las profundidades del segundo piso. La madre se tapó la cara con ambas manos y comenzó a sollozar.
-Mi bebé, mi bebé…- decía.
-Iré arriba a buscar al bebé- dijo el padre, ante la renovada desesperación de sus hijos. Tomó el extintor sujeto a la pared y lo blandió a modo de bate-. Lili, quédate aquí con los chicos, y llama al 911. Yo me encargaré de esa desgraciada.
-Iré contigo- dijo la mujer-. No me quedaré a esperar aquí abajo, mientras mi bebé está en manos de esa loca.
-No, mamá, no, papá…- chillaban los chicos.
-Ustedes quédense aquí- vociferó el padre.
-Pero, ¿es que no se dan cuenta de que todo esto está mal? ¿No ven el hielo por todas partes? Tienen que escucharnos, esto es obra del Diablo…
Pero los adultos no prestaron atención a tan coherente objeción por parte de los chicos. Comenzaron a subir los escalones, aferrándose al pasamano, porque la escalera estaba muy resbaladiza. Cuando llegaron arriba, miraron hacia el pasillo y se perdieron en sus profundidades; Lili gritaba con desesperación el nombre del bebé, mientras el padre blandía el extintor de un lado a otro.
Los chicos quedaron al pie de las escaleras, mirando hacia arriba, sin saber qué hacer. Pasaron los minutos, y no se escuchó otra cosa más que sus respiraciones agitadas, además del crujido del hielo al resquebrajarse. Creyeron escuchar un golpe amortiguado, aunque luego no supieron decidir si lo habían imaginado o qué.
-¿Mamá?- gritó Cristina, al cabo de unos minutos-. ¿Papá? ¿Dónde…
-Shhh… hay algo… algo que baja por las escaleras…
-¿Dónde?
Juan lo señaló. Al cabo de un rato, los chicos se tomaron de la mano y retrocedieron un paso. Por las escaleras, bajando como una serpiente escarlata, venía un pequeño aunque constante arroyo de sangre. El arroyo bajaba lentamente, escalón por escalón, y parte del mismo se congelaba sobre la superficie escarchada de los escalones. Parecía que había mucha sangre allí arriba. Mucha, mucha sangre.
La pregunta era: de dónde. De dónde venía esa sangre.
Ninguno de los chicos se quiso hacer la pregunta.
-Debemos irnos- murmuró Juan en cambio-. Debemos irnos, antes de que ella baje.
-¿Y el bebé? ¿Y mamá y papá? No podemos dejarlos ahí.
-Es cierto- dijo el chico, súbitamente reflexivo.
Luego de unos instantes de duda, comenzaron a subir, tomados de la mano. Evitaban pisar el reguero de sangre, aunque era muy difícil porque a esas alturas las escaleras se habían vuelto casi por completa rojas.
El frío parecía mucho más intenso allá arriba. Podían notarlo por cada escalón que subían. El segundo piso permanecía en tinieblas, por lo que no podían ver más allá del descansillo. A mitad de las escaleras, se detuvieron para escuchar.
-¿Qué es eso?
-No lo sé- dijo Juan, con la respiración entrecortada-. Parecen… ¿pelotas?
En efecto, parecía que algo pesado, como una pelota de fútbol, o de básquet, rodase a través de los corredores del segundo piso. El problema era que en la casa no había ninguna pelota; Juan se dedicaba al atletismo, mientras que Cristina tomaba lecciones de danza.
Se miraron.
-Tal vez sea una de las maceta de la habitación de mamá- aventuró Juan, tratando de apartar las horribles imágenes que poblaban su mente.
-Es posible, sí- dijo Cristina, lanzando un trémulo suspiro.
En ese momento, en la habitación de arriba, el bebé reanudó su penetrante llanto.
 -No podemos dejarlo- se recordaron a sí mismos.
En ningún momento pensaron en llamar a la policía. Intuían, con la sabia y primigenia intuición de los chicos, que aquella situación no se resolvería con un llamado a las autoridades. Simplemente siguieron subiendo, hasta llegar al final de las escaleras, donde se encontraron con un horror indescriptible…



La casa había quedado en silencio otra vez.
De vez en cuando el hielo crujía, y alguna estalactita se desprendía del techo y se hacía añicos contra el suelo congelado. Pero, salvo por estas interrupciones, el silencio era absoluto.
El teléfono comenzó a llamar.
Llamó cuatro, cinco veces, en la oscuridad de la casa, hasta que saltó el contestador automático.
-Cuídalo, Lula- dijo una voz repugnante e inhumana, una voz que, de haberla podido escuchar, Lili la hubiese relacionado, siquiera remotamente, con la voz de aquel fascinante y misterioso hombre con el cual había engañado a su marido, hacía ya doce meses atrás-. Cúidalo con tu propia vida. Es mi Hijo, y tú serás la Tutora. Así que cuídalo con tu propia vida, porque Él, cuando crezca, heredará la Tierra, y será la perdición de todos los Hombres...

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