Para los alumnos y profesores que utilizan este Blog...

Hola, chicos. Sé que muchos de ustedes utilizan mis cuentos para leerlos y trabajarlos en clase, cosa que me pone muy contento, porque le da una significancia especial a los relatos que escribo. Me encantaría que me digan de qué escuela son, de qué ciudad y país, y qué cuentos utilizaron para trabajarlos en el aula. Pueden poner el comentario debajo de esta entrada, o escribirme a maurocroche@gmail.com, ¡les estaría muy agradecido! Un abrazo y buenos estudios...

Cuento de Terror 69: "Un Lugar Terrorífico"


UN LUGAR TERRORÍFICO
de Mauro Croche




PRIMERA PARTE: 
“¡Gracias por utilizar GPS Shini Gami!”

Ahorcado


HACÍA RATO que viajaban por la carretera provincial 21, recorriendo amplias zonas de terrenos descampados y áridos. Durante el trayecto habían escuchado algunos viejos cedés de AC/DC y Nirvana, y luego hablaron un poco, sobre todo de la vida siempre turbulenta de Martín, pero luego cayó sobre ellos un silencio lacónico, amodorrado, que pareció solidificarse con la llegada de la noche. A eso de las nueve, Horacio preguntó por primera vez a dónde se dirigían, y Martín le respondió con una frasecita que, con su posterior repetición, comenzó a sonar como un mal chiste: “El GPS lo dirá”.
Horacio reacomodó su grueso cuerpo sobre el asiento de acompañante y lo miró.
-¿Qué dijiste?
-Eso: que el GPS nos dirá a dónde tenemos que ir- respondió Martín, la mirada atenta en la ruta.
-Es una broma, ¿no?
Martín, como toda respuesta, dio un golpecito al aparato de GPS ubicado sobre el tablero de instrumentos. Era un GPS de siete pulgadas que había comprado hacía algún tiempo, en una de esas tiendas online chinas. Parecía un capricho más que otra cosa, porque Martín no era dado a realizar viajes largos. Pero como era el dinero de Martín, Horacio no había dicho nada al respecto.
-Ajá- dijo Horacio, decidido a no dejarse tomar el pelo-. Ya lo entendí. Es otra de tus estúpidas e incomprensibles bromas. Como cuando te disfrazaste de Papá Noel en esa fiesta para chicos y comenzaste a repartir envoltorios vacíos de caramelos. Nadie reía excepto vos. Es algo así, ¿no?
Pero Martín, al parecer decidido a jugar de misterioso esa noche, se rascó la punta de la nariz y siguió manejando sin decir palabra.
-Ajá- repitió Horacio-. Es otra de tus pendejadas, sí.
Recordó que esa misma tarde Martín lo había llamado para preguntarle si tenía algo que hacer. Horacio, que se encontraba recostado en el sillón jugando a la Play, aburrido como Dios al séptimo día, había contestado que no, que excepto ordenar un poco su habitación y sacar a pasear al perro, su agenda estaba vacía durante los siguientes, digamos, tres meses. “Entonces preparate, porque en una hora paso a buscarte”. No hizo falta decir nada más. Martín era un tipo hermético y parco, pero tenía buenas ideas a la hora de divertirse. Y Horacio confiaba ciegamente en él: después de todo, eran amigos desde la primaria. Pero ahora, ahora que habían manejado durante más de dos horas y media sin que Martín soltara prenda sobre sus planes, ahora que había caído la noche y la ruta no era más que una interminable franja de oscuridad que se perdía unos veinte metros más adelante (hasta donde alcanzaban los faros), Horacio había comenzado a impacientarse.
Continuaron andando, sin decir palabra, cada uno concentrado en sus propios sentimientos. El estado de la ruta a esas alturas no era muy bueno, y cada tanto Martín tenía que maniobrar para no terminar hundido dentro de algún pozo. Cinco kilómetros más adelante, en medio de un malhumorado silencio, la voz robótica del GPS habló, sobresaltándolo a ambos. Era la primera vez que decía algo en mucho tiempo, y había algo en el tono de la grabación que hizo que Horacio torciera el labio en un gesto de desagrado. Era como si la voz… se estuviera burlando de ellos. Se imaginó al tipo que había realizado la grabación, aguantando la risa por algo que nadie excepto él lograría comprender. ¿Realmente había sonado así, o lo había imaginado? 

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